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jueves, 1 de octubre de 2015

CAPITULO XXIX: El amor aprovecha la tregua.



 Llevaban un par de días interrogando a Ricardo, pero parecía no saber mucho y haber comunicado aun menos. Ya sabían quien era su contacto en Rumanía y Giovanni había puesto a gente de allí sobre la pista. Sus jefes parecían bastante contentos con el avance de la investigación. Pero cada vez mostraban menos escrúpulos en eliminar gente, lo cual le hacía pensar que era posible que en algún momento también él fuera prescindible. Su equipo más próximo era de su plena confianza, pero no sabía lo que podía ocurrir si encontraban lo que andaban buscando. Sus jefes eran gente de negocios y fervientes católicos que querían sacar a la luz partes de la historia ocultas por manos negras que escondieron algunas cosas en el pasado. Tras la publicación de los libros de Dan Brown, Habían visto que era el momento de dar el aldabonazo y rescatar algunas cosas. Pero no podían hacerlo de forma limpia, de modo que contaron con especialistas si reparar en gastos. Pero tendrían que borrar pistas para que no les metieran a todos en la cárcel al terminar la búsqueda. La suya no dejaba de ser una agrupación de católicos con dinero, pero de poca entidad dentro de la iglesia, no eran ni el Opus Dei ni los Jesuitas. Estaban a años luz de esas ordenes, aunque se creyeran con los mismos derechos, la única manera de acercarse sería conseguir rescatar determinadas reliquias más cercanas al mito que a la realidad. Estas podían abrirles de par en par el corazón de la iglesia en agradecimiento y, al mismo tiempo, colocar a la orden en el mapa de las peregrinaciones.
Entró en el pajar en el que tenían a Ricardo. Estaba sucio y con varias marcas en la cara y los brazos. No se habían pasado mucho, no era necesario. Ricardo había demostrado ser bastante cagón, lo cual hacía ver de donde le venía a su hijo. Para un italiano esa cobardía era imperdonable, pero para un ex militar, más aún.
Sus hombres empezaban a estar cansados de preguntar una vez tras otra sin obtener respuestas. Giovanni se quedo mirándole unos segundos. Ricardo levantó la cabeza e imploró una vez más. -Por favor, no me matéis, os daré lo que me pidáis, pero no me matéis-.
La cara de sus hombres mostraba el hastío de escuchar lo mismo una y otra vez.
-Terminar con él y dejarle tirado en una cuneta de Sevilla, sellar le antes la boca, pero esta vez hacerlo en vivo, para que sufra por todo lo que ha puteado a los demás en su vida-. Terminó la frase y salió del edificio rumbo a la casa principal. Solo quería abrazarse a Rocío para olvidar todo esto durante un rato.
 Cuando llegó a su habitación Rocío salía de la ducha. A pesar de haber pasado ya un día desde su llegada y haber dormido varias horas, seguía teniendo aspecto de cansada. Giovanni temía que esto le estuviera superando. Era como si ella no fuera capaz de comprender el fin de todo aquello. Él había intentado explicárselo, al menos la parte que podía ser explicable. Pero ella no comprendía algunas cosas que estaba viendo a su alrededor, no comprendía aquellas “desapariciones” y no terminaba de entender por que seguían retenidas Madelaine y su hijo si ya tenían la información que querían y estaban colaborando.
-Hola cariño-, dijo Giovanni mientras besaba el cuello de la sevillana, levantando con mimo el pelo mojado.
-Hola-, contestó ella con un tono de voz bastante cansino.
-Hoy nos moveremos a otro sitio-, continuó él. -Vamos a Portugal. Parece que estamos bastante cerca de nuestro objetivo y del final de toda esta historia-.¿Conoces Fátima? Vamos a alojarnos bastante cerca de allí-.
-Si, claro que lo conozco. Aunque creo que no es uno de mis lugares favoritos de Portugal-, contestó ella.
-Normal, parece un parque temático. Pero te garantizo que el lugar donde nos vamos va a ser de tú interés-.
-Aha-, contestó ella con bastante poco interés.
-En cuanto esto se acabe, me gustaría que nos fuéramos a descansar una temporada fuera del mundanal ruido-. Esta última frase había surtido efecto, era como si Rocío quisiera romper con todo aquello.
Giovanni se acercó al cajón de la mesilla y sacó un estuche pequeño, negro.
Rocío estaba pendiente de él, lo cual era un avance importante. Se acercó a ella y se lo entregó, como si transportara todos sus sueños en esa pequeña cajita. -Es para ti. Ha pertenecido a mi familia desde hace más de cien años, y ahora me gustaría que lo tuvieras tú. No creo que pueda querer a nadie de este modo. Me gustaría formar una familia contigo, me da igual el formato, pero creo que quiero vivir mi vida a tu lado, hacerte feliz y serlo contigo-. Las palabras de Giovanni sonaban más cálidas y sinceras que nunca. No había órdenes, solo emociones.
 Rocío miró a sus ojos y vio las lágrimas asomando. Nunca le había visto tan desprotegido, era vulnerable, casi un niño desvalido. Ella cogió el estuche y lo abrió. Dentro había unos preciosos pendientes de oro blanco con docenas de diamantes formando una lágrima de varios centímetros de larga. Sintió como sus ojos también se llenaban de sentimientos. Los observó durante unos segundos antes de besarle profundamente. Abrazada a su cuello con los ojos ambos llenos del amor que se profesaban mutuamente, le dijo, -para ser italiano eres muy poco romántico, pero muy práctico. Para que pedírmelo en una cena con velas, en un sitio especial, cuando puedes pedírmelo estando desnuda, muy hábil, chaval, muy hábil. Por supuesto, pero tendremos que hacerlo a mi manera, sin boato, pero casados por la iglesia, sin alardes, pero quiero una boda de verdad y en Sevilla-.
Giovanni estaba feliz. Por primera vez en mucho tiempo se sentía bien con su vida. -Como tú quieras, mi amor-, dijo justo antes de besarla y soltar la toalla que envolvía el cuerpo cálido de Rocío.- Pero, ¿Podemos empezar a celebrarlo ya?-
Ella rio con fuerza, con soltura, como hacía meses que no se reía, desde que empezaron a estar juntos, cuando él la cortejaba cada día haciéndola sentirse tan especial. Volvía a sentir ese amor por su chico y eso le encantaba.
-Eso si, no habrá boda hasta que terminemos con esto-, puntualizó él.
-Pues tendremos que acelerar para que se acabe pronto-, respondió ella.
-Amén-, contestó él.

Madelaine estaba recostada en la cama, desnuda, observando a su amante portugués que se estaba vistiendo. Nuno siempre le había echo sentirse viva, joven. No sentía pudor de estar desnuda ante él, aunque podía ser su hijo por la edad. El amor que le profesaba su guarda espaldas era de las mejores cosas que le habían pasado en los últimos años de su vida. Se sentía satisfecha en lo sexual y fuerte en lo moral. -Hoy vamos a irnos a Entroncamento para seguir la búsqueda desde el punto donde la habíamos dejado. Creo que estamos muy cerca. Pero no me termino de fiar del italiano. Quiero tenerte cerca por si necesitamos escaparnos con lo que encontremos-. Nuno puso su dedo sobre los labios de Madelaine.
-No hables tanto, pueden escucharte-.
-Seguro que si, pero toda nuestra intimidad se resume a este cuarto. Cuando salgamos ya no podremos hablar nada de esto, y tengo miedo-.
-¿Sabes que han determinado para Ricardo?- Preguntó ella temiendo la dureza de al respuesta.
-Lo sabes igual que yo, lo han eliminado. Era una variable que teníamos que retirar de la ecuación, contestó el portugués con frialdad-. No le gustaba hablar de Ricardo, nunca le había gustado la forma de tratar a la gente de aquel tipo. De facto, en varias ocasiones había estado tentado de “terminarlo” personalmente, pero se había contenido por miedo a perder el contacto con Madelaine.
-¿Pero como lo han llevado a cabo?, ¿Ha sufrido?- Preguntó de nuevo Madelaine-.
-Espero que sí-, contestó Nuno mientras acariciaba con delicadeza la pierna de su amada.
Madelaine sentía estremecer su cuerpo cada vez que aquel hombre estaba a su lado. Hacía que se sintiera joven, intrépida, atractiva. Tenía la sentación que cada vez que estaba con él descumplía algún año, y eso a su edad era muy placentero.
-Y con mi hijo, ¿Te ha contado Giovanni qué piensa hacer?-
-No, y no creo que le haga nada, por ahora. En el fondo sabe que puede ser útil a futuro. El italiano es muy listo-.
Madelaine asintió. Ella también pensaba lo mismo. El italiano parecía un aliado fiel hoy, pero era lo suficientemente camaleónico como para volverse contra ellos llegado el momento.
Se levantó de la cama y se cubrió con un fino batín de seda rosa, elegante, suave. -Deberíamos saber hasta donde nos tiene infiltrados este tipo. No sé cuantos de los nuestros pueden estar trabajando con ellos-, dijo mientras acariciaba la camisa que Nuno acababa de ponerse con aire distraído. -Tú los conoces mejor que nadie. Los reclutaste y los diriges habitualmente. Te respetan y a mi me temen, en algún caso-.
-Te diré algo-, contestó él mientras se anudaba la corbata, como si fuera a tener una reunión importante, concentrado en cerrar bien el nudo. -Sinceramente, no creo que nos tengan muy intervenidos. Si hubiera sido así, no les hubiera costado tanto llegar hasta vosotros. Pero lo vamos a comprobar-.
Nuno se quedó concentrado mirando el espejo, como buscando inspiración en él. -Quizás podríamos mandar dos señales distintas, una por un grupo y otra por otro, a ver si reacciona el italiano de algún modo. Eso nos permitiría ver en donde estamos-.
Madelaine asintió, -me parece buena idea. Voy a bañarme, nos vemos en un rato-, dijo dejando caer la bata y besando en los labios a Nuno,- lo necesito-.
El portugués salio de la habitación encontrando en la puerta a una de las mujeres de Giovanni, como apostada sin mucho celo en su trabajo. Era una mujer atractiva, con el pelo largo y rizado, pero con una frialdad en la mirada que hacía presagiar que no le temblaría el pulso en eliminar los estorbos si fuera necesario. Saludo con un simple cabeceo que ella contestó con un buenos días y una sonrisa leve, fría. Bajó las escaleras y vio en el recibidor a gran parte del equipo de Giovanni preparando la partida, todos los pertrechos, las armas y sistemas de comunicación. Aquello parecía una operación militar en el más amplio sentido de la expresión. Por un momento pensó que acababa de volver al ejército y se sintió bien, siempre había tenido espíritu militar.
Al llegar abajo uno de los hombres le dijo, -vuestro coche será el tercero, iréis con Margot. “El niño”ira en otro coche. Salimos en dos horas. Avisa a tu jefa para tenerlo todo preparado-. Terminada la parrafada de órdenes se dio la vuelta y siguió a lo suyo.

Nuno se fue a la cocina a preparar un café para él y otro para Madelaine antes de subir a comunicarle el plan de viaje. Sentía cierto nerviosismo, casi infantil, por lo que iba a pasar. Sentía que harían historia, y eso era excitante.

lunes, 21 de septiembre de 2015

CAPITULO XXVI: Todo comenzó en Triana.



Ricardo acababa de llegar al lado sevillano del puente de Triana, faltaban cinco minutos para la hora fijada. Se sentía sudoroso, nervioso. En la bolsa que llevaba en la mano llevaba un millón de euros y de ellos al menos dos cientos mil eran falsos. Tenía claro que no les iba a dar a esos hijos de perra un duro más. Seguro que eran unos muertos de hambre que se conformarían con esto y le darían a Jacques y a Madelaine. Por un momento pensó que ella le estaría agradecida. Eso era bueno. Estaría más dispuesta a colaborar con él para encontrar los objetos que buscaban. Incluso es posible que se la pudiera tirar, para celebrarlo. Madelaine es mayor, como él, pero sigue estando muy buena.
Solo le había acompañado un chofer polaco que llevaba un arma y que le acompañaba a todos lados, pero se había quedado a unos doscientos metros, observando, por si Ricardo le hacía una señal.
Empezó a cruzar el puente que estaba en obras, parecía que estaban haciendo un carril bici. Por un momento pensó en lo gilipollas que tienen que ser los que van en bici en una ciudad en la que el ochenta por ciento del año hace un calor de la leche. Pasó la mitad del puente. Su paso parecía ralentizarse, como si temiera algo en su fuero interno, sabía que no debía mirar hacia atrás, pero esperaba que el polaco estuviera pendiente, como no fuera así, se iba a cagar cuando volviera.
Dio unos pasos más y sintió vibrar el teléfono en su bolsillo. Lo cogió con un “si” lacónico, como si no supiera de sobra quien le estaba llamando.
-Llega al final del puente y acércate a un mercedes negro con los cristales tintados que esta aparcado el primero nada más bajar las escaleras del otro lado del puente-.

Giovanni lo observaba todo desde la casa de la esquina. Sus hombres ya se habían encargado de quitar de en medio al polaco, que iba camino de la comisaría más cercana, al menos eso pensaba él, al detenerle por llevar un arma de fuego, una nueve milímetros parabelum, sin licencia. El coche estaba preparado, el mendigo que estaba sentado en el final de la escalera, como si estuviera durmiendo la mona, era uno de los suyos que estaba allí para empujar a Ricardo dentro del coche, si se resistía, aunque lo dudaba.
Llegó el momento. Ricardo bajó la escalera, vio a un mendigo de mierda tirado en el suelo, al final de la escalera, ese seguro que no era el enlace. Por un segundo dudó en seguir. De la ventanilla trasera del coche vio salir un brazo de mujer que le hace un gesto para que se acercase. Se aceleró. Le han mandado a una tía para recogerlo, estos son unos pardillos seguro, piensa. Cuando se acercó al coche sintió un arma blanca en su costado derecho. La mujer que estaba en el coche, una guapa morena de ojos negros, piensa él, le apuntaba con un arma y le dijo con una voz bastante fuerte, -pasa, dale la bolsa al que tienes detrás y no hagas gilipolleces que te termino aquí mismo-.
Ricardo se quedó un poco sorprendido, busca con la mirada en el largo puente al polaco. Esto no era lo previsto por él. La morena sonriendo le dijo,- de tu sicario ya nos hemos encargado-.
El coche arrancó picando ruedas mientras a él le ponían una capucha negra, su corazón latía a mil por hora. Sintió la mano de la morena en le cuello, como acariciando la nuca. -No te mueras de un infarto, cabrón, que te necesitamos vivo un ratito-.
Giovanni recogió sus cosas, todo había salido bien. En unos segundos estará abajo donde le recogerá su coche que sale como alma que lleva el diablo tras la estela del mercedes negro. En el interior, Tatiana vestida con un sugerente vestido de flores verdes y unos zapatos a juego, sonríe. Ve que el final de la relación con Ricardo está cerca. Giovanni devolvió la sonrisa mientras le daba la bolsa. -Tu dinero. Iros lejos, que nunca os puedan relacionar con esto-.
-Sabes que no ha puesto los dos millones, solo ochocientos mil y doscientos mil más falsos-, le dice Tatiana observando la reacción del italiano.
Giovanni abrió los ojos con expresión de sorpresa.- Este sátrapa es rata hasta para salvar a su hijo-.
En el fondo nunca pensó que fuera algo organizado, solo avisó a uno de sus socios en Rumanía, este le contó lo que debía hacer y Ricardo tomó las decisiones que se le pusieron en las narices-, dice ella.
-Como siempre. Gracias por la información. Para-, dijo el italiano al conductor. -Ahora bájate y disfruta, te lo has ganado con creces-.
Tatiana sonrió con desdén. Desde luego que se lo ha ganado, pero también sabe que no puede volver a su país, eso le hace sentirse un poco extraña. Ha sacado unos billetes para Méjico, se va a la Rivera Maya. Allí tiene amigos y dinero para vivir sin trabajar un tiempo, o para montar un negocio, ya se verá. Besa en la cara con cariño a Giovanni. -Gracias-.
-A ti-, se despide el italiano.
Tras dejarla, el coche sale como un tiro hacia su destino, la finca.
El primer coche acababa de llegar, todavía sin haber bajado a Ricardo del interior cuando el segundo entró por la verja, casi volando por encima del breve camino de tierra. El italiano se bajó casi en marcha del coche, con la presteza del guarda espaldas que lo hace con asiduidad, indicando con la mano que no lo sacasen aún. Giovanni no quiere que le oiga hablar, por si acaso.
Cuando se acercó al coche cerró la puerta preguntándole en voz baja, casi susurrando al oído de su compañera, -Está nervioso, ¿Ha dicho algo?-
Ella asintió, -está muy nervioso, por un momento he creído que le iba a dar un infarto. Hasta creo que ha llorado, el muy cabrón-.
-Bien, eso es bueno, llevarlo a los establos, atarlo a una columna y quitarle la capucha solo cuando este todo preparado. Acordaros, todos con monos de campesino y que solo hablen los dos que le van a interrogar-.
Se volvió hacia la puerta de la casa, en la que dos miembros de su equipo esperaban, vestidos con mono de trabajo grasiento como si fueran mecánicos de un taller, las órdenes precisas.
-Ya sabéis lo que tenemos que hacer, sacar toda la información posible y luego, eliminarlo. Necesito conocer que sabe de la búsqueda, si tiene gente trabajando en algún frente, si sus socios saben algo. No escatiméis sufrimientos, no va a salir de aquí y-, duda por un segundo tras confirmar la sentencia de muerte del valenciano, -me parece que debe pasarlo mal hasta para morirse, que ha hecho mucho daño toda su puta vida-.
Sus compañeros asintieron, efectivos, diligentes. Sabían lo que tienen que hacer y estaban seguros que no les va a causar problemas. Se dirigieron al coche y cogieron a Ricardo por los brazos. Lo llevaron casi arrastrando, a empujones, con la cabeza tapada y las manos sujetas por un precinto. Sólo se escuchaban los sollozos del valenciano, vacío ya de la arrogancia con la que solía tratar a todo el que le rodeaba. Cuando llegaron a la parte trasera de la casa,  le obligaron a ponerse de rodillas y tras atarlo le quitaron la capucha. Tenía los ojos enrojecidos del llanto, parecía un pobre desvalido, pensó uno de sus castigadores.
-No me matéis, os puedo conseguir lo que queráis, todo el dinero que queráis-, dijo nervioso, como si supiera cual sería el final.
-Ya no eres tan gallo, sonó la voz de Madelaine tras él-. Ricardo giró la cabeza, buscando la imagen de la mujer de la que reconocía la voz.
-¡Estas viva!- Exclamó no sin sorpresa.
-Muy a tu pesar cabrón-.
-Pero, no lo entiendo, os he estado buscando. ¿El niño está bien?-, dijo Ricardo intentando reponer la compostura.
-Si, no te preocupes por él-. Madelaine giraba a su alrededor. Estaba tranquila. Olía a limpio, no como él que apestaba a miedo y sudor, pensó Ricardo.
-A que esperas, suéltame, joder-. Casi gritó. Como si fuera una orden. Madelaine sintió de nuevo la mala educación de Ricardo a su alrededor. Le dio asco, sintió que no sabía como podía haber tenido relación con tamaño elemento. Levantó los ojos buscando tras la cabeza del padre de su hijo. Allí la esperaba la mirada cálida de Nuno, cariñosa, apacible, pero sedienta de venganza. El portugués nunca había tragado a Ricardo, y ahora, podría saborear el frío placer de castigar a aquel personaje.
Nuno había trabajado con ellos desde hacía muchos años. Estaba enamorado locamente de Madelaine, con quien mantenía una relación extraña. Era su hombre de confianza, su guarda espaldas más próximo y su amante ocasional. A pesar de ser bastante más joven que ella, no tenía ojos para ninguna otra mujer, y ella lo sabía y se aprovechaba de ello. Pero con Ricardo la relación no había sido buena nunca. Le había visto arruinar la vida de mucha gente cerrando empresas por no invertir cuatro perras en ello. Le había visto dejar morir negocios que podían ser viables, dejando pueblos que habían puesto todas sus esperanzas laborales en el proyecto que Ricardo hundía, que le habían dado fondos públicos para construir esperanzas de trabajo y él se lo gastaba en coches deportivos y en putas, mientras los proyectos languidecían por falta de financiación. Le había visto ordenar como si fuera un emperador a la gente que trabajaba con él. Era un déspota, pero hoy conocería el sufrimiento, y él, Nuno, disfrutaría de devolverle a ostias todo el odio que había recibido, toda la falta de respeto y de educación, todas las vejaciones que le había visto cometer. Y encima por orden de Madelaine. Nuno se sentía como si le hubiera tocado la lotería. ¡Que momentazo! Pensó mientras le soltaba un manotazo en la cara que le hacía escupir sangre.
-Bueno “Ricardo”-, preguntó con bastante sorna. -Me vas a contar quien sabe que venías a pagar un rescate, ¿verdad?- Preguntó soltándole otro bofetón que hizo abrirse una brecha en la cara de Ricardo.







lunes, 7 de septiembre de 2015

Capítulo XXII: Una llamada inesperada


  Nuno acababa de despertarse en la habitación del viejo caserón que su jefa tenía cerca de Entroncamento Norte, próximo al centro comercial, con una salida fácil a la autopista. Siempre que se despertaba en esta casa se sentía como si volviera a su pasado. El no era de esta región, era de Alentejo, al sur de Portugal, pero la casa se parecía a las de todos los terratenientes portugueses que conocía. Una de las razones por las que le gustaba trabajar en España y con franceses era porque se encontraba mejor en sociedades menos clasistas que la portuguesa. Pero en el fondo, se sentía orgulloso de sus raíces. 

Se restregó los ojos, como queriendo recuperar las ideas en un disco duro que se resistía a arrancar, a pesar de estar recibiendo la luz de la mañana en los ojos a través de una rendija del cortinaje, espeso y recargado como corresponde a un caserón de tan rancio abolengo. Se levantó de una forma un tanto pesada y llegó hasta el baño, especialmente moderno y equipado, como le gustaba a la jefa. Puso en marcha el grifo dejando que se llenara la bañera y volvió a la habitación para encender el teléfono móvil y comprobar, mientras prendía un cigarrillo pensando que tenía que dejar de fumar de una vez por todas, que tenía varias llamadas perdidas, un par de su equipo de Tomar, una de Ricardo y otra de un número que no conocía, de Sevilla.
Decidió empezar por lo más próximo y llamar a sus compañeros portugueses.
-Bon día Joao, ¿me has llamado?- Preguntó de forma retórica en portugués, conociendo la respuesta.
-Bon día Marqués-, le contestó su compañero,- ya era hora de levantarse. Sí te llamé para comentarte que estamos atascados. Hemos revisado todo el castillo buscando las señales que comentó la señora y no damos con ello. Creo que necesitamos a un especialista para poder seguir con esto. Si no es posible, tendremos que suspender la búsqueda. Alguno de los arqueólogos que están trabajando en la restauración del castillo empiezan a hacer preguntas-.
-De acuerdo, entiendo-, contestó lacónico Nuno mientras cerraba el grifo del baño. -Hablaré con alguien a ver si consigo respuestas, te llamo luego-.
Apagó el cigarrillo en el lavabo y se introdujo en el agua caliente, disfrutó de ello unos segundos y volvió a coger el móvil. Tenía dos opciones y, como siempre, dejó al estúpido de Ricardo para el final. Llamó al teléfono de Sevilla que no conocía, tras sonar cinco veces, cuando ya pensaba en colgar, le cogió el teléfono una mujer con marcado acento alemán, pero que le contestó en un español perfectamente entendible.
-Hola, tengo una llamada perdida de ustedes, de esta mañana-.
-Un momento por favor, le paso con la persona que le ha llamado-.
Era evidente que no se trataba de un error, por lo que se incorporó en el baño, como activado por el resorte de la adrenalina. Pasados unos dos minutos, escuchó una voz conocida, pero que sonaba con un profundo pesar.
  -Hola Nuno, te va a hablar un hombre que te dará las instrucciones necesarias para poder mantener una reunión en la que quiero que estés. Por supuesto, no informes a Ricardo ni a nadie de Francia ni de Portugal. Ven tú solo para que podamos resolver esto-.
Era la voz de la señora, se le encogió el alma, le recorrió un escalofrío por la espalda.
-¿Esta usted bien señora?- Preguntó con inquietud.
-Sí Nuno, estamos bien, no te preocupes, pero atiende bien a este hombre, necesito que no falle nada-.
-De acuerdo señora, así se hará-.
Madelaine pasó el teléfono a Giovanni quien se apartó de los oídos para dar las indicaciones a Nuno de lo que debía hacer.
-Espero que no le hayas hecho daño, o no tendréis mundo suficiente para correr, le contestó el portugués más con la voz de un esposo encabronado que de un guardaespaldas responsable-.
Giovanni no se molestó en contestar a la amenaza del portugués, sabía que tenía el control sobre la negociación y la persona que estaba al otro lado de la línea solo era un sicario aventajado. -Escucha bien las indicaciones para que todo pueda seguir bien, no quiero que comentes esto con nadie, mucho menos con Ricardo, ya habéis tenido suficientes filtraciones a través de Jacques como para seguir empeorando las cosas-. Nuno comprendió en ese momento que el hijo de su jefa había sido el responsable de la información que llegaba a Ricardo hasta ese momento, y empezó a comprender que esto era lo que producía impaciencia en el “empresario” valenciano, ahora estaba ciego, no conocía los pasos de nada y eso le daba a Nuno un poder que le apetecía explotar.
  Giovanni siguió con su exposición de órdenes,- compra un teléfono de tarjeta para ti y otro para tus contactos en Portugal y España. Apaga los teléfonos móviles y traédmelos con sus tarjetas para destruirlos, Cuando tengas el tuyo, manda un SMS al teléfono de Madelaine con el número para que nosotros podamos contactar contigo. Debéis abandonar la finca en la que estáis, la conoce demasiada gente, parte de tu equipo se puede alojar en un hotel, cuando vengas, decidiremos donde ubicar el resto-.
  Hizo una pausa para enfatizar más la siguiente frase, -mañana a las diez de la mañana debes estar, solo y desarmado en la puerta principal de Isla Mágica, en Sevilla. No temas, puedes dejar tus armas en el coche en el que vengas. Procura que no te sigan para llegar allí, no quiero sorpresas desagradables, y sobre todo, no temas por vuestras vidas, no podemos hacer esto sin vuestra colaboración y no somos asesinos. ¿Ha quedado claro todo?- Preguntó con un tono inquisitorial.
  -Cristalino-, contestó con cierta chulería el portugués.
  -Nuno, cuando te recojamos y te traigan a donde estamos, te van a vendar los ojos y a esposar, por seguridad, no opongas resistencia. Cuando Madelaine te explique, vas a comprender mejor la situación, seguro-.
  Giovanni, no esperó respuesta y colgó el teléfono. Miró a su compañero para que deshiciera el entramado de desvíos telefónicos que les había llevado a estar recibiendo la llamada como si estuviera en un consultorio médico de Lora del Río, que sería quien le contestaría a Nuno si volvía a llamar a ese número. Miró con cierta complicidad a Madelaine, ambos sabían, ahora sí, que estaban haciendo lo correcto, aunque el viaje hasta este punto había salido muy caro. -Tengo que mantener a tu hijo aislado, lo comprendes, ¿verdad?- Le preguntó con una mirada fría a Madelaine.
-Por supuesto, no le hagáis daño, pero que no pueda comunicarse. En el fondo creo que nunca ha entendido que nuestra misión era lo más importante para todos. Lástima que yo no supe ver sus defectos a tiempo-, respondió con lágrimas en los ojos.
-Lástima que yo tampoco descubrí su punto débil antes, abríamos evitado tú sufrimiento, lo siento Madelaine-. La voz del italiano sonaba especialmente dolida.
Madelaine bajó la mirada buscando refugio en la colcha de la cama sobre la que estaba sentada, como si quisiera borrar de su memoria lo sufrido. En el fondo, era mujer, y por lo tanto estaba acostumbrada al dolor y a que menospreciaran su vida. Por un momento recordó cuando su padre, casi agonizante, le había revelado el secreto que acompañaba a su familia. Ella siempre había sabido algo, pero su padre confiaba en encontrar a un delfín varón, más por desconfianza hacia las mujeres que por pensar que su hija no sería capaz. Pero eso hizo que ella se sintiera menospreciada y traicionada por su padre, a quien había idolatrado toda su vida. Era como ver la gran mentira que le habían contado durante toda su vida y sentir que, de repente, le caía encima todo el peso de la historia.
Giovanni dejó la habitación y al salir dio orden a las dos custodias de Madelaine para que la dejaran moverse con cierta libertad, pero vigilada en todo momento, por la finca.
Llamó a Ángel para comentarle que se había producido un inesperado giro en los acontecimientos, pero que él siguiera las líneas de investigación iniciadas ya que algunas pistas no estaban muy claras.

Ángel estaba llegando a la frontera de Francia con rumbo a Bayona para ver si encontraba algo nuevo en su catedral que hubiera pasado desapercibido hasta ahora. A pesar de las órdenes recibidas, había llevado consigo a Miriam, que no tenía trabajo en unos cuatro días por esas compensaciones de trabajar los fines de semana. Ella escuchó la conversación a través del manos libres del coche y, una vez había colgado el teléfono, le preguntó directamente, -¿En qué te estás metiendo?-
Ángel meditó la respuesta durante un par de segundos. Tenía claro que la empresa en la que estaba metido entrañaba riesgos, pero ya no tenía marcha atrás, y se moría de ganas de compartirlo con su pareja, desde el principio había tenido la sensación de estar engañándola. Poco a poco le fue desgranando el proyecto y lo que estaba haciendo, al menos lo que él conocía, sin dar nombres de personas ni organizaciones. La cara de Miriam iba tornándose cada vez más seria, como si viera algo turbio que él no quería contar o no conocía. Cuando Ángel terminó su exposición ya estaban a menos de 10 Km de su destino. Miriam inspiró con fuerza y contestó de forma lapidaria, -todo lo que ha tenido que ver con esto en la historia, al menos en la conocida y en la que tú eres especialista, ha traído muerte y traición. Espero que seas consciente del fregado en el que nos hemos metido-.
-Por supuesto que lo soy-, contestó Ángel sin mucha convicción. Quizá hasta ese momento no lo había sido realmente. Se había dejado arrastrar por su ansia de historiador y no había visto las consecuencias posibles. Pero para eso estaba Miriam, su conexión con la realidad. Por un momento sintió la culpabilidad de poner en peligro a la persona a la que quería trayéndole a este viaje, pero rápidamente su cabeza eliminó el riesgo de la variable, no eran más que dos turistas visitando una iglesia en el sur de Francia, nadie podría relacionarles con aquel operativo.











lunes, 24 de agosto de 2015

Capítulo XVIII: Y como es él.



Se encontraba muy cansado, desde que se había metido de nuevo en toda esta locura Ricardo no dormía bien, aunque a veces se preguntaba como podía haber dormido bien alguna vez, con todas las putadas que había hecho en su vida, a sus socios, a su familia y a cualquiera que se pusiera en medio de sus intereses. Él se consideraba un inversor, un hombre de negocios con no muchos escrúpulos. Siempre negocios, eso pensaba Ricardo. Para todos los que estaban a su alrededor era un niño rico que nunca había tenido que trabajar. Un especulador sin ninguna intención de crear negocios, solo de ganar dinero fácil. Durante muchos años se había dedicado a dar “ladrillazos”, hasta que descubrió que podía montar negocios a base de subvenciones inflando facturas para que los gobiernos regionales de diferentes comunidades autónomas pusieran el dinero y después especular con las posibilidades de las industrias montadas.
 Le habían pillado en un par de ellas, pero como tenía buenos abogados y asesores fiscales, siempre caía de pie. Tan solo en una ocasión un polaco le había pegado una paliza por haberle dejado unas deudas brutales. Le dejó una semana en la cama y una cicatriz en la barbilla, pequeña, casi imperceptible.
Se dio la vuelta en la cama para mirar por el ventanal de su habitación. Pulsó el botón para que se abriera la persiana sin levantarse de la cama. Cogió el teléfono y esperó a que le contestaran desde el otro lado. Era Tatiana, una rubia voluptuosa nacida en Tirana. Era la “asistente” personal de Ricardo. La utilizaba para todo, era su cocinera, su criada y su amante cuando no tenía a otra mujer a mano. Tatiana había llegado hacía 10 años a España buscando trabajo y, con tan mala suerte, había caído en la red de Ricardo que se encaprichó de ella en una cafetería en el centro de Valencia. Tatiana pensó en algún momento que quería casarse con ella.
 Pero poco a poco descubrió que Ricardo solo se quería a si mismo y lo único que le importaba de ella es que estuviera disponible, para todo, cuando él quería. Varias veces había pensado abandonar a este tipo, pero toda su familia en Albania vivía del dinero que ella mandaba. Cada vez le daba más asco mantener relaciones sexuales con aquel cerdo, pero no tenía muchas salidas, al menos no las veía. Descolgó el teléfono y contestó sin mucho ímpetu, -dime Ricardo-.
- El desayuno-.
-Enseguida-.
Ricardo colgó el teléfono. Tatiana sintió el asco recorrer su piel. El muy desgraciado no había dicho ni buenos días, ni gracias. Nada amable.
  Terminó de preparar la bandeja con café y bollos. Se abrochó un botón más de la camisa, para que no le mirara el escote mientras le servía el desayuno y se dirigió a la habitación de Ricardo. Golpeó la puerta con una mano mientras hacía equilibrios con la bandeja. La puerta de la habitación era blindada y solo podía abrirse desde dentro. Golpeó de nuevo la puerta pasados unos segundos ya que no había obtenido respuesta en el primer intento.
Ricardo abrió la puerta y con la mala educación habitual en él dijo, -no tengas tanta prisa que no tienes más que hacer que lo que yo te diga-. Mientras decía esto repasó el cuerpo de su criada con la lascivia en la mirada que cada vez le producía más asco a Tatiana. Al pasar le dio un palmetazo en el culo, como quien le hace una caricia al perro fiel al pasar a su lado, sin mayor aprecio ni desprecio.
Cuando Tatiana dejaba sobre la mesa la bandeja sonó el teléfono móvil de Ricardo que estaba sobre la mesilla de noche. Ricardo se sentó a la mesa y le dijo sin ni tan siquiera mirarla a la cara, -dame el teléfono-. Tatiana obedeció y tras dárselo en la mano aprovechó el segundo de confusión para salir de la habitación y cerrar la puerta. Sabía que significaba la mirada de Ricardo, por lo que decidió irse con urgencia a la compra a ver si mientras tanto él se largaba y la dejaba en paz. Avisó a Ximo, el chico que tenía Ricardo para hacerle las gestiones en Valencia y le dijo que tenía que ir a hacer la compra. En algunas ocasiones había mantenido relaciones con él. Le gustaba, era guapo y más joven que ella. No la trataba como una puta, y eso en su vida ya era algo importante.
Ricardo descolgó el teléfono tras comprobar que la puerta se había cerrado tras la salida de Tatiana. -Dime Nuno-, contestó mientras se metía un trozo de bollo en la boca.
Buenos días Ricardo, contestó el portugués. ¿Puedes hablar?
-Ya lo estoy haciendo, contestó con la boca llena-.
Nuno no había entendido bien la respuesta, le parecía que aquel tipo tenía la boca llena de pan, pensó que solo un cerdo sería capaz de contestar con la boca llena, y sonrió al pensar que eso era realmente ese tipo.- Bien, continuó Nuno, hemos conseguido cogerles la pista a las dos hijas del banquero-.
Ricardo esperaba que el portugués siguiera su discurso mientras se volvía a llenar la boca, cuando comprobó la pausa, contestó a duras penas, -¿Y?-
-Una de ellas ha seguido con su vida aburrida, la otra, Rocío, está en contacto con alguien que está estudiando documentación que podría ser la que tenía la señora Madelaine-.
-Bien, bien, que la sigan para ver como progresa, pero a distancia-.
 -Ya lo hemos hecho. Le ha comentado a su hermana que va a irse unos días a Navarra-, contestó Nuno.
 -Pues que la sigan-, ordenó Ricardo.
-De acuerdo-, contestó el luso pensando en colgar ya el teléfono.
-Una cosa más Nuno, nuestros hombres de Portugal, ¿Están progresando?-
-Creo que sí-, contestó lacónico Nuno,- pero, sinceramente, mi misión es encontrar sana y salva a la señora. Se que están buscando en varios puntos en el entorno de Fátima, pero no puedo decirle nada más-. Nuno se quedó pensativo en silencio unos segundos para proseguir, -y aunque sepa algo más no se lo pienso decir hasta que la señora lo autorice-.
Esto sacó de quicio a Ricardo que contestó exasperado,-¡ tú me dirás lo que a mi me salga de los cojones, que no se te olvide quién te paga, cabrón!-.
  Nuno pensó su respuesta un par de segundos. -Ni lo sueñes, Ricardo. Y si es por el dinero, déjeme que le explique una cosa. Cuando encuentre a la señora, aclararemos esto usted y yo. Si quiere dejar de pagarme, hágalo, pero como se le ocurra volver a insultarme o gritarme, me voy a hacer un llavero con sus “cojones”, si se los encuentro. No se le olvide, yo no soy uno de sus perritos falderos-. No esperó la respuesta, colgó y se sintió mejor. Acababa de pararle los pies al tipejo este. Nunca le había caído bien, le había aguantado algunas estupideces por no romper el clima de trabajo, pero no pensaba soportarle que le tratara como a uno de sus lameculos, el no lo era y no pensaba serlo nunca.
  Ricardo se quedo gritando, NUNO, NUNO, como si le fuera a contestar. -Me cago en su puta madre, quien se cree el portugués este que es, a mi no me cuelga el teléfono ni Dios-. Volvió a marcar el número de nuevo, pero le salió el buzón de voz.
  Salió de la habitación con la idea de pagar su frustración con la criada, gritando -Tatiana, ¿donde te metes?- Tras buscarla unos minutos por toda la casa, llegó a la conclusión de que se había ido. Ricardo necesitaba descargar su ira en alguien.

jueves, 13 de agosto de 2015

Capítulo XV:¿ Donde está el principio de la madeja?

CAPITULO XV

Nuno llevaba varios días intentando seguir la pista de su jefa. No era solo la presión de su “otro” jefe, Ricardo, era sobre todo por que le empezaba a preocupar lo larga que estaba resultando la desaparición. Por otro lado, su enlace en la oficina de Ricardo también había desaparecido, hacía unos días y, al parecer, no tenían ni puñetera idea de donde estaba.
 Habían seguido la pista a través del GPS del coche de su jefa hasta un pueblo al norte del Algarve, cerca de Odemira. A Nuno no le hizo ninguna gracia tener que volver a esa zona de Portugal. Le recordaba lo triste de su niñez, lo cutre de su región. 
El pueblo hasta el que habían perseguido estaba cerca de Odemira, Boavista dos Pinheiros, se llamaba el pueblo diminuto donde encontraron el coche, al que habían prendido fuego en la noche del día en que secuestraron a su jefa, calcinado en un campo de lechugas propiedad de una multinacional inglesa. Habían tenido algunas palabras más altas que otras con los técnicos de la empresa, que eran “lugareños” portugueses y que lo más divertido que les había sucedido en el último año, era encontrar el coche incendiado.
Habían buscado pistas en los alrededores, pero lo único que se les ocurría era que tuvieran alguien esperándoles o que hubieran salido en uno de los camiones que salían de la fábrica de la multinacional inglesa. Había intentando hablar con los de logística de la empresa, pero sus paisanos no se mostraban muy colaboradores. Nuno pidió a sus compañeros en Sevilla que investigaran la empresa, a ver que encontraban.
Pero el problema seguía existiendo. Lo peor, no tenía idea de por donde seguir la búsqueda. Varios de sus hombres estaban buscando pistas por todos los puntos en los que parecía que pudieran encontrar algo, pero no mejoraba.
Sonó el teléfono móvil, Nuno miró nervioso para comprobar que era Ricardo el que le llamaba, seguro que había descubierto algo.
-To-, contestó el portugués. Llevaba muchos años fuera de su país, ya no le quedaba casi ni acento, pero no era capaz de dejar de contestar así al coger el teléfono.
-A ver portugués-, dijo Ricardo con cierto desprecio en la forma de nombrar el origen de Nuno. -Mañana entierran al gordo cabrón ese que trabajaba en el banco donde Madelaine tenía los papeles. Quiero que estés allí y metáis la nariz en todo, a ver si localizamos algo que perseguir-.
Nuno pensó por un momento como Ricardo podía llamar a alguien gordo cuando el parecía un muñeco de esos de los bebés que no se caen nunca por lo redondos que son. Cada vez le caía peor ese tipo, pero por ahora era quien le podía seguir pagando, dadas las circunstancias, no era el momento de pensar en mandarle a hacer puñetas.
-Esta bien patrón-, contestó con cierto servilismo cínico el portugués.- Lo preparo todo. ¿Tiene usted alguien a quien marcar en especial?-
-Creo que una de sus hijas, Rocío, había tenido algo que ver con unos estudios sobre la Orden-.
-Está bien, intentaremos colocarle un localizador en el coche o en la ropa-,afirmó Nuno.
-No lo intentes, joder, hacerlo, a ver si es posible que alguna vez hagáis algo bien-.
-Si-, esta vez Nuno contestó con la sequedad de quien está pensando en mandar a hacer puñetas al que está al otro lado de la línea.
-Algo más, ¿Ricardo?- Nuno sabía que le fastidiaba bastante que un trabajador suyo se dirigiera a él de tú. Era como recordarle que él no era más que un especulador venido a más gracias al dinero que había heredado de su padre.
-No, contestó con sequedad y colgó el teléfono con la mala educación habitual-.
Nuno se quedó con el regusto de haberle tocado las narices al imbécil este. Al fin y al cabo, el solo estaba vendiéndole información hasta que desapareció su jefa. Ya tendría la oportunidad de ponerle en su sitio si volvían las cosas a su ser.
Nuno volvió a coger el teléfono móvil mientras paseaba por la acera encendiendo un cigarrillo. Hacía tres meses que había dejado de fumar, pero los nervios de los últimos días le habían forzado a recaer, ya lo volveré a dejar, pensó mientras prendía el mechero.
Al contestarle al otro lado de la línea le explicó a uno de sus compañeros el plan del día siguiente. Tras colgar el teléfono pensó que era posible, solo posible, que los documentos no hubieran salido de Sevilla. Volvió a coger el teléfono y llamó a Miguel.
Miguel era policía de la científica y antiguo compañero de correrías cuando ambos estudiaban derecho en Madrid. Seguían teniendo buen trato, y en algunos casos, colaboraba con él para buscar a determinadas personas. Miguel cogió el teléfono como si no pudiera hablar en ese momento. -Hola Nuno, ¿te puedo llamar en unos minutos?-
-Por supuesto,- contestó el portugués, -pero no te olvides, que es muy importante-.
Al colgar el teléfono pensó en como plantear la propuesta a su amigo. Era posible que pudieran encontrar movimientos de algún especialista en historia medieval. Se supone que los secuestradores de su jefa no tenían infraestructura sólida en España ni en Portugal, con lo que necesitarían a algún especialista para interpretar los datos. En Europa no tenía que haber más de cuarenta o cincuenta personas preparadas para esto. Era dar palos de ciego, pero a lo mejor daban con algo.
Tiró el cigarrillo al suelo y volvió a marcar otro número. Era el de sus oficinas en Portugal. Quería saber si habían encontrado lo que buscaban, eso cambiaría bastante el status quo de la situación. Al descolgar su compañero le disparó la pregunta en portugués sin más saludos. La respuesta fue igual de rápida. -No, pero creemos estar cerca de ello-.
Tenía que pensar más rápido, el tiempo corría en su contra. Encendió otro cigarrillo. Pensar más rápido, más rápido.


lunes, 27 de julio de 2015

Capítulo X: Los Beaujeu.


  El coche de la familia Beaujeau se paró ante el banco y su coche escolta, detrás de ellos. Uno de los guardaespaldas se bajó y abrió la puerta derecha. Tras los cristales tintados y la densa puerta blindada, aparecieron las gráciles piernas de Madelaine, que se bajó del vehículo como si tuviera veinte años. Miró a izquierda y derecha tras sus gafas de sol de Armani mientras sentía como la puerta del otro lado se abría para que bajara su hijo. Los escoltas se habían bajado unos pasos antes de parar los coches para poder estar posicionados ante la puerta de la sucursal bancaria antes que llegara su jefa a ese punto.      Todos llevaban gafas negras, aunque era lógico en ese día, hacía bastante sol en Sevilla.
Sevilla
Jacques sujetó la puerta y pasó tras su madre. Unos pasos más atrás iban dos de los miembros de su equipo.
 En el banco no les hacía mucha gracia que aquella gente entrara con armas en su sucursal. El nuevo director, Manuel, había intentado sin éxito que le permitieran evitarlo, pero una llamada desde su central le disuadió. No le hizo mucha gracia, pero cuando tienes treinta años y tu nombre suena para una dirección regional de un gran banco, te tragas el orgullo y que entren con un cañón si quieren.A esa hora de un lunes no había en el banco más de cinco o seis clientes.
Al llegar a la altura de su despacho, a Madelaine la estaban esperando el joven director y el aún más joven auxiliar que les acompañaría hasta la habitación de las cajas de seguridad. Madelaine echaba de menos a aquel tipo gordo que durante años le miraba las piernas mientras ella hacía los cambios necesarios en la caja de seguridad.
Bajaron las escaleras los cuatro, ya que los dos guardaespaldas estaban obligados a quedarse fuera de la zona donde se ubicaban las cajas de seguridad. Jacques llevaba en la mano izquierda un maletín grande, como del tamaño de una maleta de las que se utilizan para llevar en los aviones sin facturar. Cuando llegaron a la habitación en la que les entregaban la caja, esta vez sin ningún pudor, Jacques abrió la maleta de donde extrajo un extraño cajón, con relojes. La mirada del auxiliar era entre la estupefacción y el temor. Estaba preparando el cajón térmico para cambiar los documentos lo antes posible y sacarlos de ese lugar, que ya no consideraban  que  fuera seguro.
  Jacques era un experto en la conservación de pergaminos. Los pergaminos precisan de una temperatura y humedad relativa constantes, por lo que la caja de seguridad en la que estaban contenidos, tenía en su interior como una pequeña urna con todos los medios para mantener las condiciones óptimas de conservación durante al menos cuatro meses, de este modo, se garantizaban que no le pudiera pasar nada a los documentos durante sus ausencias de la ciudad.
Jacques programó todo en su caja de transporte y cuando todo estaba preparado, asintió mirando a su madre, que abrió en ese momento la caja de seguridad.
Madelaine extrajo con delicadeza la tapa de cristal que estaba bajo la tapa de la caja de seguridad. Al hacerlo, la caja soltó un poco de aire, como respirando por fin después de tanto tiempo de encierro. Madelaine cogió uno por uno los tres documentos y los introdujo con un mimo exquisito en la caja que su hijo había puesto a su lado, ante la atenta mirada de Jacques y la mirada un tanto distraída de los dos empleados del banco. A Jacques ya no le importaba que vieran de soslayo de que tipo de documentos se trataba. Tenía claro que aquellos documentos nunca volverían de nuevo a Sevilla. A él nunca le había inspirado confianza aquella ciudad. Le parecía que eran chapuceros y poco fiables. Su madre en no pocas ocasiones le había dicho que eso era por la vena chovinista de su padre.
 Alguna que otra vez le había preguntado a su madre porque Sevilla y porque en una caja de seguridad de un banco. Ella le había contestado - este sería el último lugar del mundo donde vendría a buscarnos un europeo. Es demasiado caótica. Además me encanta el clima y el ambiente. Respecto a lo de la caja de seguridad, ninguno de nuestros enemigos buscaría en un banco una documentación así. No se fían de los banqueros. Esta oficina es muy segura, no hay canalizaciones por debajo, las paredes del edificio parecen las de un banco central y te recuerdo que los bajos y los primeros pisos son nuestros, por lo que tenemos control absoluto de quienes los alquilan y para qué.
  Tanto Madelaine como Jacques terminaron la operación de traslado de los documentos con eficiencia. Cerraron el cajón de traslado y la caja de seguridad. Madelaine recogió su bolso de encima de la mesa y se acercó al director del banco. -Agradezco la flexibilidad que han tenido para con nuestra empresa en todos estos años-, mientras alargaba la mano derecha, levemente inclinada, como esperando una reverencia y un besa mano que, estaba segura, no se produciría.
Manuel apretó la mano de Madelaine como si le acabara de vender un nuevo plan de ahorro, viendo en ese momento la mueca que la señora esbozaba, decepcionada por lo previsible del gesto. Lo imprevisible fue que, tras esto, al alargar la mano al auxiliar que les acompañaba y que acababa de retornar la caja de seguridad a su lugar, se inclinó levemente haciendo llegar la mano derecha de Madelaine hasta casi tocarla con sus labios, mientras miraba a los ojos a la señora, que sorprendida muy gratamente por el gesto, sonrió con complacencia.
 Reconoció en el auxiliar al "estira levitas" típico sevillano y con voz suave y dulce sonrisa le pregunto por su nombre. -Juan Antonio Domínguez, a su servicio-, sonó la suave voz del chico. A Madelaine le resultó atractiva, la voz y el gesto. Sabía que aquel trepa sería capaz de lo que fuera por escalar en la empresa o en la sociedad. Le gustaba tener trepas de reserva, por si le hacían falta.
 Volvió a sonreír y enfiló con decisión y sabiendo que su hijo estaba dos pasos mas atrás que ella hacia la salida. Al llegar al punto donde se encontraban sus dos peones más próximos, vio algo extraño, algo que no encajaba.
 Uno de ellos se había acercado a la puerta de la sucursal bancaria y el otro no estaba pendiente de su salida. Al llegar a su altura la señora, el que aún permanecía en la puerta gritó, “Nuno”, llamando a su compañero que rápidamente volvió hacia atrás, con cierta cara de preocupación, diciéndole a sus jefes justo en la parte exterior de la puerta que ya se cerraba tras ellos, - tenemos a dos guardias urbanos discutiendo con el chófer, que se ha bajado del coche, imagino que sobre el tiempo que lleva parado en la puerta. El resto del equipo esta observando la situación-. Jacques, que venía escribiendo en su BlackBerry, levantó la vista y a continuación miró a su madre, como esperando las órdenes de esta. Su madre siempre había sabido ver el riesgo en situaciones un tanto absurdas.
-Ve y dile al imbécil de nuestro chófer que se meta en el coche y lo arranque-, disparó Madelaine con cara de pocas bromas. En ese instante vio que sus hombres se habían arremolinado alrededor de los dos guardias como intentando amedrentarlos, pero estos no parecían muy atemorizados, lo cual extrañó a madre e hijo,los policías locales no suelen ser muy amigos de los tumultos. -Diles que se pongan todos en sus puestos-, gritó Jacques.
  Nuno salió y dio las órdenes expresas que había recibido. No le gustaba la situación, pero tampoco comprendía muy bien que era lo que no le cuadraba. Al acercarse al coche, comprobó que el chofer que volvía hacia el interior del vehículo, estaba cometiendo un error de bulto, estaba dando la espalda a la puerta, con lo que no podía ver que hacían sus jefes. En la situación de estrés en la que se encontraba, pensó en reprimirle después, mientras abría la puerta posterior del coche esperando la entrada de sus jefes, que ya terminaban de cruzar la acera y llegaban a la altura del coche. El resto del equipo estaba ya en sus coches, poniéndolo todo en marcha. Al entrar Jacques tras su madre en el coche, este arrancó con urgencia, por sorpresa. Nuno todavía no había subido y se quedó descompuesto en mitad de la acera, mientras los dos coches de la escolta, sorprendidos, intentaban salir tras el coche de sus jefes que había desaparecido delante de sus narices antes de que les diera tiempo a comprender la situación.
  Tras el coche, habían salido dos motos y un coche, que como era evidente, eran parte de un operativo bien calculado. Al pasar el primer cruce la nueva comitiva, había salido un coche viejo, conducido por una tía que no dejaba perseguir a los de seguridad. Para colmo de males, los urbanos habían parado a la chica en medio del cruce, de modo que Nuno no tenía más remedio que salir corriendo por la acera, guardando el arma, para no liarla más. Tenía claro que aquello era todo parte de un montaje, pero a la señora no le haría ninguna gracia la situación. Empezaba a agotarse del sprint y ya no veía los coches. Por lo que optó por volver los cien metros que acababa de correr y subirse a uno de los coches de escolta, para intentar seguir al coche líder a través del GPS que llevaba instalado.
El nuevo chófer les dijo a sus pasajeros,- buongiorno- mientras aceleraba hasta límites insospechables y miraba por los retrovisores para comprobar que todo salía según lo previsto. Jacques sacó una pequeña pistola y encañonó al conductor, mientras su madre analizaba con frialdad la situación.
  -Yo no lo haría, dijo con sangre fría el chófer mientras seguía acelerando-.
  -Yo tampoco-, dijo Madelaine mientras bajaba la mano de su hijo. -Si le disparas ahora, nos matamos todos, susurró al oído de su hijo-.
  El conductor sonrió con acidez a través del espejo, sabía que tenía la sartén por el mango.
  Según se alejaban de Sevilla en dirección a Huelva, tanto madre como hijo tenían claro a estas alturas que no pensaban ocultar su destino, el chofer aisló la parte trasera del habitáculo subiendo el cristal intermedio para poder recibir órdenes. Las motos y el coche de escolta seguían pegados a ellos, como si fueran todos un único vehículo. Al llegar a La Palma del Condado, salieron de la autopista, a unos trescientos metros del desvío cogieron un camino de tierra que les dirigía a un cortijo blanco y dorado. La cara de los pasajeros era de escrutinio y memorización, estaba claro que a estos dos no se les escaparía ni un solo dato.
  Al llegar a la puerta del cortijo, otros cuatro hombres les estaban esperando para cerrar la puerta tras ellos. Esperaron a estar todos bajados de los coches y con las armas en la mano. Entonces, Giovanni abrió la puerta de Jacques que en ese momento intentó volver a empuñar su arma, pero antes que pudiera darse cuenta tenía el cañón de una UCI metido casi en la boca. -Por favor, dame el arma y el teléfono-, le dijo con mucha serenidad Giovanni. Jacques hizo lo que le pedían, al fin y al cabo, ya podría tomar represalias, con suerte, al acabar con todo esto.
  -Mademoiselle-, le dijo Giovanni a Madelaine, quién le sonrió en agradecimiento al halago y a la mano tendida que le ofrecía para bajar del coche.
  Les dirigieron con delicadeza hacia la puerta de la finca. En ese momento, una de las mujeres del equipo le pidió con cortesía pero con firmeza el maletín a Jacques.
  -Por encima de mi cadáver-, contestó este.
 -Está bien, le contestó ella, a mi me da igual eliminarte, dijo mientras buscaba la aprobación de su jefe que asintió-.
  En ese momento Madelaine dijo en voz alta,- si le pasa algo a él, no podréis recuperar la documentación. El maletín está preparado para destruir su contenido si no se abre de la forma correcta, y solo Jacques conoce la clave-.
  -De acuerdo-, contesto Giovanni mientras hacía un gesto con la mano para que bajaran las armas. -Entremos y discutamos esto, apostilló-. El italiano había preparado dos formas distintas de obtener aquella documentación y finalmente había conseguido hacerlo sin violencia, al menos sin mucha. Había tenido a dos hombres armados, camuflados como clientes dentro del banco, que entraron en la sucursal junto con Benito para esquivar el arco de detección de metales. Pero no había sido necesario. El plan de distracción funcionó a la perfección. La segunda opción no habría sido tan silenciosa. Giovanni se sentía bien, estaba consiguiendo sus objetivos solo con amenazas, eso le gustaba.
  En ese momento se abrieron las puertas para que llegara otro coche con Rocío al volante. Ella había sido el freno a los perseguidores y ahora llegaba a su punto de encuentro. Al entrar su coche, en el que venían dos hombres más medio vestidos de guardias urbanos, sacaron el coche de sus secuestrados a toda pastilla hacia la autopista. Las órdenes eran, llegar a Portugal y abandonarlo lo antes posible prendiéndole fuego. El conductor y su nuevo acompañante, ya sabían cual era el siguiente paso.
  Al entrar todos en la casa, dos de los hombres de confianza de Giovanni sacaron a Benito del asiento trasero del coche. Llevaba los ojos vendados y las manos atadas delante de su prominente barriga. No protestaba, estaba sudando y bastante nervioso. Los de seguridad creían que era por los nervios, pero en realidad era por la falta de alcohol. Ya había pasado la una de la tarde y a estas horas, habitualmente, ya se habría bebido algunas cervezas. Pero él sabía que tenía que estar sereno, al menos hasta que le hubieran dado su dinero. Le introdujeron en la casa por una puerta lateral antes de quitarle la venda de los ojos, al tiempo que desataban sus manos. Benito se restregó las muñecas mientras poco a poco acostumbraba su vista a la nueva situación de la luz. Era evidente que no pensaban hacerle daño, pero quería ver bien que es lo que tenía delante. La estancia estaba en penumbra. Uno de los hombres le dijo en voz no muy alta,- por favor, acérquese al cristal, necesitamos que pueda corroborar una cosa-. No sonó como una orden, que era lo habitual en aquellos espagueti. Eso le hizo sentirse importante, por fin valoraban no solo la información que les había vendido, también su capacidad para corroborar algo, evidentemente, relacionado con esa información.
  Al acercarse al cristal, vio al otro lado una larga mesa de comedor, de esas que aparecen en las películas de época. La estancia que se veía parecía un comedor de una casa de campo. En ella veía a dos matones del italiano, esperando, sin aparente impaciencia.
  -¿Qué es lo que queréis que mire?- Pregunto con aire desconcertado.
  -Espere unos instantes, ahora lo comprobará. Este tranquilo, desde el otro lado no se puede ver nada ni oír nada. Desde aquí tampoco podrá oírlos. En un momento determinado le mostrarán los documentos y usted dirá si son los que había visto en su momento o no. Allí terminará su trabajo. Si todo está en orden, le entregaremos su dinero y, con los ojos tapados, volverá a Sevilla y se olvidará de nuestra existencia y de la de todo lo que tenga que ver con nosotros. ¿Queda claro?-
-  Cristalino, chaval, cristalino-, contestó restregándose los ojos, que todavía no estaban acostumbrados del todo a la luz.
  Joder, me encantaría tomar una cervecita, pensó Benito mirando a través del espejo. Parecían estatuas los dos machacas que estaban al otro lado del cristal, no se movían no gesticulaban, no mostraban nerviosismo ni impaciencia. Pensó si serian militares, al menos lo parecían por el comportamiento.
  En ese momento se abrió la puerta de la habitación que observaban y entraron, el guaperas con la señora y el niño de la señora. Se quedó mirando hacia ella. Le seguía pareciendo que estaba muy buena, a pesar de los años. Como lo haría la muy bruja. El hijo llevaba algo en la mano, un maletín grande, pero se le veía nervioso. El que estaba impasible era el italiano. Tras ellos entraron otros tres tíos y una tía, todos con pinta de matones de la mafia, pensó Benito. Pero sus ojos seguían buscando a la señora, que se sentó prácticamente frente al espejo.
  Madelaine miró el espejo que estaba frente a ella con la seguridad que alguien estaba tras él escrutándoles. Intentó forzar la vista para intentar ver algo tras aquella superficie tan limpia y brillante. Giovanni vio el gesto y se interpuso entre ella y el espejo.- No hay nadie detrás, no lo busque. Solo es un espejo. De hecho, esta casa no es nuestra. La hemos alquilado a través de una sociedad fantasma para que no puedan seguirnos la pista-.
  Tanto Madelaine como Jacques esbozaron la misma mueca, como si ellos no supieran más que de sobra lo que les acababan de comunicar. En ningún momento habían pensado que les tomaran por idiotas. Giovanni percibió que el comentario que acababa de hacer, había surtido el efecto esperado en sus interlocutores. Miró a ambos un par de veces, con los brazos cruzados sobre el pecho, como esperando que alguno de ellos se arrancase a hablar rompiendo el silencio. Como no consiguió nada, relajó su posición y mirando a Madelaine dijo,
  -Bien, todos sabemos que tenemos que buscar una solución a este conflicto. Podemos usar los sistemas de coacción que consideremos oportunos, aquí nadie os oirá gritar, pero prefiero solucionarlo de un modo digamos... menos traumático, al menos para vosotros-.
Al decir esto último había visto cierto resquemor en la mirada azul claro de Madelaine. Pero por otro lado, su hijo parecía no haber entendido el idioma en el que hablaba. No había movido ni un músculo de la cara ni del cuerpo. Simplemente se limitaba a aferrarse al maletín con las dos manos sobre su regazo y a mirar a un punto indeterminado del infinito.
  - Creo que no me he explicado bien, Jacques. Ya que no podemos matarte para que nos abras el maletín, podemos dedicarnos a torturarte a ti-, dijo mientras pausadamente giraba la vista hacia Madelaine,- o a tu madre. Tú eliges el camino. Pero ten segura una cosa, la única salida que tienes es dárnoslo o morir en el intento de no hacerlo-.
Madelaine miró a su hijo, que empezaba a tener la cara roja de la ira contenida.- Creo que no tenéis ningún derecho a tocar esos documentos,- lanzó la mujer con palabras muy serenas.
  -Creo que vosotros no sois quien para ocultar por más tiempo esta información al mundo-, contestó Giovanni mostrando una leve sonrisa de zorro que sabe que su presa no tiene salida.
  -Nos pertenecen, siempre han sido nuestros. Solo nosotros los hemos custodiado durante siglos-, gritó Jacques sin moverse de la posición.
  -Solo vosotros los habéis ocultado durante siglos, dejando que se alimentara la leyenda y aprovechándoos de los conocimientos que en ellos se vertían o, mejor dicho, que a través de ellos se intuía que vertían. Lleváis muchos siglos especulando con lo que no es vuestro. Nosotros queremos acabar con los mitos y devolver al conocimiento lo que ocultan esos documentos. Ya es hora que se termine con las especulaciones sobre los templarios, de que se devuelva al pueblo el conocimiento que estos tuvieran y los tesoros, si existen, que todavía no habéis podido vender o expoliar-.
-Nosotros nunca hemos expoliado nada-, contestó con una serenidad fría y densa Madelaine.- Sabes que no te daremos nada-.
-Bueno, tenemos tiempo para verlo, pero va a ser doloroso, mademoiselle, muy doloroso-.
-¡Enrique!-, grito Giovanni, -cogerla y colocarla sobre la mesa-.
  Enrique y otro compañero suyo cogieron a Madelaine por las muñecas. La mujer no opuso resistencia, solo empezó a rezar en latín con voz muy baja, casi inapreciable, un Pater Nostri. Al finalizar la oración, tumbada boca arriba sobre la mesa con las manos atadas entre sí por debajo de esta y las piernas colgando en uno de los extremos, dijo con voz tranquila, mirando a su hijo,- yo ya he preparado mi alma para unirse a Dios. Preparad las vuestras, pues su venganza será terrible-.
  Giovanni volvió a sonreír, -tranquila Madelaine, ya lo haremos cuando estemos tan cerca de nuestro martirio como tú lo estás ahora. Atar a su hijo y que no deje de mirar-. Le arrancaron el maletín de las manos, le ataron manos y pies a la silla y uno de ellos le sujetó la cabeza mirando hacia su madre.- Si cierras los ojos, te corto los párpados-, le susurró al oído.
  -Llamar al croata, dijo Giovanni-. A los pocos segundos, entró en la habitación un hombre de altura cercana a los dos metros, el pelo rubio cortado a cepillo, vestido de traje negro tan apretado, que dejaba intuir todos sus músculos. Era un tipo bastante fornido. Llevaba una maleta con ruedas que puso en el otro extremo de la mesa. Madelaine forzaba el cuello para ver que hacía aquel elemento a unos centímetros de su cabeza. Cuando el hombre puso la maleta sobre la mesa y la abrió, tal y como madre e hijo esperaban, aparecieron dentro todo tipo de objetos destinados a torturar, juguetes sexuales y sadomasoquistas.
  El hombre se acercó a la cabeza de Madelaine y le dijo con suavidad,- estas a tiempo, todavía no hemos empezado, decirles lo que quieren y nos ahorraremos todos el trabajo y el dolor-.
  Madelaine parecía empezar a flaquear, pero sacando una sonrisa extremadamente dulce, miró a su hijo y contestó,- quien sabe, nunca he probado estas cosas. A lo peor para vosotros me gustan y el efecto es el contrario-.
  Giovanni suspiró negando con la cabeza, en el fondo le hubiera gustado que hubiera cedido antes de soltarle la correa a aquel animal que tenía a su cargo. El elemento en cuestión había torturado a miles de personas durante la guerra en la antigua Yugoslavia. -Seguro que no te gusta, al menos dentro de un rato. Y a tu hijo, menos aún-.
  El croata sacó un cuchillo de campo y con cuidado rasgo la ropa de su víctima, dejando la ropa interior de rico encaje blanco a la vista. También dejó huella en forma de arañazos leves, como hechos con un látigo de seda en la piel de Madelaine.
Giovanni hizo un gesto con la mano izquierda y la cortina que había tras el espejo se cerró casi sobre la nariz Benito, Giovanni no le iba a dar el gusto de ver el espectáculo al descerebrado del padre de su amante.
 Benito se quedó como paralizado, no tenía claro que pasaría, pero le estaba empezando a gustar los derroteros que tomaba la situación, es más, no creía que pudiera olvidar nunca lo que acababa de ver, la señora en paños menores delante de sus narices. Joder, sigue estando muy buena la tía, pensó. -Joder, ahora que se ponía interesante...- dijo con cierta ironía.
  -La violencia solo es útil con los necios que no saben negociar a tiempo, replicó uno de los dos hombres que le escoltaban. Aparta de la ventana, no queremos tener que convencerte de otra forma-.
  El croata estaba disfrutando de lo que intuía que iba a suceder. Rompió el sujetador de su víctima con la punta del cuchillo. Sentía que aquella mujer, que ya no era ninguna niña, seguía siendo atractiva, empezaba a sentir la erección que le producía el cuerpo de la mujer a medio desnudar y la sensación de poder torturar. Nunca supo muy bien porque, pero casi le excitaba más torturar que violar, y eran sus dos deportes favoritos. Con la punta del cuchillo y sin mucha prisa, recorrió el vientre de Madelaine hasta llegar a las bragas, que corto con mimo y arrancó con violencia.
Lo pagaras puto bastardo, dijo Jacques antes de recibir el impacto de una mano del gigante croata en su mejilla.
  -No te preocupes, hijo, estoy preparada para mi martirización-, dijo con calma Madelaine.
  El croata saco varios artilugios sexuales de enormes proporciones y los colocó con cuidado junto a la cadera de Madelaine. Parecía disfrutar del miedo que el tamaño de aquellos objetos producía en la cara de los que estaban presentes. La única que no parecía sufrir con la situación era Madelaine, era como si aquella mujer se hubiera desconectado. A él no le sorprendía lo más mínimo. Ya había visto esa reacción en otras ocasiones. Sentía como Jacques forcejeaba con las cuerdas, como su quisiera desatarse. Comprendió que era un buen momento para explicarles a todos el plan.
  Giovanni estaba al fondo de la estancia, sabía lo que acontecía, pero prefería no mirarlo. Aquello le parecía una bestialidad, necesaria, pero una bestialidad.
  -Bueno princesa, dijo el croata tocándose por encima del pantalón los genitales, te voy a explicar de qué va esto. Empezaré por meterte uno de estos en el culo, colocarte unos electrodos en los pezones para putearte cuando se me antoje y violarte, para entrar en calor. Si con eso no cedéis, pasaremos a sistemas menos placenteros y más brutales. Cuando queráis que pare, ya sabéis lo que tenéis que hacer-.
  Madelaine subió las piernas y se colocó con ellas abiertas, invitando a su torturador a empezar, era como si ella se hubiera desconectado de su cuerpo y le diera igual lo que le hicieran.
  Cuando el croata introdujo el aparato en su madre, Jacques no pudo resistirse y grito, ¡Dejarla ya!,¡ Os diré lo que queréis!-
  -¡No!! Grito Madelaine, es más importante nuestra misión-.
 -No voy a consentirlo madre, no puedo-.
  Madelaine giró la cabeza, despreciando la falta de aguante de su hijo. El croata miró a Giovanni a la espera de órdenes.
  Giovanni se acercó a Jacques,- no nos lo digas, ábrelo-.
  Uno de sus hombres abrió los nudos que sujetaban las manos de Jacques, quien se froto las muñecas aliviando el dolor físico que tenía. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, sabía lo que acababa de ahorrarle a su madre de sufrimiento, pero también sabía que acababa de terminar con varios siglos de tradición, con varios siglos de secretismo.
  Introdujo la clave, con cuidado en la parte interna del maletín, con el fin de hacerlo bien, no quería sorpresas. En cuanto se abrió y extrajo los documentos, perfectamente protegidos, Giovanni dijo en voz bastante alta, para que no quedasen dudas, - Acaba con su tortura y Ana, atenderla y curarle las heridas que pueda tener. Respecto a ti, Jacques, puedes estar seguro de haber tomado la decisión correcta. Desatarle y ubicarlos en dos habitaciones, con escolta, hasta que os demos las siguientes órdenes-.
  Ana Ayudo a levantarse a Madelaine, que se movía dolorida y sangrando levemente. Al pasar por el lado de su torturador, Madelaine pensó en el momento en que se vengaría de aquel bastardo, pero en seguida su pensamiento se volvió turbio y empezó a maquinar como podría reparar lo que su hijo acababa de hacer.
Salieron del salón madre e hijo, uno tras otro, ambos sollozando y mirando al suelo, ambos silenciosos, ambos preocupados por el futuro de los suyos si no podían ponerles sobre aviso.
  Tras salir por la puerta, Giovanni hizo un gesto claro para que dieran orden de abrir la cortina que les separaba de Benito. Al sentir este que se volvía a abrir la cortina, miró con rapidez, intentando ver que habría sucedido al otro, lado. Giovanni tenía tres pliegos en la mesa. Todos ellos sujetos por lazos rojos, dos de ellos lacrados con un sello y el tercero con el lazo solo atado.
  Los señaló y preguntó en voz alta, que ahora si se escuchaba, -¿Son estos los documentos que viste?-
  Benito no dudó de ello ni un solo momento. Afirmó y casi gritó,- ¡SI!!-
  Giovanni le había oído sin necesidad de micrófonos. -Darle lo suyo y devolverlo a su cloaca-, contestó mirando hacia los suyos.
  Ahora solo queda comprobar si han valido el dinero y el esfuerzo, Comentó para si mismo mientras analizaba el resto del contenido del maletín.