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jueves, 17 de septiembre de 2015

Capítulo XXV: Sólo busco tranquilidad.



  Colgó el teléfono y cruzó los brazos mientras intentaba regular su pulso. Las noticias y órdenes recibidas eran interesantes y duras. Rocío no había encontrado nada reseñable, pero su séquito de guardaespaldas habían interceptado a un sicario al que estaban “haciendo hablar” unos especialistas traídos de Turquía por sus jefes, que le habían ordenado no meterse en medio, no parecía que les hubiera hecho mucha gracia la expulsión del croata, pero tampoco le habían recriminado por ello. Ángel parecía haber encontrado algo interesante, pero todavía estaba de vuelta y antes de poder hablar con él cara a cara habría que comprobar que no le seguían de ningún modo.
Lo inquietante era la orden para el día de hoy, quitar de en medio a Ricardo Carpintero, sin más. No querían que pudiera organizar nada con sus socios de Marbella. Giovanni sabía que alguno de esos socios le pasaba información a la estructura para la que trabajaba él, pero desconocía hasta que punto estaban conectadas ambas líneas. Por un momento pensó que, en el fondo, no tenía muy claro quien estaba detrás de todas estas órdenes, de esa libertad para dar dinero, torturar o matar. Muchas veces no tenía claro si estaba haciendo lo correcto, no según sus jefes. Lo correcto para la mayor gloria de Dios, o para el mejor conocimiento de algunos miembros antiguos de la iglesia.
 En el fondo deseaba que todo esto terminara y retirarse a su casa de Cerdeña con Rocío, si ella quería, a vivir plácidamente, disfrutar viajando y quien sabe, a lo mejor crear una familia con un par de hijos. Pero eliminar gente no le gustaba. Se aflojó un poco el nudo de su corbata negra, como siempre, y cogió un cigarrillo de la mesa que tenía delante. No era suyo el tabaco, pero no lo era nunca, era una forma de decirse a si mismo que lo estaba dejando. Encendió el cigarrillo y tuvo un extraño Dejà vu, esto le estaba pasando con excesiva frecuencia en los últimos meses. El sol estaba saliendo por el final del campo visual que tenía, él todavía no se había acostado, su jefe directo estaba en Estados Unidos en viaje de negocios y le había llamado a las doce de la noche hora española, por lo que se había pasado todas estas horas haciendo gestiones y preparando cosas. Rocío llegaría en unas horas, pensó mientras pasaba la mano por su cara percibiendo la barba que ya teñía su mentón de negro.
Todo estaba listo para darle una bienvenida gloriosa a Ricardo en la finca tras cogerle en Triana, el dispositivo era de casi veinte personas. No se lo podían cargar en medio de la ciudad, pero esa noche, el Carpintero dormiría con Satanás, seguro.
A Madelaine no le diría nada hasta estar acabado. Otra cosa que tenía que resolver es a Jacques. No podía soltarle, al menos en unas semanas, pero le resultaba incómodo tenerle retenido, la madre estaba colaborando, de echo podría decir que estaba dirigiendo de nuevo la búsqueda. Pero Madelaine era una mujer que siempre había tenido claro el objetivo. A pesar de ello Giovanni no la dejaba sola ni a sol ni a sombra, nunca se sabe cuando una mujer puede utilizar el rencor acumulado contra los que la torturaron. Pero el niño suelto podía ser un estorbo. Tampoco podía quitarlo de en medio como al padre, eso podía provocar mal estar en Madelaine y no era lo mejor en este momento.
Apagó el cigarro y se quitó la ropa. Puso el despertador del móvil dos horas después. Eso era todo lo que podía dormir. Después comenzaría el baile.
Comprobó que su arma estaba bajo la cama, al alcance de la mano, la puerta cerrada y bajó la persiana. En este momento siempre extrañaba no tener a Rocío para abrazarse a ella. Nunca se había sentido tan bien con ninguna mujer con la que hubiera mantenido una relación, pero Rocío era distinta. Tenía que hacer un esfuerzo y hacerle sentir a ella todo lo que la quería, todo lo que sentía por ella. Para ser italiano, no se le daba muy bien eso de hacer sentirse querida a la mujer.

Pero ahora solo podía pensar en descansar, descansar, aunque fueran dos horas.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Capítulo XXI: El enlace navarro.


La mañana de Febrero era especialmente fría en Navarra, especialmente para una andaluza como ella.  Puente la Reina era una población bella, pero con menos frío. Rocío sentía que el helor le cogía por la espalda como apuñalándola. Había llegado la noche anterior y se había alojado en un hotel cerca de Pamplona. La acompañaban dos de las chicas del equipo de Giovanni. Era evidente que no quería que le pudiera pasar nada, al menos necesitaba sentir que la protegía, aunque fuera a distancia. Al llegar a los alrededores de la iglesia, estaba repasando un poco la documentación que le habían aportado para saber que fotografiar y que analizar. La persona que les estaba facilitando la información evidentemente tenía que ser un erudito en el tema, al menos por lo que ella conocía sobre el tema, que no era poco.
-Buscaremos un sitio donde tomar un café, ¿no?- Preguntó la andaluza mientras se apretaba dentro de su abrigo, al que subía el cuello para sentir algo de calor. -Que frío hace en esta tierra-, masculló mientras apretaba el paso en busca de un lugar donde tomar un café.
A los pocos metros bajando por el lateral de la iglesia encontraron un bar abierto. Al entrar descubrieron las tres que las pocas miradas que había en el lugar se centraban en ellas. Por otro lado no era extraño, eran tres mujeres jóvenes y atractivas en medio de doce o trece lugareños no muy limpios y con apariencia de haberse tomado a esas horas ya algunas copas de diferentes licores para quitarse el frío. Rocío no podía evitar recordar a su padre cada vez que se encontraba con este cuadro, y no lo recordaba precisamente con añoranza, más bien con rabia. Nunca pudo comprender que extraño atractivo tenía el alcohol para los hombres, que les podía hacer para convertirlos en peleles sin control. Una de la cosas que le gustaba de Giovanni era que apenas bebía, solo alguna cerveza en pleno verano y algún vino bueno el cenas puntuales.
  Margot, una de sus acompañantes, se acercó a la barra tras quitarse el abrigo dejando suelta una melena negra bastante sugerente que le caía por la espalda hasta más de la mitad y, sonriendo, clavó sus ojos verdes claros en el camarero que dejó de inmediato de atender al labriego con el que departía para acercarse a la nueva clienta, bastante más atractiva, sin lugar a dudas.
-Que os pongo, guapa-, dijo el camarero con una leve sonrisa de zorro que ve a la gallina accesible.
-Tres cafés con leche, uno de ellos con la leche templada y... Margot jugueteó con su pelo mientras buscaba sobre la barra algo que comer, un paquete de Donuts. ¿Nos lo llevarás a la mesa?- Preguntó al camarero sonriendo con la seguridad que este diría que sí. Volvió a la mesa donde la esperaban Rocío y Carmen. La segunda, compañera suya desde hacía años, las dos salieron de la Policía Autónoma Vasca hacía ya cuatro años, hartas de amenazas y de tener que morderse la lengua. Ninguna de las dos era vasca, no comprendían muchas cosas que sucedían allí, pero eran tremendamente seguras, por eso las había reclutado Giovanni. Les encomendó esta misión porque conocían el terreno, a sus gentes y los problemas que podían surgirles.
  Rocío esperaba a que Carmen le diera el OK para sacar los papeles y estudiar las órdenes encomendadas. Giovanni le había dicho que ella era la única responsable del estudio, pero a Rocío le caían bien sus dos compañeras y prefería tener seis ojos en vez de dos buscando pistas. Cuando Margot llegó a la mesa, Carmen le dijo casi al oído, -cuando traigan los cafés, podemos empezar, pero procura no sacar papeles ni dibujar nada, en estos pueblos siempre sospechan de los de fuera, y si te ven haciendo dibujos o nos ven hablando sobre documentos no tardaremos ni una hora en tener pegados al culo a un par de civiles, más aún teniendo en cuenta que estos lugareños no han visto a tres mujeres guapas como nosotras más que en la tele-, terminó sonriendo.
-¡No seas exagerada!!- Contestó Rocío con una leve sonrisa, en el fondo ella pensaba algo similar.
-¿Exagerada? Las lugareñas tienen más bigote que un teniente de la Guardia Civil, y son bastante más feas. Te lo digo yo que he estado trabajando aquí un tiempecito-.
-¿Y eso?-, preguntó inocente Rocío.
-No te puedo contestar, ¿ya lo sabes verdad?-
-Sí, lo sé, pero no deja de fastidiarme, soy mujer y sevillana, cotilla por definición-, contestó riendo Rocío y provocando una carcajada en las otras dos que hizo volverse a todos los clientes del bar.
Una vez el camarero se separó de la mesa, Rocío, tras tomar un sorbito de su café, comenzó con serenidad a explicarles su misión. -Tenemos que buscar en toda la simbología de la iglesia, en todos los arcos, todos los rosetones, todas las cristaleras, todas las columnas, cada tumba que pueda tener el suelo, cada símbolo, por pequeño que os parezca. De entre todos estamos buscando, imágenes de la Virgen María, de María Magdalena, de San Juan o de San Juan Bautista. Imágenes de cabezas cortadas con o sin barba, símbolos de arquitectura o que os puedan recordar a las logias masónicas, Imágenes de dedos sueltos o de alguna imagen con el dedo apuntando hacía delante y, por supuesto, todos los textos en Latín que nos encontremos. ¿Alguna duda?-
La cara de las dos ex-policías era todo un poema.- ¿Estarás de coña no?- Contestó Carmen con la certeza de que su compañera pensaba lo mismo.
-¿Tú crees que nos hemos enterado de la mitad de lo que tenemos que buscar?-
Rocío sonrió a sus compañeras, -no os preocupéis, vemos los primeros tramos de iglesia y os enseño que queremos, no es tan difícil, ya lo veréis-.
Sus compañeras parecían bastante escépticas, pero no era la primera vez que tenían que hacer algo así, y no sería la última.
-Solo un comentario, es importante que las fotos que hagamos tengan orden, tenemos que ser capaces de hacer un montaje después con las imágenes sacadas, sin errores. Carmen, tu te ocuparas del perímetro de la iglesia. No dejes pasar cualquier muesca, cualquier señal por ridícula que te parezca. Es muy importante que cada vez que saques un primer plano de algo, saques otra foto del entorno, de manera que podamos ubicar la imagen-.
Rocío tomó un nuevo sorbo de su café y se quedó mirando la cara de Margot. Esta estaba de frente hacia la sala del bar, junto con Carmen. Rocío comprobó que la mirada de ambas se dirigía hacia el mismo sitio. -¿Ocurre algo?- Pregunto¡ó con no poca inquietud. -Nada, no te preocupes, contestó Carmen, un tipo que acaba de entrar y que no encaja en la foto, pero no te vuelvas-.
Margot seguía observándolo sin apenas pestañear. -Es evidente que no es español, comentó en voz baja al oído de Carmen-.
-Y aún es más evidente que con esas manos arregladas no ha trabajado en el campo en su puñetera vida-, contestó Carmen volviéndose levemente hacia su compañera. -Vamos a ponerle un cebo, a ver que pasa. Yo me voy por el perímetro de la iglesia a hacer fotos, que es lo previsto. Vosotras entráis en la iglesia, contáis hasta 30 y salís por la puerta en el mismo sentido que yo me he ido. Margot, intenta ver si tiene amiguetes en las proximidades, no creo que venga solo. En el caso que podamos aislarlo, intentaremos reducirle y sacar alguna información. Rocío, tu mantente cerca, pero a salvo, a no más de 20 metros y siempre a la vista de una de las dos-.
Preguntó a las dos para ver en sus caras la respuesta, -pues hala nenas, al salón, que tenemos soldados-.
  Las tres se levantaron como activadas por un resorte común que provocó la reacción de todo el bar, como si el cuello de todos aquellos hombres estuvieran programados para girar el cuello al paso de hembras tan llamativas. Al pasar cerca del individuo que había provocado la sospecha, Rocío inspiró con fuerza, como si quisiera extraer del olor de aquel hombre la máxima información posible, pero su intento fue estéril, solo olía a limpio, sin perfumes, sin nada que descubrir detrás de ello.
  Salieron con la tranquilidad de quién domina la situación. Al llegar a la puerta de la iglesia, se organizaron y comenzaron el protocolo que habían pactado. El nerviosismo se podía leer en la cara de Rocío, ella no era una mujer de acción. Sentía un nudo en la boca del estómago que casi le provocaba el vómito. Margot parecía tener ojos en el cuello, sabía si alguien les seguía y a que distancia. La sevillana buscaba en la mirada de su protectora reacciones, estado de ánimo. Margot, tras entrar en la iglesia, desplazó con el antebrazo a su protegida, con suavidad y firmeza, desplazándola hacia la pared y colocándose ella para poder ver a través de la puerta que no dejó terminar de cerrarse. Sacó un arma del bolsillo y amartilló el percutor de la pistola. Desde que empezó en la policía vasca, había cogido la manía de llevar el arma con una bala en la recámara, por no perder el tiempo en montarla. En alguna ocasión se había ganado una buena bronca de sus superiores, por el riesgo que entrañaba, pero ella se sentía más segura.
  -Nos vamos-, dijo casi susurrando, -mantén la distancia-, le dijo mirando a Rocío mientras abría la puerta, relajando la mano derecha en la que llevaba el arma, como dejándola caer sin mucha atención. Tras salir ella, Rocío no esperó a que se cerrara la puerta, salió tras ella, con el corazón como un tambor legionario en pleno desfile. Podía sentir el latido en sus sienes, en sus manos.
Empezaron a recorrer el perímetro de la iglesia, sin ver a Carmen todavía. Pero Margot parecía tener claro a quién tenía que seguir. Se dirigió hacia una furgoneta azul con matrícula francesa que estaba aparcada a unos pocos metros de ellas. Cuando estaba a menos de un metro de la trasera de la furgoneta, hizo un gesto con la mano izquierda, sin ni tan siquiera volverse hacia Rocío, que esta entendió fácilmente, no te acerques más.
Margot llegó casi por sorpresa a la ventanilla del conductor y encañonó al conductor, -ni pestañees hijo puta-. La cara de sorpresa del ocupante del coche, le pareció ridícula, -¿dónde están tus compañeros?-
El conductor parecía no entender su idioma, lo cual le indicaba que no estaba equivocada, sin bajar el arma sacó unas esposas del bolsillo y esposó la mano izquierda del conductor al volante. Metió el cuerpo por la ventanilla y quitó las llaves del coche. Después cerró las esposas enganchando la mano derecha.
Miró hacia el otro lado de la furgoneta buscando rastro de Carmen sin éxito y después vio a Rocío a unos metros de ella, con cara de pánico. Le hizo un gesto con la cabeza determinando hacia donde se pensaba dirigir, con el fin que la sevillana supiera que tenía que hacer. Rocío asintió, no sabía que estaban haciendo pero sentía cada vez más el peligro que se cernía sobre ellas. Tras avanzar unos pasos más, vieron a Carmen, que tenía en el suelo y esposado al torpe que había levantado la liebre en el bar. Se había sacado del cuello una placa de policía, falsa evidentemente, pero que les servía tanto a ella como a Margot para evitar miradas indiscretas, más aún en el territorio en el que se encontraban.
Tras Margot llegaba una angustiada Rocío, casi corriendo.
  -Recógelo y nos los llevamos en su furgoneta, a ver que podemos hacer con ellos, ordenó Carmen con tono de voz casi militar. Tenemos un piso en Tudela, con acceso desde el garaje, para no llamar la atención. Rocío, llama a Giovanni e infórmarle de lo sucedido, es evidente que esta gente tiene información de nuestros movimientos. Dile que abortamos por ahora y que nos mande un equipo de trabajo a Tudela-.
-¿Un equipo de trabajo?- Repreguntó Rocío.
-Sí, el sabe a que me refiero, no te preocupes-.

lunes, 10 de agosto de 2015

Capítulo XIV: Sufrimiento innecesario.


  Era tarde, más de las diez de la noche y hacía dos días que no conseguían nada de sus prisioneros.
 Giovanni entró en la habitación en la que estaba Madelaine. Esta se encontraba recostada sobre la cama vestida tan solo con una bata de raso que le habían entregado. Giovanni hizo un gesto a uno de los vigilantes de la puerta para que permaneciera atento a cualquier ruido y cerró la misma.
  -¿Vienes a violarme tú también?- Disparó Madelaine sin levantar la vista del punto indefinido donde la tenía.

  -No, no es ni mi estilo ni mi misión en la vida-, respondió Giovanni sin mucho estrés mientras se acercaba a la cama.
  Madelaine se sentó más erguida sobre la misma con cierta mueca de dolor que, sin duda era la secuela del principio de tortura que habían iniciado con ella.
   -Lo siento, de verdad-, comentó Giovanni.
  -La que lo siente-, dijo Madelaine señalándose hacia las posaderas, -soy yo-. Se arropó con la bata intentando tapar la desnudez que latía debajo sin mucho éxito. Giovanni pensó en lo atractiva que resultaba la mujer antes de mirarle a los ojos y ver en ellos el asco y odio que irradiaban.
  -Me gustaría no haber llegado tan lejos, pero es necesario-.
  -En el fondo te hubiera gustado llegar más lejos-, contestó Madelaine poniendo cara de viciosa con el fin evidente de provocar al italiano.
  -Te aseguro que no-, respondió Giovanni mientras desviaba su mirada para la otra esquina de la habitación como buscando inspiración con la que proseguir. -Pero lo que si me gustaría es que me comentaras algunas cosas-.
  -¿Te has traído al violador?- Preguntó Madelaine abriendo la bata y mostrando su sexo desnudo. -Porque sin presión no creo que pueda contestar, me empieza a gustar esto, no se si me entiendes-.
  -Vamos Madelaine, contestó el italiano, creo que no es necesario que sigas con esto-.
  -Pues yo creo que si. Libérame, te juro no denunciar la violación. Libera a Jacques y nos iremos a donde sea, pero dejarnos libres-.
  Giovanni suspiró como pensando, otra vez. -Sabes que eso no va a ser posible por ahora. No podemos arriesgarnos a que os adelantéis y tiremos todo este esfuerzo por la borda. Pero si podemos colaborar. Dinos lo que queremos saber, lo que habéis avanzado y podremos terminar con esto antes-.
  Madelaine se recostó en la cama. Subió las piernas y las abrió mostrándose a los ojos de Giovanni. -Estoy lista para otra ración de tortura, llama al monstruo ese y empecemos, pero esta vez no llames al cobarde de mi hijo, no tiene ni idea de lo que me estás preguntando-.
  Giovanni se levantó y se dirigió hacia la puerta, -será como tú quieras- dijo mientras golpeaba la puerta para que le abrieran. Madelaine miró de reojo al abrirse por si entraba el croata. Al cerrarse tras el italiano, suspiró con alivio y se tapó con la bata de nuevo. Se acurrucó con la almohada e incluso sollozó algo. En ese momento pensó si habría alguna cámara oculta en la habitación y empezó a escrutarla con la mirada en busca de algo sospechoso, pero si la había estaba muy bien guardada.
  Giovanni entró en la habitación de Jacques igual que en la de su madre unos minutos antes. Le había costado sobreponerse a la fuerza de aquella mujer. En el fondo la admiraba, pero no podía reconocerlo ni mostrar flaqueza alguna. Giovanni saludó con un gesto sin palabras a Jacques que estaba sentado en una silla, en silencio y que ni tan siquiera había levantado la vista.
  -Acabo de ver a tu madre, se encuentra bien-, le dijo Giovanni mientras se sentaba sobre la cama.
  Jacques asintió sin levantar los ojos del suelo.-¿Hasta cuando? Preguntó sin variar su posición-.
  -Hasta que lo encontremos, respondió con frialdad el italiano. De vosotros depende, entre otros-.
  -No necesitas catalogarlos, son auténticos-, le disparó Jacques mientras le clavaba una mirada cargada de odio.
  -Lo sé, solo lo comprobamos. No te preocupes, están en buenas manos. Pero ahora necesitamos lo que vosotros ya habéis descubierto-.
  Jacques puso todo su cuerpo en tensión, desde hacía unos días sabía que esa sería la siguiente información a sacar.
  -Sabemos que habéis mandado gente a Portugal, a vuestras posesiones en Torres Novas. Pero lo que no sabemos es si estáis buscando algo allí o si solo es una cortina de humo para encubrir a los buscadores enviados por tu padre a Creta, Túnez e Inglaterra-.
  A Jacques le sorprendió tanta franqueza, no podía ser que su padre hubiera sido tan rápido, no podía saber lo que pasaba, a pesar de haberle tenido informado de los movimientos.
  -¿Es necesario tenernos desnudos?, solo vestidos con estas “batitas”-, preguntó Jacques tratando de cambiar el rumbo de la conversación.
  Giovanni suspiró mirando al techo algo dañado de pintura. -Vamos Jacques, seamos serios. Es más seguro que así no os escapéis-.
   -Además es más cruel lo reconozco.- contestó Jacques.
  -También, pero nadie entra a verla, solo entran mujeres a atenderla-. Pero no te distraigas, necesito información.
  -No voy a deciros nada más, creo que ya puedo haber echo un daño irreparable a mi gente-.
  -Te garantizo que no sufrirá más daño nadie. Solo queremos recuperarlo y ponerlo a la vista de todo el mundo, ya está bien de ocultarlo-. Giovanni seguía intentando negociar.
  -¿Quien está revisando los documentos?- Volvió a desviar la conversación Jacques.
  -Un excelente profesional, pero no está aquí, para que no tengáis tentaciones. Dime algo que no sepa y le facilitaremos a tu madre ropa interior. Detendremos las visitas del croata-. Contestó Giovanni en tono un tanto confidencial, como si fuera una proposición que el contrario no pudiera rechazar.
  -Eres un mafioso cabrón, pero tu tranquilo, ya te llegará la venganza de los justos-.
  -Puede, pero no me provoques o le suelto el croata a tu madre y te dejo mirar hasta el final, jodido niño pijo-. Giovanni se acababa de levantar indignado por la respuesta de Jacques. Empezaba a estar harto de repetir las mismas preguntas sin respuesta. No le gustaba la brutalidad del croata, pero el tiempo corría en su contra y mientras su especialista estaba interpretando los textos y buscando respuestas, él se impacientaba y sus jefes también. Si lo que querían era violencia, tendrían violencia. -Dame algo o le van a dejar a tu madre el culo como una boca del metro de París, niñato. Y después empezara contigo y que mire ella! le gritó a Jacques.
  Este se levantó con la idea de propinarle un puñetazo al italiano, pero antes de que pudiera reaccionar, le habían dado cuatro o cinco golpes tres armarios que habían salido de la nada a su espalda.
 -Atarle de nuevo, pero esta vez que el croata termine lo que empiece-, ordenó casi a gritos al grupo.
  Jacques se resistía, pero antes de darse cuenta ya estaba atado a una silla.
  -Dejarla en paz, ¡hijos de puta!!- Gritó antes que le metieran en la boca una servilleta.
  -Si quieres decir algo lo vas a tener crudo, o te callas o te callamos, le dijo Giovanni. ¿Lo entiendes?-
  Jacques asintió mientras le quitaban la mordaza. -Te diré algo si nos dejáis marchar-.
  -Eso no va a ocurrir, Jacques, pero no quiero haceros daño, solo queremos encontrarlo-, contestó el italiano con bastante condescendencia. -Te lo voy a explicar de una vez por todas y estoy seguro que lo vas a entender-. Se acercó a no más de dos palmos de la nariz de Jacques. -Esto solo tiene una salida, que nos contéis lo que queramos, puede ser por lo civil, o por lo criminal, pero va a ser. Si no colaboráis, dejaremos a la bestia esa del croata que os torture y viole, primero a tu madre y después a ti. Te garantizo que lo hará, con mucho gusto lo hará. El final será el mismo, con dolor vuestro o sin él, nosotros encontraremos lo que buscamos. Vosotros iréis soltando la información, cada vez con más rapidez y con más dolor, pero el resultado será el mismo. La otra salida puede ser que, al croata, se le vaya la mano y alguno se quede en el camino, no es lo previsto, pero ya sabes como son estos tipos, no se puede controlar su “creatividad”-.
  Jacques sabía que lo que le decía Giovanni era cierto, pero no podía decir nada, era mucho lo que se jugaban y tenían la delantera. Bajó la vista esperando que le dejaran en paz pero no iba a ser así de fácil. Uno de los sicarios del italiano le volvió a agarrar por el pelo y tiró hacia atrás susurrándole al oído,- espero que te enterases bien-.
  Lo levantaron atado en la silla y le llevaron a la habitación de al lado donde su madre estaba atada con los ojos vendados en algo que parecía un potro de tortura. El croata estaba preparando sus “instrumentos”. Giovanni se apartó de la puerta y se dirigió hacia su dormitorio donde le esperaba Rocío. No quería presenciar de nuevo las bestialidades del croata. No le caía nada bien esa bestia. Se lo habían mandado desde Malta. Era un mulo salvaje con cara de sádico. Se veía que disfrutaba de las salvajadas que hacía, y eso a Giovanni no le gustaba nada. Él era un negociador, un militar experto en operaciones especiales. Se había formado con los Rangers ingleses donde había pasado 5 años de su juventud. Su padre era inglés y su madre alsaciana, aunque creció con unos tíos en Milán.  Aprendió varias cosas, a matar en Irak, a negociar con musulmanes para salir de situaciones extrañas, aprendió árabe y encontró su camino más cerca de Dios y más lejos de la armas. Pero cuando lo captaron para esta misión, empezó a temer que podía volver a estar cerca de la violencia de la que quería huir.
  Al entrar en la habitación encontró a Rocío sentada sobre la cama, con el pelo mojado de acabar de salir de la ducha. Estaba hablando por teléfono, al parecer con su hermana. Al poco colgó el teléfono y miró a Giovanni con los ojos llenos de lágrimas. -Mi padre ha muerto, Porque Giovanni, ¿Por qué?-
  -No se nada de esto. Le dejamos en la puerta de su pensión con su dinero y ya está-.
  -Lo sé, lo sé, le han encontrado en el Alfonso, drogado y alcoholizado. Había estado con varias prostitutas, dice el de recepcionista. Me ha llamado mi hermana. Están esperando el resultado de la autopsia, pero todo parece indicar que ha muerto de un infarto-.
  -Tengo que ir a Sevilla, cariño-.
  -Por supuesto Rocío-, contestó con cierta frialdad Giovanni. Daré orden de que te preparen un coche. Tómate el tiempo que necesites.
  -¿Tendréis cuidado con esa gente?- Preguntó Rocío torciendo la cabeza hacia el lado de la casa en el que sabía que estaban los presos.
  -No tengo intención de matarlos y controlaré a esa bestia para que no se pase de la raya-.
Giovanni se quedó mirando el cuerpo de Rocío desnuda cuando esta se fue hacia el armario para coger su ropa. No le gustaba la idea de tener a Rocío en Sevilla, pero comprendía el problema.
  Los días prometían ser muy largos, ahora más sin Rocío. Empezaban a torcerse las cosas.
Tomó su teléfono móvil y marcó un número reducido, de 4 dígitos. Al otro lado sonó la voz despistada de Ángel.
  -¿Como le va a nuestro experto?-, preguntó Giovanni casi sin esperar la primera palabra de su interlocutor.
  -Esto parece más fácil de lo que esperaba. Creo que sería bueno que vinieras y poder analizar lo que ya he visto-.
  -Mañana a las diez de la mañana estoy allí. Ardo de interés-.
  -Arde, arde-, contestó Ángel con cierta sorna,- ya me encargo yo de encontrar la puerta del cielo para vosotros-.
  -Ja, ja graciosillo, mañana vemos que ha encontrado-.
  -Hasta mañana, magíster-, respondió Ángel.
  -Hasta mañana, Frater-, respondió Giovanni. Empezaba a caerle bien este tipo, tenía gracia.

lunes, 20 de julio de 2015

Capítulo VIII: Se acerca el momento



 Eran las ocho de la mañana y Giovanni acababa de salir de la ducha. Se miró en el espejo y pasó sus manos por la cara, intentando discernir si lo correcto era afeitarse o no. Como buen italiano, cuidaba mucho su imagen. Era fundamental para él que su imagen proyectara lo que quería, que no siempre era la realidad. Decidió no afeitarse con el fin de parecer más duro, le haría falta. Secó su cuerpo con el mismo mimo que hubiera secado el de la mujer que aún yacía en la cama desnuda. 
-se acerca el momento

Al terminar de asearse, salió con la toalla atada a la cintura. Su dormitorio era enorme. Siempre había considerado que el baño y el dormitorio debían ser muy grandes, eran los espacios más íntimos, y por lo tanto, en los que tenía que sentirse más cómodo. Abrió las puertas del vestidor. El lado derecho era totalmente suyo. Lo cierto es que tenía casi más ropa él que su pareja y, desde luego, tenía más zapatos. Se sentía muy cómodo con aquel armario de proporciones descomunales. Eligió un traje negro sin ningún brillo, una camisa negra con rallas muy finas rojas y unos zapatos negros muy cómodos. Sacó todo ello del vestidor y lo posicionó sobre  su lado de la cama. 
Su pareja parecía empezar a despertar. La miró con ternura. Cada vez se sentía más enamorado de ella. Por otro lado, le daba miedo que eso pudiera hacerle algún daño. Empezaba a ser muy importante en su vida.
Ella abrió los ojos y le sonrió, acurrucándose en la almohada, como si realmente no quisiera despertar. Él devolvió el gesto y se agachó para besarle en la boca, con mucha ternura,- buongiorno-, le susurro al oído.
- Hola madrugador-, dijo bostezando mientras retiraba la colcha dejando su cuerpo desnudo estirándose y arqueándose sobre la cama.
-Cara mía, son más de las ocho de la mañana, creo que deberías levantarte-, contestó Giovanni, mientras miraba el cuerpo desnudo de Rocío.
-Dentro de dos horas he quedado con tú padre para terminar este tema. Por fin podremos cerrar el círculo-.
A Rocío le cambió la cara, se sentía responsable en gran medida de todo lo que iba a pasar. -Tener mucho cuidado, procura que no le pase nada-.
-A veces no te comprendo cariño, por un lado te preocupas por él y por otro no quieres verle de cerca, no lo comprendo-, dijo él mientras empezaba a vestirse.
-Deberías ser un poco menos pragmático, Giovanni. No creo que lo pueda explicar, es mi padre, y le quiero. Pero me ha hecho mucho daño y a mi madre más aún. Si, es raro, pero no quiero que le pase nada malo, al menos por mi culpa-, dijo Rocío mientras se sentaba en la cama.
-En todo caso, no sería por tu culpa. Él trajo la información, él la ha querido vender. Tu solo me lo has transmitido a mí, que es el mejor destino que podía tener esta información-. Miró la cara nerviosa de Rocío y decidió intentar tranquilizarla. -De todos modos, no le pondremos en peligro, solo necesitamos entrar con él en el banco para pasar los controles de metales, nadie le podrá relacionar y nadie le tendrá en la línea de fuego, si se produjera-. Mientras decía esto cogió un arma del cajón y se la colocó en una cartuchera a la espalda.
 La cara de Rocío mostraba bastante preocupación. -Procura cuidarte tú también-, le dijo a Giovanni mientras se abrazaba a él por la espalda, apretándole con fuerza, como si quisiera retenerle, como si un miedo atroz la atenazara. Giovanni se volvió y devolvió el abrazo, mientras la tapaba con la toalla que acababa de quitarse.
 -Te quiero, Rocío. No pienso quedarme en esta operaciónDeberías empezar a arreglarte.  Cuando volvamos del banco, tendremos que salir con urgencia de Sevilla. Acuérdate de coger los billetes de avión y de AVE, ya decidiremos por donde salir y si los necesitamos-. Giovanni ya tenía la cabeza en el operativo. 
 -No te preocupes-, contestó Rocío, incorporándose en el suelo y abrigándose con la toalla, -ya se perfectamente lo que tengo que hacer, lo hemos repasado un millón de veces-.
-Sobre todo…- dijo Giovanni dejando la frase abierta a la respuesta de Rocío.
-Sobre todo, si escucho disparos me voy y acudo al punto de reunión "dos" a las cuatro de la tarde-.
-Bien, bien-, afirmo Giovanni con la certeza de que sus órdenes habían sido entendidas.
Terminó de vestirse mientras Rocío entraba en la ducha. En el fondo no quería darle un beso antes de irse, era muy supersticioso antes de empezar algo tan arriesgado como esto. Si le decía adiós, era posible que algo saliera mal, y eso era lo último que deseaba.
-Hasta luego cariño-, le dijo desde la puerta del baño mientras Rocío estaba en la ducha y sin esperar respuesta, salió por la puerta de la habitación. 
 Al llegar a la planta inferior, su equipo estaba preparado. Eran ocho hombres y dos mujeres, todos vestidos con sobriedad, para pasar desapercibidos. Miró a su gente y, con serenidad pregunto al grupo, -¿Todos saben que es lo que tienen que hacer?- Todos afirmaron con gesto adusto, sabían el riesgo al que se enfrentaban. -Bien-, respondió Giovanni. -Al trabajo, repartiros en los dos coches y las motos. Todos a sus puestos. Nos vemos en dos horas en el primer punto de encuentro. Gracias a todos y mucha suerte, la vamos a necesitar-.
 La frase sonó dura, fría. Pero en el fondo era como se sentía Giovanni al decirlo. El operativo que habían montado, entrañaba riesgo. Pensó por un momento en cuantas veces habían puesto su vida en peligro frente a aquel grupo, demasiadas veces. Empezaba a resultarle cargante enfrentarse a las mismas personas en diferentes entornos una y otra vez. Con un poco de suerte, esta sería la última vez, con un poco de suerte.


martes, 14 de julio de 2015

Capitulo VI: Que bueno sería poder recordar



Se había quedado dormido. Joder, estaba en un puticlub y se había quedado dormido.  Benito estaba solo en un dormitorio rojo, con poca luz, no sabía ni la hora ni nada. Se incorporó con la poca rapidez que su orondo cuerpo le permitía y cogió la cartera del bolsillo de su chaqueta, que estaba tirada en el suelo. Se temía que aquella puta le hubiera quitado el dinero que llevaba, pero no, su dinero estaba allí. No todo el que había sacado de la pensión, pero si una cantidad razonable para lo que creía haber gastado.
 Se fue a mear al retrete, mientras intentaba recordar que había sucedido esa noche. La próxima vez que se fuera a putas tenía que beber menos, se acordaba solo de trozos. Recordaba una rubia eslava, de enormes tetas y que le sacaba al menos dos cabezas, pero no recordaba muy bien que había hecho o no. Era la leche, para una vez que hacía esto en mucho tiempo, estaba tan borracho, que apenas se acordaba.

 Tenía un familiar y pertinaz dolor de cabeza y la boca seca como una mojama. Necesitaba agua, un baño y un pallet de aspirinas. Cuando salió del baño, le estaba esperando la rubia eslava, que estaba más buena de lo que recordaba, pero mucho más, y un armario negro de dos metros de alto y otro tanto de ancho de espalda que le dijo con una suave voz caribeña 
-señor, ya es hora de irse, el club ha cerrado ya hace rato. Por favor, acompáñeme-. Mientras le daba el resto de su ropa, insinuándole que terminara de vestirse de camino a la puerta. Echó un último vistazo a la rubia que apretó el albornoz con el que estaba cubierta como intentando tapar su cuerpo desnudo aún más de la mirada obscena de Benito. Cogió la ropa que le ofrecía el maromo y salió delante de él.
 Al ponerse el reloj, comprobó que eran las siete de la mañana, lo cual quería decir que en breve podría desayunar en algún sitio próximo, aunque hasta que no saliera a la calle, realmente no tenía ni puta idea de donde estaba.
-Nos hemos permitido llamarle un taxi para que le devuelva a la ciudad-, le dijo con esa voz melosa y amariconada que tenían los cubanos. Otro bujarrón que se ha escapado de Fidel, pensó para si Benito y sonrió en agradecimiento al detalle del taxi. Seguro que se había dejado un pastón para que le trataran así. Tendría que volver otro día con menos cerveza encima a ver si le seguían haciendo la pelota y se enteraba de lo que hacía con la rubia.
Al subir al taxi le dijo que le dejara junto a la catedral de Sevilla. El taxista sonrió y arrancó con eficiencia. Había dicho la catedral de Sevilla porque, sinceramente, no tenía ni puta idea de donde estaba.
A los pocos minutos llegaban al puente del Alamillo y se sintió mejor al reconocer los lugares por los que pasaba. Todavía era de noche, pero la ciudad empezaba a tener vida, la gente trabaja, es lo que tiene, pensó. Bueno, tenía que prepararse. En dos horas, vendría a recogerlo un coche para llevarle a ver al guaperas y cerrar el negocio definitivamente.
Empezó a pensar en cómo coño, aquel tío se habría enterado que él conocía la información que le estaba vendiendo. Se había puesto en contacto con él, como si ya tuviera toda la información y solo necesitara corroborarla. Eso sí, él había estado hábil negociando con el mafiosillo este para sacar algo de pasta de más. Seguro que el capullo había pensado que le saldría más barato.
 Estaban llegando a su destino. Son veinte con treinta y cinco, señor, dijo el taxista. Le dio veinticinco euros y dijo, -quédese con las vueltas-. El taxista sonrió por primera vez en el trayecto con cierta complacencia, no era mala forma de empezar el día.
Al bajar del coche Benito sintió el frío de la mañana en el rostro, le vendría bien para despejarse.
Seguía sin comprender muy bien de donde había sacado la información el Giovanni este, pero ya daba igual. Por otro lado, tampoco le debía nada al banco, ya no trabajaba allí. Y la señora, a la que tanto había deseado en silencio durante tanto tiempo, ya era mayor, y su hijo un gilipollas, por lo que no tenía remordimiento alguno. Tampoco creía que se los fueran a cargar. 
 Aunque estaría bien que al "niño", que ya de niño tenía poco, le dieran cuatro o cinco hostias bien pegadas. Desde el día que le sorprendió mirando las piernas de su madre, el "niño" le había mirado con cierto asco y con bastante desdén. Durante algunos años faltó a sus visitas a la cámara de seguridad durante el curso, por lo que Benito imaginó que estaría estudiando fuera. Estos pijos ricos son así, se van a estudiar fuera de España, como si lo que tenemos aquí no fuera bueno. Pero esas ausencias le habían permitido ver más cosas interesantes. A parte de alegrarse la vista con la madre, al estar esta solo había podido ver en repetidas ocasiones los documentos de refilón al extraerlos o guardarlos, y había podido comprobar los sellos.
 Eran pergaminos, eso lo tenía claro. Aunque no fuera universitario, sabía reconocer un pergamino. En sus años jóvenes fue bastante "capillita" y había visto algunos en el museo de la Catedral. El escudo papal no le costó reconocerlo, era bastante obvio, pero el de los tíos a caballo, no tenía claro de que iba. Unos años más tarde, cuando se pusieron de moda los temas de los templarios, vio ese mismo escudo en un libro, en la portada para ser exactos. Entonces lo relacionó.
 Recordaba haberlo comentado con su familia y que ha una de sus hijas, que se estaba leyendo todo lo que caía en sus manos sobre el tema le interesó bastante. Su hija Rocío había estudiado Filología Francesa, y daba clases en algún colegio privado al norte de Sevilla, aunque no sabía cual. Desde que se había divorciado, sus hijas no le hacían mucho caso, aunque Rocío le hacía más caso que Ana María.
 Rocío al menos le había llamado al móvil alguna vez, para ver como estaba y si necesitaba algo, pero no la veía, no al menos para hablar con ella. Alguna vez había ido hasta su antigua casa para verla salir, pero eso le había costado un enorme esfuerzo físico y pasar un mal rato por no poder abrazar a su hija.
 Tenía una orden de alejamiento de su exmujer por haberle tirado una botella de cerveza vacía un día que volvió mamado cuando empezaban las hostilidades del divorcio. Pero quería a sus hijas. Rocío si se preocupaba algo por él. La otra era como la zorra de su madre, solo quería dinero, y eso ya se lo habían robado las muy brujas. En el fondo le preocupaba que a Rocío le fueran bien las cosas. La cría ya tenía veintiocho años, y a él le seguía pareciendo una niña preciosa, aunque asumía que ya era toda una mujer, y sabía que había tenido algunos novios, pero no tenía constancia que fuera a casarse o que tuviera una relación formal con nadie.
 Pero era eso, su hija Rocío si había mostrado interés por los papeles templarios de los que hablaba su padre algunas veces. Eso había acercado un poco a Benito a una hija que sentía, por aquel entonces más distante. Sentía que se hacía mayor y que perdía el contenido para seguir  hablando con ella. 
Por ello, cada vez que la señora venía sola, cuando venía con el capullo del niño no se atrevía a hacerlo, intentaba ver algo más. Algo más que contarle a su niña, y de paso, ver algunos ángulos de la señora realmente atractivos.
 Su mujer por esos años ya no estaba ni la mitad de buena que la señora, en realidad, el pensaba que nunca lo había estado. Pero esto era una alegría a más que se llevaba su vista. Lo importante era para él que tenía tema de conversación con su hija cada vez que podía verlos.
 Su hija le desplegaba unos conocimientos sobre el tema espectaculares. Incluso se permitía hacer elucubraciones sobre que podían contener esos documentos. De hecho, alguna vez cuando sabía que podía ser el día en el que más o menos la señora iba a mirar sus papeles, se perdía clases para intentar coincidir con ella en la salida del banco.
 Hasta que lo consiguió una vez y ya no volvió a hacerlo. Vio el coche blindado de la señora en la puerta y el dispositivo de seguridad que la acompañaba, cogió miedo. Alguien que lleva tanta seguridad no puede ser buena gente, le comentó a su padre a los pocos días de esto. Benito reprendió el acto de Rocío, había puesto en peligro la confidencialidad de su trabajo, y seguramente su propia vida. Nunca más volvería a hablar de esto con ella.
 Ahora sin embargo, era él quien vendía esta información, la vida se tornaba cada vez más irónica. Pero Benito sentía que tenía que ser práctico, necesitaba dinero y esta era una buena vía para ello.
Acababa de llegar a uno de sus bares favoritos. Entró y pidió un café, una aspirina, una tostada con aceite y tomate y una jarra de agua.

Debía mantenerse sereno hasta después de la cita, se jugaba mucha pasta.