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lunes, 3 de agosto de 2015

Capítulo XII: Bienvenido a la juerga.


Ángel acababa de salir de la ducha, con la toalla atada a la cintura. Miró por la ventana de la suite que sus nuevos jefes le habían cogido en el hotel. Siempre le había gustado este hotel cuando venía a Sevilla. Estaba lo suficientemente cerca de todo y lo suficientemente alejado de los turistas. Una de las cosas que más le atraían de este hotel era lo cerca que estaba del río, por lo que podía salir a correr tranquilamente por la mañana.
Miriam todavía estaba deshaciendo las maletas. Eran las tres de la tarde, acababan de llegar desde la estación de Santa Justa cargados con tres enormes maletones. Era finales de Enero y, a pesar que en Sevilla no hacía demasiado frío, necesitaban todo tipo de ropa para pasar una temporada en la capital hispalense.

Finalmente Miriam había podido venirse con él a Sevilla y eso le hacía sentirse bastante bien. Se sentía protegido por la presencia de su mujer. Miró a Miriam con ojos tiernos y esta le sonrió, pasando por encima de la cama y dándole un beso apasionado. Abrazada a su cuello le dijo mirando sus ojos marrones, -te haría el amor para darte la bienvenida, pero es que tengo mucha hambre. ¿Podemos ir a comer algo?-
-Dame dos minutos que me vista y nos vamos a comer algo al otro lado del puente de Triana-, dijo Ángel convencido del acierto de su elección.
Miriam hizo una mueca, como desaprobando la distancia a andar, pero Ángel siguió con su comentario,- no tardamos ni diez minutos en estar tomando una cerveza con pescadito frito y un poquito de jamón-.
-Vale, me has convencido-, sonrió Miriam mientras salía hacia el baño de la habitación con la bolsa de aseo en la mano.
Ángel pensó que nunca podría comprender como las mujeres eran capaces de organizar todo lo que tenía que ver con los viajes en tan poco tiempo y no olvidarse de nada.
A los diez minutos salían por la puerta del hotel con poco abrigo para disfrutar de un sol que calentaba de lo lindo. Agarró a Miriam por la cintura y le dijo al oído, -te quiero y estoy muy contento de que estés aquí conmigo, me hace muy feliz, espero que a ti también-.
Miriam le sonrió complice, ella también se sentía feliz de haber dado este paso. Sabía lo importante que sería para Ángel y eso le hacía sentirse mejor.
-¿A qué hora te vienen a recoger?- Pregunto Miriam.
-A las seis de la tarde. Como me temo que irá para largo, puedes ir a ver una película al cine que tenemos enfrente del hotel-, contestó él poniendo cara de "lo siento".
-O a dar una vuelta por el centro y chinchorrear por las tiendecitas-, dijo ella.
-También, exclamo Ángel, no es mala idea-.
 Pudieron comer tranquilos, bien. Sevilla a estas alturas del año no está abarrotada de turistas.
  No eran las seis de la tarde cuando Ángel, vestido con unos vaqueros y una sudadera de los Irish de Notre Dame, uno de los equipos de fútbol americano que siempre le habían entusiasmado, besó en la espalda desnuda de una dormida Miriam. Esta se acurrucó en la cama, abrazándose a la almohada.
-Me voy cielo-, susurró al oído de su mujer, esta afirmó sin ni tan siquiera abrir los ojos.
-Ten cuidado, cariño-.
-Lo prometo, te llamo cuando sepa a que hora termino y quedamos para cenar en la Hostería del Laurel-.
-Si-, volvió a asentir Miriam sin ni tan siquiera abrir los ojos.
Ángel bajó por la escalera para llegar al vestíbulo del hotel y vio un Audi negro con las lunas tintadas esperando en la puerta. Al llegar él al campo visual del coche se bajó un hombre vestido de inmaculado negro y con gafas de sol puestas a pesar que la luz ya empezaba a abandonar la ciudad. Junto al hombre que acababa de bajar apareció Francisco, uno de los hombres que había participado en su “proceso de selección”. Ángel sonrió al ver un rostro conocido. Al llegar a la altura del vehículo un tercer hombre salió de la parte delantera, tenía claro que era un guardaespaldas. Francisco se adelantó para saludarle con relativa efusividad.
-Hola Ángel, ¿está todo bien? ¿Hicisteis buen viaje? ¿Tu esposa está a gusto?-
Ángel se quedó un poco sorprendido, era como si aquel soldado del Temple, de pronto, hubiera recuperado su interés por el mundo. -Si, si a todo-, respondió saliendo de sus pensamientos. Vio una leve sonrisa en el hombre que se había bajado primero del coche. -Giovanni-, dijo el hombre extendiendo su mano derecha. Ángel apretó la mano comprobando la mirada que su interlocutor mostraba al retirar de su cara las gafas de sol.
-Tendremos hoy una reunión previa para mañana poder empezar a trabajar con la documentación que queremos que autentifique y compruebe-.
-De acuerdo-, afirmó con todo el cuerpo Ángel.
-Suba al coche, por favor. Es el sitio más discreto que podemos encontrar en esta ciudad-.
Al poco tiempo se encontró en el interior de aquel vehículo viendo pasar la ciudad, ni deprisa ni despacio por la ventanilla y esperando a que Giovanni rompiera el silencio con alguna cuestión.
-¿Qué sabe usted sobre la Orden Soberana y Militar del Templo de Jerusalén?- Disparó Giovanni sin ni tan siquiera mirar a Ángel a la cara.
-¿Esto es un examen?- Preguntó con cierta sorna Ángel.
-Por supuesto-, contestó Giovanni mirando ahora si a su compañero de asiento.
-Excelente, hace mucho que no hacía un examen. Bien, supuestamente son unos de los herederos templarios que basan sus derechos en una supuesta carta en la que Jacques de Molay, último gran maestre conocido de la orden templaria, le legaba a un tal Jean-Marc Larménius su control sobre la orden. Esta carta está fechada, según parece en 1324 y en realidad tomó conciencia de si misma la Orden en el año de nuestro señor de 1804, año en el que Bernard Fabré-Palaprat dio a conocer la orden renovada, seguramente auspiciada por el mismísimo Napoleón Bonaparte, en una ceremonia en la iglesia de San Pablo y San Antonio de París. Aunque en realidad, parece que más que una orden, habría creado casi una iglesia paralela que negaba la resurrección de Cristo y otras lindezas con algunos sacramentos. La excusa para justificar su línea sucesoria es que Jean-Marc Larménius recogió el testigo de Molay que fue pasando en la clandestinidad, tras haber condenado a los “expoliadores del legado templario”, de mano en mano hasta llegar a él. Casi como una logia masónica. En la actualidad, aparentemente, es una congregación de hombres y mujeres de firmes creencias religiosas, con cierto poder económico y con muchos contactos en muchos sitios-.
-Ahora dime que he aprobado y que el documento que tengo que autentificar es esa carta que no habéis dejado ver a casi nadie en todo este tiempo. Por favor, dímelo-.
-Ciertamente has aprobado con nota, pero lo siento, ese documento es auténtico y ni yo ni nadie de mi entorno tiene acceso a él-, contestó Giovanni mirando con una sonrisa bastante cínica a Ángel.
-Otra pregunta, si no te molesta-.
-Por favor-, contestó Ángel sonriendo a su “Jefe”.
-¿Sabes que es el Baphomet?-
-Esa es de primero de historia, por favor-. Ángel lamentaba lo sencilla de la pregunta, pero vio en su interlocutor que para él era importante la respuesta.
-Está bien, se trata de un elemento que los templarios utilizaban para el juramento de fidelidad de los que estaban en el capitulo del circulo de dirigentes de la orden. Al parecer, había réplicas en todas las encomiendas. Se trataba de una cabeza de hombre barbado. En algunas representaciones se veía como una cabeza con tres caras. Durante la sentencia a la orden se acusó a los templarios de idolatría por adorar esta cabeza. Algunos de ellos se defendieron diciendo que se trataba de una reliquia, una representación de la cabeza de San Juan Bautista. En algunos casos se ha pensado que podía ser la original esa cabeza, o lo que quede de ella.
Si entramos en la leyenda, se cree que hacía crecer la prosperidad a su alrededor y que, por supuesto, estaba cubierta de oro y piedras preciosas, pero solo es leyenda, no se ha podido demostrar nada-.
-Evidentemente hemos acudido a la persona correcta-, dijo Giovanni sin ocultar cierta admiración por los conocimientos de Ángel.
-Por supuesto Giovanni, por supuesto-, contestó Ángel.
-Bien, mañana por la mañana empezaremos con tu trabajo. Te explico. Tenemos un chalet en Dos Hermanas donde tienes todo lo necesario para empezar a trabajar. Vas a certificar que tres documentos son originales, tanto por las pruebas de carbono como por la escritura, sellos, etc. El primer documento es una de las cartas enviadas por el Papa Clemente V para que se intervinieran todos los bienes de los templarios el día 13 de Octubre de 1307, fecha, como bien sabes, de las primeras detenciones-.
-Los otros dos documentos-, e hizo una pausa para observar la atención casi infantil de Ángel, -son dos escritos con el sello de la Orden al parecer escritos en Francia 30 días antes, es decir el 13 de Septiembre, en las se daban instrucciones precisas de donde guardar dos cosas, en lenguaje templario, el Bafumet y la mesa del rey-.
La cara de Ángel era como la del niño que acaba de encontrar los regalos que los Reyes magos han dejado en el salón de su casa.
-Pero tiene riesgos la misión-, continuó Giovanni. -No somos los únicos que lo buscamos. Tenemos a unos duros competidores, herederos de una rancia tradición y de un apellido legendario Beaujeu-. Giovanni dejó el nombre en el aire esperando la reacción de Ángel.
Este tardó unos segundos en reaccionar, era como vivir un sueño. -Si-, comenzó a responder, -se dice que Jacques de Molay le eligió por ser sobrino de su antecesor en el puesto para que pudiera salvar lo máximo de la orden. Se supone que le cedió los conocimientos, la más preciada reliquia de la orden, el dedo índice de la mano derecha de San Juan Bautista y las claves para hacerse con el tesoro templario, escondidas en la tumba de su tío a la que tendría acceso tras pedir permiso al rey Felipe “el hermoso” de Francia para exhumar los restos de su tío y enterrarlos en el panteón familiar. Tras ello se reunió con otros ocho caballeros fieles que volvieron a propagar el mensaje a través de la arquitectura hasta fundar por el siglo XVIII las logias masónicas escocesas. Pero esto es aún más leyenda-.
  -Exacto-, afirmo Giovanni. -Estos han tenido los documentos durante muchos años, buscando extraños aliados, mafiosos, traficantes y constructores-, dijo Giovanni como metiendo a los últimos en el mismo saco despreciable que los dos anteriores.
Estaban regresando al hotel y apenas había pasado una hora desde su salida.
  Giovanni se dirigió ahora a Ángel con una mirada casi asesina, -No podemos tolerar filtraciones, tu pareja debe mantenerse al margen. Todos los días saldrás y cogerás el taxi que esté en medio de la parada, el segundo delante del hotel. El taxista sabrá a donde tiene que llevarte. No puedes comentar nada a nadie, solo di que está estudiando unos códices del siglo XIII, nada más. Mañana te esperamos anhelantes a las nueve de la mañana-.
Acababan de llegar a la puerta del hotel, casi sin darse cuenta, Ángel se bajó del coche y antes de cerrar la puerta preguntó, -¿Realmente sois de la Orden Soberana y Militar del Templo de Jerusalén?-
  -Hasta mañana Ángel, disfruta de la noche sevillana y de tú guapísima mujer-, contestó Giovanni cerrando la puerta.
  Ángel subió por las escaleras casi dando saltos. Al llegar a la puerta de la suite se serenó, no podía transmitirle a Miriam su exaltación. Era mejor que ella supiera lo justo, por su seguridad. Al fin y al cabo, ella empezaría a trabajar en unos días, eso le permitiría tenerla entretenida.



jueves, 23 de julio de 2015

Capítulo IX: Gaudeamus igitur



  Ángel salió por la boca del metro de Ciudad Universitaria. Eran las nueve menos cuarto de la mañana del lunes. Finalmente iba a ver a Luis ante la insistencia de este por presentarle el proyecto la noche del pasado viernes.
Hacía muchos años que no iba a la Universidad y quiso ir en Metro, cuando él estudiaba el Metro de Madrid no llegaba hasta allí. Se sorprendió a si mismo pensando esto y se sintió mayor entre todos los estudiantes somnolientos que se bajaban a su alrededor. Salió por la boca del metro y sintió un frío helador, ese frío que recordaba de su juventud, cuando llegaba en el autobús, antes de tener su primer coche, un Renault 4, con más años que kilómetros.
UCM
Enfiló la Avenida Complutense para llegar al final, pasar por delante de periodismo hasta llegar a la Facultad de Historia. Entró en la cafetería, tras haber atravesado el vestíbulo lleno de carteles con reivindicaciones políticas. Al llegar a la cafetería, localizó en una mesa al fondo a su amigo Luis, que estaba hablando con otros dos hombres bastante bien vestidos. Definitivamente no eran universitarios, no encajaban con aquel ambiente, desentonaban por adultos y por la seriedad con la que actuaban en todos sus movimientos.
Ángel se acercó lentamente a la mesa mientras se quitaba el abrigo y la bufanda.
-Buenos días, perdón por el retraso, pero es que no estoy acostumbrado a los tiempos del transporte público-, dijo esbozando una sonrisa casi infantil para buscar la aprobación de sus interlocutores.
-No te preocupes-, contestó Luis,- estábamos tomando un café mientras hacíamos tiempo. Te presento-, dijo Luis incorporándose y haciendo que sus acompañantes, al verlo, hicieran lo mismo.
-Francisco y Martín, este es Ángel, la persona de la que os estaba hablando-, dijo Luis mirando a su izquierda primero y a su derecha después.
Al estrechar las manos de ambos, Ángel vio que las manos de ambos eran grandes y fuertes, transmitían seguridad. También vio en la solapa de ambos un símbolo que le resultaba tremendamente familiar. Era una Tau, una especie de letra T mayúscula roja con un reborde dorado. Era un símbolo que los templarios utilizaban para determinar que la persona que lo portaba era de los iniciados en las ciencias ocultas que manejaban. Solo los altos cargos de la orden y sus arquitectos y científicos habían tenido el honor de portar aquel signo. Después se convertiría en un símbolo de otra orden militar.
 Esto podía tener dos lecturas, o estaba ante dos freekes o eran altos dignatarios de algún grupo de los que se consideraban “herederos de los templarios”. En cualquier caso, además de picarle la curiosidad, le podía resultar muy divertido ver hasta donde conocían aquellos dos tipos la simbología templaria.
Luis se dio cuenta de la sonrisita que su amigo esbozaba e intentó dirigir la conversación antes de que su antiguo compañero de carrera desplegara todo su conocimiento y su poco tacto para con los legos en esta materia.
-Estos señores, le dijo a Ángel, están interesados en contratar los servicios de alguien que conozca el Latín, el Francés antiguo y que además sea capaz de determinar la autenticidad de algunos documentos medievales. He pensado, como sabes, que esto encaja con tú perfil perfectamente. Pero mejor que te lo expliquen ellos-.
Francisco, que estaba a su izquierda se apoyó sobre la mesa para empezar a argumentar su proyecto. -Su antiguo compañero de carrera, el Catedrático Sánchez nos ha hablado muy bien de usted, a pesar de no haber publicado nada y de no dedicarse a esto profesionalmente-.
Las palabras cayeron sobre el espíritu de Ángel como un jarro de agua fría, eran ciertas, pero resultaban lesivas.
-Por otro lado, para nosotros es bueno que usted pueda pasar más desapercibido que otras opciones, es muy importante la discreción-,apostilló el otro.
-¿Por qué es importante?- Disparó Ángel que estaba deseando meter alguna pregunta desde hacía un buen rato.
-Digamos que la gente que nos sustenta-, dijo Martín enfatizando el término “sustenta”, -quiere tener poco o ningún ruido mediático-.
Ángel mostraba cierto temor a los que pensaban “sustentarle” y Francisco percibió ese miedo. -No tiene nada que temer. Se lo explicaré, dijo mientras se recostaba en la silla. Pertenecemos a un grupo de hombres de negocios de origen Maltés y Cretense que están intentando recuperar documentos esparcidos por toda Europa relacionados con las órdenes de San Juan y Templaria. Nuestra organización procura no tener repercusión mediática ni utilizar ningún tipo de violencia para conseguir su objetivo. Uno de nuestros más altos dignatarios es descendiente directo de Hugues de Payns, uno de los caballeros fundadores de la Orden Templaria, como seguro que conoce bien-. Francisco paró su discurso para comprobar la recepción de lo expuesto. -Nuestra idea es poder recuperar todos los documentos posibles con el fin de rellenar los huecos de leyenda que quedan en la historia de estas órdenes-.
Ángel tenía la impresión que estaban examinándolo continuamente, era como si le dieran la información y comprobaran en su cara si realmente conocía de lo que le estaban hablando. -Está bien, comentó Ángel a la vista de la tendencia del examen, se supone que Hugues de Payns solo tuvo un hijo varón Thibaud, que sería Abad en el monasterio de Saint-Colombe. No existe una prueba fidedigna de hijos, al menos reconocidos de este, por lo que ser descendiente de esta rama de la familia, resulta complejo y difícilmente demostrable, y tampoco se conoce con claridad que tuviera hermanos-.
La sonrisa de los “hermanos” le daba a entender, que lo que habían intentado, era comprobar los conocimientos que Ángel tenía sobre el tema que estaban tratando.
-Correcto-, contestó con una cómoda sonrisa Francisco. En realidad se supone que nuestro alto dignatario es descendiente de Archamband deSaint-Aigman. De este, como usted sabrá, es más complejo hacer el seguimiento. De hecho, no se conoce con exactitud la mayor parte de los datos de los fundadores de la orden-.
Ángel asintió dando fe de los datos que se le ofrecían. Pero había algo que no le quedaba claro en el mensaje corporal de aquel hombre. Su cara no decía lo mismo que su boca, y eso le preocupaba.
-Respecto a su contrato-, continuó Francisco dando por acabado el examen y por segura la incorporación al proyecto de Ángel,- se haría por seis meses, con un pago mensual de seis mil euros más todos los gastos que se originen. En el caso que necesite algún colaborador, este deberá ser aprobado por nuestra compañía. El centro de trabajo estará, de entrada, en Sevilla, pero podría tener que desplazarse a otros puntos de Europa. ¿Supondría esto algún problema?-
Ángel, maduró la respuesta. La oferta era tentadora.
-Joder, si no lo haces tu, me pido una excedencia-, interpeló Luis.
-No creo que exista ningún problema, pero me gustaría que mi pareja me pueda acompañar-, comentó Ángel.
-Tendremos que consultarlo, pero en cualquier caso, no podrá acompañarle en los posibles viajes que se originen durante su trabajo con nosotros-.
Se produjo un incomodo silencio durante unos segundos, Ángel meditó su respuesta. La oferta era especialmente tentadora. -Lo consultaré con mi pareja. Estoy seguro que podremos colaborar-.
Luis dejó escapar un suspiro de alivio mientras los dos “hermanos” se levantaban de la mesa. Francisco le extendió una tarjeta con una cruz griega roja en la esquina y que tenía solamente un número de teléfono móvil.
-Esperaremos su respuesta hasta esta noche a las diez, si no nos ha contestado, entenderemos que no le interesa nuestra oferta y buscaremos a otra persona. Si le interesa, le haremos llegar todo lo necesario par poder ponerse en marcha en no más de dos días-.
-Perfecto, Amen-. Contestó Ángel con firmeza.
La respuesta pareció caer como un jarro de agua fría en la mesa. Todos los que estaban allí conocían el significado de esa palabra en latín y el uso que de ella se hacía habitualmente para dar por cerrada una oración o por aceptada una orden, esto último durante el medioevo en diferentes órdenes religiosas.
  Al llegar a casa, Ángel pensó en llamar a Miriam al móvil, pero prefirió esperar para hablar con ella tranquilamente. Tras haberse despedido de los “hermanos”, había tomado un café con su amigo. Este le había insistido en que no dejara pasar la oportunidad que le estaban brindando. Se veía a Luis emocionado con la idea de que su amigo por fin hiciera algo que realmente le gustara. Aunque a Ángel le daba la impresión que casi hubiera preferido hacerlo él mismo.
  El camino de vuelta había sido tan frío como el de ida, pero con la cabeza en como planteárselo a Miriam. Era posible que ella pudiera pedir el traslado a las instalaciones que el canal de televisión en el que trabajaba tenía en la ciudad Hispalense.
Estaba seguro que en el fondo ella estaría encantada con la idea, siempre le había gustado Sevilla, su clima, la aparente falta de estrés de sus gentes. A él le sucedía algo similar, pero por otro lado, era un salto al vacío de seis meses, sin saber que pasaría después. De otra parte, no le pedían que se fuera a vivir allí, solo a trabajar y el trabajo parecía cuando menos apasionante. Se veía a si mismo de nuevo rodeado de libros, legajos y diccionarios.
Seguro que a Miriam también le atraía, pero tenía que preparar el terreno para comentarlo con ella.
  Otra de las cosas de las que se percató en ese momento fue que ni tan siquiera conocía el nombre del grupo para el que le estaban tratando de contratar.
Llamó a Luis con la esperanza de que le cogiera el teléfono.
-Dime chaval-, dijo Luis al coger el teléfono.
-Tío, no recuerdo el nombre que me han dicho esta gente del grupo para el que trabajan-.
-Seguro que no lo recuerdas, no te lo han dicho-, afirmó con seguridad Luis.
-¿Y se puede saber por qué?- Preguntó Ángel con cierta sorpresa.
-Supongo que porque no querían decírtelo, todavía. Te daré una pista, su nexo con el temple es Jean-Marc Larménius-.
-Joder, que son de la “Orden Soberana y Militar del Templo de Jerusalén-”. dijo mientras se le iluminaba la cara Ángel.
-Correcto señor, veo que no se te ha oxidado la memoria-.
-¿Crees que me dejarán ver la carta?-. Su voz sonaba como la de un niño escribiendo la carta a los Reyes Magos.
-Seguro que no-, contestó Luis. -A no ser que les proporciones un enorme resultado, en cuyo caso, lo intentaremos juntos-.
-Sería la leche ser los primeros no iniciados en poder autentificar ese documento, ¿no crees?- Ángel sonaba cada vez más entusiasmado.
-Sin lugar a dudas, pero no soñemos, por ahora. ¿Ya hablaste con Miriam de esto?- Pregunto Luis con cierta intriga.
-Todavía no, estoy en ello, estoy preparando el terreno-.
-Ya me contarás. Suerte amigo.- contestó Luis con cierta ironía.
-Gracias, me hará falta-.