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jueves, 6 de agosto de 2015

Capítulo XIII: El fin de tus problemas, el principio de los míos.



  Benito había bebido demasiado, como siempre. Le habían dejado en la puerta de la catedral hacía dos días más o menos, el tiempo no era lo suyo y no sabía donde tenía el reloj.


  Debía llevar al menos veinticuatro horas en la habitación en la que estaba. Era una enorme suite. Siempre había querido quedarse una noche en ese hotel. Lo que no había pensado nunca era en hacerlo con dos mujeres. En este momento era el rey del mundo. Estaba en el mejor hotel de Sevilla con dos hembras de bandera, ese era el sueño de casi todos los hombres, al menos de los que él conocía. Rebuscó sobre la mesilla de su izquierda y encontró un teléfono móvil. Apretó un botón a ver si aparecía la hora y descubrió que eran las cuatro de la mañana. A su derecha estaban acostadas las dos prostitutas de lujo que había contratado. Admiró las nalgas de una de ellas que estaba de espaldas a él. Se lo había montado con aquellas dos tías, eso tenía que contarlo, aunque no se lo creería nadie. Tenía que hacer una foto de la habitación con esas dos jacas en pelotas encima de la cama. Llamó a recepción.
  Tardaron algo en coger el teléfono y al otro lado salió la voz de un recepcionista somnoliento.
  -Dígame señor, respondió el recepcionista.-
  -Hola-, balbuceó Benito como no sabiendo si le saldría la voz, -necesito una cámara de fotos-.
  -¿Como?- Preguntó el recepcionista frotándose los ojos.
  -Una cámara, joder. Y deprisa-.
  -Si, si señor, enseguida se la subimos-.
  Benito colgó el teléfono y comprobó que, en la mesilla de noche tenía cocaína y restos de alguna droga más. Cogió un tubo plateado y esnifó un poco de la droga. Se quedó mirando los cuerpos desnudos de ambas.
  No habían pasado ni dos minutos cuando llamaron a la puerta sin meter mucho ruido. Benito fue con una toalla tapándose para abrir. En un primer momento pensó en tapar a las dos mujeres, pero quería exhibir su hazaña. Se iba a cagar el conserje cuando viera las dos jacas que se estaba zumbando. Sonrió mientras se acercaba a la puerta.
  Al abrir la puerta, cambió radicalmente el rictus de la cara de Benito. Al otro lado de la puerta estaba un hombre orondo como él, con el pelo largo y blanco y un bigote muy poblado también totalmente blanco. Era evidente que no trabajaba en el hotel, pensó Benito. El caso es que le sonaba la cara. Pero su mirada cambió radicalmente cuando vio las armas cortas que llevaban los dos acompañantes del primer hombre que se había encontrado. Benito reculó hasta tocar con sus posaderas el taquillón de la suite.
  -Buenas noches Benito-, casi susurró el hombre del pelo blanco con una mirada felina y un retintín que nada gusto al obeso banquero jubilado. Mientras decía esto, entraban los tres en la habitación. El del pelo blanco se quedó mirando a las dos mujeres desnudas.
   Benito preguntó sin esperar respuesta alguna, -¿Quienes son, qué quieren?
  -Despierta a estas furcias y vístete, tú controlarlo-, le dijo Ricardo a uno de sus acompañantes.
  Benito, visiblemente acojonado, despertó casi con mimo a las dos prostitutas. -Venga guapa, vestiros y largaros-. Las dos prostitutas percibieron en el ambiente algo extraño y ni rechistaron, recogieron con celeridad sus cosas y lo suficientemente vestidas como para no dar un escándalo, salieron por la puerta. Benito terminaba de vestirse cuando el del pelo blanco le dijo, -¿Te acuerdas de mi, Benito?-
  -No-, balbuceó mientras trataba de abrocharse los pantalones.
  -Bien, bien-, dijo mientras jugueteaba con los restos de cocaína. -Te refrescaré la memoria. Soy el padre del hijo de Madelaine. ¿A que ahora si te suena la música?-
  -Si, Ricardo se llamaba usted-.
  -Correcto, me sigo llamando-. Sonrió Ricardo con cierta sorna.
  -Ya sabes que es lo que quiero. ¿Verdad?-
  -No se de que me habla-, contesto Benito con cierto estupor.
  -Refrescarle la memoria-, dijo Ricardo a los dos armarios que le acompañaban y que le propinaron cinco o seis puñetazos a Benito en décimas de segundo.
  -Donde están ella y mi hijo-, preguntó Ricardo a no más de un palmo de los bigotes de Benito. -No repetiré la pregunta-, prosiguió mientras hacía gestos a sus sicarios para que siguieran con la paliza.
  -No lo sé contestó Benito, no tengo ni idea. Nos llevaron con los ojos tapados, ¡al menos a mí!!!- Gritó en un vano intento de ahorrarse unos cuantos golpes más.
  -¿Han conseguido salvar los papeles?- Preguntó de nuevo Ricardo.
  -No, se los cogieron, les obligaron a entregarlo-s.
  -¿Cómo?- Dijo Ricardo esperando respuesta rápida.
  No lo sé, solo se que estaban atando a la señora antes de impedirme verlo.
-¿Como se llamaba tú pagador?- Preguntó Ricardo mientras intentaba tranquilizar a Benito reduciendo el tono de su voz.
  La cara de Benito reflejaba cada vez más tensión. Sentía una fuerte presión en el pecho y como le empezaba a faltar el aire. Ya no sabía si era la tensión, las drogas o que cojones le pasaba. De pronto sintió una punzada en el pecho y la voz de Ricardo que decía, me cago en el puto gordo, a ver si se me va a morir sin decir nada. De repente sintió calma, sin poder respirar, pero calma.
  Ricardo miró los ojos abiertos e inexpresivos de Benito. -Me cago en su puta madre, al final no nos ha dado nada-, dijo mientras le daba un puntapié en el costado que le dolió más a él en el pie que a Benito. Uno de sus hombres se agachó para tomarle el pulso en la muñeca. -No se lo encuentro. Está muerto-, dijo sin mucho interés en el cuerpo.
  -Que se note que había estado de juerga y vámonos antes de dejar más huellas. Pasar un trapo por donde hemos tocado, que no quiero tener problemas por la muerte de este imbecil. Tú, dijo al otro sicario, llama el montacargas y avisa para que nos esperen con el motor en marcha-, le ordenó mientras se limpiaba las manos con su propio pañuelo.

lunes, 27 de julio de 2015

Capítulo X: Los Beaujeu.


  El coche de la familia Beaujeau se paró ante el banco y su coche escolta, detrás de ellos. Uno de los guardaespaldas se bajó y abrió la puerta derecha. Tras los cristales tintados y la densa puerta blindada, aparecieron las gráciles piernas de Madelaine, que se bajó del vehículo como si tuviera veinte años. Miró a izquierda y derecha tras sus gafas de sol de Armani mientras sentía como la puerta del otro lado se abría para que bajara su hijo. Los escoltas se habían bajado unos pasos antes de parar los coches para poder estar posicionados ante la puerta de la sucursal bancaria antes que llegara su jefa a ese punto.      Todos llevaban gafas negras, aunque era lógico en ese día, hacía bastante sol en Sevilla.
Sevilla
Jacques sujetó la puerta y pasó tras su madre. Unos pasos más atrás iban dos de los miembros de su equipo.
 En el banco no les hacía mucha gracia que aquella gente entrara con armas en su sucursal. El nuevo director, Manuel, había intentado sin éxito que le permitieran evitarlo, pero una llamada desde su central le disuadió. No le hizo mucha gracia, pero cuando tienes treinta años y tu nombre suena para una dirección regional de un gran banco, te tragas el orgullo y que entren con un cañón si quieren.A esa hora de un lunes no había en el banco más de cinco o seis clientes.
Al llegar a la altura de su despacho, a Madelaine la estaban esperando el joven director y el aún más joven auxiliar que les acompañaría hasta la habitación de las cajas de seguridad. Madelaine echaba de menos a aquel tipo gordo que durante años le miraba las piernas mientras ella hacía los cambios necesarios en la caja de seguridad.
Bajaron las escaleras los cuatro, ya que los dos guardaespaldas estaban obligados a quedarse fuera de la zona donde se ubicaban las cajas de seguridad. Jacques llevaba en la mano izquierda un maletín grande, como del tamaño de una maleta de las que se utilizan para llevar en los aviones sin facturar. Cuando llegaron a la habitación en la que les entregaban la caja, esta vez sin ningún pudor, Jacques abrió la maleta de donde extrajo un extraño cajón, con relojes. La mirada del auxiliar era entre la estupefacción y el temor. Estaba preparando el cajón térmico para cambiar los documentos lo antes posible y sacarlos de ese lugar, que ya no consideraban  que  fuera seguro.
  Jacques era un experto en la conservación de pergaminos. Los pergaminos precisan de una temperatura y humedad relativa constantes, por lo que la caja de seguridad en la que estaban contenidos, tenía en su interior como una pequeña urna con todos los medios para mantener las condiciones óptimas de conservación durante al menos cuatro meses, de este modo, se garantizaban que no le pudiera pasar nada a los documentos durante sus ausencias de la ciudad.
Jacques programó todo en su caja de transporte y cuando todo estaba preparado, asintió mirando a su madre, que abrió en ese momento la caja de seguridad.
Madelaine extrajo con delicadeza la tapa de cristal que estaba bajo la tapa de la caja de seguridad. Al hacerlo, la caja soltó un poco de aire, como respirando por fin después de tanto tiempo de encierro. Madelaine cogió uno por uno los tres documentos y los introdujo con un mimo exquisito en la caja que su hijo había puesto a su lado, ante la atenta mirada de Jacques y la mirada un tanto distraída de los dos empleados del banco. A Jacques ya no le importaba que vieran de soslayo de que tipo de documentos se trataba. Tenía claro que aquellos documentos nunca volverían de nuevo a Sevilla. A él nunca le había inspirado confianza aquella ciudad. Le parecía que eran chapuceros y poco fiables. Su madre en no pocas ocasiones le había dicho que eso era por la vena chovinista de su padre.
 Alguna que otra vez le había preguntado a su madre porque Sevilla y porque en una caja de seguridad de un banco. Ella le había contestado - este sería el último lugar del mundo donde vendría a buscarnos un europeo. Es demasiado caótica. Además me encanta el clima y el ambiente. Respecto a lo de la caja de seguridad, ninguno de nuestros enemigos buscaría en un banco una documentación así. No se fían de los banqueros. Esta oficina es muy segura, no hay canalizaciones por debajo, las paredes del edificio parecen las de un banco central y te recuerdo que los bajos y los primeros pisos son nuestros, por lo que tenemos control absoluto de quienes los alquilan y para qué.
  Tanto Madelaine como Jacques terminaron la operación de traslado de los documentos con eficiencia. Cerraron el cajón de traslado y la caja de seguridad. Madelaine recogió su bolso de encima de la mesa y se acercó al director del banco. -Agradezco la flexibilidad que han tenido para con nuestra empresa en todos estos años-, mientras alargaba la mano derecha, levemente inclinada, como esperando una reverencia y un besa mano que, estaba segura, no se produciría.
Manuel apretó la mano de Madelaine como si le acabara de vender un nuevo plan de ahorro, viendo en ese momento la mueca que la señora esbozaba, decepcionada por lo previsible del gesto. Lo imprevisible fue que, tras esto, al alargar la mano al auxiliar que les acompañaba y que acababa de retornar la caja de seguridad a su lugar, se inclinó levemente haciendo llegar la mano derecha de Madelaine hasta casi tocarla con sus labios, mientras miraba a los ojos a la señora, que sorprendida muy gratamente por el gesto, sonrió con complacencia.
 Reconoció en el auxiliar al "estira levitas" típico sevillano y con voz suave y dulce sonrisa le pregunto por su nombre. -Juan Antonio Domínguez, a su servicio-, sonó la suave voz del chico. A Madelaine le resultó atractiva, la voz y el gesto. Sabía que aquel trepa sería capaz de lo que fuera por escalar en la empresa o en la sociedad. Le gustaba tener trepas de reserva, por si le hacían falta.
 Volvió a sonreír y enfiló con decisión y sabiendo que su hijo estaba dos pasos mas atrás que ella hacia la salida. Al llegar al punto donde se encontraban sus dos peones más próximos, vio algo extraño, algo que no encajaba.
 Uno de ellos se había acercado a la puerta de la sucursal bancaria y el otro no estaba pendiente de su salida. Al llegar a su altura la señora, el que aún permanecía en la puerta gritó, “Nuno”, llamando a su compañero que rápidamente volvió hacia atrás, con cierta cara de preocupación, diciéndole a sus jefes justo en la parte exterior de la puerta que ya se cerraba tras ellos, - tenemos a dos guardias urbanos discutiendo con el chófer, que se ha bajado del coche, imagino que sobre el tiempo que lleva parado en la puerta. El resto del equipo esta observando la situación-. Jacques, que venía escribiendo en su BlackBerry, levantó la vista y a continuación miró a su madre, como esperando las órdenes de esta. Su madre siempre había sabido ver el riesgo en situaciones un tanto absurdas.
-Ve y dile al imbécil de nuestro chófer que se meta en el coche y lo arranque-, disparó Madelaine con cara de pocas bromas. En ese instante vio que sus hombres se habían arremolinado alrededor de los dos guardias como intentando amedrentarlos, pero estos no parecían muy atemorizados, lo cual extrañó a madre e hijo,los policías locales no suelen ser muy amigos de los tumultos. -Diles que se pongan todos en sus puestos-, gritó Jacques.
  Nuno salió y dio las órdenes expresas que había recibido. No le gustaba la situación, pero tampoco comprendía muy bien que era lo que no le cuadraba. Al acercarse al coche, comprobó que el chofer que volvía hacia el interior del vehículo, estaba cometiendo un error de bulto, estaba dando la espalda a la puerta, con lo que no podía ver que hacían sus jefes. En la situación de estrés en la que se encontraba, pensó en reprimirle después, mientras abría la puerta posterior del coche esperando la entrada de sus jefes, que ya terminaban de cruzar la acera y llegaban a la altura del coche. El resto del equipo estaba ya en sus coches, poniéndolo todo en marcha. Al entrar Jacques tras su madre en el coche, este arrancó con urgencia, por sorpresa. Nuno todavía no había subido y se quedó descompuesto en mitad de la acera, mientras los dos coches de la escolta, sorprendidos, intentaban salir tras el coche de sus jefes que había desaparecido delante de sus narices antes de que les diera tiempo a comprender la situación.
  Tras el coche, habían salido dos motos y un coche, que como era evidente, eran parte de un operativo bien calculado. Al pasar el primer cruce la nueva comitiva, había salido un coche viejo, conducido por una tía que no dejaba perseguir a los de seguridad. Para colmo de males, los urbanos habían parado a la chica en medio del cruce, de modo que Nuno no tenía más remedio que salir corriendo por la acera, guardando el arma, para no liarla más. Tenía claro que aquello era todo parte de un montaje, pero a la señora no le haría ninguna gracia la situación. Empezaba a agotarse del sprint y ya no veía los coches. Por lo que optó por volver los cien metros que acababa de correr y subirse a uno de los coches de escolta, para intentar seguir al coche líder a través del GPS que llevaba instalado.
El nuevo chófer les dijo a sus pasajeros,- buongiorno- mientras aceleraba hasta límites insospechables y miraba por los retrovisores para comprobar que todo salía según lo previsto. Jacques sacó una pequeña pistola y encañonó al conductor, mientras su madre analizaba con frialdad la situación.
  -Yo no lo haría, dijo con sangre fría el chófer mientras seguía acelerando-.
  -Yo tampoco-, dijo Madelaine mientras bajaba la mano de su hijo. -Si le disparas ahora, nos matamos todos, susurró al oído de su hijo-.
  El conductor sonrió con acidez a través del espejo, sabía que tenía la sartén por el mango.
  Según se alejaban de Sevilla en dirección a Huelva, tanto madre como hijo tenían claro a estas alturas que no pensaban ocultar su destino, el chofer aisló la parte trasera del habitáculo subiendo el cristal intermedio para poder recibir órdenes. Las motos y el coche de escolta seguían pegados a ellos, como si fueran todos un único vehículo. Al llegar a La Palma del Condado, salieron de la autopista, a unos trescientos metros del desvío cogieron un camino de tierra que les dirigía a un cortijo blanco y dorado. La cara de los pasajeros era de escrutinio y memorización, estaba claro que a estos dos no se les escaparía ni un solo dato.
  Al llegar a la puerta del cortijo, otros cuatro hombres les estaban esperando para cerrar la puerta tras ellos. Esperaron a estar todos bajados de los coches y con las armas en la mano. Entonces, Giovanni abrió la puerta de Jacques que en ese momento intentó volver a empuñar su arma, pero antes que pudiera darse cuenta tenía el cañón de una UCI metido casi en la boca. -Por favor, dame el arma y el teléfono-, le dijo con mucha serenidad Giovanni. Jacques hizo lo que le pedían, al fin y al cabo, ya podría tomar represalias, con suerte, al acabar con todo esto.
  -Mademoiselle-, le dijo Giovanni a Madelaine, quién le sonrió en agradecimiento al halago y a la mano tendida que le ofrecía para bajar del coche.
  Les dirigieron con delicadeza hacia la puerta de la finca. En ese momento, una de las mujeres del equipo le pidió con cortesía pero con firmeza el maletín a Jacques.
  -Por encima de mi cadáver-, contestó este.
 -Está bien, le contestó ella, a mi me da igual eliminarte, dijo mientras buscaba la aprobación de su jefe que asintió-.
  En ese momento Madelaine dijo en voz alta,- si le pasa algo a él, no podréis recuperar la documentación. El maletín está preparado para destruir su contenido si no se abre de la forma correcta, y solo Jacques conoce la clave-.
  -De acuerdo-, contesto Giovanni mientras hacía un gesto con la mano para que bajaran las armas. -Entremos y discutamos esto, apostilló-. El italiano había preparado dos formas distintas de obtener aquella documentación y finalmente había conseguido hacerlo sin violencia, al menos sin mucha. Había tenido a dos hombres armados, camuflados como clientes dentro del banco, que entraron en la sucursal junto con Benito para esquivar el arco de detección de metales. Pero no había sido necesario. El plan de distracción funcionó a la perfección. La segunda opción no habría sido tan silenciosa. Giovanni se sentía bien, estaba consiguiendo sus objetivos solo con amenazas, eso le gustaba.
  En ese momento se abrieron las puertas para que llegara otro coche con Rocío al volante. Ella había sido el freno a los perseguidores y ahora llegaba a su punto de encuentro. Al entrar su coche, en el que venían dos hombres más medio vestidos de guardias urbanos, sacaron el coche de sus secuestrados a toda pastilla hacia la autopista. Las órdenes eran, llegar a Portugal y abandonarlo lo antes posible prendiéndole fuego. El conductor y su nuevo acompañante, ya sabían cual era el siguiente paso.
  Al entrar todos en la casa, dos de los hombres de confianza de Giovanni sacaron a Benito del asiento trasero del coche. Llevaba los ojos vendados y las manos atadas delante de su prominente barriga. No protestaba, estaba sudando y bastante nervioso. Los de seguridad creían que era por los nervios, pero en realidad era por la falta de alcohol. Ya había pasado la una de la tarde y a estas horas, habitualmente, ya se habría bebido algunas cervezas. Pero él sabía que tenía que estar sereno, al menos hasta que le hubieran dado su dinero. Le introdujeron en la casa por una puerta lateral antes de quitarle la venda de los ojos, al tiempo que desataban sus manos. Benito se restregó las muñecas mientras poco a poco acostumbraba su vista a la nueva situación de la luz. Era evidente que no pensaban hacerle daño, pero quería ver bien que es lo que tenía delante. La estancia estaba en penumbra. Uno de los hombres le dijo en voz no muy alta,- por favor, acérquese al cristal, necesitamos que pueda corroborar una cosa-. No sonó como una orden, que era lo habitual en aquellos espagueti. Eso le hizo sentirse importante, por fin valoraban no solo la información que les había vendido, también su capacidad para corroborar algo, evidentemente, relacionado con esa información.
  Al acercarse al cristal, vio al otro lado una larga mesa de comedor, de esas que aparecen en las películas de época. La estancia que se veía parecía un comedor de una casa de campo. En ella veía a dos matones del italiano, esperando, sin aparente impaciencia.
  -¿Qué es lo que queréis que mire?- Pregunto con aire desconcertado.
  -Espere unos instantes, ahora lo comprobará. Este tranquilo, desde el otro lado no se puede ver nada ni oír nada. Desde aquí tampoco podrá oírlos. En un momento determinado le mostrarán los documentos y usted dirá si son los que había visto en su momento o no. Allí terminará su trabajo. Si todo está en orden, le entregaremos su dinero y, con los ojos tapados, volverá a Sevilla y se olvidará de nuestra existencia y de la de todo lo que tenga que ver con nosotros. ¿Queda claro?-
-  Cristalino, chaval, cristalino-, contestó restregándose los ojos, que todavía no estaban acostumbrados del todo a la luz.
  Joder, me encantaría tomar una cervecita, pensó Benito mirando a través del espejo. Parecían estatuas los dos machacas que estaban al otro lado del cristal, no se movían no gesticulaban, no mostraban nerviosismo ni impaciencia. Pensó si serian militares, al menos lo parecían por el comportamiento.
  En ese momento se abrió la puerta de la habitación que observaban y entraron, el guaperas con la señora y el niño de la señora. Se quedó mirando hacia ella. Le seguía pareciendo que estaba muy buena, a pesar de los años. Como lo haría la muy bruja. El hijo llevaba algo en la mano, un maletín grande, pero se le veía nervioso. El que estaba impasible era el italiano. Tras ellos entraron otros tres tíos y una tía, todos con pinta de matones de la mafia, pensó Benito. Pero sus ojos seguían buscando a la señora, que se sentó prácticamente frente al espejo.
  Madelaine miró el espejo que estaba frente a ella con la seguridad que alguien estaba tras él escrutándoles. Intentó forzar la vista para intentar ver algo tras aquella superficie tan limpia y brillante. Giovanni vio el gesto y se interpuso entre ella y el espejo.- No hay nadie detrás, no lo busque. Solo es un espejo. De hecho, esta casa no es nuestra. La hemos alquilado a través de una sociedad fantasma para que no puedan seguirnos la pista-.
  Tanto Madelaine como Jacques esbozaron la misma mueca, como si ellos no supieran más que de sobra lo que les acababan de comunicar. En ningún momento habían pensado que les tomaran por idiotas. Giovanni percibió que el comentario que acababa de hacer, había surtido el efecto esperado en sus interlocutores. Miró a ambos un par de veces, con los brazos cruzados sobre el pecho, como esperando que alguno de ellos se arrancase a hablar rompiendo el silencio. Como no consiguió nada, relajó su posición y mirando a Madelaine dijo,
  -Bien, todos sabemos que tenemos que buscar una solución a este conflicto. Podemos usar los sistemas de coacción que consideremos oportunos, aquí nadie os oirá gritar, pero prefiero solucionarlo de un modo digamos... menos traumático, al menos para vosotros-.
Al decir esto último había visto cierto resquemor en la mirada azul claro de Madelaine. Pero por otro lado, su hijo parecía no haber entendido el idioma en el que hablaba. No había movido ni un músculo de la cara ni del cuerpo. Simplemente se limitaba a aferrarse al maletín con las dos manos sobre su regazo y a mirar a un punto indeterminado del infinito.
  - Creo que no me he explicado bien, Jacques. Ya que no podemos matarte para que nos abras el maletín, podemos dedicarnos a torturarte a ti-, dijo mientras pausadamente giraba la vista hacia Madelaine,- o a tu madre. Tú eliges el camino. Pero ten segura una cosa, la única salida que tienes es dárnoslo o morir en el intento de no hacerlo-.
Madelaine miró a su hijo, que empezaba a tener la cara roja de la ira contenida.- Creo que no tenéis ningún derecho a tocar esos documentos,- lanzó la mujer con palabras muy serenas.
  -Creo que vosotros no sois quien para ocultar por más tiempo esta información al mundo-, contestó Giovanni mostrando una leve sonrisa de zorro que sabe que su presa no tiene salida.
  -Nos pertenecen, siempre han sido nuestros. Solo nosotros los hemos custodiado durante siglos-, gritó Jacques sin moverse de la posición.
  -Solo vosotros los habéis ocultado durante siglos, dejando que se alimentara la leyenda y aprovechándoos de los conocimientos que en ellos se vertían o, mejor dicho, que a través de ellos se intuía que vertían. Lleváis muchos siglos especulando con lo que no es vuestro. Nosotros queremos acabar con los mitos y devolver al conocimiento lo que ocultan esos documentos. Ya es hora que se termine con las especulaciones sobre los templarios, de que se devuelva al pueblo el conocimiento que estos tuvieran y los tesoros, si existen, que todavía no habéis podido vender o expoliar-.
-Nosotros nunca hemos expoliado nada-, contestó con una serenidad fría y densa Madelaine.- Sabes que no te daremos nada-.
-Bueno, tenemos tiempo para verlo, pero va a ser doloroso, mademoiselle, muy doloroso-.
-¡Enrique!-, grito Giovanni, -cogerla y colocarla sobre la mesa-.
  Enrique y otro compañero suyo cogieron a Madelaine por las muñecas. La mujer no opuso resistencia, solo empezó a rezar en latín con voz muy baja, casi inapreciable, un Pater Nostri. Al finalizar la oración, tumbada boca arriba sobre la mesa con las manos atadas entre sí por debajo de esta y las piernas colgando en uno de los extremos, dijo con voz tranquila, mirando a su hijo,- yo ya he preparado mi alma para unirse a Dios. Preparad las vuestras, pues su venganza será terrible-.
  Giovanni volvió a sonreír, -tranquila Madelaine, ya lo haremos cuando estemos tan cerca de nuestro martirio como tú lo estás ahora. Atar a su hijo y que no deje de mirar-. Le arrancaron el maletín de las manos, le ataron manos y pies a la silla y uno de ellos le sujetó la cabeza mirando hacia su madre.- Si cierras los ojos, te corto los párpados-, le susurró al oído.
  -Llamar al croata, dijo Giovanni-. A los pocos segundos, entró en la habitación un hombre de altura cercana a los dos metros, el pelo rubio cortado a cepillo, vestido de traje negro tan apretado, que dejaba intuir todos sus músculos. Era un tipo bastante fornido. Llevaba una maleta con ruedas que puso en el otro extremo de la mesa. Madelaine forzaba el cuello para ver que hacía aquel elemento a unos centímetros de su cabeza. Cuando el hombre puso la maleta sobre la mesa y la abrió, tal y como madre e hijo esperaban, aparecieron dentro todo tipo de objetos destinados a torturar, juguetes sexuales y sadomasoquistas.
  El hombre se acercó a la cabeza de Madelaine y le dijo con suavidad,- estas a tiempo, todavía no hemos empezado, decirles lo que quieren y nos ahorraremos todos el trabajo y el dolor-.
  Madelaine parecía empezar a flaquear, pero sacando una sonrisa extremadamente dulce, miró a su hijo y contestó,- quien sabe, nunca he probado estas cosas. A lo peor para vosotros me gustan y el efecto es el contrario-.
  Giovanni suspiró negando con la cabeza, en el fondo le hubiera gustado que hubiera cedido antes de soltarle la correa a aquel animal que tenía a su cargo. El elemento en cuestión había torturado a miles de personas durante la guerra en la antigua Yugoslavia. -Seguro que no te gusta, al menos dentro de un rato. Y a tu hijo, menos aún-.
  El croata sacó un cuchillo de campo y con cuidado rasgo la ropa de su víctima, dejando la ropa interior de rico encaje blanco a la vista. También dejó huella en forma de arañazos leves, como hechos con un látigo de seda en la piel de Madelaine.
Giovanni hizo un gesto con la mano izquierda y la cortina que había tras el espejo se cerró casi sobre la nariz Benito, Giovanni no le iba a dar el gusto de ver el espectáculo al descerebrado del padre de su amante.
 Benito se quedó como paralizado, no tenía claro que pasaría, pero le estaba empezando a gustar los derroteros que tomaba la situación, es más, no creía que pudiera olvidar nunca lo que acababa de ver, la señora en paños menores delante de sus narices. Joder, sigue estando muy buena la tía, pensó. -Joder, ahora que se ponía interesante...- dijo con cierta ironía.
  -La violencia solo es útil con los necios que no saben negociar a tiempo, replicó uno de los dos hombres que le escoltaban. Aparta de la ventana, no queremos tener que convencerte de otra forma-.
  El croata estaba disfrutando de lo que intuía que iba a suceder. Rompió el sujetador de su víctima con la punta del cuchillo. Sentía que aquella mujer, que ya no era ninguna niña, seguía siendo atractiva, empezaba a sentir la erección que le producía el cuerpo de la mujer a medio desnudar y la sensación de poder torturar. Nunca supo muy bien porque, pero casi le excitaba más torturar que violar, y eran sus dos deportes favoritos. Con la punta del cuchillo y sin mucha prisa, recorrió el vientre de Madelaine hasta llegar a las bragas, que corto con mimo y arrancó con violencia.
Lo pagaras puto bastardo, dijo Jacques antes de recibir el impacto de una mano del gigante croata en su mejilla.
  -No te preocupes, hijo, estoy preparada para mi martirización-, dijo con calma Madelaine.
  El croata saco varios artilugios sexuales de enormes proporciones y los colocó con cuidado junto a la cadera de Madelaine. Parecía disfrutar del miedo que el tamaño de aquellos objetos producía en la cara de los que estaban presentes. La única que no parecía sufrir con la situación era Madelaine, era como si aquella mujer se hubiera desconectado. A él no le sorprendía lo más mínimo. Ya había visto esa reacción en otras ocasiones. Sentía como Jacques forcejeaba con las cuerdas, como su quisiera desatarse. Comprendió que era un buen momento para explicarles a todos el plan.
  Giovanni estaba al fondo de la estancia, sabía lo que acontecía, pero prefería no mirarlo. Aquello le parecía una bestialidad, necesaria, pero una bestialidad.
  -Bueno princesa, dijo el croata tocándose por encima del pantalón los genitales, te voy a explicar de qué va esto. Empezaré por meterte uno de estos en el culo, colocarte unos electrodos en los pezones para putearte cuando se me antoje y violarte, para entrar en calor. Si con eso no cedéis, pasaremos a sistemas menos placenteros y más brutales. Cuando queráis que pare, ya sabéis lo que tenéis que hacer-.
  Madelaine subió las piernas y se colocó con ellas abiertas, invitando a su torturador a empezar, era como si ella se hubiera desconectado de su cuerpo y le diera igual lo que le hicieran.
  Cuando el croata introdujo el aparato en su madre, Jacques no pudo resistirse y grito, ¡Dejarla ya!,¡ Os diré lo que queréis!-
  -¡No!! Grito Madelaine, es más importante nuestra misión-.
 -No voy a consentirlo madre, no puedo-.
  Madelaine giró la cabeza, despreciando la falta de aguante de su hijo. El croata miró a Giovanni a la espera de órdenes.
  Giovanni se acercó a Jacques,- no nos lo digas, ábrelo-.
  Uno de sus hombres abrió los nudos que sujetaban las manos de Jacques, quien se froto las muñecas aliviando el dolor físico que tenía. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, sabía lo que acababa de ahorrarle a su madre de sufrimiento, pero también sabía que acababa de terminar con varios siglos de tradición, con varios siglos de secretismo.
  Introdujo la clave, con cuidado en la parte interna del maletín, con el fin de hacerlo bien, no quería sorpresas. En cuanto se abrió y extrajo los documentos, perfectamente protegidos, Giovanni dijo en voz bastante alta, para que no quedasen dudas, - Acaba con su tortura y Ana, atenderla y curarle las heridas que pueda tener. Respecto a ti, Jacques, puedes estar seguro de haber tomado la decisión correcta. Desatarle y ubicarlos en dos habitaciones, con escolta, hasta que os demos las siguientes órdenes-.
  Ana Ayudo a levantarse a Madelaine, que se movía dolorida y sangrando levemente. Al pasar por el lado de su torturador, Madelaine pensó en el momento en que se vengaría de aquel bastardo, pero en seguida su pensamiento se volvió turbio y empezó a maquinar como podría reparar lo que su hijo acababa de hacer.
Salieron del salón madre e hijo, uno tras otro, ambos sollozando y mirando al suelo, ambos silenciosos, ambos preocupados por el futuro de los suyos si no podían ponerles sobre aviso.
  Tras salir por la puerta, Giovanni hizo un gesto claro para que dieran orden de abrir la cortina que les separaba de Benito. Al sentir este que se volvía a abrir la cortina, miró con rapidez, intentando ver que habría sucedido al otro, lado. Giovanni tenía tres pliegos en la mesa. Todos ellos sujetos por lazos rojos, dos de ellos lacrados con un sello y el tercero con el lazo solo atado.
  Los señaló y preguntó en voz alta, que ahora si se escuchaba, -¿Son estos los documentos que viste?-
  Benito no dudó de ello ni un solo momento. Afirmó y casi gritó,- ¡SI!!-
  Giovanni le había oído sin necesidad de micrófonos. -Darle lo suyo y devolverlo a su cloaca-, contestó mirando hacia los suyos.
  Ahora solo queda comprobar si han valido el dinero y el esfuerzo, Comentó para si mismo mientras analizaba el resto del contenido del maletín.

martes, 14 de julio de 2015

Capitulo VI: Que bueno sería poder recordar



Se había quedado dormido. Joder, estaba en un puticlub y se había quedado dormido.  Benito estaba solo en un dormitorio rojo, con poca luz, no sabía ni la hora ni nada. Se incorporó con la poca rapidez que su orondo cuerpo le permitía y cogió la cartera del bolsillo de su chaqueta, que estaba tirada en el suelo. Se temía que aquella puta le hubiera quitado el dinero que llevaba, pero no, su dinero estaba allí. No todo el que había sacado de la pensión, pero si una cantidad razonable para lo que creía haber gastado.
 Se fue a mear al retrete, mientras intentaba recordar que había sucedido esa noche. La próxima vez que se fuera a putas tenía que beber menos, se acordaba solo de trozos. Recordaba una rubia eslava, de enormes tetas y que le sacaba al menos dos cabezas, pero no recordaba muy bien que había hecho o no. Era la leche, para una vez que hacía esto en mucho tiempo, estaba tan borracho, que apenas se acordaba.

 Tenía un familiar y pertinaz dolor de cabeza y la boca seca como una mojama. Necesitaba agua, un baño y un pallet de aspirinas. Cuando salió del baño, le estaba esperando la rubia eslava, que estaba más buena de lo que recordaba, pero mucho más, y un armario negro de dos metros de alto y otro tanto de ancho de espalda que le dijo con una suave voz caribeña 
-señor, ya es hora de irse, el club ha cerrado ya hace rato. Por favor, acompáñeme-. Mientras le daba el resto de su ropa, insinuándole que terminara de vestirse de camino a la puerta. Echó un último vistazo a la rubia que apretó el albornoz con el que estaba cubierta como intentando tapar su cuerpo desnudo aún más de la mirada obscena de Benito. Cogió la ropa que le ofrecía el maromo y salió delante de él.
 Al ponerse el reloj, comprobó que eran las siete de la mañana, lo cual quería decir que en breve podría desayunar en algún sitio próximo, aunque hasta que no saliera a la calle, realmente no tenía ni puta idea de donde estaba.
-Nos hemos permitido llamarle un taxi para que le devuelva a la ciudad-, le dijo con esa voz melosa y amariconada que tenían los cubanos. Otro bujarrón que se ha escapado de Fidel, pensó para si Benito y sonrió en agradecimiento al detalle del taxi. Seguro que se había dejado un pastón para que le trataran así. Tendría que volver otro día con menos cerveza encima a ver si le seguían haciendo la pelota y se enteraba de lo que hacía con la rubia.
Al subir al taxi le dijo que le dejara junto a la catedral de Sevilla. El taxista sonrió y arrancó con eficiencia. Había dicho la catedral de Sevilla porque, sinceramente, no tenía ni puta idea de donde estaba.
A los pocos minutos llegaban al puente del Alamillo y se sintió mejor al reconocer los lugares por los que pasaba. Todavía era de noche, pero la ciudad empezaba a tener vida, la gente trabaja, es lo que tiene, pensó. Bueno, tenía que prepararse. En dos horas, vendría a recogerlo un coche para llevarle a ver al guaperas y cerrar el negocio definitivamente.
Empezó a pensar en cómo coño, aquel tío se habría enterado que él conocía la información que le estaba vendiendo. Se había puesto en contacto con él, como si ya tuviera toda la información y solo necesitara corroborarla. Eso sí, él había estado hábil negociando con el mafiosillo este para sacar algo de pasta de más. Seguro que el capullo había pensado que le saldría más barato.
 Estaban llegando a su destino. Son veinte con treinta y cinco, señor, dijo el taxista. Le dio veinticinco euros y dijo, -quédese con las vueltas-. El taxista sonrió por primera vez en el trayecto con cierta complacencia, no era mala forma de empezar el día.
Al bajar del coche Benito sintió el frío de la mañana en el rostro, le vendría bien para despejarse.
Seguía sin comprender muy bien de donde había sacado la información el Giovanni este, pero ya daba igual. Por otro lado, tampoco le debía nada al banco, ya no trabajaba allí. Y la señora, a la que tanto había deseado en silencio durante tanto tiempo, ya era mayor, y su hijo un gilipollas, por lo que no tenía remordimiento alguno. Tampoco creía que se los fueran a cargar. 
 Aunque estaría bien que al "niño", que ya de niño tenía poco, le dieran cuatro o cinco hostias bien pegadas. Desde el día que le sorprendió mirando las piernas de su madre, el "niño" le había mirado con cierto asco y con bastante desdén. Durante algunos años faltó a sus visitas a la cámara de seguridad durante el curso, por lo que Benito imaginó que estaría estudiando fuera. Estos pijos ricos son así, se van a estudiar fuera de España, como si lo que tenemos aquí no fuera bueno. Pero esas ausencias le habían permitido ver más cosas interesantes. A parte de alegrarse la vista con la madre, al estar esta solo había podido ver en repetidas ocasiones los documentos de refilón al extraerlos o guardarlos, y había podido comprobar los sellos.
 Eran pergaminos, eso lo tenía claro. Aunque no fuera universitario, sabía reconocer un pergamino. En sus años jóvenes fue bastante "capillita" y había visto algunos en el museo de la Catedral. El escudo papal no le costó reconocerlo, era bastante obvio, pero el de los tíos a caballo, no tenía claro de que iba. Unos años más tarde, cuando se pusieron de moda los temas de los templarios, vio ese mismo escudo en un libro, en la portada para ser exactos. Entonces lo relacionó.
 Recordaba haberlo comentado con su familia y que ha una de sus hijas, que se estaba leyendo todo lo que caía en sus manos sobre el tema le interesó bastante. Su hija Rocío había estudiado Filología Francesa, y daba clases en algún colegio privado al norte de Sevilla, aunque no sabía cual. Desde que se había divorciado, sus hijas no le hacían mucho caso, aunque Rocío le hacía más caso que Ana María.
 Rocío al menos le había llamado al móvil alguna vez, para ver como estaba y si necesitaba algo, pero no la veía, no al menos para hablar con ella. Alguna vez había ido hasta su antigua casa para verla salir, pero eso le había costado un enorme esfuerzo físico y pasar un mal rato por no poder abrazar a su hija.
 Tenía una orden de alejamiento de su exmujer por haberle tirado una botella de cerveza vacía un día que volvió mamado cuando empezaban las hostilidades del divorcio. Pero quería a sus hijas. Rocío si se preocupaba algo por él. La otra era como la zorra de su madre, solo quería dinero, y eso ya se lo habían robado las muy brujas. En el fondo le preocupaba que a Rocío le fueran bien las cosas. La cría ya tenía veintiocho años, y a él le seguía pareciendo una niña preciosa, aunque asumía que ya era toda una mujer, y sabía que había tenido algunos novios, pero no tenía constancia que fuera a casarse o que tuviera una relación formal con nadie.
 Pero era eso, su hija Rocío si había mostrado interés por los papeles templarios de los que hablaba su padre algunas veces. Eso había acercado un poco a Benito a una hija que sentía, por aquel entonces más distante. Sentía que se hacía mayor y que perdía el contenido para seguir  hablando con ella. 
Por ello, cada vez que la señora venía sola, cuando venía con el capullo del niño no se atrevía a hacerlo, intentaba ver algo más. Algo más que contarle a su niña, y de paso, ver algunos ángulos de la señora realmente atractivos.
 Su mujer por esos años ya no estaba ni la mitad de buena que la señora, en realidad, el pensaba que nunca lo había estado. Pero esto era una alegría a más que se llevaba su vista. Lo importante era para él que tenía tema de conversación con su hija cada vez que podía verlos.
 Su hija le desplegaba unos conocimientos sobre el tema espectaculares. Incluso se permitía hacer elucubraciones sobre que podían contener esos documentos. De hecho, alguna vez cuando sabía que podía ser el día en el que más o menos la señora iba a mirar sus papeles, se perdía clases para intentar coincidir con ella en la salida del banco.
 Hasta que lo consiguió una vez y ya no volvió a hacerlo. Vio el coche blindado de la señora en la puerta y el dispositivo de seguridad que la acompañaba, cogió miedo. Alguien que lleva tanta seguridad no puede ser buena gente, le comentó a su padre a los pocos días de esto. Benito reprendió el acto de Rocío, había puesto en peligro la confidencialidad de su trabajo, y seguramente su propia vida. Nunca más volvería a hablar de esto con ella.
 Ahora sin embargo, era él quien vendía esta información, la vida se tornaba cada vez más irónica. Pero Benito sentía que tenía que ser práctico, necesitaba dinero y esta era una buena vía para ello.
Acababa de llegar a uno de sus bares favoritos. Entró y pidió un café, una aspirina, una tostada con aceite y tomate y una jarra de agua.

Debía mantenerse sereno hasta después de la cita, se jugaba mucha pasta.

jueves, 9 de julio de 2015

Capitulo IV: El final de la cuenta atrás.



Su reloj ya marcaba las cinco y diez de la tarde. Estaba nervioso. En la acera en la que estaba esperando empezaba a dar la sombra y el sol estaba comenzando a esconderse. Benito se había despejado algo con el paseo que acababa de dar hasta la Maestranza, rodeándola para colocarse cerca de la puerta que daba acceso al recinto y al museo taurino.
 De pronto vio detenerse un Audi A8 negro con los cristales tintados justo delante de la Puerta del Príncipe. De la puerta de atrás, que se abrió casi en marcha, bajaba con una flexibilidad envidiable, al menos para él, que se sentía incapaz de bajarse del coche sin tomar apoyo en ningún lado, un hombre alto, con el pelo rapado como los marines americanos que salían en las películas.
rodeándola para colocarse....

 Lo primero que le llamó la atención, fue que no era la persona que el esperaba, eso no le hacía sentirse muy cómodo. Segundos después, el vehículo se detuvo totalmente unos cuatro o cinco metros más adelante. El rubio enorme se acercó a la puerta delantera derecha y la abrió dando un giro sobre sus pies para, de una sola pasada, revisar todo el perímetro. Seguro que se trataba de un guardaespaldas. En ese momento, teniendo en cuenta que estaba parado en un punto prohibido el vehículo, un taxi pasó pitando e increpando desde dentro del habitáculo, pero no consiguió inmutar a ninguno de los tres hombres que habían llegado en el coche.
Benito seguía mirando la escena, como si se tratara de una película que rodasen frente a él, hasta que, fijándose en el hombre que bajaba del coche comprobó que se trataba del guaperas con quien había quedado. 
 Empezó a moverse no sin ciertas dificultades para recorrer los no más de diez metros que le separaban de su cita. El guardaespaldas le revisó de un vistazo, como si pudiera ver si era o no peligroso con solo mirarlo. Benito pensó que el maromo gilipollas no debía saber a quien estaba mirando con ese desprecio.
Lo cierto es que al guardaespaldas no le importaba especialmente. Su misión era comprobar que no había riesgo para su jefe y, evidentemente, ese retaco rechoncho no era peligro para nadie por lo que tampoco tenía que fijarse más en él.
Giovanni miró a su interlocutor como queriendo comprender que podía ofrecerle tamaño elemento. Había hablado con ese hombre dos veces antes de esta reunión, solo la segunda cara a cara, pero no dejaba de sorprenderle que este señor tuviera la información que tanto llevaba buscando. Giovanni era un hombre con marcados rasgos latinos, moreno, de ojos verdes, alto y bien parecido, con una penetrante mirada y una presencia que demostraba cuidados en lo físico y serenidad en lo emocional.
Benito rompió el fuego de la conversación.
- Que, pasamos para dentro o vamos a seguir aquí a la vista de todos-.
-Buenas tardes, Benito-. Replicó Giovanni con un suave gesto, brindándole la mano que el otro estrechó sin mucha convicción. Tenía un suave acento italiano, apenas perceptible en frases tan cortas.
-Me alegro de volver a verte Benito, ¿Estas bien Benito?-
Al antiguo empleado de Banca le ponía nervioso que dijera su nombre prácticamente en cada frase. La verdad es que el guaperas le ponía bastante nervioso desde el principio de su relación.
Giovanni le indicó con la mano izquierda el camino hacia la entrada del museo, cediéndole el paso con una sonrisa que a Benito se le antojaba hipócrita y forzada. Por otro lado, que coño, este tío no era su amigo, pensó Benito. Era su salvación económica, pero nada más. En ese momento le hubiera gustado tomarse una cervecita que le calmara los nervios.
 Pasó delante mirando de reojo al guardaespaldas que les seguía a unos siete u ocho pasos. Al llegar a la puerta, Giovanni pagó las tres entradas, sin decir nada a la persona de la taquilla. Solo hizo el gesto con la mano. Comenzaron a pasear por dentro sin mucho interés por lo que encontraban a su paso.
-Bien Benito, cuéntame lo que quiero saber.- Disparó a bocajarro Giovanni.
Benito contestó, no sin cierto nervio.
- Primero el dinero, sesenta mil euros, que es lo que pactamos.-
-El dinero lo lleva él, ese caballero que viene tras nuestros pasos. Tiene la orden de dártelo a un gesto mío. Pero eso solo sucederá si me proporcionas la información que hemos pactado.-
 -No temas nada, no me interesa estafarte, solo quiero que me digas lo que quiero y esto se resolverá bien para ambas partes.- Respondió Giovanni sin alterarse lo más mínimo. 
Su voz era tan plana, tan neutra que Benito no era capaz de comprender si estaba enfadado, nervioso o tranquilo como aparentaba.
Benito asintió sin mucha convicción, pero tampoco tenía más salidas. El guaperas no lo sabía, pero era su única oportunidad. Se acercó a Giovanni, dando la espalda al escolta, para decirle algo al oído. Giovanni relajó sus brazos adoptando una posición casi sacerdotal, como si esperase escuchar la confesión de un pecador.
-Ronda de Capuchinos 19, oficina BBVA, caja de seguridad número 1120.-
-Son tres pergaminos, dos con el escudito del caballo y otro con una Tiara Papal y el centro es como a rayas. Solo he podido ver eso, pero te garantizo que van a mirar esos papeles al menos, siete u ocho veces al año. Lo he seguido comprobando después de jubilarme.- Dijo casi susurrando Benito. 
En aquel momento su pulso debía ser de doscientos.
- El próximo lunes entre las diez y las diez y media han programado otra visita-.
Giovanni esbozó una sonrisa que dejaría helado a quien estuviera delante. 
Por un momento, Benito temió por su integridad, pero al segundo apareció el escolta de Giovanni tras de él y le puso en la mano un sobre. Antes de que pudiera abrirlo, Giovanni le contó lo que contenía.
- Solo tiene veinte mil euros. El resto te lo daremos cuando comprobemos que la información es correcta y nos sirve para nuestro cometido-.
-Joder, ¡eso no era lo pactado!- Dijo cabreado Benito.
-Es lo que tiene vender la información de forma ilegal, que te tienes que amoldar a lo que el más fuerte quiera,- le respondió Giovanni mirándole con cara de, si no te gusta dilo y aliviamos tu sufrimiento.
La cara de Benito se puso más blanca de lo normal.
- Está bien, no hay problema, no tengo ninguna duda de la información que tenemos entre manos-.
-Bien Benito, bien. Me alegra que estemos de acuerdo. El lunes por la mañana veremos si realmente vale lo que nos pides. Estaremos en contacto. Por la mañana nos acompañarás al banco. Si todo va bien, yo te volveré a llamar después para liquidar nuestra deuda contigo o para liquidarte a ti si nos has contado algo falso-, le dijo Giovanni sin ni tan siquiera mirarle a los ojos.
-Seguro que no tienes ningún problema-, respondió Benito visiblemente nervioso y empezando a sudar por el miedo que la situación le producía.
-Así lo espero Benito, así lo espero-. Giovanni ya le había dado la espalda y salía por la puerta con su fiel escudero detrás.
 Benito tomó aire e intentó recuperar la calma. Ese tío le ponía muy nervioso. Necesitaba una cerveza y un cigarro con urgencia. Se dirigió a la puerta para salir al aire libre y girar rápidamente hacia su barrio. Lo primero que tenía que hacer era guardar parte de esa pasta. Si eso era, iría a su pensión y lo escondería en algún sitio.
 Mientras caminaba, recordó como Giovanni hace unos meses se puso en contacto con él, como si supiera todo de su vida. El no sabía nada de ese tío, pero la oferta que le hizo fue muy tentadora. El italiano conocía a sus hijas, a su ex-mujer, a la que podía cargarse el muy cabrón y así solucionarle la vida del todo.
 En cierto momento de su primera conversación le había insinuado que podía  ganar dinero con esto y no tener problemas o negarse y crear problemas para él y para sus hijas, y eso le preocupaba especialmente. Sus hijas no querían saber nada de él. Pero su misión como padre era evitar que ellas pudieran sufrir, aunque su madre las hubiera puesto en su contra, ya verían la verdad, ya la verían.
En esto estaba su pensamiento cuando se dio cuenta que a lo mejor, la" T " mayúscula roja que llevaba el italiano de las narices podía ser la insignia de una empresa. Tenía que intentar enterarse. Pero eso sería mañana, ahora tenía que guardar el dinero y correrse una buena juerga, por si acaso.
Esa noche tenía pinta de ser bastante larga. Benito sonrió abiertamente. Hacía mucho tiempo que no tenía un día tan bueno y durante unos segundos comenzó a paladear el sabor del triunfo.




jueves, 2 de julio de 2015

Capitulo I La Giralda nos vigila

                                                  

Benito había estado bebiendo unas cervezas. Quedaban más de tres horas para las 5 de la tarde. Esa era la hora.
 Había quedado con ese hombre en la puerta de la Maestranza, para ser más exactos, en la puerta del museo taurino.
 A pesar de ser Enero, ese mediodía Sevilla se empeñaba en dar calor. Al menos él sentía calor, y eso que hoy se había duchado y afeitado a media mañana. 
Había salido de la pensión con la sensación de limpieza que sentía los domingos cuando era pequeño. Pero, a pesar de haber salido impecable, empezaba a sudar, él creía que era por el calor que hacía esa mañana en Sevilla, pero la cerveza empezaba a hacer efecto y se encontraba en ese plácido estado letárgico que le separaba de la realidad, de su mierda de realidad.
 A sus 56 años, había  trabajado toda la vida en el banco. Hasta que se empeñaron los “muy hijo putas” en prejubilarlo, y la zorra de su exmujer, en expoliarle  piso y  pensión.
ir de la pensión, cercana a la catedral...
 Joder pensaba, ella todavía podía trabajar, por que coño le tenía que pasar  él una pensión a esa. Sus hijas pasaban de él, sin contemplaciones. Seguramente, sus continuas borracheras, habrían contribuido a ello. Pero él no recordaba haberse portado mal con ellas, con ninguna de las dos.
 -Sebas, ponte otra Cruzcampo-, le espetó al camarero que le miraba desde el final de la barra, como si intentara ignorarle, para que se fuera antes de beberse la producción de la Cruzcampo de ese año.
Benito debía pesar cerca de 140 Kg en no más de un metro y medio. Pero cuando uno se bebe al menos dos dígitos de litros de cerveza al día, con sus tapitas correspondientes, y su único ejercicio es ir de la pensión cercana a la catedral, hasta los bares de siempre que distan 100 pasos, para luego volver  varias horas más tarde, al borde del coma etílico, se cogen kilos sin sentir.
 Eso sí, tenía una buena razón. Su vida desde que el banco le “pre jubiló” se había convertido en una pesadilla. No le llegaba la pasta más que para esa vida de mierda. Al menos eso pensaba él.
 Por eso se veía en la necesidad de contarle lo que sabía a aquel tipo guaperas con el que había quedado dentro de unas horas en la maestranza, pensó mientras se pasaba la mano, ya algo torpe por el alcohol, por la solapa de su traje marrón claro. Le quedaba algo apretadito, pero todavía le hacía parecer un señor, o al menos sentirse como tal. Si, el guaperas le podía pagar una pasta si la información era buena, y él sabía que lo era.
-Sebas coño, la cerveza!!-, dijo con un tono algo más desagradable que la última vez que lo había pedido.
-¡Tormento!- Le contestó Sebastián con aire guasón. 
-Hoy te has puesto de primera comunión. Pareces el hermano rico del muñeco de Michelín-, le dijo el camarero mientras le colocaba el vaso de cerveza chorreante aún. 
-¿Qué quiere el señorito, olivas, cazón, boquerones, acedías, o…?
-Pon lo que te salga de los cojones, pero pon una” miajita” más de lo normal, que parece que el bar fuera tuyo, joder.
-Por supuesto señor, seremos generosos con la tapa, que no se diga que no cuidamos a nuestro cliente más fiel-, contestó irónico el camarero mientras se separaba del lugar donde se había apostado Benito, en el extremo de la barra.
Pasó el trapo de forma lacónica por la barra, como si no hubiera tenido otra tarea en toda su vida. Puso un plato con cuatro trozos de cazón en adobo algo más grasiento de lo normal y volvió a su extremo de la barra, esperando que algún guiri despistado entrase en el bar para tener entretenimiento.
Benito pinchó con el mismo palillo que tenia en la mano uno de los trozos de pescado que le acababan de poner, bebió un trago de su caña y se paso la servilleta por el bigote, desarreglado y mal cortado, intentando con ello borrar toda evidencia de lo que acababa de ingerir. Su aire seguía siendo distraído, taciturno. Se debatía entre lo que sabía que tenía que hacer, contarle al niño bonito lo que sabía a cambio de una indecente cantidad de dinero y, por otro lado, seguir guardando el secreto que con tanto celo profesional había guardado durante años, los doce últimos años de trabajo en el banco, cuando le asignaron el acompañamiento a los clientes que tenían una caja de seguridad.
Durante todo ese tiempo, debió ver a la señora y a su hijo al menos treinta veces. Era como si ambos necesitaran tocar el contenido de aquella caja para comprobar que seguía allí, que nada cambiaba en su interior.
En ese momento entraron en el bar dos rubias con pinta de "yanquis", carita de Pegui despistadas y pidieron dos cañas. Miraron de soslayo hacia la esquina de la barra, donde encontraron los ojos algo vidriosos de Benito, que las miraba sin más interés que el que los machos de una especie tienen por ver a las hembras de su misma especie,  solo con mirada de interés sexual. Aunque ciertamente, Benito estaba centrado en sus divagaciones sobre como ordenar la información que pensaba brindarle al "nene" esa tarde. 
Joder, el que siempre había sido un guardián silencioso, estaba a punto de romper con lo único que aún respetaba, el silencio profesional.
-Sebas, mi vaso esta vacío-, ponme otra cervecita, por favor.
Parecía que la presencia de las dos rubias veinteañeras había devuelto cierto tono educado a Benito.
Seguía pensando en el como y el cuando. En como vio por primera vez aquellos documentos y cuando sucedió esto. El como fue totalmente fortuito, en realidad se había colocado frente a la señora con el interés por verle cruzar las piernas. La señora seguía teniendo a sus, por lo menos cincuenta años, unas largas piernas que lucía morenas y con faldas quizá algo cortas para su edad. Era toda una señora Sevillana, al menos en apariencia, ya que su apellido y su acento delataban que había nacido, sin duda alguna, al norte de los Pirineos. 
En cierta ocasión anterior había tenido la impresión de ver una delicadas braguitas negras de encaje al cruzar las piernas la señora, por lo que creía, que el acto reflejo de cruzar las piernas con el mirando con cara de embobado, podía repetirse y volver a disfrutar de aquella vista que recordaba como algo celestial. En eso estaba pensando mientras miraba, no sin cierto descaro las piernas de la señora, cuando sus ojos se cruzaron con los del niño. Era ya un chaval de unos 22 años, con los mismos ojos de su madre, y por lo visto, con la misma “mala folla” del padre. Se vestía como un Lord Ingles, con el pelo engominado que casi parecía artificial, chaqueta azul y pañuelo anudado al cuello. Pero en ese momento a Benito le pareció que el niño estaba a punto de soltarle dos leches por haberle intentado mirar la entrepierna a su madre. Decidió carraspear, retirar los ojos de las puertas del cielo de la madre y, mirando al suelo como si solo estuviera esperando el final del cuadro, retornar la caja a su lugar en la pared.
 Mientras hacía esto, fue rodeando la mesa sin un rumbo fijo, con el único pensamiento de que el niño no dijera nada de lo visto, ya que si lo decía, vería su trabajo en peligro. En esto estaba, cuando, por instinto animal, levanto los ojos del suelo para ver si el puto niño seguía mirándole y encontró, por sorpresa, los papeles que la señora estaba guardando en la caja. Le sorprendió que parecieran muy viejos, de pergamino, medio enrollados. Pero lo que más le sorprendió fue una marca, en el exterior, como realizada a fuego. En ella se veían dos tíos subidos en un caballo con un círculo alrededor, como un sello antiguo y desconocido, al menos en aquel momento, para él. Aunque, sinceramente, lo más sorprendente fue la reacción de los dos clientes, que hicieron barrera con sus cuerpos, como si acabasen de cumplir la orden de interponer sus vidas entre los documentos de su caja y el gordo cabrón que estaba intentando verlos.
A las dos rubitas de las narices, que él suponía hablaban en ingles, los idiomas nunca fueron su fuerte, se les unió un maromo negro, de cerca de dos metros de alto y con unas espaldas como el recinto del ferial. El negro había pedido una Coca-Cola Light, y Sebas, al servírsela, había sonreído de un modo un tanto socarrón mirando hacia Benito, que le devolvió el gesto. Entre los dos el gesto significaba algo así como, “si, mucho macho negro, seguro que se las zumba, pero el muy maricón pide una Coca- Cola Light”. Como no se enteraba de la conversación entre los tres guiris, que parecían divertirse mucho con algo que contaba una de las chicas, volvió a rememorar lo sucedido aquel primer día que vio los papeles.
De eso hacía al menos doce años, pero recordaba perfectamente como, tras cerrar la caja, la señora poso sus dulces ojos azules sobre los de él, mirándole desde arriba. Por supuesto, la señora debía medir fácil 20 centímetros más que él, y con cierta dulzura cómplice, le había pedido, por favor y con ese acento francés que le ponía tan cachondo, que guardara la caja en su sitio. El niño, no estaba muy feliz de lo que había observado, pero tampoco parecía que fuera a chivarse a mamá de que el gordo le miraba la entrepierna cuando esta se descuidaba. No, los pijos de la calaña de estos, no comentaban esas cosas y al fin y al cabo, el niño era un tío, y él también lo habría hecho alguna vez, a no ser que fuera un gay de cuidado.
  En ese momento Benito aún no sabía que esa visión del pergamino marcaría gran parte de su vida, y aun menos imaginaba que podría reportarle beneficios económicos en otro momento de esta. 
Ese momento que ya estaba más próximo, eran las cuatro y él tenía que empezar a andar hacia la maestranza si no quería llegar tarde, y desde luego, eso no lo quería ni de broma. Dejó un billete de 20 euros sobre la barra, diciendo 
-“Sebas, cóbrame”- mientras miraba de soslayo el culo a una de las guiris. 
Benito ya había perdido la esperanza de volver a tener una hembra así entre las manos. Pero, quien sabe, a lo mejor con la pasta que le iban a soltar por contar dos cositas, era posible, solo posible, que se pudiera arrimar a alguna golfa de esa eslavas que ahora pueblan los garitos de lucecitas de las carreteras. Sonrió de forma un tanto mordida, como un lobo relamiéndose al pensar lo que le podía deparar la noche, casi con toda seguridad.
Tomó las vueltas y salio, con cierta torpeza y no demasiado equilibrio caminando hacia la Giralda. El aire fresco de la tarde le haría bien para despejarse un poco y para eliminar esa sensación de sudor sucio que empezaba a acompañarle.
Estaba seguro que esa tarde le iba a tocar, de una puta vez, ganar en algo.