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jueves, 8 de octubre de 2015

CAPITULO XXX: El descanso antes de la batalla.



Ángel decidió parar en Madrid ante la insistencia de Miriam por ver a algunos amigos en su viaje de vuelta. Giovanni le había llamado para informarle que todas sus cosas las mandaban a Tomar, a una casa que tenían allí cerca para que él pudiera seguir estudiando. Tenían billetes para el avión a Lisboa de las 7,30 de la mañana del día siguiente. Al llegar a Lisboa les recogería Margot y un hombre de su confianza para llevarles a su nueva base. Al italiano no le hacía ninguna gracia que llevara a su pareja, pero parecía un poco más blando de lo normal cuando Ángel le dijo que -eso, ahora, no era negociable-.

 Miriam había quedado con la mujer del catedrático para intercambiar experiencias de embarazada. Sentía que Miriam se sentía ahora más cerca de Aurora, como si el ir a tener ambas un hijo en un periodo de tiempo corto hiciera apretar los lazos entre ellas. En el fondo Ángel siempre había pensado que las embarazadas eran como una secta que siempre hablaba del “nido” y de su construcción. Pero lo que temía más que a un nublado era a la andanada de preguntas capciosas que, no tenía duda de ello, le lanzaría Luis a la primera de cambio. Llevaba varios días sin hablar con su colega y sabía de su interés por el proyecto en el que trabajaba. Su problema era que no podía contarle gran cosa. Pensaba entretenerle con lo visto en Bayona, en su catedral, aunque no creía que pudiera entretenerle por mucho rato.
A Miriam empezaba a notársele más las curvas. Estaba radiante, con un color de piel envidiable y con un brillo en los ojos que vendía felicidad a raudales. Cuando salió del baño, con el pelo revuelto y mojado, arropada por un albornoz blanco que, en realidad, era de él, Ángel se sintió casi en el cielo, observándola.
-¿Se puede saber que estás mirando con esa cara de bobo?- Preguntó Miriam con una sonrisa socarrona, como conociendo la respuesta.
-A ti, te miro a ti-, contesto él sin dejar de mirarla. -Estás preciosa, será el embarazo, las hormonas, o que te han parido así, pero estas preciosa-.
Miriam rio con fuerza. -Si no me doy prisa no llegaremos a tiempo. Quiero hablar con Aurora mil temas. Ya sabes, cosas de embarazadas-.
Ángel miró al cielo buscando resistencia para aguantar la que le esperaba esa noche.
-Está bien, prometo no retrasarte, le susurró al oído mientras besaba su cuello. -Te espero en el despacho, voy a ver mi correo mientras terminas de vestirte, pero que sepas que preferiría hacerte el amor que cenar fuera-.
-¿Que te pasa con Luis? Es como si tuvieras miedo a estar cerca de él-. Miriam se había dado cuenta.
-Algo así. No es miedo, es que no quiero contestar a las preguntas que me va a hacer. No quiero que tenga información, es peligroso para mi trabajo. Y me lo han prohibido explícitamente-.
-Díselo, directamente, sin más. Dile que no puedes hablar con él del trabajo- dijo ella con toda naturalidad.
-Ya lo he intentado, pero sabes que es un cabezón de cuidado. Bueno, ya lo solucionaré, que no nos amargue la existencia-.
-Que así sea-, contestó ella con sorna.
-Graciosilla, no me tomes el pelo-.
-¡Dios me libre!! Prefieres, ¡¡que así se escriba y así se cumpla!!
Ángel rio con ganas. Miriam siempre hacía bromas sobre las frases históricas que ellos dos utilizaban para comunicarse.
- Definitivamente, me voy a ver el correo-, dijo él mientras salía por la puerta de la habitación.

jueves, 27 de agosto de 2015

Capítulo XIX; Confidencial



  Acababa de terminar de releer por cuadragésima vez un párrafo del documento que llevaba el sello de la orden pero que, ya sin duda alguna se databa en el siglo XVI. El documento en cuestión era, a ciencia cierta, una falsificación muy bien acabada. Sin la tecnología del siglo XX, resultaría difícil reconocer la falsificación. Tan solo breves detalles de los rasgos de la firma, delataban que el origen no era el que se dejaba entrever. Ángel dejó las gafas sobre la réplica del escrito que tenía en la mesa y se restregó los ojos. Estaba tremendamente cansado de mirar una y otra vez los mismos documentos para quedar encerrado en un círculo sin fin, era como un bucle matemático al que no le veía solución, y eso empezaba a preocuparle. Miró el reloj, era tarde, como siempre. Sentía los pasos de sus protectores encima de su cabeza.
En no pocas ocasiones se había planteado por qué estos hombres se embarcaban en una aventura así. No comprendía como un hombre podía renunciar a todo por un ideal. Tampoco sabía más que lo justo de ellos, no era gente que gustara de hablar. Ni de si mismos ni de su vida, ni de la organización para la que trabajaban. Realmente, si lo pensaba, en ningún momento le habían dicho que organización era la que le pagaba. A todos los efectos, a él le estaba pagando religiosamente por su trabajo una sociedad sita en Suiza de nombre Iacobus SAU. El firmante de las nóminas era un tal Gian Carlo Martin, cuyo nombre se le antojaba tan falso como un euro de goma. En repetidas ocasiones había intentado que alguno de sus custodios le contara algo más frente a una taza de café, pero la respuesta era siempre la misma, -no puedo contarle nada-.
Se estiró en la silla y cogió el móvil para llamar a Miriam. Era viernes, otro viernes y otra semana pasada. Luis y su joven esposa debían estar a punto de llegar a Sevilla si no lo habían hecho ya. Marcó el número de Miriam, que como siempre tardó una eternidad en coger el teléfono, o al menos eso le parecía a Ángel.
-Hola cielo, ¿Ya han llegado?- Preguntó Ángel nada más escuchar la dulce voz de Miriam al otro lado de la línea.
-No, pero su tren acaba de entrar en la estación, por lo que no tardarán-.
-Bien. Salgo ahora mismo para el hotel, a ver si llego casi al tiempo que vosotros y no me tenéis que esperar-, dijo Ángel mientras cogía la chaqueta del respaldo.
-A ver si es verdad-, rio Miriam con la seguridad que no sería así. -Un beso cariño-.
-Otro-, contestó Ángel.
  Colgó el teléfono y se dirigió a la escalera, cuando por un momento su cabeza volvió al texto que había estado leyendo. Podía ser una réplica, y por lo tanto, era interesante también seguir las pistas diseminadas por la historia. Pero, planteaba un problema, al ser un documento posterior, nombraba lugares que no habían pertenecido literalmente a La Orden, aunque si tenían relación. Eran lugares con edificios góticos, algunos más primitivos y otros más elaborados. Pero pensó por un momento que debían seguir también esa pista.
  Mientras salía por la puerta y antes de montar en el taxi que le esperaba desde hacía ya un buen rato, llamó al teléfono de Giovanni. El italiano tardó unos segundos en coger el teléfono, parecía alterado, al cogerlo como si estuviera corriendo o haciendo ejercicio. -Hola, que haces, ¿estas corriendo detrás de alguien?- Preguntó Ángel con cierta ironía en sus palabras.
-No, pero estaba haciendo ejercicio y me has cortado, espero que sea interesante-.
-Por supuesto, rio Ángel, como siempre será interesante-. Esperó que su interlocutor dijera algo, pero el italiano esperaba más información.
-Está bien, creo que el segundo documento también debe ser seguido. El punto de arranque es la Catedral de Bayona, en Francia-.
-Se donde está Bayona, Ángel, contestó Giovanni, ¿Por qué Bayona?-
Ángel sonrió mientras estudiaba la respuesta en su cabeza. Le gustaba provocar al italiano, le caía bien, pero le gustaba provocarle y ver hasta donde llegaba su cultura, que, todo sea dicho, le parecía bastante superior a la media. -Porque hace referencia a un templo dorado al sur de Francia, en el camino hacia el apóstol Iacobus. Me parece que por eso y por el nombre del arquitecto, puede ser nuestro punto de partida-.
-Ahora solo queda que me digas si tienes a alguien que vaya o voy yo a mirarlo, dijo Ángel pensando en lo divertido que sería hacer trabajo de campo-.
-Te diré algo el lunes, descansa el fin de semana, por si acaso-. Contestó con frialdad Giovanni. -Ah, otra cosa, no comentes nada sustancial con tu amigo Luis, ya sé que viene este fin de semana y, como buen historiador, intentará sacarte algo de información. Por su bien y por el nuestro, es mejor que crea que estás catalogando escritos de los templarios ingleses del siglo XV, es decir, de la masonería, instrucciones, ordenanzas y alguna otra cosa similar. Seguro que no tienes problemas par inventar una buena historia-.
-De acuerdo-, contestó Ángel. No le gustaba la idea de no poder comentarlo con Luis, pero el jefe lo mandaba. Pensaría una buena mentira de camino al hotel. Colgó el teléfono y subió al taxi. -¡Vámonos!- Le dijo al taxista que parecía estar somnoliento en el asiento, como aburrido de esperar.
Al llegar a la puerta del hotel encontró a Miriam con Luis y Aurora que acababan de llegar. Le dio un beso a su mujer y besó en la cara a Aurora antes de abrazar a su amigo. -Bueno, ya estamos todos, a ver si somos capaces de divertirnos en esta ciudad, comentó Luis-.
-Me doy una ducha y nos vamos-, contestó Ángel, así mientras dejáis las maletas.
En ese momento se percató que a Aurora empezaba a notársele levemente el embarazo. -Eh, si ya tienes barriguita, mami-, dijo mientras veía sonreír a los tres. Que pasa, que me he perdido, dijo Ángel con cara de no estar enterado de algo.
-Son dos,- le dijo casi al oído Miriam.
-¡Joder!- Exclamó con cara de susto, mientras miraba a la feliz pareja que no parecía inmutarse, ya se han echo a la idea, pensó para sus adentros.
-¡Felicidades!!- Exclamó de nuevo. -Esto hay que celebrarlo dos veces, por lo menos. ¿Quedamos en media hora en el Lobby del hotel?-
-Que pijo te ha quedado eso del Lobby-, contestó Aurora, con la sonrisa tonta que le producía saber lo que crecía dentro de ella.
-Vale, en la puerta-.
-Eso ya está mejor, anda, sube y dúchate que hueles a rata de biblioteca a un kilómetro, dijo Luis, ya me pondrás al día, siguió mientras guiñaba un ojo a su compinche-.
-Vamos allá-, contestó Ángel mientras enfilaba los ascensores.
Sabía que le costaría un triunfo convencer a su colega de que lo que hacía allí no era relacionado con los templarios en su origen o en su final, pero tenía que hacerlo.
En menos de media hora estaban todos en la puerta del hotel, con apariencia descansada y recién duchados. Era Febrero, pero el calor estaba siendo importante. Tan solo era necesario llevar una chaqueta fina a mano, por si refrescaba.
Fueron paseando los cuatro hasta el puente de Triana. Cruzaron viendo el reflejo de la ciudad en las aguas sucias de Guadalquivir, que a esa hora solo se veían negras. Aurora y Miriam iban unos pasos por detrás, comentando lo romántico de los candados que estaban colgando de los barrotes del puente. Luis se volvió al oír esos comentarios y les reprendió, eso es como hacer pintadas en los edificios históricos, no seáis cursis, argumentó mientras sonreía. Siguieron adelante hasta pasar el puente y buscar sitio en uno de los restaurantes de la margen trianera del río. Ángel llevaba todo el camino hablando de trivialidades, sobre lo bonita que estaba la ciudad, lo entretenido que estaba todo el tiempo o lo que le iba a cambiar la vida a Luis en unos meses, pero tenía claro de Luis intentaba sacar el tema en un momento propicio.
Al llegar a sentarse en la mesa del restaurante Luis, a quien parecía comer la incertidumbre cada vez con más ansiedad, preguntó a su colega,- Qué, tío, ¿No me piensas contar en que te están haciendo trabajar tus nuevos jefes?-
  Ángel sonrió socarrón, sintiendo la mirada de los otros tres. Miriam, que no conocía casi nada, se quedó mirándole como diciendo, a ver si ahora cuentas algo más de lo que me has contado a mi. En ese momento Ángel comprendió la situación, si decía poco más de lo que le había contado a Miriam, lo tendría que pagar muy caro en su relación de pareja. Si decía otra cosa diferente, también le ocasionaría problemas. Estaba en una encrucijada entre su vida personal y laboral. Levantó la vista del plato y vio a los tres aguardando una respuesta.
-Está bien, pero no puede salir de esta mesa-. La respuesta, en un tono que bajaba según avanzaba la frase, hizo que todos se acercaran en sus sillas para dar mayor intimidad a la conversación. Ángel pensó que de todo el mundo, seguramente este era el círculo de personas de las que podía fiarse más ciegamente. Aún así no les explicaría más que lo justo. -Estoy trabajando en la trascripción y autentificación de unos documentos de los últimos años de la “Orden” y de su final. Comprobó como la atención de su grupo era absoluta. Son documentos firmados por Jacques de Molay y por el Papa, pero algunos son verdaderos y otros no. Ese es mi trabajo. Espero que cuando terminemos dejen verlos a todo el mundo, sería interesante tener otras opiniones. Pero es una gente un poco reservada, ya veremos-.
-No pensarás que nos vamos a quedar con solo eso, ¿No?- Respondió de inmediato Luis.
-A mi no me ha contado mucho más, respondió Miriam, a ver si tú le sacas algo más-.
-No puedo contaros mucho más, a ti menos aún Luis. Tú no eres un profano en esto y si te digo tres cosas atarás cabos y eso sería peligroso. Si te garantizo que cuando termine, si ellos no lo publican, lo haremos tú y yo juntos-.
La cara de Luis se iluminó por unos segundos, pero rápidamente descubrió el truco, Ángel estaba dorándole la píldora para que se la tragara sin muchos reparos y con menos preguntas, pero se acaba de dar cuenta y pensaba seguirle el juego. Pero ir sacándole poco a poco la información, no se pensaba quedar con la incertidumbre.
La cena transcurrió por otros derroteros, estuvieron hablando del embarazo de Aurora, de la responsabilidad de la paternidad, de lo bien que se lo estaba pasando Miriam con lo poco que estaba trabajando. Pero Ángel estaba esperando en cualquier momento la andanada de preguntas de Luis. Este esperó hasta los chupitos, tras haberse bebido unas pocas cervezas y alguna botella de vino acompañadas de jamón y “pescaitos” varios. 
Era como si la mesa se hubiera partido a la mitad, las chicas hablaban de no se qué y Luis intentaba sonsacarle alguna información relevante que le diera pistas, pero Ángel aguantaba los envites de su colega sin ceder, contestando con la misma evasiva una y otra vez, -no puedo contar nada Luis, ¡no seas plasta coño!!-.
Pero Luis no era una persona que cediera con facilidad, por lo que tras la cena, cuando caminaban con el fresco de la noche camino de “La Anselma” para tomar una copa y escuchar un ratito de flamenco, volvió al ataque, -Venga tío cuéntame algo más que no voy a poder disfrutar del fin de semana con la comezón que me reconcome por dentro-.
-Que plasta eres Luis, que plasta, que no te puedo contar nada. No sería bueno para ti. Esta gente esta un poco tocada y son capaces de sabe Dios que burrada si se enteran que te he contado algo, pero, para que me dejes en paz, parece que podemos tener pistas sobre el paradero de parte de la herencia templaria. Pero ya no te cuento nada, y deja el tema de una puñetera vez, que quiero disfrutar del finde-.
-Está bien, está bien. Pero prométeme que cuando termines me contarás, y que si ves riesgo, desaparecéis, los dos-.
-No lo dudes, no pondré en riesgo ni mi vida ni por supuesto a Miriam-.
-Así lo espero, tío, así lo espero- respondió Luis dándole una palmada en el hombro.












lunes, 13 de julio de 2015

Capítulo V: Mañana



Eran las diez de la noche y llegaban tarde a cenar. Habían quedado con sus amigos en un japonés de Majadahonda, una población cercana a Madrid.
-No sé que manía le ha entrado a Luis con los restaurantes japoneses, se debe conocer todos los de Madrid-, comentó Ángel.
-Ya sabes, está de moda-, contestó Miriam sin perder de vista la carretera.
-Estás tremendamente guapa esta noche, mi vida-, le dijo Ángel mientras pasaba un dedo por el borde del negro pelo de su pareja.
-Gracias, cariño. ¿Has descansado bien?- contestó ella sonriendo agradecida por el gesto.
-Como un niño. Hace mucho que no conseguía dormir tan a gusto. Desde luego si esto es estar en el paro, creo que me va a gustar-. dijo él sonriendo cínicamente.
-No seas tonto-, dijo Miriam sonriendo, -dentro de cinco días no se podrá ni pasar por el salón de la cantidad de libros que tendremos tirados por allí-.

-Intentaré que no, no te preocupes. ¡Mira! un sitio para aparcar casi en la puerta-. contestó Ángel.
Llegaron a la puerta del restaurante y vieron a Luis y Aurora sentados en una mesa cerca de la puerta, charlando y comiendo algo parecido a unos palitos de pan.
-Lo siento-, dijo Ángel antes de llegar a la mesa. 
-Soy un desastre. Me quedé dormido y mi bella esposa, me dejó descansar hasta tarde-.
-Mira que gracioso, si al final tendré yo la culpa-, replicó Miriam mientras daba dos besos a Aurora.
-No contábamos con que llegaras pronto. Sería la primera vez en tu vida-, dijo Luis mientras se levantaba a abrazar a su amigo.
-Que chispa tienes chaval, no sé como te aguanta esta mujer-, dijo mientras besaba a Aurora que aún no había tenido tiempo de replicar a nadie. -¿Cómo está el señor profesor?
-Cojonudo, como siempre. ¿Y tú?- Respondió Luis mientras buscaba su cerveza sobre la mesa. 
-Bien, en el paro, pero bien-.
-¡No me jodas! ¿Desde cuando estás en el paro?- Dijo Luis con cara de sorpresa.
-Desde hace un rato, justo antes de dormirme una siesta de varias horas-.
-Los tíos sois la leche-, dijo al fin Aurora, -os quedáis en el paro y os dormís varias horas para celebrarlo-.
-Ayer se quedó leyendo hasta las tantas-, comentó Miriam mientras gesticulaba con la cabeza mirando a Aurora que captó el mensaje. 
-En vez de hacerle caso a tu mujer-, apostilló sonriendo Aurora.
-¡Mea culpa, castigo corpus meum!- Dijo Ángel mientras se flagelaba con un látigo imaginario.
-Así me gusta-, sonrió Luis,- un buen cristiano haciendo penitencia por no cumplir con sus deberes maritales-.
Los cuatro soltaron una carcajada que rompió el silencio en el que se encontraba casi todo el restaurante.
-Bueno, al tema, que tengo hambre-, comentó Aurora.- Hemos pedido un menú degustación para los cuatro, si os parece bien-.
-Por supuesto que sí-, contestó Miriam cerrando la carta con cierto alivio.
-Menos mal- suspiró con alivio Ángel. Creí que tendría que elegir yo en una carta escrita en japones.
-¿Y ahora que vas a hacer, tío?-, preguntó Luis a un Ángel que estaba aún un poco aturdido por todo lo sucedido durante el día.
-Por ahora, leer y descansar. Ya buscaré trabajo en unas semanas-. Por un momento  pensó que no le gustaría que su amigo pensase que le pedía trabajo. Pero al fin siguió con su frase.- Me gustaría encontrar algo relacionado con lo mío, ya sabes-.
Luis dejó la cerveza que estaba bebiendo con rapidez, como si le hubiera sorprendido la respuesta de su compañero de carrera. Él era profesor universitario y no sabía lo que era pasar por la situación que Ángel le contaba. De pronto se le encendió la cara.
 -¡Tío! El otro día llamaron de Sevilla para pedir colaboración en la catalogación de unos documentos medievales, algo que tenía que ver con documentación de la iglesia o algo así. Buscaban a alguien que hablase latín con conocimientos de historia medieval y que entienda el francés antiguo. Si no recuerdo mal, cumples con los tres requisitos, ¿No?-
-¿En Sevilla?- Preguntó Ángel, como fastidiado por la ciudad de origen del trabajo. Aunque en realidad le fastidiaba que no fuera en Madrid si tenía que separarse de Miriam por un tiempo. No le gustaba la idea.
-A ver señor, no es que sea un trabajo de la leche, pero te puede servir para meterte en la rueda de la historia. Si te da la gana te pasas el lunes por el departamento y te pongo en contacto. Tú verás-, dijo Luis siguiendo con la vista al camarero que empezaba a servirles.
-El lunes me paso y me lo cuentas en profundidad. Pero ahora vamos a cenar y a brindar por los futuros padres, ¿No es así?- Contestó Ángel mirando la cara de sorpresa de su amigo.
-Será…. ¿Cómo te has enterado?- Preguntó sorprendido Luis.
-Me lo ha contado Miriam,- contestó Ángel. -¡En buena hora!- Dijo mientras levantaba su cerveza. -Es lo que tiene tener unas mujeres tan jóvenes y bellas-, continuó Ángel mientras miraba a ambas.
 Aurora era ocho años más joven que ellos y Miriam nueve, por lo que las dos mujeres se sentían bastante cerca una de la otra. Miriam estaba pensando en quedarse embarazada, pero Aurora se había adelantado, aunque ella se sentía muy feliz por su amiga.
-Brindemos por mi hija, o hijo-, dijo Luis levantando su copa.
- ¡Salutem!- dijeron ellos dos al unísono.
 En voz baja, le repitió a su amigo, -el lunes a las diez te quiero ver allí, que lo sepas-.
-Amén, señor, Amén-, respondió Ángel de forma socarrona.
  La cena transcurrió con normalidad, entre bromas por la futura paternidad de Luis y Aurora, y referencias a la ociosidad remunerada en la que se encontraba Ángel desde hacía unas horas.
 Era una extraña sensación la que sentía Ángel. De pronto su vida anodina en lo laboral había desaparecido y se encontraba con todo el tiempo que le hubiera gustado tener años atrás. Ello sumado a la comodidad de no tener que preocuparse por el dinero durante una temporada.
  Miró a Miriam con unos ojos extremadamente tiernos, dándose cuenta que podría al fin dedicarle más horas a su mujer y, por supuesto, a sus libros. 
Aurora detectó en varias ocasiones durante la cena, esa mirada cargada de disculpa y ternura que Ángel posaba sobre Miriam. En ocasiones Ángel echaba la silla hacia atrás para  poder ver mejor a su pareja. En alguna ocasión, al cruzar la vista con Aurora, Ángel sintió calor en su mirada, como si una enorme aprobación de lo que estaba percibiendo entre él y Miriam lo inundase todo. ¿Sería esa percepción extrasensorial de las embarazadas? O simplemente Aurora veía lo muy enamorado que estaba de su mujer y eso a las mujeres, les encanta. Quién sabe. 
  Sentía que el vino y la cerveza estaban empezando a hacer efecto y su percepción se volvía más sensorial y menos racional. Entre medias de todo ese barullo de sentimientos podía percibir el dulce olor del perfume de Miriam. Lo adoraba, le resultaba muy sexy ese olor. Pero también sentía a Luis repitiendo de vez en cuando que era una buena oportunidad lo que le había comentado de Sevilla.
 Hubo algún momento de la cena en el que creyó estar realmente bebido, ya que escuchaba muchas veces repetido el mensaje, pero al rato se percataba de que no era así, es que Luis seguía machaconamente con lo mismo. Le tenía mucho aprecio, si no fuera porque los de su generación no eran muy capaces de hablar de cariño entre hombres sin que una sombra de homosexualidad pasara por sus mentes, se podría decir que le tenía cariño, pero cuando se le metía algo en la cabeza, era un plasta del copón. Era capaz de conseguir las cosas por aburrimiento del contrario. 
Ya se lo había hecho en otras ocasiones. Recordaba una, en un examen de Paleografía Bajomedieval en segundo de carrera. Le estuvo dando la vara durante todo el ejercicio para que le pasara la traducción de un texto en Latín hasta que, casi bajo coacción, se la dio con el fin de que le dejara en paz. El otro consiguió su objetivo y, finalmente, suspendieron los dos. Durante años estuvo diciendo que Ángel no tenía ni puñetera idea de latín y seguramente por eso, perfeccionó su latín hasta la exasperación. En el fondo, es posible que debiera estarle agradecido.
Al finalizar la cena, salieron a tomar una copa en un local cercano, pese a las quejas de Aurora, que quería descansar y que, además, no podía beber alcohol dado su estado. Pero cuando las chicas se pusieron a bailar se le pasaron todos los males. Ellas son así, comentó Luis, que seguía de cuando en cuando dando la brasa a su colega con lo del lunes, hasta que en una de esas ocasiones, Ángel le contesto:
- que sí coño, que voy el lunes, no me des más la vara, tío. Te juro que voy el lunes, pero no te prometo que lo acepte, ya veremos de qué va en concreto el tema-.
-Venga, vale, ya verás cómo te gusta. Ya no te lo digo más veces-, dijo finalmente Luis, dando el tema por zanjado y apretando con fuerza el hombro de su amigo.
 Se sentía bien Luis con lo conseguido. En el fondo le debía a Ángel varias cosas en su
 vida, por lo pronto haber conocido a su mujer y, ahora madre de su futuro hijo. Por un momento pensó en pedirle a Ángel que fueran ellos los padrinos de su hijo, pero un rayo de luz le pasó por la cabeza, era demasiado pronto para eso y además, tendría que consensuarlo con Aurora. Seguro que estaría encantada con ello. Pero tenía que creer que se le había ocurrido a ella. Ya lo hablarían.
Se retiraron varias horas más tarde y con alguna copa de más. Pero habían pasado una velada bastante divertida y a Ángel casi se le había olvidado lo sucedido en el día. Volviendo hacia casa, pensaba en hacer el amor con su mujer, que era lo que más le apetecía en ese momento. 
 Se estaba acostumbrando a estar despierto hasta tarde y a las cinco de la mañana se sentía pletórico. Aprovechando la parada en un semáforo, le susurro al oído a Miriam,-¿y si intentamos esta noche ser papás nosotros también?- 
Ella sonrió con complicidad y le besó apasionadamente.
Desde luego su primera noche como parado tampoco estaba siendo nada mala, y prometía ser mejor al llegar a casa.
-Te quiero-, le dijo Miriam. 
-Yo más-, respondió Ángel.