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jueves, 22 de octubre de 2015

CAPITULO XXXII; Aclaremos la situación


 Ángel estaba despierto, otra vez, a las tantas de la madrugada. Abrió la puerta con mucho cuidado de no hacer ruido. Miriam dormía plácidamente sobre la cama, sin taparse más que la tripa. Volvió a salir hacia el despachito que tenía a pocos metros del dormitorio. La casa en la que estaban alojados era un viejo caserón portugués, cerca de Entrocamento Norte y a pocos kilómetros de Tomar, el pueblo objeto de sus investigaciones. La casa era propiedad, según le comentó Giovanni, de unos nuevos asociados en la operación. Al italiano no le había sentado nada bien que Miriam les acompañara. Pero no tenía marcha atrás. Ella ya había estado en Francia y en el rescate de San Sebastián. Ya sabía demasiado y, además, se le empezaba a notar el embarazo. Giovanni tragó con que ella formara parte de la expedición, a cambio que no estuviera pululando por toda la casa ni, por supuesto, por los escenarios que estaban investigando.

Ángel pensaba estudiar un rato más antes de acostarse. A la mañana siguiente, se reuniría con las personas que habían tenido los documentos examinados durante los últimos años, y no quería defraudarles. En el fondo una incertidumbre le corroía por dentro. Esa gente, por lo poco que él sabía, era de origen francés y de una familia poderosa de aquel país. Ángel no tenía mucha información, pero suponía que podría sonsacar algo de sus nombres, apellidos, apariencia, etc. Alguien que hubiera poseído esa documentación durante muchos años, tenía por fuerza que tener alguna conexión histórica con el origen de los documentos. Giovanni no quería darle más información, decía que por su propia seguridad. Pero él tenía la sensación que no se trataba más que de un truco del trilero italiano. Se trataba de un tipo frío y calculador que sabía como jugar con la información de modo que solo él conociera todos los parámetros. Ángel estaba seguro que el italiano había tenido formación militar, y desde luego, algo de formación mafiosa. Era un elemento al que resultaba imposible sacarle nada que él no quisiera darte. Te dejaba suponer todo lo que quisieras, pero solo te confirmaba lo que le daba la gana.
Es cierto, que cuando les recogieron en San Sebastián, tubo la impresión de que este tío tenía gente dispuesta a todo en todas partes. Las chicas con las que tubo contacto allí eran, seguro, gente armada y segura de cumplir las órdenes que les dieran. Por otro lado, desde que llegaron a Portugal, tenían continuamente al menos a cuatro o cinco personas de seguridad todo el día pegados a ellos.
En la visita del día anterior al hospital templario de Tomar y a la ciudad, estuvo vigilado en todo momento por dos hombres, al menos. Pero tenía la sensación de tener al italiano pegado al cogote todo el día. De hecho, cuando llegaron de vuelta, Giovanni le comentó que no era necesario que fuera él a una farmacia, que le pidieran lo que necesitasen a alguien de seguridad y se lo harían llegar. Le llamó la atención porque él había ido, no hacía más de media hora a una farmacia a por paracetamol para su dolor de cabeza por la falta de descanso. Cuando el italiano le hizo el comentario se quedo bloqueado. Como coño se ha enterado este tío de lo que acabo de hacer. Sintió que quería que supiera que le controlaba, y eso no le hizo ninguna gracia.
Se sentía muy cansado y la cabeza empezaba a fallarle. Estaba más pendiente de sus pensamientos que de los documentos que estaba leyendo sobre la encomienda de Tomar. Cerró el libro con un suspiro más de cansancio que de saturación, dejó las gafas encima del libro y frotándose los ojos, se fue a la habitación para acomodarse en la cama, como siempre abrazado a Miriam y sentirse, de nuevo, en casa, al abrigo de todos los problemas. Comprobó la hora que había puesto en el despertador, acarició la incipiente tripita de su mujer y se durmió.

Eran las nueve de la mañana cuando sonó el despertador. Ángel lo apagó sin ni tan siquiera haber abierto los ojos, de forma automática. Se volvió hacia Miriam, que estaba de cara a él, para darle un tierno beso en los labios sin que ella abriera los ojos. Miriam se estiró en la cama y con voz adormilada le preguntó, ¿Tienes que levantarte ya?
Sí, tengo una reunión en una hora y quiero estar espabilado. Ángel saltó prácticamente de la cama con rumbo al baño.
-Yo me voy a quedar un ratito en la cama, estoy muerta de sueño-.
Él se volvió hacia la cama para volver a besarla. En el fondo, no tenía ningún interés en separarse de ella en este momento, pero por otro lado, tenía la impresión de que su reunión de hoy podía ser crucial en la resolución por un lado, y un momento único en su vida por otro. Todo el tiempo que estuvo aseándose, no pudo quitarse de la cabeza las especulaciones sobre quienes serían sus interlocutores.
Tras coger un café y comiendo un “bolo” de arroz, se dirigió hacia la sala en la que trabajaba y donde mantendrían la reunión. Le sorprendió que Giovanni ya hubiera llegado. Miraba con aire distraído los libros y anotaciones que Ángel tenía esparcidas por la mesa. Con la boca casi llena de bollo, preguntó, -¿Has descubierto algo en este rato?-
El italiano se volvió un tanto sorprendido, no le había oído llegar. -No, yo dirijo, tú analizas. El latín no es mi fuerte, la historia, lo justito-.
Ángel asintió complacido. Apoyó la taza en uno de los pocos huecos que quedaban libres sobre la mesa. -Bueno tío, le espetó al italiano dándole un amable golpecito en el hombro, ¿Me vas a contar con quien voy a tener el gusto de reunirme?-
-No, pero te garantizo que no te va a dejar indiferente-.
-Al menos dime si es hombre o mujer y su nacionalidad-. preguntó Ángel tratando de atar algún cabo.
-Mujer y francesa, pero lleva viviendo mucho tiempo en España-.
Aha, contestó Ángel intentando que su respuesta animara a su interlocutor a seguir. Pero el italiano no era de los que caían en esos trucos. La situación provocó un incómodo silencio, al menos para Ángel.
-Pero no te preocupes, está viniendo para aquí en unos minutos-.
Ángel apuró el último trago de café y se puso las gafas abriendo un libro sobre las encomiendas templarias en Portugal. Giovanni se quedó pululando por su alrededor hasta que a los pocos minutos sonó la puerta al abrirse y entró Madelaine.
A ambos les sorprendió la frescura y juventud que aquella mujer transmitía, a pesar de no ser ninguna niña.
Giovanni salió a su encuentro dándole la mano. Madelaine vestía un vaquero muy ajustado con una camisa azul translucido que dejaba entre ver el encaje de su ropa interior, de forma totalmente deliberada.
-Ángel, te presento a Madelaine Beaujeu-, dijo el italiano sonriendo a la mujer que acababa de entrar iluminando la estancia.
-Enchante madame-, dijo Ángel besando la mano derecha que le extendía la señora en un gesto intermedio entre la forma de darla de los hombres y la feminidad de esperar un gesto cercano al beso en la mano. Madelaine agradeció el gesto con una agradable sonrisa y se sintió un tanto turbada por la tranquilidad con la que lo había ejecutado, en estos tiempos de tan poca educación, aquel joven. Unos pasos más atrás venía Rocío, radiante, con los ojos brillantes como luceros. Llevaba también ropa vaquera y cómoda, pero su rostro reflejaba una felicidad que no pasaba desapercibida a ninguno de los asistentes.
Giovanni, la presentó a los otros dos, que la besaron en la cara con la frialdad de la persona recién conocida. Madelaine la examinó de arriba a abajo en un rápido vistazo que la sevillana devolvió con el mismo gesto. La francesa pensó en la frescura de la juventud de la chica, y la sevillana en la elegancia y belleza de aquella mujer.
-Bien-, dijo Giovanni, -estamos todos los que tenemos implicación en las decisiones que aquí se van a tomar. Ángel es nuestro especialista en historia de la orden, Rocío una inestimable colaboradora que nos ha llevado hasta la documentación que has examinado-, dijo mirando hacia Ángel, que asentía mientras miraba al resto del grupo.- Madelaine ha sido la última custodia de la documentación que estudiaste. Al principio no estuvo de nuestra parte, pero esta casa es suya y, evidentemente, estamos ahora si, todos en el mismo barco-, dijo buscando la confirmación gestual de la mujer que asintió sonriendo con complacencia.
Ángel, no pudo dejar pasar el momento de preguntar. -¿Es usted heredera directa de los Beaujeu que reclaman para sí la herencia real del Temple?-
Madelaine se quedó un tanto sorprendida por lo directo de la pregunta. Los demás esperaban la respuesta con cierta preocupación por como le podía sentar la pregunta.- Si-, contesto, -soy de esa familia que tiene el derecho a la herencia de “la orden”-, contestó con cierta dureza.
Ángel, percibiendo la frialdad de la respuesta, replicó,- ahora estoy aún más encantado de conocerla señora. He sido uno de los mayores estudiosos sobre su familia y sobre su búsqueda. Conserva usted la belleza de varios de sus antepasados, de los que he podido ver retratos-.
Madelaine se relajó ante el aprecio demostrado por el joven, que debía ser, más o menos de la edad de su hijo.
-Ángel-, interrumpió Giovanni,- Rocío es la especialista que siguió la pista Navarra-.
Ángel sonrió,- bueno Rocío, la familia de esta mujer y, sobre todo, los que les legaron los papeles, se encargaron de embarullar esto para que no lo encontremos con facilidad-.
-Si, desde luego-, contestó la sevillana.
-Bien señora, señorita y caballero, cojan un café y pongamos en común lo que sabemos. El objetivo de esta reunión es asignar los diferentes trabajos de seguimiento de las pistas en base a los conocimientos de todos nosotros y, por otro lado, garantizar la seguridad de la operación y de todos nosotros. En esta parte soy yo el que más información tiene, y por ello vamos a comenzar. Sabemos que algunos miembros del Priorato de Sión están tratando de seguir nuestra pista para intentar que, o bien no lleguemos a descubrir lo que buscamos, o bien poder arrebatárnoslo al encontrarlo. El motivo no lo tengo especialmente claro, Madelaine seguro que nos puede aclarar mucho. Por otro lado, el grupo al que yo pertenezco, quiere hacer una explotación mediática de lo que encontremos. Estamos todos de acuerdo que eso lo evitaremos cuando tengamos algo. Ninguno de los aquí presentes quiere hurtarle a los estudiosos, dijo mirando hacia Ángel, ni a los creyentes, mirando hacia Madelaine, la información. Por otro lado, lo lógico es que la familia de Madelaine, es decir ella misma y su hijo, si ella así lo considera, tengan el privilegio de hacer público el hallazgo sin desligarlo del enorme trabajo de los demás-.
Giovanni paró unos segundos para comprobar que todos comprendían el planteamiento.
-Por otro lado-, prosiguió en su exposición,- tenemos un grupo nada claro y del que poco sabemos. Estaban asociados con Ricardo Carpintero, la ex pareja de Madelaine. Este elemento esta ya fuera de juego y cortadas todas sus conexiones, pero no sabemos hasta que punto pueden tener acceso a alguna información. ¿Es posible que tengas alguna información relevante sobre ellos Madelaine?-
La pregunta le llegó sorbiendo un pequeño trago de café. A Madelaine siempre le había encantado el café de los portugueses. Dejó la taza sobre una mesita auxiliar y, madurando la respuesta, mirando hacia un punto indeterminado, contestó.- No creo que tengan acceso a nada. En realidad si no hubiera sido por las filtraciones de mi hijo, nunca se hubieran acercado. Sin Ricardo, que era el que conocía algo más de la historia de la familia, creo que no tendrán nada que hacer. Mientras tengamos a mi hijo a buen recaudo, no tienen por donde agarrar la investigación. Por otra parte, son una parada de cabestros rumanos y servios, músculo descerebrado con dinero del tráfico de drogas-.
-Bien-, asintió Giovanni, -tendremos cuidado con la seguridad de tu hijo. Respecto al priorato...-dejó la frase inconclusa en el aire.
-El priorato es posible que, o este buscando lo mismo que nosotros, o esta tratando de evitar que lo encontremos. En el fondo, somos dos caras de la misma moneda. Lo que no creo que ellos quieran hacer es sacar lo que sea a la luz. El ocultismo practicado durante todos estos siglos, no es fácil que cambie de la noche a la mañana. Yo creo que son realmente peligrosos. También opino que no deberíamos descuidar la seguridad de todos los equipos-. Madelaine conocía muy bien a ese enemigo.
Todos escuchaban con atención. -Creo que es el momento de valorar la seguridad-, replicó Giovanni.- Contamos con al menos 40 personas entre hombres y mujeres para la seguridad de esta vivienda, el piso franco de Sevilla y las posibles misiones que saquemos de estos entornos. De ellos doce son tuyos, espero que de tu total confianza. También espero que ninguno sea “amigo” de tu hijo-.
-No, que yo sepa. Tan solo me produce cierta duda un tal Víctor Andrade. Está aquí, en Tomar. Es un portugués pequeñito y amanerado. Creo que ha tenido relaciones con mi hijo en algún momento, pero también creo que puede serme fiel a mí. Sería bueno practicar algo de contra vigilancia con él-, replicó Madelaine.
Tanto Rocío como Ángel asistían algo atónitos al cruce de palabras sobre seguridad. Giovanni se percató del resquemor que estaban creando en los otros dos. -Bien, si os parece me encargo de él y trato de que vigilen a los socios de Marbella de tu hijo, por si vemos movimientos-.
-Otro tema, solo podemos salir escoltados por, al menos dos miembros de seguridad, no quiero sustos. Si tenemos que desplazar un equipo a otra ciudad, lo estudiamos y preparamos. Nada de Indianas Jones. ¿Queda claro?- Dijo mirando a Ángel.
Este asintió. -Bien, ¿ya habéis terminado con la seguridad? ¿Podemos hablar del asunto que nos ocupa?-
Todos asintieron.
-Las pistas localizadas en Bayona no nos dirigen a Portugal, nos dirigen a Ponferrada. Uno de los escudos encontrados en el cementerio medieval que allí existió, y que ahora esta expuesto abiertamente en las paredes del claustro, se repite en un descendente en un escudo de los que existen en el castillo de Ponferrada. Nuestro problema sería fechar ese escudo y saber si, cuando los templarios de ese castillo pasaron a otras órdenes al ser considerados inocentes por el Rey Fernando IV, se llevaron consigo las pistas que estamos buscando-.
Madelaine contestó prácticamente al hilo de la última palabra de Ángel. -En realidad lo que estas buscando son las respuestas a varios enigmas que nos encontraremos en el tramo final de la búsqueda. Tanto tu como Rocío, buscáis información para solucionar enigmas, lo malo es que no sabemos cual será el enigma.
-La ubicación de lo que sea que estamos buscando, a día de hoy sería aquí, pero....- Madelaine dejó la respuesta abierta-
El final de la frase quedó en el aire, como esperando que alguno de los cuatro resolviera el enigma. El silencio se prolongó por unos segundos hasta que Rocío lo resolvió, -es decir, que estamos buscando respuestas que nos pueden surgir en el futuro, pero si esta búsqueda no da frutos, de nada servirá que sepamos las respuestas posteriores, ¿No es así?-
Madelaine asintió con una mueca de cansancio, cansancio de esta búsqueda que llevaba consumida toda su vida.
-Creo entonces-, interrumpió Ángel, -que deberíamos centrarnos tan solo en la línea principal de la investigación hasta desatascarla. Después podremos volver a dispersarnos por Europa en busca de las pistas que nos aporten respuestas-.
-Pensamos que no es tan sencillo-, contestó Giovanni mirando a Madelaine que le daba la razón asintiendo. -Algunos de los lugares en los que pueden estar esas pistas están vigilados, como fue el caso de Navarra con Rocío. Algunos de nuestros contrarios no quiere que descubramos lo que ellos ya deben conocer. También ocurrió con vosotros en Francia. Os siguieron, seguramente con el fin de saber que es lo que conocíais antes de tomar ninguna determinación-.
-Por ello es importante que sigáis con las diversas líneas. Llegará un momento, que espero no sea muy lejano en el que las diversas líneas lleguen a un mismo punto, entonces sabremos que estamos en el final-, continuó Madelaine.
-Bien, mi camino me lleva, si no nos hemos equivocado al valorar los datos encontrados en Navarra y Guipúzcoa, hacia Cataluña. De todos modos me gustaría cotejarlos con vosotros que sois los especialistas-, dijo Rocío buscando la complicidad de Ángel en la revisión del material fotográfico que había traído de su periplo por el Norte.
-Tened en cuenta que la presencia de la orden en Cataluña es muy extensa, y la imaginación de la gente para vender el sello de templario, lo es aún más-, contestó Ángel. -Es posible que esa sea una pista muy compleja. Pero ahora lo revisamos y comprobamos todo. De todos modos, sería bueno que sepamos en que punto nos encontramos de la vía principal. Creo que en eso Madelaine nos puede ilustrar, dijo esperando respuesta de la francesa-.
Madelaine esperó unos segundos a ver que Giovanni asentía antes de dar rienda suelta a sus conocimientos.
-El estado actual es que cerca del Hospital templario de Tomar, aquí al lado, existió una encomienda templaria, una de las últimas en pasar a otras ordenes tras el expolio papal. Hacia ella nos han conducido diversos documentos que no habéis visto, y que seguramente, hasta que esto termine, no veréis. Se trata de páginas de algunos códices que, leídas con una clave, nos indican hacia donde dirigirnos. No todos los códices tienen la misma clave, no todos los códices son contemporáneos con la desaparición de la orden, de hecho, la mayoría son posteriores. Algunos de lo monjes que los escribieron eran iniciados y otros solo cumplían ordenes. Todos ellos tienen algo en común, en la página en la que empieza nuestro mensaje, la letra capital siempre está adornada con un Pantocrátor policromo y la letra es plateada, a pesar de que la mayor parte del libro las letras capitales sean doradas. En cada mensaje nos dice cual es el siguiente a consultar, cual es la clave del siguiente y finaliza con una frase adoptada por los marines americanos pero que proviene de los pretorianos de Roma-.
-Semper Fildelis-, contestó Ángel. -Con lo que volvemos todos a la biblioteca. Pero hay algo que no me cuadra. Tú hablas de códices y sin embargo estamos excavando en las afueras de un pueblo. Los códices están en iglesias, catedrales y bibliotecas, no enterrados-.
-Es más-, interrumpió Rocío,- si estuviera enterrado, a no ser que tenga un sarcófago muy estanco y muy seco, es posible que no encontremos nada-.
-Ese es el indicio que nos ha puesto alerta, hasta ahora siempre nos dirigía a otro libro. Desde hace cuarenta años he seguido esta búsqueda que ya inició mi tatarabuelo y siempre eran libros. Algunos muy complicados de hallar, en colecciones privadas. Alguno nos llevó más de tres años encontrarlo. Pero en esta ocasión, por primera vez, daba un lugar y no el libro a buscar. Antes que me lo preguntes Ángel, el último libro fue un códice del Beato de Liébana que se encuentra en la catedral del Burgo de Osma-.
-Gracias-, contestó con cierta vergüenza Ángel.
-Por ello tenemos a varios arqueólogos trabajando en esta excavación. Es lo malo que tiene vuestra profesión, que lo hacéis por gusto, no por dinero-, dijo mirando a Ángel que asintió con una mueca de tristeza por la realidad que le acababan de pintar.
-Bien, ahora que tenemos la información necesaria para coordinarnos, podemos seguir?- Preguntó Giovanni mientras se levantaba dirigiéndose a una mesa llena de papeles para valorar las siguientes líneas de trabajo.






jueves, 8 de octubre de 2015

CAPITULO XXX: El descanso antes de la batalla.



Ángel decidió parar en Madrid ante la insistencia de Miriam por ver a algunos amigos en su viaje de vuelta. Giovanni le había llamado para informarle que todas sus cosas las mandaban a Tomar, a una casa que tenían allí cerca para que él pudiera seguir estudiando. Tenían billetes para el avión a Lisboa de las 7,30 de la mañana del día siguiente. Al llegar a Lisboa les recogería Margot y un hombre de su confianza para llevarles a su nueva base. Al italiano no le hacía ninguna gracia que llevara a su pareja, pero parecía un poco más blando de lo normal cuando Ángel le dijo que -eso, ahora, no era negociable-.

 Miriam había quedado con la mujer del catedrático para intercambiar experiencias de embarazada. Sentía que Miriam se sentía ahora más cerca de Aurora, como si el ir a tener ambas un hijo en un periodo de tiempo corto hiciera apretar los lazos entre ellas. En el fondo Ángel siempre había pensado que las embarazadas eran como una secta que siempre hablaba del “nido” y de su construcción. Pero lo que temía más que a un nublado era a la andanada de preguntas capciosas que, no tenía duda de ello, le lanzaría Luis a la primera de cambio. Llevaba varios días sin hablar con su colega y sabía de su interés por el proyecto en el que trabajaba. Su problema era que no podía contarle gran cosa. Pensaba entretenerle con lo visto en Bayona, en su catedral, aunque no creía que pudiera entretenerle por mucho rato.
A Miriam empezaba a notársele más las curvas. Estaba radiante, con un color de piel envidiable y con un brillo en los ojos que vendía felicidad a raudales. Cuando salió del baño, con el pelo revuelto y mojado, arropada por un albornoz blanco que, en realidad, era de él, Ángel se sintió casi en el cielo, observándola.
-¿Se puede saber que estás mirando con esa cara de bobo?- Preguntó Miriam con una sonrisa socarrona, como conociendo la respuesta.
-A ti, te miro a ti-, contesto él sin dejar de mirarla. -Estás preciosa, será el embarazo, las hormonas, o que te han parido así, pero estas preciosa-.
Miriam rio con fuerza. -Si no me doy prisa no llegaremos a tiempo. Quiero hablar con Aurora mil temas. Ya sabes, cosas de embarazadas-.
Ángel miró al cielo buscando resistencia para aguantar la que le esperaba esa noche.
-Está bien, prometo no retrasarte, le susurró al oído mientras besaba su cuello. -Te espero en el despacho, voy a ver mi correo mientras terminas de vestirte, pero que sepas que preferiría hacerte el amor que cenar fuera-.
-¿Que te pasa con Luis? Es como si tuvieras miedo a estar cerca de él-. Miriam se había dado cuenta.
-Algo así. No es miedo, es que no quiero contestar a las preguntas que me va a hacer. No quiero que tenga información, es peligroso para mi trabajo. Y me lo han prohibido explícitamente-.
-Díselo, directamente, sin más. Dile que no puedes hablar con él del trabajo- dijo ella con toda naturalidad.
-Ya lo he intentado, pero sabes que es un cabezón de cuidado. Bueno, ya lo solucionaré, que no nos amargue la existencia-.
-Que así sea-, contestó ella con sorna.
-Graciosilla, no me tomes el pelo-.
-¡Dios me libre!! Prefieres, ¡¡que así se escriba y así se cumpla!!
Ángel rio con ganas. Miriam siempre hacía bromas sobre las frases históricas que ellos dos utilizaban para comunicarse.
- Definitivamente, me voy a ver el correo-, dijo él mientras salía por la puerta de la habitación.

jueves, 24 de septiembre de 2015

CAPITULO XXVII: Escapando



 Ángel tenía claro que aquellos dos hombres no eran simples ancianitos que estaban en la iglesia por mayor o menor beatería. Pero también tenía claro que era muy extraño que aparecieran así a la luz, con cierta osadía, mostrando símbolos de modo tan evidente. Es cierto que en Francia hay pocos monárquicos y estos son muy ostentosos en su ideología, pero algo le crujía. Tenía claro que les seguían, de algún modo. Había hablado con Giovanni para hacer un cambio de coche en San Sebastián que despistara a sus perseguidores, pero iba conduciendo incómodo. No quería que Miriam corriera ningún riesgo. Estaba saliendo de la autopista cuando sonó el móvil. Vio en el display del coche un número oculto, por lo que intuía que se trataba del italiano o alguno de sus sicarios.
-Si-, respondió con algo de incertidumbre por saber quien estaría al otro lado de la línea.
-Buenos días Ángel y Miriam, soy Margot. Me ha encomendado Giovanni un trabajo con vosotros en San Sebastián-.
-Hola Margot-, contestó Ángel como si la conociera de toda la vida. Se sentía aliviado por  que hubiera saludado también a Miriam y porque no hubiera dicho nada del trabajo en cuestión. -Dime donde nos vemos, llegaremos en poco más de diez minutos-.
-Bien, podemos vernos en la cafetería del club de tenis, al final de la playa, justo antes de llegar al peine de los vientos. Como he cambiado de look, te comento, llevo un poncho con los colores del arco iris y el pelo tan largo como siempre, pero totalmente negro y rizado-.
-Si que has cambiado, sí-. Contestó Ángel siguiéndole la corriente a sabiendas que ella estaba informada de la confidencialidad del trabajo que el hacía y de la cierta ignorancia de su pareja.
-Pues nos vemos ahora, un saludo Margot-, dijo antes de colgar.
-¿Que tenemos que hacer en San Sebastián?- Preguntó Miram con cara de extrañeza
-Nada importante, pero el gótico vasco es bastante interesante para lo que estamos buscando-.
-Ya-, contestó Miriam con incredulidad. Sabía que no le estaba contando todo, pero se sentía bien de estar allí, con él, buscando pistas de algo que no terminaba de comprender, pero que al padre de su hijo le hacía muy feliz.

Margot había llegado junto con Carmen apenas hacía media hora, tras dejar a su custodiado en manos de un equipo que había mandado Giovanni hacía dos días. No parecía que pudieran sacarle mucho, pero empezaba a flaquear tras unos días atado y sin comer más que algo de pan y beber agua un par de veces al día. Todo indicaba que su misión era seguirlas y saber de que se enteraban. Era francés y no parecía dispuesto a delatar a nadie de su entrono, por lo que era bastante probable, al menos eso decía uno de los interrogadores, que fuera del priorato, pero no tenía nada que fundamentara esa creencia.
Cuando Ángel llegó de la mano de Miriam, Margot y Carmen les esperaban al final de la cafetería, para poder observarla toda desde un solo punto. Margot se adelantó unos pasos para recibirlos como si les extrañara desde hace tiempo, muy amistosa. Al acercarse a la cara de Ángel para besarle la mejilla, le susurro al oído, de modo casi imperceptible, -El corazón de La Piedad tiene una leyenda-.
Era la clave que habían fijado para él junto con Giovanni. El italiano le comentó que si dudaba o no sabía responder, se metería en un problema. Por eso habían elegido esa clave. La respuesta salió de sus labios sin duda alguna. -Envolviéndolo, Consolatrix Aflictorum-. La respuesta era sencilla para él. Desde que tenía uso de razón había salido con esa leyenda en la capa cada lunes y cada viernes santo en Cartagena, de donde era parte de su familia, en procesión acompañando a su virgen de La Piedad.
Margot sonrió complaciente, como si se hubiera quitado un peso de encima. -Sentaros, ¿Queréis tomar algo?-
-Yo un café solo, corto. ¿Y tú cariño?- Dijo Ángel mirando a Miriam.
-Un té con leche, contestó Miriam-, percibiendo cierta extrañeza en la conversación.
-Sentaros allí con Carmen, es mi compañera-. Carmen asintió dándose por presentada de ese modo. No era una mujer besucona, si podía evitarlo, lo hacía.
Una vez todos sentado, Margot explicó el plan a ambos. Iban a alojarse en un hotel, cerca de allí un hotel que tenía aparcamiento. Dejarían su coche y quedarían en la habitación de ellas, la doscientos dos. De ese modo los sacarían en una furgoneta que tenían en el aparcamiento del hotel hasta llegar a Amorebieta, donde les habían dejado un coche nuevo con las lunas tintadas. Mientras tanto, Carmen y otro compañero más sacarían el coche de ellos para utilizarlo como señuelo para ver si les seguían. Todo irá bien y será fácil, no os preocupéis, terminó Margot tranquilizando la cara de Miriam que se echaba la mano a la tripa continuamente, como intentando proteger a su futuro hijo. -Giovanni me ha dicho que te vuelvas para Sevilla ASAP, tiene cambios en la información y podéis avanzar más deprisa, es lo que me ha comunicado-.
Ángel asintió, aceptando la orden. Por un momento se sintió como en casa, pero ahora no era su padre el que daba órdenes.


jueves, 17 de septiembre de 2015

Capítulo XXV: Sólo busco tranquilidad.



  Colgó el teléfono y cruzó los brazos mientras intentaba regular su pulso. Las noticias y órdenes recibidas eran interesantes y duras. Rocío no había encontrado nada reseñable, pero su séquito de guardaespaldas habían interceptado a un sicario al que estaban “haciendo hablar” unos especialistas traídos de Turquía por sus jefes, que le habían ordenado no meterse en medio, no parecía que les hubiera hecho mucha gracia la expulsión del croata, pero tampoco le habían recriminado por ello. Ángel parecía haber encontrado algo interesante, pero todavía estaba de vuelta y antes de poder hablar con él cara a cara habría que comprobar que no le seguían de ningún modo.
Lo inquietante era la orden para el día de hoy, quitar de en medio a Ricardo Carpintero, sin más. No querían que pudiera organizar nada con sus socios de Marbella. Giovanni sabía que alguno de esos socios le pasaba información a la estructura para la que trabajaba él, pero desconocía hasta que punto estaban conectadas ambas líneas. Por un momento pensó que, en el fondo, no tenía muy claro quien estaba detrás de todas estas órdenes, de esa libertad para dar dinero, torturar o matar. Muchas veces no tenía claro si estaba haciendo lo correcto, no según sus jefes. Lo correcto para la mayor gloria de Dios, o para el mejor conocimiento de algunos miembros antiguos de la iglesia.
 En el fondo deseaba que todo esto terminara y retirarse a su casa de Cerdeña con Rocío, si ella quería, a vivir plácidamente, disfrutar viajando y quien sabe, a lo mejor crear una familia con un par de hijos. Pero eliminar gente no le gustaba. Se aflojó un poco el nudo de su corbata negra, como siempre, y cogió un cigarrillo de la mesa que tenía delante. No era suyo el tabaco, pero no lo era nunca, era una forma de decirse a si mismo que lo estaba dejando. Encendió el cigarrillo y tuvo un extraño Dejà vu, esto le estaba pasando con excesiva frecuencia en los últimos meses. El sol estaba saliendo por el final del campo visual que tenía, él todavía no se había acostado, su jefe directo estaba en Estados Unidos en viaje de negocios y le había llamado a las doce de la noche hora española, por lo que se había pasado todas estas horas haciendo gestiones y preparando cosas. Rocío llegaría en unas horas, pensó mientras pasaba la mano por su cara percibiendo la barba que ya teñía su mentón de negro.
Todo estaba listo para darle una bienvenida gloriosa a Ricardo en la finca tras cogerle en Triana, el dispositivo era de casi veinte personas. No se lo podían cargar en medio de la ciudad, pero esa noche, el Carpintero dormiría con Satanás, seguro.
A Madelaine no le diría nada hasta estar acabado. Otra cosa que tenía que resolver es a Jacques. No podía soltarle, al menos en unas semanas, pero le resultaba incómodo tenerle retenido, la madre estaba colaborando, de echo podría decir que estaba dirigiendo de nuevo la búsqueda. Pero Madelaine era una mujer que siempre había tenido claro el objetivo. A pesar de ello Giovanni no la dejaba sola ni a sol ni a sombra, nunca se sabe cuando una mujer puede utilizar el rencor acumulado contra los que la torturaron. Pero el niño suelto podía ser un estorbo. Tampoco podía quitarlo de en medio como al padre, eso podía provocar mal estar en Madelaine y no era lo mejor en este momento.
Apagó el cigarro y se quitó la ropa. Puso el despertador del móvil dos horas después. Eso era todo lo que podía dormir. Después comenzaría el baile.
Comprobó que su arma estaba bajo la cama, al alcance de la mano, la puerta cerrada y bajó la persiana. En este momento siempre extrañaba no tener a Rocío para abrazarse a ella. Nunca se había sentido tan bien con ninguna mujer con la que hubiera mantenido una relación, pero Rocío era distinta. Tenía que hacer un esfuerzo y hacerle sentir a ella todo lo que la quería, todo lo que sentía por ella. Para ser italiano, no se le daba muy bien eso de hacer sentirse querida a la mujer.

Pero ahora solo podía pensar en descansar, descansar, aunque fueran dos horas.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Capítulo XXIV: La puerta del cielo al sur de Francia



Ángel estaba entusiasmado mirando la puerta de la catedral de Baiona, se sentía como un colegial. Era como estar buscando los huevos de pascua, sabías que estaban por algún lado puestos, pero te costaba encontrarlos.
 Entrar en Notre Damme de Bayona era casi una experiencia mística. Mientras se acercaban a las dos torres por una de las estrechas calles de su perímetro, Ángel le contaba a Miriam la historia de tan magna obra gótica.
-Es una de las pocas catedrales de estilo gótico del sur de Francia. Parece que pudo ser la reina de Navarra y Francia, Juana I, que fue la última representante de la casa de Champagne la que impulsara el proyecto de una catedral gótico florida, de clara inspiración en las iglesias del norte de Francia. La obra comenzó, se supone, allá por mediados del siglo XIII, pero finalizó en el siglo XVI-. Ángel miraba de vez en cuando la cara atenta de su chica, como buscando la absoluta comprensión de la explicación, pero temiendo aburrir con su exceso de datos a Miriam. El ver que le seguía prestando atención, le llenaba de una satisfacción bastante inexplicable.
Prosiguió con su explicación, -donde vamos a ver el claustro gótico, existió previamente un claustro románico. Como sabes, era una práctica relativamente frecuente que en estos espacios pudiera haber enterramientos previos, pero eso solo es una especulación, nadie lo ha comprobado. Pero si los hay posteriores, sirvió como cementerio hasta la revolución francesa.-Las diversas claves de bóveda de la catedral, están decoradas con escudos de armas de las familias relevantes en la historia de la ciudad y del territorio, como las de Eduardo III de Inglaterra o las armas de los Plantagenet. Pero también existe alguna con un barco custodiado por los evangelistas-.
-¿Sabías qué para los arquitectos góticos estos edificios eran como antenas para hablar con Dios?- Preguntó a Miriam por comprobar el grado de atención que esta prestaba.
-Creo que te lo he oído decir, al menos un millar de veces. También que supuso un cambio de concepción respecto a la forma de comunicarse con Dios-.
-Correcto, correcto-, contestó sin ningún resquemor en su tono de voz, ambos sabían que volvería a dar las explicaciones sobre ese cambio.
-Supuso un cambio desde el momento en que se pasa de una concepción de la deidad románica, negra, lúgubre, un Dios castigador que se ofende por todo, a una iconografía más humana, sin perder de vista el castigo al pecador. Para la construcción gótica y para los templarios, la presencia materna de la Virgen es más importante, más luminosa, más bella-.
-Es como la llegada de los efectos especiales al cine-, contestó Miriam.
-Si señora, que gusto me da ver lo que has aprendido a mi lado-, contestó mirando de reojo a su mujer, algo lleno de vanidad y bastante temeroso de las risas con las que Miriam podía castigarle.
Entraron en la catedral paseando, mirándolo todo, ambos con las manos en la espalda, paseando como cualquier turista, con cierto aire despistado. Lo cierto es que Ángel sabía perfectamente lo que estaba buscando, pero intentaba que Miriam no descubriera su incertidumbre sobre lo que buscaba y, de paso, observar si alguien les seguía, si les marcaban, como decía Giovanni cuando quería que su gente siguiera a alguien.
 Poco a poco fueron disfrutando de toda la nave de la catedral hasta llegar a la puerta del claustro, aquel que fuera cementerio durante tantos años. Sabía lo que tenía que buscar, pero no sabía si sería capaz de hacerlo. Miriam siguió caminando por el perímetro del claustro, mirando absorta la belleza de los arcos, de los capiteles de las columnas.
Mientras tanto, Ángel buscaba con tremenda ansiedad la tumba en cuestión, o algo que pudiera orientarle. Estaba buscando rastro de un caballero hospitalario del siglo XIV, un joven caballero francés que tenía el apellido Molay, como el último gran maestre de la obra. La búsqueda podía resultar enormemente compleja ya que apenas quedaban restos, y muchos de ellos no estaban ubicados en su sitio original, estaban en el museo, o en las paredes a modo de museo. En este momento lamentaba la manía de sus compañeros arqueólogos de intentar salvar cualquier cacho de piedra, aunque fuera trasladándola de su sitio original. De vez en cuando miraba para ver a Miriam pulular por el claustro.
Decidió llamarla para contarle algo y que intentara ayudarle. En ese preciso instante Miriam no estaba en el último sitio que la había visto, durante unos segundos escrutó con la vista todo el perímetro del claustro. Aumentaba una cierta angustia al no ver a su pareja, cruzó el claustro hacia el último punto donde la había visto, acelerando el paso y su corazón al mismo ritmo. Al llegar al otro extremo del claustro, buscó con la vista hasta encontrarla sentada en el suelo y con las cabeza entre las piernas. Ángel suspiró con alivio por verla, aunque no tenía buen color.
-Que te pasa cariño-, preguntó mientras se acercaba a ella.
-Me he mareado-.
-Me acabas de dar un susto del carajo, no te he visto y me he pasmado-.
Miriam sonrió quitando hierro a su leve mareo. -Creo que tenemos que hablar-. Ángel pensó que ella sabía algo del riesgo que conllevaba su visita, pero el tema a tocar por Miriam nada tenía que ver con la investigación.
-Creo que debería habértelo dicho hace unos días, pero como estás todo el día enganchado a tu trabajo...-
Ángel empezaba a preocuparse, solo podía imaginar algo malo, y eso le ponía muy nervioso.
-Cariño, estoy embarazada, de algo más de cinco semanas-.
Ángel dejo escapar un suspiro de alivio, no era nada malo, gracias a Dios. Sorprendió a Miriam mirándole con anhelo por saber que pasaba por su cabeza.
Sonrió a su mujer, con lágrimas en los ojos, a punto de escaparse, tenía más de cuarenta años y siempre le habían gustado los críos.
-Espero que sea una niña tan guapa y maravillosa como su madre-.
-Y yo espero que sea tan lista como su padre. Ayúdame a levantarme cariño-.
-Bueno, te puedes sentar en una de las piedras de aquí, mientras yo termino de mirar si encuentro la señal que busco, te encuentras mejor-, le dijo él besándole la mejilla.
-Si, ya me ha pasado-, contestó Miriam sacando una chocolatina del bolsito que llevaba cruzado en forma de bandolera.
-Estoy justo aquí, quédate donde te vea y si me necesitas, me silvas, como a un perrito fiel-. Volvió a besarla con un cariño muy especial, no quería separarse de ella ni un segundo, menos en este momento, pero sabía que tenía que seguir su búsqueda unos minutos más.
Cuando Ángel se alejaba cruzando el claustro iba más pendiente de mirar hacia Miriam que de lo que estaba buscando, por un momento pensó en llevarla al hotel y volver él con más tranquilidad, pero de pronto se sorprendió pensando que su trabajo ya no importaba nada, solo quería estar con su mujer.
Joder, voy a ser padre. No tenía un espejo a mano, pero sabía que estaba sonriendo con una cara bastante estúpida. Miraba los restos del suelo sin mucha concentración. En las paredes también había colgados restos de sepulcros, pero en el fondo sabía que no se estaba enterando de nada de lo que sus ojos veían.
De pronto como si saltara a sus ojos, encontró algo que resultaba familiar, una diminuta cruz patada en la base de un escudo de armas más complejo. A pesar de estar pensando en las Batuecas, le había saltado a la vista. Miró para comprobar que Miriam seguía en el sitio que la había dejado y en buen estado, sacó la cámara digital que llevaba en el bolsillo y disparó no menos de veinte fotos de las diferentes representaciones que tenía el escudo. Era demasiado complejo para descifrarlo sin documentación al respecto, pero tenía claro que aquel no era un escudo más, tenía muchas particiones. Cuando terminó su reportaje del escudo, comprobó que los tres siguientes escudos tenían conexiones con el primero mediante partes comunes, mismos iconos con leves diferencias en la representación.  Volvió a mirar a Miriam, que le observaba en la distancia, y esta comprendió que él quería tenerla más cerca, por lo que emprendió un cansino viaje a través del claustro.  Ángel continuaba su reportaje como lanzado a una orgía fotográfica. En cierto modo pensaba como podía haber estado tan ciego en anteriores visitas a esta catedral, el no recordaba nunca haber visto estos escudos y su memoria era bastante buena para estas cosas, pero en este momento se sentía como cuando consiguió traducir el primer texto medieval del latín correctamente y comprendió que ya nunca volvería a tener problemas con esa lengua.
Al llegar Miriam a su altura le encontró exultante, radiante. En ese momento era el rey del mundo, eso sentía él y eso transmitía.
Le explicó brevemente lo que acababa de encontrar y miraron sin mayor éxito el resto, por si se dejaban algo.
Al salir de la iglesia, con el teléfono en la mano, le susurró al oído a su mujer. -Se de cierto profesor de universidad que se va a morir de envidia el día que le pueda contar esto, lo templario y lo paternal-.
Miriam sonrió cómplice y le agarró la mano con cariño.

-Voy a llamar a mi jefe para contarle lo que hemos visto, comentó-. De repente le asaltaron dudas. Había visitado aquella iglesia tantas veces que le resultaba extraño no recordar esos escudos. Se dirigió con Miriam de la mano hasta la recepción por la que accedía al claustro. En ella, un sacerdote mayor, de unos setenta años, departía tranquilamente con un anciano aún mayor que él, en aparente buena forma. Ninguno de los dos parecía necesitar ayuda para andar, por lo que le sorprendió un tanto ver sendos bastones de rica empuñadura de plata labrada. Ambos bastones eran iguales, una flor de lis invertida.
A Ángel le llamo tanto la atención que no pudo evitar pensar que aquello no era casual. Se acerco dejándose ver, para no sorprender a los ancianos. Sonriendo al mayor de ambos se dirigió al sacerdote en exquisito francés.
-Buenos días Pater, ¿Podría hacerle una pregunta?-
El sacerdote miró hacia ellos con esa cara amable que algunos de sus compañeros de trabajo pone cuando le preguntan por algo en lo que creen poder dar una lección magistral. -Por supuesto hijo-.
Ángel asintió complacido mientras por su izquierda veía a Miriam acercarse lentamente. Por un instante sintió el miedo de no ser capaz de darles protección a ella a su futuro hijo, era una sensación fugaz, efímera, pero que provocaba una ansiedad importante.- He visto unos escudos nuevos en la pared del claustro, al menos nuevos para mí. ¿Saben ustedes cuando y donde se encontraron? Es que soy licenciado en historia y me ha llamado poderosamente la atención la precisión de su heráldica-.
La cara de sus interlocutores permanecía con las mismas sonrisas entre cómodas y fingidas que antes de hacer la pregunta. En ese momento llegó Miriam, momento que Ángel aprovecho para hacer publico por primera vez el embarazo de su esposa abrazándola sobre los hombros y sintiéndose por un instante de nuevo en casa.
El otro anciano, que parecía un atleta joven con el pelo y la barba teñidos de blanco inmaculado, respondió sorprendiendo un poco a Ángel.
-Se descubrieron hace unos años, cuatro o cinco, pero no se han expuesto hasta hace dos meses-. El sacerdote alargó la mano con un pequeño librito en cuya portada aparecía la foto de uno de los escudos de los que hablaban. -En este libro tiene toda la información de los estudios que se han realizado-.
Miriam, que no estaba entendiendo nada de la conversación, los idiomas nunca fueron su fuerte, preguntó con una tenue voz, -¿Qué ocurre Ángel? Tengo hambre, ¿podemos ir a comer algo?-
-Si cariño, contestó él en español, estos amables caballeros me estaban facilitando una información sobre los escudos que hemos visto en el claustro. Merci beaucoup, monsieurs-, dijo dirigiéndose a los dos extraños señores que tenía delante, gesto que estos devolvieron con la misma sonrisa que habían tenido todo el tiempo. Ángel sentía que esa sonrisa era tan falsa como la que los Salesianos ponían en su colegio cuando él era pequeño y le decían que no se preocupara por las matemáticas que suspendía una vez tras otra para, después, decirles a sus padres que su hijo tenía algún trastorno que no le permitía comprender la ciencia de la matemática.
 Que falsos hijos de la gran puta, pensó un segundo, comprendiendo que tenía que eliminar los tacos, al menos los más grandes, de su vocabulario antes de que naciera su hijo. Cada vez que pensaba en ello le entraban unas ganas terribles de abrazar a Miriam y una cierta congoja por si sabría hacerlo bien. Se dio cuenta en un segundo que su trabajo acababa de pasar, definitivamente a un segundo plano de su vida.

Según veían alejarse a los dos españoles el sacerdote miró, ya sin sonrisa y con cierto temor en los ojos, a su compañero de armas. -Los vas a hacer seguir, ¿verdad?- De sobra conocía la respuesta.
-Si-, contestó el otro mientras sacaba un moderno teléfono del bolsillo, pero no creo que sean ellos.









lunes, 7 de septiembre de 2015

Capítulo XXII: Una llamada inesperada


  Nuno acababa de despertarse en la habitación del viejo caserón que su jefa tenía cerca de Entroncamento Norte, próximo al centro comercial, con una salida fácil a la autopista. Siempre que se despertaba en esta casa se sentía como si volviera a su pasado. El no era de esta región, era de Alentejo, al sur de Portugal, pero la casa se parecía a las de todos los terratenientes portugueses que conocía. Una de las razones por las que le gustaba trabajar en España y con franceses era porque se encontraba mejor en sociedades menos clasistas que la portuguesa. Pero en el fondo, se sentía orgulloso de sus raíces. 

Se restregó los ojos, como queriendo recuperar las ideas en un disco duro que se resistía a arrancar, a pesar de estar recibiendo la luz de la mañana en los ojos a través de una rendija del cortinaje, espeso y recargado como corresponde a un caserón de tan rancio abolengo. Se levantó de una forma un tanto pesada y llegó hasta el baño, especialmente moderno y equipado, como le gustaba a la jefa. Puso en marcha el grifo dejando que se llenara la bañera y volvió a la habitación para encender el teléfono móvil y comprobar, mientras prendía un cigarrillo pensando que tenía que dejar de fumar de una vez por todas, que tenía varias llamadas perdidas, un par de su equipo de Tomar, una de Ricardo y otra de un número que no conocía, de Sevilla.
Decidió empezar por lo más próximo y llamar a sus compañeros portugueses.
-Bon día Joao, ¿me has llamado?- Preguntó de forma retórica en portugués, conociendo la respuesta.
-Bon día Marqués-, le contestó su compañero,- ya era hora de levantarse. Sí te llamé para comentarte que estamos atascados. Hemos revisado todo el castillo buscando las señales que comentó la señora y no damos con ello. Creo que necesitamos a un especialista para poder seguir con esto. Si no es posible, tendremos que suspender la búsqueda. Alguno de los arqueólogos que están trabajando en la restauración del castillo empiezan a hacer preguntas-.
-De acuerdo, entiendo-, contestó lacónico Nuno mientras cerraba el grifo del baño. -Hablaré con alguien a ver si consigo respuestas, te llamo luego-.
Apagó el cigarrillo en el lavabo y se introdujo en el agua caliente, disfrutó de ello unos segundos y volvió a coger el móvil. Tenía dos opciones y, como siempre, dejó al estúpido de Ricardo para el final. Llamó al teléfono de Sevilla que no conocía, tras sonar cinco veces, cuando ya pensaba en colgar, le cogió el teléfono una mujer con marcado acento alemán, pero que le contestó en un español perfectamente entendible.
-Hola, tengo una llamada perdida de ustedes, de esta mañana-.
-Un momento por favor, le paso con la persona que le ha llamado-.
Era evidente que no se trataba de un error, por lo que se incorporó en el baño, como activado por el resorte de la adrenalina. Pasados unos dos minutos, escuchó una voz conocida, pero que sonaba con un profundo pesar.
  -Hola Nuno, te va a hablar un hombre que te dará las instrucciones necesarias para poder mantener una reunión en la que quiero que estés. Por supuesto, no informes a Ricardo ni a nadie de Francia ni de Portugal. Ven tú solo para que podamos resolver esto-.
Era la voz de la señora, se le encogió el alma, le recorrió un escalofrío por la espalda.
-¿Esta usted bien señora?- Preguntó con inquietud.
-Sí Nuno, estamos bien, no te preocupes, pero atiende bien a este hombre, necesito que no falle nada-.
-De acuerdo señora, así se hará-.
Madelaine pasó el teléfono a Giovanni quien se apartó de los oídos para dar las indicaciones a Nuno de lo que debía hacer.
-Espero que no le hayas hecho daño, o no tendréis mundo suficiente para correr, le contestó el portugués más con la voz de un esposo encabronado que de un guardaespaldas responsable-.
Giovanni no se molestó en contestar a la amenaza del portugués, sabía que tenía el control sobre la negociación y la persona que estaba al otro lado de la línea solo era un sicario aventajado. -Escucha bien las indicaciones para que todo pueda seguir bien, no quiero que comentes esto con nadie, mucho menos con Ricardo, ya habéis tenido suficientes filtraciones a través de Jacques como para seguir empeorando las cosas-. Nuno comprendió en ese momento que el hijo de su jefa había sido el responsable de la información que llegaba a Ricardo hasta ese momento, y empezó a comprender que esto era lo que producía impaciencia en el “empresario” valenciano, ahora estaba ciego, no conocía los pasos de nada y eso le daba a Nuno un poder que le apetecía explotar.
  Giovanni siguió con su exposición de órdenes,- compra un teléfono de tarjeta para ti y otro para tus contactos en Portugal y España. Apaga los teléfonos móviles y traédmelos con sus tarjetas para destruirlos, Cuando tengas el tuyo, manda un SMS al teléfono de Madelaine con el número para que nosotros podamos contactar contigo. Debéis abandonar la finca en la que estáis, la conoce demasiada gente, parte de tu equipo se puede alojar en un hotel, cuando vengas, decidiremos donde ubicar el resto-.
  Hizo una pausa para enfatizar más la siguiente frase, -mañana a las diez de la mañana debes estar, solo y desarmado en la puerta principal de Isla Mágica, en Sevilla. No temas, puedes dejar tus armas en el coche en el que vengas. Procura que no te sigan para llegar allí, no quiero sorpresas desagradables, y sobre todo, no temas por vuestras vidas, no podemos hacer esto sin vuestra colaboración y no somos asesinos. ¿Ha quedado claro todo?- Preguntó con un tono inquisitorial.
  -Cristalino-, contestó con cierta chulería el portugués.
  -Nuno, cuando te recojamos y te traigan a donde estamos, te van a vendar los ojos y a esposar, por seguridad, no opongas resistencia. Cuando Madelaine te explique, vas a comprender mejor la situación, seguro-.
  Giovanni, no esperó respuesta y colgó el teléfono. Miró a su compañero para que deshiciera el entramado de desvíos telefónicos que les había llevado a estar recibiendo la llamada como si estuviera en un consultorio médico de Lora del Río, que sería quien le contestaría a Nuno si volvía a llamar a ese número. Miró con cierta complicidad a Madelaine, ambos sabían, ahora sí, que estaban haciendo lo correcto, aunque el viaje hasta este punto había salido muy caro. -Tengo que mantener a tu hijo aislado, lo comprendes, ¿verdad?- Le preguntó con una mirada fría a Madelaine.
-Por supuesto, no le hagáis daño, pero que no pueda comunicarse. En el fondo creo que nunca ha entendido que nuestra misión era lo más importante para todos. Lástima que yo no supe ver sus defectos a tiempo-, respondió con lágrimas en los ojos.
-Lástima que yo tampoco descubrí su punto débil antes, abríamos evitado tú sufrimiento, lo siento Madelaine-. La voz del italiano sonaba especialmente dolida.
Madelaine bajó la mirada buscando refugio en la colcha de la cama sobre la que estaba sentada, como si quisiera borrar de su memoria lo sufrido. En el fondo, era mujer, y por lo tanto estaba acostumbrada al dolor y a que menospreciaran su vida. Por un momento recordó cuando su padre, casi agonizante, le había revelado el secreto que acompañaba a su familia. Ella siempre había sabido algo, pero su padre confiaba en encontrar a un delfín varón, más por desconfianza hacia las mujeres que por pensar que su hija no sería capaz. Pero eso hizo que ella se sintiera menospreciada y traicionada por su padre, a quien había idolatrado toda su vida. Era como ver la gran mentira que le habían contado durante toda su vida y sentir que, de repente, le caía encima todo el peso de la historia.
Giovanni dejó la habitación y al salir dio orden a las dos custodias de Madelaine para que la dejaran moverse con cierta libertad, pero vigilada en todo momento, por la finca.
Llamó a Ángel para comentarle que se había producido un inesperado giro en los acontecimientos, pero que él siguiera las líneas de investigación iniciadas ya que algunas pistas no estaban muy claras.

Ángel estaba llegando a la frontera de Francia con rumbo a Bayona para ver si encontraba algo nuevo en su catedral que hubiera pasado desapercibido hasta ahora. A pesar de las órdenes recibidas, había llevado consigo a Miriam, que no tenía trabajo en unos cuatro días por esas compensaciones de trabajar los fines de semana. Ella escuchó la conversación a través del manos libres del coche y, una vez había colgado el teléfono, le preguntó directamente, -¿En qué te estás metiendo?-
Ángel meditó la respuesta durante un par de segundos. Tenía claro que la empresa en la que estaba metido entrañaba riesgos, pero ya no tenía marcha atrás, y se moría de ganas de compartirlo con su pareja, desde el principio había tenido la sensación de estar engañándola. Poco a poco le fue desgranando el proyecto y lo que estaba haciendo, al menos lo que él conocía, sin dar nombres de personas ni organizaciones. La cara de Miriam iba tornándose cada vez más seria, como si viera algo turbio que él no quería contar o no conocía. Cuando Ángel terminó su exposición ya estaban a menos de 10 Km de su destino. Miriam inspiró con fuerza y contestó de forma lapidaria, -todo lo que ha tenido que ver con esto en la historia, al menos en la conocida y en la que tú eres especialista, ha traído muerte y traición. Espero que seas consciente del fregado en el que nos hemos metido-.
-Por supuesto que lo soy-, contestó Ángel sin mucha convicción. Quizá hasta ese momento no lo había sido realmente. Se había dejado arrastrar por su ansia de historiador y no había visto las consecuencias posibles. Pero para eso estaba Miriam, su conexión con la realidad. Por un momento sintió la culpabilidad de poner en peligro a la persona a la que quería trayéndole a este viaje, pero rápidamente su cabeza eliminó el riesgo de la variable, no eran más que dos turistas visitando una iglesia en el sur de Francia, nadie podría relacionarles con aquel operativo.











jueves, 27 de agosto de 2015

Capítulo XIX; Confidencial



  Acababa de terminar de releer por cuadragésima vez un párrafo del documento que llevaba el sello de la orden pero que, ya sin duda alguna se databa en el siglo XVI. El documento en cuestión era, a ciencia cierta, una falsificación muy bien acabada. Sin la tecnología del siglo XX, resultaría difícil reconocer la falsificación. Tan solo breves detalles de los rasgos de la firma, delataban que el origen no era el que se dejaba entrever. Ángel dejó las gafas sobre la réplica del escrito que tenía en la mesa y se restregó los ojos. Estaba tremendamente cansado de mirar una y otra vez los mismos documentos para quedar encerrado en un círculo sin fin, era como un bucle matemático al que no le veía solución, y eso empezaba a preocuparle. Miró el reloj, era tarde, como siempre. Sentía los pasos de sus protectores encima de su cabeza.
En no pocas ocasiones se había planteado por qué estos hombres se embarcaban en una aventura así. No comprendía como un hombre podía renunciar a todo por un ideal. Tampoco sabía más que lo justo de ellos, no era gente que gustara de hablar. Ni de si mismos ni de su vida, ni de la organización para la que trabajaban. Realmente, si lo pensaba, en ningún momento le habían dicho que organización era la que le pagaba. A todos los efectos, a él le estaba pagando religiosamente por su trabajo una sociedad sita en Suiza de nombre Iacobus SAU. El firmante de las nóminas era un tal Gian Carlo Martin, cuyo nombre se le antojaba tan falso como un euro de goma. En repetidas ocasiones había intentado que alguno de sus custodios le contara algo más frente a una taza de café, pero la respuesta era siempre la misma, -no puedo contarle nada-.
Se estiró en la silla y cogió el móvil para llamar a Miriam. Era viernes, otro viernes y otra semana pasada. Luis y su joven esposa debían estar a punto de llegar a Sevilla si no lo habían hecho ya. Marcó el número de Miriam, que como siempre tardó una eternidad en coger el teléfono, o al menos eso le parecía a Ángel.
-Hola cielo, ¿Ya han llegado?- Preguntó Ángel nada más escuchar la dulce voz de Miriam al otro lado de la línea.
-No, pero su tren acaba de entrar en la estación, por lo que no tardarán-.
-Bien. Salgo ahora mismo para el hotel, a ver si llego casi al tiempo que vosotros y no me tenéis que esperar-, dijo Ángel mientras cogía la chaqueta del respaldo.
-A ver si es verdad-, rio Miriam con la seguridad que no sería así. -Un beso cariño-.
-Otro-, contestó Ángel.
  Colgó el teléfono y se dirigió a la escalera, cuando por un momento su cabeza volvió al texto que había estado leyendo. Podía ser una réplica, y por lo tanto, era interesante también seguir las pistas diseminadas por la historia. Pero, planteaba un problema, al ser un documento posterior, nombraba lugares que no habían pertenecido literalmente a La Orden, aunque si tenían relación. Eran lugares con edificios góticos, algunos más primitivos y otros más elaborados. Pero pensó por un momento que debían seguir también esa pista.
  Mientras salía por la puerta y antes de montar en el taxi que le esperaba desde hacía ya un buen rato, llamó al teléfono de Giovanni. El italiano tardó unos segundos en coger el teléfono, parecía alterado, al cogerlo como si estuviera corriendo o haciendo ejercicio. -Hola, que haces, ¿estas corriendo detrás de alguien?- Preguntó Ángel con cierta ironía en sus palabras.
-No, pero estaba haciendo ejercicio y me has cortado, espero que sea interesante-.
-Por supuesto, rio Ángel, como siempre será interesante-. Esperó que su interlocutor dijera algo, pero el italiano esperaba más información.
-Está bien, creo que el segundo documento también debe ser seguido. El punto de arranque es la Catedral de Bayona, en Francia-.
-Se donde está Bayona, Ángel, contestó Giovanni, ¿Por qué Bayona?-
Ángel sonrió mientras estudiaba la respuesta en su cabeza. Le gustaba provocar al italiano, le caía bien, pero le gustaba provocarle y ver hasta donde llegaba su cultura, que, todo sea dicho, le parecía bastante superior a la media. -Porque hace referencia a un templo dorado al sur de Francia, en el camino hacia el apóstol Iacobus. Me parece que por eso y por el nombre del arquitecto, puede ser nuestro punto de partida-.
-Ahora solo queda que me digas si tienes a alguien que vaya o voy yo a mirarlo, dijo Ángel pensando en lo divertido que sería hacer trabajo de campo-.
-Te diré algo el lunes, descansa el fin de semana, por si acaso-. Contestó con frialdad Giovanni. -Ah, otra cosa, no comentes nada sustancial con tu amigo Luis, ya sé que viene este fin de semana y, como buen historiador, intentará sacarte algo de información. Por su bien y por el nuestro, es mejor que crea que estás catalogando escritos de los templarios ingleses del siglo XV, es decir, de la masonería, instrucciones, ordenanzas y alguna otra cosa similar. Seguro que no tienes problemas par inventar una buena historia-.
-De acuerdo-, contestó Ángel. No le gustaba la idea de no poder comentarlo con Luis, pero el jefe lo mandaba. Pensaría una buena mentira de camino al hotel. Colgó el teléfono y subió al taxi. -¡Vámonos!- Le dijo al taxista que parecía estar somnoliento en el asiento, como aburrido de esperar.
Al llegar a la puerta del hotel encontró a Miriam con Luis y Aurora que acababan de llegar. Le dio un beso a su mujer y besó en la cara a Aurora antes de abrazar a su amigo. -Bueno, ya estamos todos, a ver si somos capaces de divertirnos en esta ciudad, comentó Luis-.
-Me doy una ducha y nos vamos-, contestó Ángel, así mientras dejáis las maletas.
En ese momento se percató que a Aurora empezaba a notársele levemente el embarazo. -Eh, si ya tienes barriguita, mami-, dijo mientras veía sonreír a los tres. Que pasa, que me he perdido, dijo Ángel con cara de no estar enterado de algo.
-Son dos,- le dijo casi al oído Miriam.
-¡Joder!- Exclamó con cara de susto, mientras miraba a la feliz pareja que no parecía inmutarse, ya se han echo a la idea, pensó para sus adentros.
-¡Felicidades!!- Exclamó de nuevo. -Esto hay que celebrarlo dos veces, por lo menos. ¿Quedamos en media hora en el Lobby del hotel?-
-Que pijo te ha quedado eso del Lobby-, contestó Aurora, con la sonrisa tonta que le producía saber lo que crecía dentro de ella.
-Vale, en la puerta-.
-Eso ya está mejor, anda, sube y dúchate que hueles a rata de biblioteca a un kilómetro, dijo Luis, ya me pondrás al día, siguió mientras guiñaba un ojo a su compinche-.
-Vamos allá-, contestó Ángel mientras enfilaba los ascensores.
Sabía que le costaría un triunfo convencer a su colega de que lo que hacía allí no era relacionado con los templarios en su origen o en su final, pero tenía que hacerlo.
En menos de media hora estaban todos en la puerta del hotel, con apariencia descansada y recién duchados. Era Febrero, pero el calor estaba siendo importante. Tan solo era necesario llevar una chaqueta fina a mano, por si refrescaba.
Fueron paseando los cuatro hasta el puente de Triana. Cruzaron viendo el reflejo de la ciudad en las aguas sucias de Guadalquivir, que a esa hora solo se veían negras. Aurora y Miriam iban unos pasos por detrás, comentando lo romántico de los candados que estaban colgando de los barrotes del puente. Luis se volvió al oír esos comentarios y les reprendió, eso es como hacer pintadas en los edificios históricos, no seáis cursis, argumentó mientras sonreía. Siguieron adelante hasta pasar el puente y buscar sitio en uno de los restaurantes de la margen trianera del río. Ángel llevaba todo el camino hablando de trivialidades, sobre lo bonita que estaba la ciudad, lo entretenido que estaba todo el tiempo o lo que le iba a cambiar la vida a Luis en unos meses, pero tenía claro de Luis intentaba sacar el tema en un momento propicio.
Al llegar a sentarse en la mesa del restaurante Luis, a quien parecía comer la incertidumbre cada vez con más ansiedad, preguntó a su colega,- Qué, tío, ¿No me piensas contar en que te están haciendo trabajar tus nuevos jefes?-
  Ángel sonrió socarrón, sintiendo la mirada de los otros tres. Miriam, que no conocía casi nada, se quedó mirándole como diciendo, a ver si ahora cuentas algo más de lo que me has contado a mi. En ese momento Ángel comprendió la situación, si decía poco más de lo que le había contado a Miriam, lo tendría que pagar muy caro en su relación de pareja. Si decía otra cosa diferente, también le ocasionaría problemas. Estaba en una encrucijada entre su vida personal y laboral. Levantó la vista del plato y vio a los tres aguardando una respuesta.
-Está bien, pero no puede salir de esta mesa-. La respuesta, en un tono que bajaba según avanzaba la frase, hizo que todos se acercaran en sus sillas para dar mayor intimidad a la conversación. Ángel pensó que de todo el mundo, seguramente este era el círculo de personas de las que podía fiarse más ciegamente. Aún así no les explicaría más que lo justo. -Estoy trabajando en la trascripción y autentificación de unos documentos de los últimos años de la “Orden” y de su final. Comprobó como la atención de su grupo era absoluta. Son documentos firmados por Jacques de Molay y por el Papa, pero algunos son verdaderos y otros no. Ese es mi trabajo. Espero que cuando terminemos dejen verlos a todo el mundo, sería interesante tener otras opiniones. Pero es una gente un poco reservada, ya veremos-.
-No pensarás que nos vamos a quedar con solo eso, ¿No?- Respondió de inmediato Luis.
-A mi no me ha contado mucho más, respondió Miriam, a ver si tú le sacas algo más-.
-No puedo contaros mucho más, a ti menos aún Luis. Tú no eres un profano en esto y si te digo tres cosas atarás cabos y eso sería peligroso. Si te garantizo que cuando termine, si ellos no lo publican, lo haremos tú y yo juntos-.
La cara de Luis se iluminó por unos segundos, pero rápidamente descubrió el truco, Ángel estaba dorándole la píldora para que se la tragara sin muchos reparos y con menos preguntas, pero se acaba de dar cuenta y pensaba seguirle el juego. Pero ir sacándole poco a poco la información, no se pensaba quedar con la incertidumbre.
La cena transcurrió por otros derroteros, estuvieron hablando del embarazo de Aurora, de la responsabilidad de la paternidad, de lo bien que se lo estaba pasando Miriam con lo poco que estaba trabajando. Pero Ángel estaba esperando en cualquier momento la andanada de preguntas de Luis. Este esperó hasta los chupitos, tras haberse bebido unas pocas cervezas y alguna botella de vino acompañadas de jamón y “pescaitos” varios. 
Era como si la mesa se hubiera partido a la mitad, las chicas hablaban de no se qué y Luis intentaba sonsacarle alguna información relevante que le diera pistas, pero Ángel aguantaba los envites de su colega sin ceder, contestando con la misma evasiva una y otra vez, -no puedo contar nada Luis, ¡no seas plasta coño!!-.
Pero Luis no era una persona que cediera con facilidad, por lo que tras la cena, cuando caminaban con el fresco de la noche camino de “La Anselma” para tomar una copa y escuchar un ratito de flamenco, volvió al ataque, -Venga tío cuéntame algo más que no voy a poder disfrutar del fin de semana con la comezón que me reconcome por dentro-.
-Que plasta eres Luis, que plasta, que no te puedo contar nada. No sería bueno para ti. Esta gente esta un poco tocada y son capaces de sabe Dios que burrada si se enteran que te he contado algo, pero, para que me dejes en paz, parece que podemos tener pistas sobre el paradero de parte de la herencia templaria. Pero ya no te cuento nada, y deja el tema de una puñetera vez, que quiero disfrutar del finde-.
-Está bien, está bien. Pero prométeme que cuando termines me contarás, y que si ves riesgo, desaparecéis, los dos-.
-No lo dudes, no pondré en riesgo ni mi vida ni por supuesto a Miriam-.
-Así lo espero, tío, así lo espero- respondió Luis dándole una palmada en el hombro.