martes, 14 de agosto de 2018

El celofán en un ataque de patriotismo.


El verano tiene mucho de ocioso. Sobre todo, cuando tomas consciencia de que puedes escuchar sin ser sentido.
 Estaba yo de vacaciones de esas que se hacen cuando eres joven, con amigos, en una playa llena de más jóvenes de todas las nacionalidades europeas conocidas. Una de esas playas en las que, si has tenido la osadía de ir en coche, lo has de dejar aparcado el primer día y no volver a moverlo a no ser que pretendas pasar los días de asueto buscando un lugar donde aparcar.

 La noche anterior había sido larga, como todas las noches en tan alcoholizado entorno. Volver con el sol apuntando a tu nuca como si te estuviera empujando a encerrarte en el hotel o el apartamento a dormir hasta bien entrada la tarde.
Yo había tenido la mala suerte de compartir la habitación con un compañero de correrías que, dado el estado semi comatoso en el que terminaba cada larga noche de discoteca a pleno rendimiento, roncaba como si fuera una horda de orcos escapados a la carrera del mismísimo centro de Mordor en busca de medianos a los que devorar. Dada la situación, tratar de dormir en aquel lugar pasadas las cinco primeras horas se convertía en una tortura que ya le hubiera gustado inventar al mismismo Torquemada.
 Ante la imposibilidad física de seguir en el dormitorio y tras tomar un café con Ibuprofeno mojando en él algo que mantenía un curioso parecido con una magdalena, opté por salir sin hacer mucho ruido del apartamento en que tan insigne grupo de ocho descerebrados pletóricos de hormonas maceradas en diversos alcoholes nocturnos intentaba descansar.
 El sol de la costa a las tres de la tarde era como un cuchillo entrando en la mantequilla de mis ojos atormentados por el exceso de luz y resacosos, sin duda alguna, por los excesos de la noche anterior acumulados a varias del mismo porte.
Encontré un lugar en una terraza medio a la sombra donde intentar comer algo. Por supuesto, tuve que hablar en ingles con la camarera, que apenas chapurreaba alguna palabra en el idioma de Cervantes. Algo habitual en estos lugares ya que la mayor parte de los clientes eran hijos de la Pérfida Albión. Con los años que yo tenía en aquel momento, incluso resultaba gratificante ver que te entendían al hablar la lengua originaria de las Islas Británicas. Más alentador resultaba comprobar que entendías las conversaciones ajenas que entre ellos mantenían todos los anglosajones que me rodeaban, como si la isla fuera yo.
Ensimismado en mi bocadillo de pan de molde con un huevo frito medio tostado, escuchaba esas conversaciones hasta que, un tanto sobresaltado, empecé a entender como si hubiera nacido en el mismísimo London la conversación de dos venerables ancianas en la mesa de al lado. De esas que parecen haber estado todo el día en una parrilla vuelta y vuelta por el color rojizo y el olor a quemado que desprenden.
 En perfecto inglés del de Inglaterra, se quejaban amargamente de lo incómodo que resultaba estar rodeadas de españoles ruidosos y gritones. De lo soez que les resultaba nuestro idioma y de, como podía suceder tamaña afrenta, el olor a ajo que les perseguía desde que habían llegado hacía unos días a nuestro país, a nuestras playas.
En ese momento, imbuido por el espíritu de Felipe II, decidí que mi celofanidad había de servir a los nobles principios de la historia de mi país.
Como bien sabéis los que habéis leído alguna de las historias que he compartido con vosotros, en momentos de mi vida me había sentido de celofán, transparente para los demás e invisible para una gran mayoría de las personas que me rodeaban. Traté de comprobar que mi don se mantenía intacto llamando en repetidas ocasiones a varios de los camareros y camareras allí presentes con el escaso éxito habitual en mí. Evidentemente, esta era una misión para el hombre de celofán.
 Sin mucho aspaviento, cogí de mi mesa un salero de esos que crees que se pueden ir andando solos por la cantidad de mierda que tienen acumulada y que, en su interior, albergan algún objeto extraño, según dicen, para evitar la humedad. Probé que salía una cantidad generosa del grano blanco fruto de la desecación controlada del agua del mar, es decir la sal, y con el mimo que suelo tener en estas cosas me levanté, sin pagar mi consumición y observando como a los camareros no les parecía nada mal que así lo hiciera. O simplemente no me veían.
Me acerqué por detrás a las dos venerables ancianas anglosajonas que tomaban en enormes tazas una infusión de esas que tanto enamoran por su país de origen y, con un cuidad extremo esperé que ambas tuvieran la vista perdida en un punto indeterminado para volcarles medio salero a cada una de ellas en la taza.
Una vez perpetrado el golpe, abandoné el lugar con el salero en la mano para posicionarme en un banco del paseo a pocos metros desde el que poder disfrutar de los efectos de mi tropelía.
Pasaron unos minutos en los que temía más porque los camareros no hispano parlantes pudieran notar mi “simpa” que por cualquier otra cosa. Pero dicen que la venganza se sirve fría y, por lo experimentado, los ingleses también dejan enfriar su aguachirri.
Una de ellas tomo un sorbo y se convirtió en un aspersor que manchó tanto sus requemadas piernas con el liquido salino que acababa de intentar ingerir como el mantel, a su amiga, a los dos británicos bebedores compulsivos de cerveza que estaban en la mesa de al lado y algún transeúnte con pésima suerte.
La otra, imitando el gesto de su amiga y compañera de comentarios desagradables sobre el país al que habían decidido venir motu proprio de vacaciones, repitió el ejercicio mojando a la joven camarera que no hablaba mi idioma y que venía a atender a la primera. A continuación, las dos venerables ancianas británicas montaron el gran circo, increpando a los camareros a voz en grito cual verduleras de mercadillo medieval.
No pude contener la risa. Mi cabeza retumbaba por la resaca mezclada con mis carcajadas. Más de diez minutos de protestas y gritos con el horror dibujado en la cara de los camareros que trataban de calmar sin éxito alguno a aquellas dos hidras en las que se habían convertido las hijas de la Gran Bretaña.
Una vez pude dominar mi risa, me acerqué a la terraza y le dije a la camarera que me había ido por descuido sin abonar mi cuenta y dejé una generosa propina de treinta céntimos en la mesa.
Al separarme de tan dantesco espectáculo y mirando fijamente a los ojos de una de las señoras a las que tanto disgusta que España tenga españoles en sus costas, le dijo en perfecto inglés de Oxford por lo menos, Welcome to Spain.

jueves, 24 de mayo de 2018

LA HISTORIA SOLO GUARDA MEMORIA DE LOS VENCEDORES.


                        


Ángel había paseado millones de ocasiones por las calles retorcidas y casi sinuosas de Toledo. Siempre había sentido una fascinación por la historia que en ellas se albergaba, como esperando a que un alma inquieta como la suya volviera a desgranar sus pequeños matices. Pero en esta ocasión, la situación era bastante más compleja.

  Le acompañaba su chica, Miriam. Para ella era como adentrarse dentro de los pensamientos de él, de esos pensamientos más íntimos y menos declarables. Ángel había estudiado hace no pocos años historia y se había doctorado con un enorme trabajo sobre las órdenes militares medievales, sus conexiones y sus herencias. Miriam sabía que el amor de Ángel estaba dividido entre sus estudios y ella. Era conocedora de su infidelidad continua con los libros, de su pasión devoradora por leer todo aquello que pudiera tener relación alguna con la historia y en particular, con esta parte de la historia.
 Ángel nunca había podido ejercer su carrera, como la mayoría de los estudiantes de letras. Hacía años que había renunciado a sus sueños en busca de un salario digno que poder convertir en modo de vida. Pero a pesar de haberlo encontrado, su sueño de conocer más sobre lo oculto de la Edad Media asaltaba sin pudor alguno su cerebro a la menor oportunidad de hacerlo.
Para él, Toledo era una de esas ciudades capaz de convertirse en crisol de su más íntimo pensamiento, capaz de volver a transportarle a los siglos que tanto le hubiera gustado vivir en primera persona.
 Eran las siete de la tarde de un caluroso mes de mayo, un sábado cualquiera. Las estrechas callejuelas se abrían poco a poco a su paso. Las recorría casi acelerado como un adolescente a punto de llegar a la cita con la chica de sus sueños, agarrando con fuerza la mano de Miriam que le seguía un tanto azorada por la urgencia del camino.
-          Cariño, ¿Es necesario seguir corriendo? Es que, aunque no lleve demasiado tacón, correr por este suelo me produce la impresión de estar tentando a la suerte de hacerme un esguince. -
Ángel sonrió de medio lado mientras giraba su cabeza para mirarla y sonreía mordido.
-          No, mi vida. Podemos ir un poco más despacio. –
-           Te lo agradezco, – contestó ella devolviendo la sonrisa. – ¿Me puedes decir a dónde nos dirigimos con tanta urgencia? –
- Hemos quedado con Ariadna dentro de media hora y me gustaría brujulear un ratito alrededor del edificio antes de entrar. – Ángel sentía poco a poco la excitación por el momento venidero.
Ariadna era una antigua compañera de carrera que hacía ya tiempo trabajaba como guía por Toledo. Pero ese trabajo era solo una manera de sobrevivir. Su pasión, al igual que la de Ángel era la Edad Media. Su trabajo le había servido para conocer más en profundidad cada rincón de la ciudad, cada firma de cada arquitecto y escultor, cada símbolo poco claro de todo aquello que, día tras día, visitaba sin pausa contando en tres idiomas distintos a turistas más o menos despistados o interesados en su historia. De vez en cuando tenía la suerte de encontrar un turista un poco más informado de lo habitual y aprovechaba la ocasión para disfrutar contando pormenores que normalmente pasaba por alto. Pero todo aquello, básicamente, le servía para seguir con su investigación. Hoy se volvían a juntar Ángel y ella con un fin claro, el de determinar si las firmas que Ariadna había encontrado en la base de varias columnas y en su parte posterior, significaban algo relevante para Ángel que, según ella, “era el tío que más sabía en el mundo de arquitectura templaría y su simbología”.
 De algún modo era cierto que su antiguo compañero era un gran conocedor de todo ello, pero también era cierto que Ángel tenía esa sensación un tanto compleja de no estar dedicándose a ello, por lo que siempre se sentía un poco empequeñecido cuando tenía a alguno de sus compañeros que sí lo hacían, cerca.
Ángel había atemperado su paso para que Miriam no se sintiera incómoda con el ritmo al que caminaban. Ahora ella podía incluso agarrarse de su brazo en lugar de ir como remolcada por la mano de él. La morena hizo un gesto como de acariciar el antebrazo desnudo de su pareja y él respondió de inmediato al gesto con un beso de agradecimiento.
-          Muchas gracias cielo por acompañarme una vez más – dijo él.
-          Como que te crees que voy a dejarte solo con Ariadna, ja ja, - replicó ella.
Ángel rio con fuerza. – Ya sabes que solo somos amigos, los dos igual de pirados por lo mismo, pero solo amigos. –
-          Que sí, pero ella es muy mona y prefiero tenerte vigilado, - volvió a contestar ella con una sonrisita entre guasona y cínica en la boca que dejo entrever sus dientes nacarados enmarcados por el rojo intenso de sus labios.
Él volvía a sonreír complacido por los tenues celos de ella. – Solo tengo ojos para ti.-
-          Este si que es buena. Para mí y para cualquier crucecita patada, cualquier firma de un cantero en un pedrusco o cualquier lugar donde se pueda suponer que un templario paró a echar un vino alguna vez en su vida. – La sonrisa de Miriam se había tornado más ladina, más acida, sabedora de estar provocando a su chico.
Sin volverse a mirarla, como quitando importancia a la provocación, él comentó, - incluso si se supone que pudo mear un caballo de un sargento de la orden en esa esquina, ya sería trascendental para su estudio. –
Ahora Miriam reía abiertamente. Lo más grave es que sabía que la exageración de su chico no sería tal en cuanto se juntaran con Ariadna.
-          Hemos quedado justo en esta esquina del Alcázar, – dijo él buscando con la vista a su vieja camarada de estudios.
En ese momento Miriam vio aparecer el fino cuerpo de Ariadna por la misma calle que ellos habían subido. Vestía más como un guerrillero que como una guía turística. Con botas militares, un tejano apretado y una camiseta verde de tirantes que dejaba al aire sus brazos finos y pecosos. El pelo corto, casi andrógino y negro como el azabache, enmarcaba a la perfección sus ojos verdes esmeralda y su cara casi limpia de maquillaje si no fuera por una tenue sombra de ojos verde y una finísima capa de brillo en sus labios sonrosados. Esto es lo que vio Miriam. Ángel solo alcanzo a ver su querida compañera y a preparar mentalmente un chascarrillo con el que romper el hielo a su llegada. Cuando apenas les faltaban unos pasos para juntarse, habló casi a gritos.
-          Pareces una turista americana o una guerrera de Greenpeace, no lo tengo muy claro. –
Ariadna replico con cinismo, -Tú sigues pareciendo un niñato pijo del barrio de Salamanca sin oficio ni beneficio. Menos mal que tu mujer compensa tu mal gusto para vestir con un saber estar exquisito, capullo. –
Miriam sonrió por el cumplido y también se abrazó con ella pudiendo sentir la musculada espalda de Ariadna bajo sus manos en el gesto.
-          No sé cómo lo haces para estar así de guapa y así de en forma, - le contestó Miriam con no poca envidia.
-          Esta ciudad es un gimnasio lleno de historia. Con solo subir y bajar estas cuestas, se te pone el culo como una piedra, - replicó Ariadna acompañando el verbo con un gesto de palmada en su trasero, como queriendo que se escuchara la dureza.
Ángel carraspeó para interrumpir la conversación entre ambas antes que no le dejaran meter baza. – Chicas, siento interrumpir tan elevada conversación, pero hemos venido a ver algo, ¿no es así Ari? –
-          Cierto, - contestó ella. -Venid conmigo, vamos a ver unas firmas que he encontrado en la iglesia de San Miguel el Alto, - dijo comenzando a andar con paso rápido y decidido hacia ella
-          Pero ¿cuándo se han descubierto? ¿No se supone que tras la reforma del XVII solo había quedado, más o menos virgen, la torre? – Ángel acababa de dejar constancia de su erudición en el tema en tan solo dos preguntas.
Ariadna sonrió complacida, su viejo amigo no había perdido ni el conocimiento ni la profundidad. – Mira el listillo, - contestó buscando la sonrisa cómplice de Miriam que ya parecía haber desconectado mentalmente de los dos obsesivos que tenía por compañeros de viaje.
-          Cierto, pero han tenido que rascar en la base de varios pilares y columnas por un problema de humedades. Ya sabes que los bajos de esta iglesia siempre tuvieron
una salida de aguas y restos de excrementos de ganado en sus alrededores… Cuando le han metido mano para sanearlo, se han encontrado con varias firmas de canteros y con alguna de arquitectos. Pero lo más llamativo es que aparecen dos fechas que coinciden con el hospital templario que se supone había aquí a su lado, lo cual corroboraría la teoría de que esta iglesia era su oratorio. –
Ángel asintió con seguridad antes de replicar. – Veo que ya lo tenéis todo estudiado, por lo que no entiendo que me necesites para nada más que restregarme tu hallazgo. – espetó sonriendo con sarcasmo.
-No seas capullo, - dijo Ariadna golpeando con camaradería el brazo de él. – Solo lo hemos visto dos guías, el maestro de obra y el currito que se lo encontró, musulmán él, para más señas. Los de patrimonio del ayuntamiento y los de patrimonio nacional están avisados, pero no tienen tiempo hasta el mes que viene. Por todo ello, el patronato que explota turísticamente esto está que trina y yo les dije que podía echarles una mano si me dejaban mostrártelo. –
- Encima te vas a quejar cuando la chica te ha llamado a ti antes, - interrumpió Miriam.
- Que no me quejo, solo quería saber a qué vengo en concreto. –
Mientras hablaban Ariadna había abierto con una llave el viejo portón y se encontraron entrando en la iglesia y dirigiéndose hacia el altar para, a su izquierda, encontrar una zona acordonada como si hubiera sido el escenario de un crimen. Ariadna encendió una potente linterna y dos focos que apuntaban directamente al área que les interesaba.
Ángel tenía los ojos encendidos como un niño cuando llega al salón la mañana de reyes y comprueba que tiene regalos esperando a ser abiertos. Miriam le observaba con el cariño que una hermana mayor, conocedora del secreto de sus mágicas majestades, observa a su hermano pequeño entusiasmado.
-          ¿Puedo fotografiarlo? – Preguntó él.
-          Por supuesto, - contestó Ariadna. Se separó un poco de él y casi susurrando para no romper la magia del momento le dijo a Miriam, -Ahora mismo podríamos desnudarnos las dos y montar un numerito aquí y este no nos haría ni caso, Estos historiadores tienen una pedrada... –
Miriam tuvo que mirar a los ojos de la otra para saber que no era ninguna propuesta velada, solo una broma subida de tono. Solo entonces sonrió y asintió al tiempo.
Ángel se acercó para acariciar casi con miedo de romperlo el perfil de las firmas, torpemente vaciadas de restos de yeso por manos nada expertas, como era evidente. Pero a él le sirvió para lo que buscaba. Se levantó con energía de la posición encogida en la que estaba haciendo su reportaje fotográfico para sonreír abiertamente y casi llamar a gritos a Ariadna. - ¿Reconoces esta firma? – Le preguntó a su compañera que no salía de su asombro.
-          Haber chaval, si pudiera reconocerlas no te habría llamado. –
Ángel sonrió victorioso. -Es la firma de uno de los canteros y sabes dónde aparece también? –
Ariadna ni tan siquiera contestó, sabía que era una pregunta retórica para darse importancia.
-          En la sinagoga de Toledo. Lo mejor son las fechas bajo la firma, ambas, si no me falla la memoria sin de los primeros años del siglo XIV. Antes de aquel fatídico 13 de octubre de 1307 en que todo se desencadenó.
       - ¡No me jodas! – Eso respaldaría la tesis de todos los que decís que sin duda alguna los templarios convivían con los judíos incluso en la península en plena reconquista.
- Lo mejor es que también aparece en algunos otros puntos de la península. Hasta es posible que ahora podamos saber el nombre de este tío. Esa misma firma aparece en la sala capitular del castillo de Ponferrada. -
Ariadna ahora también sonreía con soltura, como hechizada por el mismo embrujo que había puesto la luz en la cara de su viejo camarada. Sus ojos parecían más esmeraldas que nunca con el brillo de la emoción.
-          Entonces sí que es relevante, ¿no? – Preguntó solo por confirmar la información.
-          Puede llegar a ser trascendental para varias investigaciones, entre otras las mías también. –
Miriam intentaba compartir la emoción de los otros dos, pero con poco éxito. Por ello decidió interrumpirles. - Muy bien, si ya habéis terminado, ¿Podemos ir a tomar algo? Estas iglesias así, medio a oscuras, me ponen mal cuerpo. –
Ariadna asintió sonriendo a la pareja de Ángel compartiendo su propuesta. – Me parece una excelente idea. Además, quiero aprovechar que habéis venido y que vamos a celebrar el hallazgo para que conozcáis a alguien. –
-          ¡No me jodas! Que se nos ha echado novio la Ari, ¿o es novia? No será un perro, que tú siempre has sido muy rarita. – Ángel sonreía socarronamente mientras decía esto buscando provocar a su compañera de carrera.
-          Es un tío, y se llama Hermman. Es alemán y habla poco español, por lo que no te pases con él, capullín. – Contestó ella.
Miriam sonrió complacida, no solo se quitaba el velo de los celos, además se alegraba por ella.
Ángel empezó a salir de la iglesia con una gran sonrisa. Al alcanzar la calle se volvió a Ariadna y abrazando mientras lo decía a Miriam, soltó:
-          Pues yo pensaba invitarte a cenar, pero visto que tú tienes más que celebrar, vas a tener que invitarnos. O que pague el teutón. –
Ariadna negaba con la cabeza sin levantar los ojos de la puerta para dejarla perfectamente cerrada. – No cambies nunca, guapo. No te preocupes, yo invito, será por dinero. –
Los tres comenzaron a bajar la cuesta entre carcajadas por las sucesivas bromas que los dos viejos camaradas se hacían sobre todo lo que se les ocurriera, como esos antiguos compañeros de armas tras la batalla, como los templarios que habrían recorrido esas mismas calles cientos de años atrás en busca de una taberna donde remojar con mal vino y peor pan las penas y aciertos de los combates compartidos.

lunes, 2 de abril de 2018

LAS HISTORIAS DE NUESTROS ANCESTROS. #CienciaFicción



Su cabeza volvía a tener ese terrible zumbido haciendo parpadear su mente como si fuera un semáforo antiguo, de aquellos que servían para regular el tráfico rodado. No era capaz de abrir los ojos con la contundencia necesaria para sentirse realmente despierto.

 Poco a poco el incesante sonido iba haciendo su trabajo, consiguiendo que su cerebro se alejara del cómodo letargo en el que se encontraba sumido para entrar con suavidad en la realidad más cruda.
 En unos segundos consiguió identificar las exiguas dimensiones de la cápsula en la que dormía. Con esa misma cadencia lenta reconoció sus pocos efectos personales apilados a los pies del pequeño camastro en el que estaba. Se bajó de la cama casi rodando al suelo para ponerse en pie con la dificultad del cansancio acumulado en sus doloridos músculos. Al mirarse en el espejo diminuto del lavabo vio su envejecido rostro y pasó su mano por la nuca hasta llegar a la mitad de su propia cabeza, sintiendo el cabello rapado golpear sus dedos al paso. Su pulso se aceleró al sentir el conector que se alojaba entre el occipital y el parietal, en el centro de su cráneo. De repente toda su vida volvió a cargarse en su memoria de ejecución y pudo recuperar sus recuerdos, sus sensaciones.
 El sonido empezaba a resultar desagradable y recordó que solo tenía que pensar en apagarlo y así lo hizo.
Volvió a mirar el pequeño espejo y le aparecieron los mensajes del día, la hora a la que entrar a trabajar, que necesitaba hacer y un para de mensajes de amigos invitándole a quedar para tomar unas cervezas mientras veían un partido.
Recordó que podía escuchar la música que quisiera con solo pensarlo y decidió darse el capricho de escuchar algo tan retro como “The trooper”, una canción de Iron Maiden, aquel grupo de Rock duro que tanto había entusiasmado a su bisabuelo a principios del siglo pasado.
Metió en el hidratador una bandeja de desayuno y mientras esperaba los escasos veinte segundos a que sonara la alarma que anunciaba la finalización del proceso, se asomó por el pequeño ventanuco circular de la puerta de acceso viendo el caos de gente saliendo de las innumerables cápsulas de descanso. Muchos de ellos y ellas eran compañeros suyos en la explotación de Diboruro de Magnesio.
Mientras comía aquel conjunto proteico con sabor a tortitas, o eso ponía en el envase, empezó a sentir como su memoria terminaba de recargar todos los protocolos de trabajo.
Miguel era un obrero especializado, básicamente, en jugarse la vida volando las betas del preciado superconductor desde el interior de un androide que gobernaba directamente con su cerebro conectado a través del enchufe que había tocado hacía unos minutos en la parte posterior de su cabeza.
 Pero lo que Miguel no era capaz de recordar con claridad era como había llegado hasta este punto de su vida. Intentó que su memoria implantada recuperara esos datos, pero como de costumbre, tentativa nula. Cuando pensaba las preguntas sobre sus pasados trabajos, la respuesta siempre era un mensaje de error.
 Sí recordaba que en alguna ocasión un compañero que ya no estaba le había comentado que esos recuerdos no eran buenos para la empresa y se borraban de forma sistemática. Ese mismo compañero le contó que, si cogía una buena cogorza de alcohol solo, sin ningún otro psicotrópico asociado, durante varios días, podías conseguir reventar las barreras del cortafuegos implantado en su cerebro para evitar el acceso a esos recuerdos.
Miguel sonrió de medio lado. Ese era el motivo de sus permanentes perdidas de ubicación, de esa sensación de no tener ni puñetera idea de dónde se despertaba, de esa pérdida de conciencia que le abocaba cada mañana a tener que volver a recargarse todo, como si nunca lo hubiera vivido, como si no fuera capaz de saber ni en que planeta se encontraba.
Apuró el último trago de cafeína pura para despertarse y recogió su mochila del suelo poniéndosela sobre el hombro derecho tan solo. Abrió el grifo del agua fría y se mojo la cara justo antes de volver a la rutina, justo antes de salir al ruido salvaje que le llevaría a trabajar de nuevo toda la jornada para terminar, como casi siempre, bebido por la noche.
Al abrir la puerta de la cápsula el sonido ensordecedor de la vida se coló por sus oídos. Su ultimo pensamiento antes de meterse en la cinta que le llevaría hasta su puesto de trabajo fue que no había cambiado tanto la minería desde hacía varios siglos. Se había sofisticado, pero seguía siendo el trabajo que nadie en su sano juicio quería hacer.

 Cerró los ojos y se dejo llevar. Ahora no podía pensar, o puede que, simplemente, no quisiera. Tan solo quería recordar, pero a estas horas, eso no era posible.

domingo, 18 de febrero de 2018

Rómulo el Magnífico. No podrás dejar de reírte.



Ayer estrenamos Rómulo el magnífico en el TEATRO QUEVEDO.  Puedes perdértelo, pero no podrías perdonártelo.

También puedes reservar tus entradas en Atrápalo.