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jueves, 22 de octubre de 2015

CAPITULO XXXII; Aclaremos la situación


 Ángel estaba despierto, otra vez, a las tantas de la madrugada. Abrió la puerta con mucho cuidado de no hacer ruido. Miriam dormía plácidamente sobre la cama, sin taparse más que la tripa. Volvió a salir hacia el despachito que tenía a pocos metros del dormitorio. La casa en la que estaban alojados era un viejo caserón portugués, cerca de Entrocamento Norte y a pocos kilómetros de Tomar, el pueblo objeto de sus investigaciones. La casa era propiedad, según le comentó Giovanni, de unos nuevos asociados en la operación. Al italiano no le había sentado nada bien que Miriam les acompañara. Pero no tenía marcha atrás. Ella ya había estado en Francia y en el rescate de San Sebastián. Ya sabía demasiado y, además, se le empezaba a notar el embarazo. Giovanni tragó con que ella formara parte de la expedición, a cambio que no estuviera pululando por toda la casa ni, por supuesto, por los escenarios que estaban investigando.

Ángel pensaba estudiar un rato más antes de acostarse. A la mañana siguiente, se reuniría con las personas que habían tenido los documentos examinados durante los últimos años, y no quería defraudarles. En el fondo una incertidumbre le corroía por dentro. Esa gente, por lo poco que él sabía, era de origen francés y de una familia poderosa de aquel país. Ángel no tenía mucha información, pero suponía que podría sonsacar algo de sus nombres, apellidos, apariencia, etc. Alguien que hubiera poseído esa documentación durante muchos años, tenía por fuerza que tener alguna conexión histórica con el origen de los documentos. Giovanni no quería darle más información, decía que por su propia seguridad. Pero él tenía la sensación que no se trataba más que de un truco del trilero italiano. Se trataba de un tipo frío y calculador que sabía como jugar con la información de modo que solo él conociera todos los parámetros. Ángel estaba seguro que el italiano había tenido formación militar, y desde luego, algo de formación mafiosa. Era un elemento al que resultaba imposible sacarle nada que él no quisiera darte. Te dejaba suponer todo lo que quisieras, pero solo te confirmaba lo que le daba la gana.
Es cierto, que cuando les recogieron en San Sebastián, tubo la impresión de que este tío tenía gente dispuesta a todo en todas partes. Las chicas con las que tubo contacto allí eran, seguro, gente armada y segura de cumplir las órdenes que les dieran. Por otro lado, desde que llegaron a Portugal, tenían continuamente al menos a cuatro o cinco personas de seguridad todo el día pegados a ellos.
En la visita del día anterior al hospital templario de Tomar y a la ciudad, estuvo vigilado en todo momento por dos hombres, al menos. Pero tenía la sensación de tener al italiano pegado al cogote todo el día. De hecho, cuando llegaron de vuelta, Giovanni le comentó que no era necesario que fuera él a una farmacia, que le pidieran lo que necesitasen a alguien de seguridad y se lo harían llegar. Le llamó la atención porque él había ido, no hacía más de media hora a una farmacia a por paracetamol para su dolor de cabeza por la falta de descanso. Cuando el italiano le hizo el comentario se quedo bloqueado. Como coño se ha enterado este tío de lo que acabo de hacer. Sintió que quería que supiera que le controlaba, y eso no le hizo ninguna gracia.
Se sentía muy cansado y la cabeza empezaba a fallarle. Estaba más pendiente de sus pensamientos que de los documentos que estaba leyendo sobre la encomienda de Tomar. Cerró el libro con un suspiro más de cansancio que de saturación, dejó las gafas encima del libro y frotándose los ojos, se fue a la habitación para acomodarse en la cama, como siempre abrazado a Miriam y sentirse, de nuevo, en casa, al abrigo de todos los problemas. Comprobó la hora que había puesto en el despertador, acarició la incipiente tripita de su mujer y se durmió.

Eran las nueve de la mañana cuando sonó el despertador. Ángel lo apagó sin ni tan siquiera haber abierto los ojos, de forma automática. Se volvió hacia Miriam, que estaba de cara a él, para darle un tierno beso en los labios sin que ella abriera los ojos. Miriam se estiró en la cama y con voz adormilada le preguntó, ¿Tienes que levantarte ya?
Sí, tengo una reunión en una hora y quiero estar espabilado. Ángel saltó prácticamente de la cama con rumbo al baño.
-Yo me voy a quedar un ratito en la cama, estoy muerta de sueño-.
Él se volvió hacia la cama para volver a besarla. En el fondo, no tenía ningún interés en separarse de ella en este momento, pero por otro lado, tenía la impresión de que su reunión de hoy podía ser crucial en la resolución por un lado, y un momento único en su vida por otro. Todo el tiempo que estuvo aseándose, no pudo quitarse de la cabeza las especulaciones sobre quienes serían sus interlocutores.
Tras coger un café y comiendo un “bolo” de arroz, se dirigió hacia la sala en la que trabajaba y donde mantendrían la reunión. Le sorprendió que Giovanni ya hubiera llegado. Miraba con aire distraído los libros y anotaciones que Ángel tenía esparcidas por la mesa. Con la boca casi llena de bollo, preguntó, -¿Has descubierto algo en este rato?-
El italiano se volvió un tanto sorprendido, no le había oído llegar. -No, yo dirijo, tú analizas. El latín no es mi fuerte, la historia, lo justito-.
Ángel asintió complacido. Apoyó la taza en uno de los pocos huecos que quedaban libres sobre la mesa. -Bueno tío, le espetó al italiano dándole un amable golpecito en el hombro, ¿Me vas a contar con quien voy a tener el gusto de reunirme?-
-No, pero te garantizo que no te va a dejar indiferente-.
-Al menos dime si es hombre o mujer y su nacionalidad-. preguntó Ángel tratando de atar algún cabo.
-Mujer y francesa, pero lleva viviendo mucho tiempo en España-.
Aha, contestó Ángel intentando que su respuesta animara a su interlocutor a seguir. Pero el italiano no era de los que caían en esos trucos. La situación provocó un incómodo silencio, al menos para Ángel.
-Pero no te preocupes, está viniendo para aquí en unos minutos-.
Ángel apuró el último trago de café y se puso las gafas abriendo un libro sobre las encomiendas templarias en Portugal. Giovanni se quedó pululando por su alrededor hasta que a los pocos minutos sonó la puerta al abrirse y entró Madelaine.
A ambos les sorprendió la frescura y juventud que aquella mujer transmitía, a pesar de no ser ninguna niña.
Giovanni salió a su encuentro dándole la mano. Madelaine vestía un vaquero muy ajustado con una camisa azul translucido que dejaba entre ver el encaje de su ropa interior, de forma totalmente deliberada.
-Ángel, te presento a Madelaine Beaujeu-, dijo el italiano sonriendo a la mujer que acababa de entrar iluminando la estancia.
-Enchante madame-, dijo Ángel besando la mano derecha que le extendía la señora en un gesto intermedio entre la forma de darla de los hombres y la feminidad de esperar un gesto cercano al beso en la mano. Madelaine agradeció el gesto con una agradable sonrisa y se sintió un tanto turbada por la tranquilidad con la que lo había ejecutado, en estos tiempos de tan poca educación, aquel joven. Unos pasos más atrás venía Rocío, radiante, con los ojos brillantes como luceros. Llevaba también ropa vaquera y cómoda, pero su rostro reflejaba una felicidad que no pasaba desapercibida a ninguno de los asistentes.
Giovanni, la presentó a los otros dos, que la besaron en la cara con la frialdad de la persona recién conocida. Madelaine la examinó de arriba a abajo en un rápido vistazo que la sevillana devolvió con el mismo gesto. La francesa pensó en la frescura de la juventud de la chica, y la sevillana en la elegancia y belleza de aquella mujer.
-Bien-, dijo Giovanni, -estamos todos los que tenemos implicación en las decisiones que aquí se van a tomar. Ángel es nuestro especialista en historia de la orden, Rocío una inestimable colaboradora que nos ha llevado hasta la documentación que has examinado-, dijo mirando hacia Ángel, que asentía mientras miraba al resto del grupo.- Madelaine ha sido la última custodia de la documentación que estudiaste. Al principio no estuvo de nuestra parte, pero esta casa es suya y, evidentemente, estamos ahora si, todos en el mismo barco-, dijo buscando la confirmación gestual de la mujer que asintió sonriendo con complacencia.
Ángel, no pudo dejar pasar el momento de preguntar. -¿Es usted heredera directa de los Beaujeu que reclaman para sí la herencia real del Temple?-
Madelaine se quedó un tanto sorprendida por lo directo de la pregunta. Los demás esperaban la respuesta con cierta preocupación por como le podía sentar la pregunta.- Si-, contesto, -soy de esa familia que tiene el derecho a la herencia de “la orden”-, contestó con cierta dureza.
Ángel, percibiendo la frialdad de la respuesta, replicó,- ahora estoy aún más encantado de conocerla señora. He sido uno de los mayores estudiosos sobre su familia y sobre su búsqueda. Conserva usted la belleza de varios de sus antepasados, de los que he podido ver retratos-.
Madelaine se relajó ante el aprecio demostrado por el joven, que debía ser, más o menos de la edad de su hijo.
-Ángel-, interrumpió Giovanni,- Rocío es la especialista que siguió la pista Navarra-.
Ángel sonrió,- bueno Rocío, la familia de esta mujer y, sobre todo, los que les legaron los papeles, se encargaron de embarullar esto para que no lo encontremos con facilidad-.
-Si, desde luego-, contestó la sevillana.
-Bien señora, señorita y caballero, cojan un café y pongamos en común lo que sabemos. El objetivo de esta reunión es asignar los diferentes trabajos de seguimiento de las pistas en base a los conocimientos de todos nosotros y, por otro lado, garantizar la seguridad de la operación y de todos nosotros. En esta parte soy yo el que más información tiene, y por ello vamos a comenzar. Sabemos que algunos miembros del Priorato de Sión están tratando de seguir nuestra pista para intentar que, o bien no lleguemos a descubrir lo que buscamos, o bien poder arrebatárnoslo al encontrarlo. El motivo no lo tengo especialmente claro, Madelaine seguro que nos puede aclarar mucho. Por otro lado, el grupo al que yo pertenezco, quiere hacer una explotación mediática de lo que encontremos. Estamos todos de acuerdo que eso lo evitaremos cuando tengamos algo. Ninguno de los aquí presentes quiere hurtarle a los estudiosos, dijo mirando hacia Ángel, ni a los creyentes, mirando hacia Madelaine, la información. Por otro lado, lo lógico es que la familia de Madelaine, es decir ella misma y su hijo, si ella así lo considera, tengan el privilegio de hacer público el hallazgo sin desligarlo del enorme trabajo de los demás-.
Giovanni paró unos segundos para comprobar que todos comprendían el planteamiento.
-Por otro lado-, prosiguió en su exposición,- tenemos un grupo nada claro y del que poco sabemos. Estaban asociados con Ricardo Carpintero, la ex pareja de Madelaine. Este elemento esta ya fuera de juego y cortadas todas sus conexiones, pero no sabemos hasta que punto pueden tener acceso a alguna información. ¿Es posible que tengas alguna información relevante sobre ellos Madelaine?-
La pregunta le llegó sorbiendo un pequeño trago de café. A Madelaine siempre le había encantado el café de los portugueses. Dejó la taza sobre una mesita auxiliar y, madurando la respuesta, mirando hacia un punto indeterminado, contestó.- No creo que tengan acceso a nada. En realidad si no hubiera sido por las filtraciones de mi hijo, nunca se hubieran acercado. Sin Ricardo, que era el que conocía algo más de la historia de la familia, creo que no tendrán nada que hacer. Mientras tengamos a mi hijo a buen recaudo, no tienen por donde agarrar la investigación. Por otra parte, son una parada de cabestros rumanos y servios, músculo descerebrado con dinero del tráfico de drogas-.
-Bien-, asintió Giovanni, -tendremos cuidado con la seguridad de tu hijo. Respecto al priorato...-dejó la frase inconclusa en el aire.
-El priorato es posible que, o este buscando lo mismo que nosotros, o esta tratando de evitar que lo encontremos. En el fondo, somos dos caras de la misma moneda. Lo que no creo que ellos quieran hacer es sacar lo que sea a la luz. El ocultismo practicado durante todos estos siglos, no es fácil que cambie de la noche a la mañana. Yo creo que son realmente peligrosos. También opino que no deberíamos descuidar la seguridad de todos los equipos-. Madelaine conocía muy bien a ese enemigo.
Todos escuchaban con atención. -Creo que es el momento de valorar la seguridad-, replicó Giovanni.- Contamos con al menos 40 personas entre hombres y mujeres para la seguridad de esta vivienda, el piso franco de Sevilla y las posibles misiones que saquemos de estos entornos. De ellos doce son tuyos, espero que de tu total confianza. También espero que ninguno sea “amigo” de tu hijo-.
-No, que yo sepa. Tan solo me produce cierta duda un tal Víctor Andrade. Está aquí, en Tomar. Es un portugués pequeñito y amanerado. Creo que ha tenido relaciones con mi hijo en algún momento, pero también creo que puede serme fiel a mí. Sería bueno practicar algo de contra vigilancia con él-, replicó Madelaine.
Tanto Rocío como Ángel asistían algo atónitos al cruce de palabras sobre seguridad. Giovanni se percató del resquemor que estaban creando en los otros dos. -Bien, si os parece me encargo de él y trato de que vigilen a los socios de Marbella de tu hijo, por si vemos movimientos-.
-Otro tema, solo podemos salir escoltados por, al menos dos miembros de seguridad, no quiero sustos. Si tenemos que desplazar un equipo a otra ciudad, lo estudiamos y preparamos. Nada de Indianas Jones. ¿Queda claro?- Dijo mirando a Ángel.
Este asintió. -Bien, ¿ya habéis terminado con la seguridad? ¿Podemos hablar del asunto que nos ocupa?-
Todos asintieron.
-Las pistas localizadas en Bayona no nos dirigen a Portugal, nos dirigen a Ponferrada. Uno de los escudos encontrados en el cementerio medieval que allí existió, y que ahora esta expuesto abiertamente en las paredes del claustro, se repite en un descendente en un escudo de los que existen en el castillo de Ponferrada. Nuestro problema sería fechar ese escudo y saber si, cuando los templarios de ese castillo pasaron a otras órdenes al ser considerados inocentes por el Rey Fernando IV, se llevaron consigo las pistas que estamos buscando-.
Madelaine contestó prácticamente al hilo de la última palabra de Ángel. -En realidad lo que estas buscando son las respuestas a varios enigmas que nos encontraremos en el tramo final de la búsqueda. Tanto tu como Rocío, buscáis información para solucionar enigmas, lo malo es que no sabemos cual será el enigma.
-La ubicación de lo que sea que estamos buscando, a día de hoy sería aquí, pero....- Madelaine dejó la respuesta abierta-
El final de la frase quedó en el aire, como esperando que alguno de los cuatro resolviera el enigma. El silencio se prolongó por unos segundos hasta que Rocío lo resolvió, -es decir, que estamos buscando respuestas que nos pueden surgir en el futuro, pero si esta búsqueda no da frutos, de nada servirá que sepamos las respuestas posteriores, ¿No es así?-
Madelaine asintió con una mueca de cansancio, cansancio de esta búsqueda que llevaba consumida toda su vida.
-Creo entonces-, interrumpió Ángel, -que deberíamos centrarnos tan solo en la línea principal de la investigación hasta desatascarla. Después podremos volver a dispersarnos por Europa en busca de las pistas que nos aporten respuestas-.
-Pensamos que no es tan sencillo-, contestó Giovanni mirando a Madelaine que le daba la razón asintiendo. -Algunos de los lugares en los que pueden estar esas pistas están vigilados, como fue el caso de Navarra con Rocío. Algunos de nuestros contrarios no quiere que descubramos lo que ellos ya deben conocer. También ocurrió con vosotros en Francia. Os siguieron, seguramente con el fin de saber que es lo que conocíais antes de tomar ninguna determinación-.
-Por ello es importante que sigáis con las diversas líneas. Llegará un momento, que espero no sea muy lejano en el que las diversas líneas lleguen a un mismo punto, entonces sabremos que estamos en el final-, continuó Madelaine.
-Bien, mi camino me lleva, si no nos hemos equivocado al valorar los datos encontrados en Navarra y Guipúzcoa, hacia Cataluña. De todos modos me gustaría cotejarlos con vosotros que sois los especialistas-, dijo Rocío buscando la complicidad de Ángel en la revisión del material fotográfico que había traído de su periplo por el Norte.
-Tened en cuenta que la presencia de la orden en Cataluña es muy extensa, y la imaginación de la gente para vender el sello de templario, lo es aún más-, contestó Ángel. -Es posible que esa sea una pista muy compleja. Pero ahora lo revisamos y comprobamos todo. De todos modos, sería bueno que sepamos en que punto nos encontramos de la vía principal. Creo que en eso Madelaine nos puede ilustrar, dijo esperando respuesta de la francesa-.
Madelaine esperó unos segundos a ver que Giovanni asentía antes de dar rienda suelta a sus conocimientos.
-El estado actual es que cerca del Hospital templario de Tomar, aquí al lado, existió una encomienda templaria, una de las últimas en pasar a otras ordenes tras el expolio papal. Hacia ella nos han conducido diversos documentos que no habéis visto, y que seguramente, hasta que esto termine, no veréis. Se trata de páginas de algunos códices que, leídas con una clave, nos indican hacia donde dirigirnos. No todos los códices tienen la misma clave, no todos los códices son contemporáneos con la desaparición de la orden, de hecho, la mayoría son posteriores. Algunos de lo monjes que los escribieron eran iniciados y otros solo cumplían ordenes. Todos ellos tienen algo en común, en la página en la que empieza nuestro mensaje, la letra capital siempre está adornada con un Pantocrátor policromo y la letra es plateada, a pesar de que la mayor parte del libro las letras capitales sean doradas. En cada mensaje nos dice cual es el siguiente a consultar, cual es la clave del siguiente y finaliza con una frase adoptada por los marines americanos pero que proviene de los pretorianos de Roma-.
-Semper Fildelis-, contestó Ángel. -Con lo que volvemos todos a la biblioteca. Pero hay algo que no me cuadra. Tú hablas de códices y sin embargo estamos excavando en las afueras de un pueblo. Los códices están en iglesias, catedrales y bibliotecas, no enterrados-.
-Es más-, interrumpió Rocío,- si estuviera enterrado, a no ser que tenga un sarcófago muy estanco y muy seco, es posible que no encontremos nada-.
-Ese es el indicio que nos ha puesto alerta, hasta ahora siempre nos dirigía a otro libro. Desde hace cuarenta años he seguido esta búsqueda que ya inició mi tatarabuelo y siempre eran libros. Algunos muy complicados de hallar, en colecciones privadas. Alguno nos llevó más de tres años encontrarlo. Pero en esta ocasión, por primera vez, daba un lugar y no el libro a buscar. Antes que me lo preguntes Ángel, el último libro fue un códice del Beato de Liébana que se encuentra en la catedral del Burgo de Osma-.
-Gracias-, contestó con cierta vergüenza Ángel.
-Por ello tenemos a varios arqueólogos trabajando en esta excavación. Es lo malo que tiene vuestra profesión, que lo hacéis por gusto, no por dinero-, dijo mirando a Ángel que asintió con una mueca de tristeza por la realidad que le acababan de pintar.
-Bien, ahora que tenemos la información necesaria para coordinarnos, podemos seguir?- Preguntó Giovanni mientras se levantaba dirigiéndose a una mesa llena de papeles para valorar las siguientes líneas de trabajo.






lunes, 21 de septiembre de 2015

CAPITULO XXVI: Todo comenzó en Triana.



Ricardo acababa de llegar al lado sevillano del puente de Triana, faltaban cinco minutos para la hora fijada. Se sentía sudoroso, nervioso. En la bolsa que llevaba en la mano llevaba un millón de euros y de ellos al menos dos cientos mil eran falsos. Tenía claro que no les iba a dar a esos hijos de perra un duro más. Seguro que eran unos muertos de hambre que se conformarían con esto y le darían a Jacques y a Madelaine. Por un momento pensó que ella le estaría agradecida. Eso era bueno. Estaría más dispuesta a colaborar con él para encontrar los objetos que buscaban. Incluso es posible que se la pudiera tirar, para celebrarlo. Madelaine es mayor, como él, pero sigue estando muy buena.
Solo le había acompañado un chofer polaco que llevaba un arma y que le acompañaba a todos lados, pero se había quedado a unos doscientos metros, observando, por si Ricardo le hacía una señal.
Empezó a cruzar el puente que estaba en obras, parecía que estaban haciendo un carril bici. Por un momento pensó en lo gilipollas que tienen que ser los que van en bici en una ciudad en la que el ochenta por ciento del año hace un calor de la leche. Pasó la mitad del puente. Su paso parecía ralentizarse, como si temiera algo en su fuero interno, sabía que no debía mirar hacia atrás, pero esperaba que el polaco estuviera pendiente, como no fuera así, se iba a cagar cuando volviera.
Dio unos pasos más y sintió vibrar el teléfono en su bolsillo. Lo cogió con un “si” lacónico, como si no supiera de sobra quien le estaba llamando.
-Llega al final del puente y acércate a un mercedes negro con los cristales tintados que esta aparcado el primero nada más bajar las escaleras del otro lado del puente-.

Giovanni lo observaba todo desde la casa de la esquina. Sus hombres ya se habían encargado de quitar de en medio al polaco, que iba camino de la comisaría más cercana, al menos eso pensaba él, al detenerle por llevar un arma de fuego, una nueve milímetros parabelum, sin licencia. El coche estaba preparado, el mendigo que estaba sentado en el final de la escalera, como si estuviera durmiendo la mona, era uno de los suyos que estaba allí para empujar a Ricardo dentro del coche, si se resistía, aunque lo dudaba.
Llegó el momento. Ricardo bajó la escalera, vio a un mendigo de mierda tirado en el suelo, al final de la escalera, ese seguro que no era el enlace. Por un segundo dudó en seguir. De la ventanilla trasera del coche vio salir un brazo de mujer que le hace un gesto para que se acercase. Se aceleró. Le han mandado a una tía para recogerlo, estos son unos pardillos seguro, piensa. Cuando se acercó al coche sintió un arma blanca en su costado derecho. La mujer que estaba en el coche, una guapa morena de ojos negros, piensa él, le apuntaba con un arma y le dijo con una voz bastante fuerte, -pasa, dale la bolsa al que tienes detrás y no hagas gilipolleces que te termino aquí mismo-.
Ricardo se quedó un poco sorprendido, busca con la mirada en el largo puente al polaco. Esto no era lo previsto por él. La morena sonriendo le dijo,- de tu sicario ya nos hemos encargado-.
El coche arrancó picando ruedas mientras a él le ponían una capucha negra, su corazón latía a mil por hora. Sintió la mano de la morena en le cuello, como acariciando la nuca. -No te mueras de un infarto, cabrón, que te necesitamos vivo un ratito-.
Giovanni recogió sus cosas, todo había salido bien. En unos segundos estará abajo donde le recogerá su coche que sale como alma que lleva el diablo tras la estela del mercedes negro. En el interior, Tatiana vestida con un sugerente vestido de flores verdes y unos zapatos a juego, sonríe. Ve que el final de la relación con Ricardo está cerca. Giovanni devolvió la sonrisa mientras le daba la bolsa. -Tu dinero. Iros lejos, que nunca os puedan relacionar con esto-.
-Sabes que no ha puesto los dos millones, solo ochocientos mil y doscientos mil más falsos-, le dice Tatiana observando la reacción del italiano.
Giovanni abrió los ojos con expresión de sorpresa.- Este sátrapa es rata hasta para salvar a su hijo-.
En el fondo nunca pensó que fuera algo organizado, solo avisó a uno de sus socios en Rumanía, este le contó lo que debía hacer y Ricardo tomó las decisiones que se le pusieron en las narices-, dice ella.
-Como siempre. Gracias por la información. Para-, dijo el italiano al conductor. -Ahora bájate y disfruta, te lo has ganado con creces-.
Tatiana sonrió con desdén. Desde luego que se lo ha ganado, pero también sabe que no puede volver a su país, eso le hace sentirse un poco extraña. Ha sacado unos billetes para Méjico, se va a la Rivera Maya. Allí tiene amigos y dinero para vivir sin trabajar un tiempo, o para montar un negocio, ya se verá. Besa en la cara con cariño a Giovanni. -Gracias-.
-A ti-, se despide el italiano.
Tras dejarla, el coche sale como un tiro hacia su destino, la finca.
El primer coche acababa de llegar, todavía sin haber bajado a Ricardo del interior cuando el segundo entró por la verja, casi volando por encima del breve camino de tierra. El italiano se bajó casi en marcha del coche, con la presteza del guarda espaldas que lo hace con asiduidad, indicando con la mano que no lo sacasen aún. Giovanni no quiere que le oiga hablar, por si acaso.
Cuando se acercó al coche cerró la puerta preguntándole en voz baja, casi susurrando al oído de su compañera, -Está nervioso, ¿Ha dicho algo?-
Ella asintió, -está muy nervioso, por un momento he creído que le iba a dar un infarto. Hasta creo que ha llorado, el muy cabrón-.
-Bien, eso es bueno, llevarlo a los establos, atarlo a una columna y quitarle la capucha solo cuando este todo preparado. Acordaros, todos con monos de campesino y que solo hablen los dos que le van a interrogar-.
Se volvió hacia la puerta de la casa, en la que dos miembros de su equipo esperaban, vestidos con mono de trabajo grasiento como si fueran mecánicos de un taller, las órdenes precisas.
-Ya sabéis lo que tenemos que hacer, sacar toda la información posible y luego, eliminarlo. Necesito conocer que sabe de la búsqueda, si tiene gente trabajando en algún frente, si sus socios saben algo. No escatiméis sufrimientos, no va a salir de aquí y-, duda por un segundo tras confirmar la sentencia de muerte del valenciano, -me parece que debe pasarlo mal hasta para morirse, que ha hecho mucho daño toda su puta vida-.
Sus compañeros asintieron, efectivos, diligentes. Sabían lo que tienen que hacer y estaban seguros que no les va a causar problemas. Se dirigieron al coche y cogieron a Ricardo por los brazos. Lo llevaron casi arrastrando, a empujones, con la cabeza tapada y las manos sujetas por un precinto. Sólo se escuchaban los sollozos del valenciano, vacío ya de la arrogancia con la que solía tratar a todo el que le rodeaba. Cuando llegaron a la parte trasera de la casa,  le obligaron a ponerse de rodillas y tras atarlo le quitaron la capucha. Tenía los ojos enrojecidos del llanto, parecía un pobre desvalido, pensó uno de sus castigadores.
-No me matéis, os puedo conseguir lo que queráis, todo el dinero que queráis-, dijo nervioso, como si supiera cual sería el final.
-Ya no eres tan gallo, sonó la voz de Madelaine tras él-. Ricardo giró la cabeza, buscando la imagen de la mujer de la que reconocía la voz.
-¡Estas viva!- Exclamó no sin sorpresa.
-Muy a tu pesar cabrón-.
-Pero, no lo entiendo, os he estado buscando. ¿El niño está bien?-, dijo Ricardo intentando reponer la compostura.
-Si, no te preocupes por él-. Madelaine giraba a su alrededor. Estaba tranquila. Olía a limpio, no como él que apestaba a miedo y sudor, pensó Ricardo.
-A que esperas, suéltame, joder-. Casi gritó. Como si fuera una orden. Madelaine sintió de nuevo la mala educación de Ricardo a su alrededor. Le dio asco, sintió que no sabía como podía haber tenido relación con tamaño elemento. Levantó los ojos buscando tras la cabeza del padre de su hijo. Allí la esperaba la mirada cálida de Nuno, cariñosa, apacible, pero sedienta de venganza. El portugués nunca había tragado a Ricardo, y ahora, podría saborear el frío placer de castigar a aquel personaje.
Nuno había trabajado con ellos desde hacía muchos años. Estaba enamorado locamente de Madelaine, con quien mantenía una relación extraña. Era su hombre de confianza, su guarda espaldas más próximo y su amante ocasional. A pesar de ser bastante más joven que ella, no tenía ojos para ninguna otra mujer, y ella lo sabía y se aprovechaba de ello. Pero con Ricardo la relación no había sido buena nunca. Le había visto arruinar la vida de mucha gente cerrando empresas por no invertir cuatro perras en ello. Le había visto dejar morir negocios que podían ser viables, dejando pueblos que habían puesto todas sus esperanzas laborales en el proyecto que Ricardo hundía, que le habían dado fondos públicos para construir esperanzas de trabajo y él se lo gastaba en coches deportivos y en putas, mientras los proyectos languidecían por falta de financiación. Le había visto ordenar como si fuera un emperador a la gente que trabajaba con él. Era un déspota, pero hoy conocería el sufrimiento, y él, Nuno, disfrutaría de devolverle a ostias todo el odio que había recibido, toda la falta de respeto y de educación, todas las vejaciones que le había visto cometer. Y encima por orden de Madelaine. Nuno se sentía como si le hubiera tocado la lotería. ¡Que momentazo! Pensó mientras le soltaba un manotazo en la cara que le hacía escupir sangre.
-Bueno “Ricardo”-, preguntó con bastante sorna. -Me vas a contar quien sabe que venías a pagar un rescate, ¿verdad?- Preguntó soltándole otro bofetón que hizo abrirse una brecha en la cara de Ricardo.







jueves, 17 de septiembre de 2015

Capítulo XXV: Sólo busco tranquilidad.



  Colgó el teléfono y cruzó los brazos mientras intentaba regular su pulso. Las noticias y órdenes recibidas eran interesantes y duras. Rocío no había encontrado nada reseñable, pero su séquito de guardaespaldas habían interceptado a un sicario al que estaban “haciendo hablar” unos especialistas traídos de Turquía por sus jefes, que le habían ordenado no meterse en medio, no parecía que les hubiera hecho mucha gracia la expulsión del croata, pero tampoco le habían recriminado por ello. Ángel parecía haber encontrado algo interesante, pero todavía estaba de vuelta y antes de poder hablar con él cara a cara habría que comprobar que no le seguían de ningún modo.
Lo inquietante era la orden para el día de hoy, quitar de en medio a Ricardo Carpintero, sin más. No querían que pudiera organizar nada con sus socios de Marbella. Giovanni sabía que alguno de esos socios le pasaba información a la estructura para la que trabajaba él, pero desconocía hasta que punto estaban conectadas ambas líneas. Por un momento pensó que, en el fondo, no tenía muy claro quien estaba detrás de todas estas órdenes, de esa libertad para dar dinero, torturar o matar. Muchas veces no tenía claro si estaba haciendo lo correcto, no según sus jefes. Lo correcto para la mayor gloria de Dios, o para el mejor conocimiento de algunos miembros antiguos de la iglesia.
 En el fondo deseaba que todo esto terminara y retirarse a su casa de Cerdeña con Rocío, si ella quería, a vivir plácidamente, disfrutar viajando y quien sabe, a lo mejor crear una familia con un par de hijos. Pero eliminar gente no le gustaba. Se aflojó un poco el nudo de su corbata negra, como siempre, y cogió un cigarrillo de la mesa que tenía delante. No era suyo el tabaco, pero no lo era nunca, era una forma de decirse a si mismo que lo estaba dejando. Encendió el cigarrillo y tuvo un extraño Dejà vu, esto le estaba pasando con excesiva frecuencia en los últimos meses. El sol estaba saliendo por el final del campo visual que tenía, él todavía no se había acostado, su jefe directo estaba en Estados Unidos en viaje de negocios y le había llamado a las doce de la noche hora española, por lo que se había pasado todas estas horas haciendo gestiones y preparando cosas. Rocío llegaría en unas horas, pensó mientras pasaba la mano por su cara percibiendo la barba que ya teñía su mentón de negro.
Todo estaba listo para darle una bienvenida gloriosa a Ricardo en la finca tras cogerle en Triana, el dispositivo era de casi veinte personas. No se lo podían cargar en medio de la ciudad, pero esa noche, el Carpintero dormiría con Satanás, seguro.
A Madelaine no le diría nada hasta estar acabado. Otra cosa que tenía que resolver es a Jacques. No podía soltarle, al menos en unas semanas, pero le resultaba incómodo tenerle retenido, la madre estaba colaborando, de echo podría decir que estaba dirigiendo de nuevo la búsqueda. Pero Madelaine era una mujer que siempre había tenido claro el objetivo. A pesar de ello Giovanni no la dejaba sola ni a sol ni a sombra, nunca se sabe cuando una mujer puede utilizar el rencor acumulado contra los que la torturaron. Pero el niño suelto podía ser un estorbo. Tampoco podía quitarlo de en medio como al padre, eso podía provocar mal estar en Madelaine y no era lo mejor en este momento.
Apagó el cigarro y se quitó la ropa. Puso el despertador del móvil dos horas después. Eso era todo lo que podía dormir. Después comenzaría el baile.
Comprobó que su arma estaba bajo la cama, al alcance de la mano, la puerta cerrada y bajó la persiana. En este momento siempre extrañaba no tener a Rocío para abrazarse a ella. Nunca se había sentido tan bien con ninguna mujer con la que hubiera mantenido una relación, pero Rocío era distinta. Tenía que hacer un esfuerzo y hacerle sentir a ella todo lo que la quería, todo lo que sentía por ella. Para ser italiano, no se le daba muy bien eso de hacer sentirse querida a la mujer.

Pero ahora solo podía pensar en descansar, descansar, aunque fueran dos horas.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Capítulo XXII: Una llamada inesperada


  Nuno acababa de despertarse en la habitación del viejo caserón que su jefa tenía cerca de Entroncamento Norte, próximo al centro comercial, con una salida fácil a la autopista. Siempre que se despertaba en esta casa se sentía como si volviera a su pasado. El no era de esta región, era de Alentejo, al sur de Portugal, pero la casa se parecía a las de todos los terratenientes portugueses que conocía. Una de las razones por las que le gustaba trabajar en España y con franceses era porque se encontraba mejor en sociedades menos clasistas que la portuguesa. Pero en el fondo, se sentía orgulloso de sus raíces. 

Se restregó los ojos, como queriendo recuperar las ideas en un disco duro que se resistía a arrancar, a pesar de estar recibiendo la luz de la mañana en los ojos a través de una rendija del cortinaje, espeso y recargado como corresponde a un caserón de tan rancio abolengo. Se levantó de una forma un tanto pesada y llegó hasta el baño, especialmente moderno y equipado, como le gustaba a la jefa. Puso en marcha el grifo dejando que se llenara la bañera y volvió a la habitación para encender el teléfono móvil y comprobar, mientras prendía un cigarrillo pensando que tenía que dejar de fumar de una vez por todas, que tenía varias llamadas perdidas, un par de su equipo de Tomar, una de Ricardo y otra de un número que no conocía, de Sevilla.
Decidió empezar por lo más próximo y llamar a sus compañeros portugueses.
-Bon día Joao, ¿me has llamado?- Preguntó de forma retórica en portugués, conociendo la respuesta.
-Bon día Marqués-, le contestó su compañero,- ya era hora de levantarse. Sí te llamé para comentarte que estamos atascados. Hemos revisado todo el castillo buscando las señales que comentó la señora y no damos con ello. Creo que necesitamos a un especialista para poder seguir con esto. Si no es posible, tendremos que suspender la búsqueda. Alguno de los arqueólogos que están trabajando en la restauración del castillo empiezan a hacer preguntas-.
-De acuerdo, entiendo-, contestó lacónico Nuno mientras cerraba el grifo del baño. -Hablaré con alguien a ver si consigo respuestas, te llamo luego-.
Apagó el cigarrillo en el lavabo y se introdujo en el agua caliente, disfrutó de ello unos segundos y volvió a coger el móvil. Tenía dos opciones y, como siempre, dejó al estúpido de Ricardo para el final. Llamó al teléfono de Sevilla que no conocía, tras sonar cinco veces, cuando ya pensaba en colgar, le cogió el teléfono una mujer con marcado acento alemán, pero que le contestó en un español perfectamente entendible.
-Hola, tengo una llamada perdida de ustedes, de esta mañana-.
-Un momento por favor, le paso con la persona que le ha llamado-.
Era evidente que no se trataba de un error, por lo que se incorporó en el baño, como activado por el resorte de la adrenalina. Pasados unos dos minutos, escuchó una voz conocida, pero que sonaba con un profundo pesar.
  -Hola Nuno, te va a hablar un hombre que te dará las instrucciones necesarias para poder mantener una reunión en la que quiero que estés. Por supuesto, no informes a Ricardo ni a nadie de Francia ni de Portugal. Ven tú solo para que podamos resolver esto-.
Era la voz de la señora, se le encogió el alma, le recorrió un escalofrío por la espalda.
-¿Esta usted bien señora?- Preguntó con inquietud.
-Sí Nuno, estamos bien, no te preocupes, pero atiende bien a este hombre, necesito que no falle nada-.
-De acuerdo señora, así se hará-.
Madelaine pasó el teléfono a Giovanni quien se apartó de los oídos para dar las indicaciones a Nuno de lo que debía hacer.
-Espero que no le hayas hecho daño, o no tendréis mundo suficiente para correr, le contestó el portugués más con la voz de un esposo encabronado que de un guardaespaldas responsable-.
Giovanni no se molestó en contestar a la amenaza del portugués, sabía que tenía el control sobre la negociación y la persona que estaba al otro lado de la línea solo era un sicario aventajado. -Escucha bien las indicaciones para que todo pueda seguir bien, no quiero que comentes esto con nadie, mucho menos con Ricardo, ya habéis tenido suficientes filtraciones a través de Jacques como para seguir empeorando las cosas-. Nuno comprendió en ese momento que el hijo de su jefa había sido el responsable de la información que llegaba a Ricardo hasta ese momento, y empezó a comprender que esto era lo que producía impaciencia en el “empresario” valenciano, ahora estaba ciego, no conocía los pasos de nada y eso le daba a Nuno un poder que le apetecía explotar.
  Giovanni siguió con su exposición de órdenes,- compra un teléfono de tarjeta para ti y otro para tus contactos en Portugal y España. Apaga los teléfonos móviles y traédmelos con sus tarjetas para destruirlos, Cuando tengas el tuyo, manda un SMS al teléfono de Madelaine con el número para que nosotros podamos contactar contigo. Debéis abandonar la finca en la que estáis, la conoce demasiada gente, parte de tu equipo se puede alojar en un hotel, cuando vengas, decidiremos donde ubicar el resto-.
  Hizo una pausa para enfatizar más la siguiente frase, -mañana a las diez de la mañana debes estar, solo y desarmado en la puerta principal de Isla Mágica, en Sevilla. No temas, puedes dejar tus armas en el coche en el que vengas. Procura que no te sigan para llegar allí, no quiero sorpresas desagradables, y sobre todo, no temas por vuestras vidas, no podemos hacer esto sin vuestra colaboración y no somos asesinos. ¿Ha quedado claro todo?- Preguntó con un tono inquisitorial.
  -Cristalino-, contestó con cierta chulería el portugués.
  -Nuno, cuando te recojamos y te traigan a donde estamos, te van a vendar los ojos y a esposar, por seguridad, no opongas resistencia. Cuando Madelaine te explique, vas a comprender mejor la situación, seguro-.
  Giovanni, no esperó respuesta y colgó el teléfono. Miró a su compañero para que deshiciera el entramado de desvíos telefónicos que les había llevado a estar recibiendo la llamada como si estuviera en un consultorio médico de Lora del Río, que sería quien le contestaría a Nuno si volvía a llamar a ese número. Miró con cierta complicidad a Madelaine, ambos sabían, ahora sí, que estaban haciendo lo correcto, aunque el viaje hasta este punto había salido muy caro. -Tengo que mantener a tu hijo aislado, lo comprendes, ¿verdad?- Le preguntó con una mirada fría a Madelaine.
-Por supuesto, no le hagáis daño, pero que no pueda comunicarse. En el fondo creo que nunca ha entendido que nuestra misión era lo más importante para todos. Lástima que yo no supe ver sus defectos a tiempo-, respondió con lágrimas en los ojos.
-Lástima que yo tampoco descubrí su punto débil antes, abríamos evitado tú sufrimiento, lo siento Madelaine-. La voz del italiano sonaba especialmente dolida.
Madelaine bajó la mirada buscando refugio en la colcha de la cama sobre la que estaba sentada, como si quisiera borrar de su memoria lo sufrido. En el fondo, era mujer, y por lo tanto estaba acostumbrada al dolor y a que menospreciaran su vida. Por un momento recordó cuando su padre, casi agonizante, le había revelado el secreto que acompañaba a su familia. Ella siempre había sabido algo, pero su padre confiaba en encontrar a un delfín varón, más por desconfianza hacia las mujeres que por pensar que su hija no sería capaz. Pero eso hizo que ella se sintiera menospreciada y traicionada por su padre, a quien había idolatrado toda su vida. Era como ver la gran mentira que le habían contado durante toda su vida y sentir que, de repente, le caía encima todo el peso de la historia.
Giovanni dejó la habitación y al salir dio orden a las dos custodias de Madelaine para que la dejaran moverse con cierta libertad, pero vigilada en todo momento, por la finca.
Llamó a Ángel para comentarle que se había producido un inesperado giro en los acontecimientos, pero que él siguiera las líneas de investigación iniciadas ya que algunas pistas no estaban muy claras.

Ángel estaba llegando a la frontera de Francia con rumbo a Bayona para ver si encontraba algo nuevo en su catedral que hubiera pasado desapercibido hasta ahora. A pesar de las órdenes recibidas, había llevado consigo a Miriam, que no tenía trabajo en unos cuatro días por esas compensaciones de trabajar los fines de semana. Ella escuchó la conversación a través del manos libres del coche y, una vez había colgado el teléfono, le preguntó directamente, -¿En qué te estás metiendo?-
Ángel meditó la respuesta durante un par de segundos. Tenía claro que la empresa en la que estaba metido entrañaba riesgos, pero ya no tenía marcha atrás, y se moría de ganas de compartirlo con su pareja, desde el principio había tenido la sensación de estar engañándola. Poco a poco le fue desgranando el proyecto y lo que estaba haciendo, al menos lo que él conocía, sin dar nombres de personas ni organizaciones. La cara de Miriam iba tornándose cada vez más seria, como si viera algo turbio que él no quería contar o no conocía. Cuando Ángel terminó su exposición ya estaban a menos de 10 Km de su destino. Miriam inspiró con fuerza y contestó de forma lapidaria, -todo lo que ha tenido que ver con esto en la historia, al menos en la conocida y en la que tú eres especialista, ha traído muerte y traición. Espero que seas consciente del fregado en el que nos hemos metido-.
-Por supuesto que lo soy-, contestó Ángel sin mucha convicción. Quizá hasta ese momento no lo había sido realmente. Se había dejado arrastrar por su ansia de historiador y no había visto las consecuencias posibles. Pero para eso estaba Miriam, su conexión con la realidad. Por un momento sintió la culpabilidad de poner en peligro a la persona a la que quería trayéndole a este viaje, pero rápidamente su cabeza eliminó el riesgo de la variable, no eran más que dos turistas visitando una iglesia en el sur de Francia, nadie podría relacionarles con aquel operativo.











lunes, 31 de agosto de 2015

Capítulo XX; Nada es gratis


 Entró en la casa y, tras recibir las novedades se dirigió a la habitación de Madelaine.  Llamó a la puerta y abrió sin esperar respuesta. Dentro estaba Madelaine vestida con un traje de chaqueta que parecía echo a su medida, sentada en la cama y leyendo con bastante desdén un libro, una novela. Con ella estaban dos de las mujeres de confianza de Giovanni, dos perros de presa que jamás dejarían que aquella mujer saliera de la habitación viva sin permiso. 


  Madelaine tenía mucho mejor aspecto que la última vez que había estado allí. Giovanni sonrió a sus compañeras y estas supieron que ya estaban de más en la habitación. Madelaine ni tan siquiera se inmutó por lo que pasaba a su alrededor, permanecía concentrada en la lectura, o aparentemente concentrada.
Giovanni la observó durante unos segundos antes de acercarse y sentarse sobre la misma cama, en diagonal a ella.
  -Tienes buen aspecto a pesar del tiempo que llevas aquí encerrada-.
  -No es el encierro lo que me ha dañado, te lo garantizo-, contestó Madelaine sin levantar la vista del libro, pero con clara distracción sobre lo que leía.
  -Estoy seguro, respondió el italiano mirando el dibujo de la colcha, distraído-. Tenía claro que le debería dar una disculpa a su cautiva para seguir con su propósito, pero también tenía claro que le molestaría bastante darla.
  -Como seguro que imaginas, ya no está aquí-. Esperaba que con esa respuesta quedase zanjado el tema, pero la réplica de Madelaine no se hizo esperar.
  -No, pero si su obra, te aseguro que yo la recuerdo y no creo que la pueda olvidar mientras viva-, contestó Madelaine esbozando una sonrisa cínica de medio lado.
  -Nunca debió excederse de aquella manera, no era lo mandado, yo no lo ordené, te lo aseguro-, replicó Giovanni sin levantar la vista de la colcha.
  -Si, pero ha sucedido. Tú crees que gobiernas a este grupo, pero tienes gente por encima que da prioridad a otras cosas, al poder, a la gloria, pero solo a la suya, no a la de Dios, no a la de la historia. En el fondo solo quieren lo que estás buscando para ser ellos los propietarios de la gloria, de la que te proporciona algo como esto-.
  -No tengo que darte explicaciones de nuestra organización, pero no creo que ninguno de ellos busque acabar contigo, solo quieren sacar a la luz algo que hace muchos siglos debería ser de dominio público-, replicó Giovanni visiblemente molesto por los comentarios de Madelaine.
  -Eres un iluso Giovanni-, replicó Madelaine mirándole a los ojos. El italiano se dio cuenta que era la primera vez que aquella mujer le miraba directamente. Sintió una sonrisa irónica en la cara de la mujer, como demostrando que los años y el sufrimiento padecido podían darle una sabiduría que él nunca tendría, una perspectiva de la que él carecía. -Estos son capaces de vender su alma por un poco más de poder, económico, político o espiritual. No quieren esto por darlo a conocer, nunca han querido dar a conocer nada, lo sabes igual de bien que yo. Siempre han querido mantenerse ocultos-.
Giovanni asintió con la certeza de que Madelaine estaba llevando el ritmo de la negociación, pero eso no le preocupaba si le acercaba a su cometido. -Bueno, quizá ahora tengamos personas que quieren cambiar las cosas-.
   -Como tú, ¿por ejemplo?- La sonrisa de Madelaine delataba la ironía de la pregunta. -Tú solamente eres una torre, eres importante en el esquema, pero si están en peligro alguna de las figuras, prescindirán de ti sin muchos miramientos. No eres nadie. Yo también he tenido gente como tú bajo mi mando, gente como tú que se creían importantes, algunos han sido mis amantes incluso, pero cuando ha estado en peligro el fin de nuestra cruzada, nunca me ha temblado el pulso en mandarlos quitar de en medio. A tus jefes tampoco les temblará-. El discurso de Madelaine iba ganando en aplomo y fuerza. Veía al italiano como un hombre fuerte, pero al que le remordía la conciencia por lo sucedido. Estaba convencida que si le seguía presionando podría sacar algún provecho de la situación en la que se encontraban.
  Giovanni se levantó con gesto indignado, abrochó el primer botón de su chaqueta mientras vagabundeaba por la habitación con paso lento, recuperando el control de la situación. Miro a unos 3 ó 4 metros a Madelaine viendo en la cara de esta la seguridad de que estaba ganándole la partida. Este era el momento de asentar el golpe definitivo.
  -Hablemos claro Madelaine. El cabrón de tu hijo le ha estado pasando información al bastardo de Ricardo Carpintero, creo que es su padre, o eso piensan ellos dos. El niño, no solo es un bocazas y como bien conoces tiene tedencias "especiales", sino que además a vendido a su propia madre a un especulador hijo de cien padres que nunca le ha reconocido, pero que utiliza el nombre de tu familia para medrar en sus turbios negocios desde hace, al menos tres décadas-.
  El semblante de Madelaine había cambiado. Ella siempre había sabido de las tendencias sexuales de su hijo, pero intuía que el italiano era muy capaz de sacarlo a la luz y hacer sangre con ello. Se sintió desprotegida, la sensación era aún más dañina que las torturas y violaciones a las que la habían sometido.
  Giovanni veía el miedo en la mirada de Madelaine, ahora menos altanera, más sumisa. Este era su momento de gloria, tenía que explotar el éxito, como los generales de la Alemania Nazi. -Por otro lado, Jacques ha cantado hasta La Traviata en cuanto le hemos acercado algo para hacerle daño. Parece que ver violada a su madre le hacía sufrir menos que le metan algo por el culo, como si pensara que nos vamos a creer ahora que lo tiene virgen-.
 Madelaine ya estaba totalmente desencajada. Ella esperaba una conversación en la que poder convencer al italiano, pero se estaba dando cuenta que le había menos preciado, era una bestia sin entrañas capaz de destrozar a todos con el fin de lograr sus objetivos.
  Giovanni intuía la victoria, estaba alterado y era el momento de jugar sus cartas, las que tenía y las que creía tener. -Pero como tu eres una mujer muy lista, no has dejado a tu niño que conozca detalles importantes de la operación. Si te soy sincero, yo tampoco me hubiera fiado de él mucho más, pero no es mi hijo, claro-.
  -El acuerdo que te propongo es el siguiente. A cambio de no hacer público daño con las fotos de tu hijo con chavales jovenes, ni de sus juergas con negros que ya te hubiera gustado pillar a ti en tus tiempos mozos, así como de no sacar a la luz los trapicheos que se trae el niño de los huevos con su padre y sus “amiguitos” de Marbella, ya sabes a que me refiero, coca, armas, blancas y blancos, etc. Así como las fotos de la juerga que se ha corrido con uno de nuestros secuaces, atado de pies y manos y disfrutando del sexo como una bestia en celo-, Giovanni pausó su discurso esperando las reacciones de una mujer que parecía estar al borde del colapso, -tu nos pones al día del punto en el que se encuentra la operación, quien la está dirigiendo, como, donde y por qué. Quitas de en medio a Ricardo, o lo quitamos nosotros, que creo que de eso disfrutaría hasta yo, y colaboras en la búsqueda con nuestros especialistas. Además creo que os conocéis de cuando tu hijo estudiaba, fueron compañeros, en alguna asignatura-.
   -Por otro lado, yo me comprometo personalmente a que lo que encontremos vea la luz por medio de colaboradores que lo puedan atestiguar, sin trampa ni cartón-.
   -Esta propuesta no es negociable, si dices que sí, dejaremos todo puesto en tres sitios para que si por desgracia nos pasa algo a alguno del equipo, aunque sea el chofer, salga a luz todo, incluidas fotos y documentos como para cubriros de mierda hasta las cejas. Si dices que no, le dejaremos a tu hijito al bastardo del croata, o a alguien peor, mientras ahora mirarás tú. Cuando se canse de dar por el culo a tu niño, que empiece contigo otra vez, así hasta que os mate. Ya sabes lo mal vista que está en los entornos de la iglesia la homosexualidad. Yo no tengo nada en contra, pero vuestro estatus social y religioso, creo que se vería dañado. Una cosa es ser gay y otra que vean fotos tuyas-.
  -Tú eliges-. Aquello había sonado como una sentencia-.
  El silencio se hacía sobrecogedor por momentos. Se podía oír el crujir de las maderas del resto de la casa. Madelaine estaba derrumbada sobre la cama. Giovanni conocía bien que había dañado las férreas defensas de su contrincante, no se sentía cómodo con ello, pero era un mal necesario.
  Madelaine, casi en hilo de voz respondió después de un minuto eterno, -¿Puedo hablar con mi hijo?-
El italiano se acercó a la puerta, la abrió con calma y dijo en voz baja, casi inaudible para Madelaine, -traer a Jacques-.
Pocos segundos después trajeron a Jacques, arreglado, limpio, pero con una cara de pánico perceptible por el más ignorante de los observadores. La habían dicho que su madre le llamaba por lo que le habían contado de él.
Una vez encarados madre e hijo, Giovanni les dijo en voz alta y clara, -tenéis dos minutos antes de contestarme, os dejo hablar, pero tenerlo claro, no hay más salidas. Yo prefiero la buena, vosotros diréis-.
Cerró la puerta tras de si y encendió un cigarrillo. Había dejado de fumar hacía tres años, pero la situación le podía. En ese momento se acordó de Rocío, tenía que llamarla, pero eso requería tiempo, y ahora solo tenía dos minutos.



























jueves, 20 de agosto de 2015

Capítulo XVII: El desplome.



Madelaine sentía todo su cuerpo dolorido. Le parecía que llevaba en aquella habitación toda la vida. Le costaba recordar algo bueno en su vida. Era como si las continuas torturas a las que la estaba sometiendo aquel animal, hubieran borrado cualquier recuerdo agradable. Desde hacía varios días se encomendaba a la oración continuamente para poder soportar. Hacía al menos unas horas que les habían dejado en paz, a ella atada a la cama y a su hijo, atado a una silla y con la boca cerrada. También hacía varios días que no se atrevía a mirar a su hijo a los ojos. Ella sabía que estaba haciendo lo correcto, pero no sabía como encajaría la mirada de su hijo. Le habían tenido allí, mirando obligado como violaban a su madre, como le hacían heridas en los pechos, en el vientre, en todas partes menos en la cara. El maldito bastardo que le estaba torturando, decía que en la cara no le interesaba dejar huellas. Ella gritaba de vez en cuando, entre sollozos, para que Jacques la escuchara, cuando intuía que este podía venirse abajo, ¡NO DIGAS NADA!! Por favor, hijo mío.
Pero le oía llorar en silencio, le escuchaba ahogadamente.
Pasaron unos minutos más y finalmente se decidió a intentar mirar a su hijo. Los dos tenían los ojos llenos de lágrimas, los dos sabían cual era el final de todo aquello.  Traición o tortura hasta la muerte.
Jacques negaba sin ni tan siquiera mirar a su madre. Se sentía sucio y estúpido, inútil y rabioso. Pero no podía hacer nada, no al menos por ahora.
-No te preocupes por mi hijo, harán lo que quieran con mi cuerpo, pero mi alma sigue su camino. Tengo claro que no me vencerán-.
Jacques asintió levantando levemente los ojos. Vio de soslayo el cuerpo desnudo y lacerado de su madre. En ese momento le pareció mucho más mayor. Era como si de pronto hubiera envejecido más de veinte años. Su madre tenía los ojos morados de llorar e intentaba taparse con la manta, como no queriendo mostrarse más en ese estado a los llorosos ojos de su hijo.
Jacques rompió a llorar con más intensidad. No solo no podía hacer nada, era que ni tan siquiera podía decirle a su madre lo que sentía.
-No les des la satisfacción de verte sufrir. Ese desgraciado que me está torturando, creo que a veces se piensa que disfruto con esto-.
Jacques seguía mirando al suelo, comiéndose su orgullo, sus penas, su sufrimiento.
Sonó la puerta y madre e hijo dieron un respingo casi al unísono. Cuando vieron entrar a Giovanni, se calmaron levemente, sabían que este no les infringiría más dolor, al menos físico.
-Buenas tardes, a ambos-. Hizo un gesto para que uno de sus guardaespaldas liberara la boca de Jacques. Tras este entró una de las chicas con material para curar las heridas de Madelaine.
-¿Les habéis dado de comer?- Preguntó al que estaba soltando a Jacques la boca.
-No, el croata nos dijo que el mandaba y que no se les diera nada. Este se ha meado encima varias veces-.
Giovanni miró a Jacques buscando respuesta a esto con cierto aire de culpabilidad.
-Suéltale del todo y llevarle a que se asee, no le perdáis de vista ni un segundo. Si intenta algo, dispararle en un pie, lo quiero vivo-.
El sicario asintió y empezó a cumplir las órdenes recibidas. Giovanni se volvió hacía su compañera que estaba tratando a Madelaine. Esta le miró con cara de que las heridas que estaba curando no tenían buena pinta. -Tiene alguna muy fea, y los desgarros vaginales y anales necesitarían algún punto-.
-Dispón del lo que necesites-. Giovanni salió de la habitación para ir al cuarto en el que descansaba exhausto el torturador. Cuando empujó la puerta vio a aquel armario tumbado boca abajo en la cama, desnudo de cintura para arriba. Cogió el arma que llevaba en la cintura y se la puso en la nuca.
El croata sintió el frío del cañón en su cuello y se despertó con brusquedad, pero sabía que no debía moverse.
-Eres un hijo de puta sádico-, le dijo sin subir mucho el tono de voz Giovanni en italiano. Sabía que era un idioma que el croata dominaba mejor que el español. -Te dije que les coaccionaras, que les torturases moralmente y algo físicamente, pero lo que has estado haciendo con esa mujer no tiene nombre. No se quien es tu padrino, pero te vas a ir de España inmediatamente. Vístete, recoge tus efectos personales y desaparece de mi vista antes de que me arrepienta y te pegue un tiro, cabrón-.
El croata sonrió de medio lado, se sabía protegido por alguien muy influyente. -No tienes ni puta idea de lo que estás haciendo-, contestó el croata mientras se levantaba de la cama sin mirar a Giovanni.
-Si vuelvo a verte, te mato-, contestó el italiano mientras salía por la puerta de la habitación y daba órdenes explicitas a dos de sus hombres de confianza en voz, lo suficientemente alta como para que el croata le escuchara.- Si intenta algo pegarle un tiro y quemar el cuerpo. Que no se cruce en mi camino mientras está aquí. Quitarle todos los instrumentos de tortura y si se pone bravo, a la mierda con él. Escoria como esta es lo que sobra en el mundo-.
Giovanni se encontraba mejor ahora. En el fondo nunca había querido que aquel tipo perteneciera a la operación, pero se lo habían impuesto. Ahora tendría que enfrentarse con sus jefes, pero tenía claro que la solución, sin lugar a dudas a estas alturas, no la tendrían con violencia.
Entró en la habitación de Jacques que estaba duchándose. Tenía a un hombre en la puerta del baño sin quitarle ojo y con el arma en la mano en posición de prevengan, por si era necesario utilizarla. Se sentó sobre la cama, mirando a su alrededor, buscando la inspiración para hablar con Jacques. No podía pedir perdón, aunque su alma lo necesitara, pero tenía que conseguir la confianza de este y de su madre para poder progresar.¿Pero como? Eso le preocupaba, como empezar la conversación.
Escuchó a través de la puerta las protestas del croata mientras abandonaba la casa, respiró con alivio, la bestia ya no volvería a hacer nada. En el fondo sabía que a quien tendría que pedir perdón era a Madelaine. No podía comprender como no había visto que aquel hijo de perra se le podía descontrolar. Cerraba los ojos y veía una y otra vez la imagen del cuerpo desnudo de Madelaine lleno de heridas y la cara de desesperación de la mujer. Ese no era el camino.
Cuando salió por la puerta del baño Jacques, que había cambiado de aspecto tras afeitarse y asearse, encontró al italiano recostado sobre su cama, pensativo, buscando algo en el techo de la habitación. Tan insistente era su mirada hacia el techo que Jacques miró hacia arriba, buscando el motivo de la distracción de Giovanni. Por un momento pensó en intentar escapar, pero ver a su custodio a menos de dos metros y apuntándole a la espalda, le hizo desistir antes de intentarlo siquiera.
-¿Qué quieres ahora?- Preguntó en italiano a Giovanni. -¿No crees qué ya nos habéis hecho daño suficiente?-
-No-, contestó lacónico el italiano. -Seguro que a tu madre si le han hecho mucho más daño del que merece, ¿pero tú? Tu solo tienes daños morales, y eso no nos parece justo-.
La cara de Jacques se puso blanca en menos de un segundo. Sentía alivio por su madre, pero pánico por el mismo. Nunca había tenido una alta capacidad de sacrificio, no al menos en el aspecto físico. Le producía pavor el dolor físico desde muy pequeño.
Giovanni descubrió en el rostro de Jacques el pánico sin paliativos. Esperó unos segundos de silencio que agudizaba el miedo en la cara de aquel hombre. Tenía que haber sabido esto antes, se habría ahorrado daños y problemas, como no lo había visto antes. Tras unos largos veinte segundos de espera, dio las órdenes para que le ataran boca abajo en la cama, desnudo y con las piernas separadas. Quería que Jacques temiera la violación y la tortura para ver si eso le hacía doblegarse.
Cuando todavía no habían terminado de atarle, sollozando, Jacques susurró,- no, por favor, no me hagáis daño, os diré lo que queráis, lo que puedo saber, la que tiene toda la información es mi madre, nunca se ha fiado de mí ni de mi seguridad-. Rompió a llorar desconsoladamente.
Giovanni volvió atrás en la habitación y le preguntó directamente, -¿Qué sabes?-
Ya se ocuparía de la madre, cuando pudiera hacerse fuerte y mirar a los ojos a aquella mujer de valor tremendo y mayor terquedad en sus posiciones.
-Cuéntame algo antes que me arrepienta y suelte a la bestia para que te sodomice y torture-.


lunes, 10 de agosto de 2015

Capítulo XIV: Sufrimiento innecesario.


  Era tarde, más de las diez de la noche y hacía dos días que no conseguían nada de sus prisioneros.
 Giovanni entró en la habitación en la que estaba Madelaine. Esta se encontraba recostada sobre la cama vestida tan solo con una bata de raso que le habían entregado. Giovanni hizo un gesto a uno de los vigilantes de la puerta para que permaneciera atento a cualquier ruido y cerró la misma.
  -¿Vienes a violarme tú también?- Disparó Madelaine sin levantar la vista del punto indefinido donde la tenía.

  -No, no es ni mi estilo ni mi misión en la vida-, respondió Giovanni sin mucho estrés mientras se acercaba a la cama.
  Madelaine se sentó más erguida sobre la misma con cierta mueca de dolor que, sin duda era la secuela del principio de tortura que habían iniciado con ella.
   -Lo siento, de verdad-, comentó Giovanni.
  -La que lo siente-, dijo Madelaine señalándose hacia las posaderas, -soy yo-. Se arropó con la bata intentando tapar la desnudez que latía debajo sin mucho éxito. Giovanni pensó en lo atractiva que resultaba la mujer antes de mirarle a los ojos y ver en ellos el asco y odio que irradiaban.
  -Me gustaría no haber llegado tan lejos, pero es necesario-.
  -En el fondo te hubiera gustado llegar más lejos-, contestó Madelaine poniendo cara de viciosa con el fin evidente de provocar al italiano.
  -Te aseguro que no-, respondió Giovanni mientras desviaba su mirada para la otra esquina de la habitación como buscando inspiración con la que proseguir. -Pero lo que si me gustaría es que me comentaras algunas cosas-.
  -¿Te has traído al violador?- Preguntó Madelaine abriendo la bata y mostrando su sexo desnudo. -Porque sin presión no creo que pueda contestar, me empieza a gustar esto, no se si me entiendes-.
  -Vamos Madelaine, contestó el italiano, creo que no es necesario que sigas con esto-.
  -Pues yo creo que si. Libérame, te juro no denunciar la violación. Libera a Jacques y nos iremos a donde sea, pero dejarnos libres-.
  Giovanni suspiró como pensando, otra vez. -Sabes que eso no va a ser posible por ahora. No podemos arriesgarnos a que os adelantéis y tiremos todo este esfuerzo por la borda. Pero si podemos colaborar. Dinos lo que queremos saber, lo que habéis avanzado y podremos terminar con esto antes-.
  Madelaine se recostó en la cama. Subió las piernas y las abrió mostrándose a los ojos de Giovanni. -Estoy lista para otra ración de tortura, llama al monstruo ese y empecemos, pero esta vez no llames al cobarde de mi hijo, no tiene ni idea de lo que me estás preguntando-.
  Giovanni se levantó y se dirigió hacia la puerta, -será como tú quieras- dijo mientras golpeaba la puerta para que le abrieran. Madelaine miró de reojo al abrirse por si entraba el croata. Al cerrarse tras el italiano, suspiró con alivio y se tapó con la bata de nuevo. Se acurrucó con la almohada e incluso sollozó algo. En ese momento pensó si habría alguna cámara oculta en la habitación y empezó a escrutarla con la mirada en busca de algo sospechoso, pero si la había estaba muy bien guardada.
  Giovanni entró en la habitación de Jacques igual que en la de su madre unos minutos antes. Le había costado sobreponerse a la fuerza de aquella mujer. En el fondo la admiraba, pero no podía reconocerlo ni mostrar flaqueza alguna. Giovanni saludó con un gesto sin palabras a Jacques que estaba sentado en una silla, en silencio y que ni tan siquiera había levantado la vista.
  -Acabo de ver a tu madre, se encuentra bien-, le dijo Giovanni mientras se sentaba sobre la cama.
  Jacques asintió sin levantar los ojos del suelo.-¿Hasta cuando? Preguntó sin variar su posición-.
  -Hasta que lo encontremos, respondió con frialdad el italiano. De vosotros depende, entre otros-.
  -No necesitas catalogarlos, son auténticos-, le disparó Jacques mientras le clavaba una mirada cargada de odio.
  -Lo sé, solo lo comprobamos. No te preocupes, están en buenas manos. Pero ahora necesitamos lo que vosotros ya habéis descubierto-.
  Jacques puso todo su cuerpo en tensión, desde hacía unos días sabía que esa sería la siguiente información a sacar.
  -Sabemos que habéis mandado gente a Portugal, a vuestras posesiones en Torres Novas. Pero lo que no sabemos es si estáis buscando algo allí o si solo es una cortina de humo para encubrir a los buscadores enviados por tu padre a Creta, Túnez e Inglaterra-.
  A Jacques le sorprendió tanta franqueza, no podía ser que su padre hubiera sido tan rápido, no podía saber lo que pasaba, a pesar de haberle tenido informado de los movimientos.
  -¿Es necesario tenernos desnudos?, solo vestidos con estas “batitas”-, preguntó Jacques tratando de cambiar el rumbo de la conversación.
  Giovanni suspiró mirando al techo algo dañado de pintura. -Vamos Jacques, seamos serios. Es más seguro que así no os escapéis-.
   -Además es más cruel lo reconozco.- contestó Jacques.
  -También, pero nadie entra a verla, solo entran mujeres a atenderla-. Pero no te distraigas, necesito información.
  -No voy a deciros nada más, creo que ya puedo haber echo un daño irreparable a mi gente-.
  -Te garantizo que no sufrirá más daño nadie. Solo queremos recuperarlo y ponerlo a la vista de todo el mundo, ya está bien de ocultarlo-. Giovanni seguía intentando negociar.
  -¿Quien está revisando los documentos?- Volvió a desviar la conversación Jacques.
  -Un excelente profesional, pero no está aquí, para que no tengáis tentaciones. Dime algo que no sepa y le facilitaremos a tu madre ropa interior. Detendremos las visitas del croata-. Contestó Giovanni en tono un tanto confidencial, como si fuera una proposición que el contrario no pudiera rechazar.
  -Eres un mafioso cabrón, pero tu tranquilo, ya te llegará la venganza de los justos-.
  -Puede, pero no me provoques o le suelto el croata a tu madre y te dejo mirar hasta el final, jodido niño pijo-. Giovanni se acababa de levantar indignado por la respuesta de Jacques. Empezaba a estar harto de repetir las mismas preguntas sin respuesta. No le gustaba la brutalidad del croata, pero el tiempo corría en su contra y mientras su especialista estaba interpretando los textos y buscando respuestas, él se impacientaba y sus jefes también. Si lo que querían era violencia, tendrían violencia. -Dame algo o le van a dejar a tu madre el culo como una boca del metro de París, niñato. Y después empezara contigo y que mire ella! le gritó a Jacques.
  Este se levantó con la idea de propinarle un puñetazo al italiano, pero antes de que pudiera reaccionar, le habían dado cuatro o cinco golpes tres armarios que habían salido de la nada a su espalda.
 -Atarle de nuevo, pero esta vez que el croata termine lo que empiece-, ordenó casi a gritos al grupo.
  Jacques se resistía, pero antes de darse cuenta ya estaba atado a una silla.
  -Dejarla en paz, ¡hijos de puta!!- Gritó antes que le metieran en la boca una servilleta.
  -Si quieres decir algo lo vas a tener crudo, o te callas o te callamos, le dijo Giovanni. ¿Lo entiendes?-
  Jacques asintió mientras le quitaban la mordaza. -Te diré algo si nos dejáis marchar-.
  -Eso no va a ocurrir, Jacques, pero no quiero haceros daño, solo queremos encontrarlo-, contestó el italiano con bastante condescendencia. -Te lo voy a explicar de una vez por todas y estoy seguro que lo vas a entender-. Se acercó a no más de dos palmos de la nariz de Jacques. -Esto solo tiene una salida, que nos contéis lo que queramos, puede ser por lo civil, o por lo criminal, pero va a ser. Si no colaboráis, dejaremos a la bestia esa del croata que os torture y viole, primero a tu madre y después a ti. Te garantizo que lo hará, con mucho gusto lo hará. El final será el mismo, con dolor vuestro o sin él, nosotros encontraremos lo que buscamos. Vosotros iréis soltando la información, cada vez con más rapidez y con más dolor, pero el resultado será el mismo. La otra salida puede ser que, al croata, se le vaya la mano y alguno se quede en el camino, no es lo previsto, pero ya sabes como son estos tipos, no se puede controlar su “creatividad”-.
  Jacques sabía que lo que le decía Giovanni era cierto, pero no podía decir nada, era mucho lo que se jugaban y tenían la delantera. Bajó la vista esperando que le dejaran en paz pero no iba a ser así de fácil. Uno de los sicarios del italiano le volvió a agarrar por el pelo y tiró hacia atrás susurrándole al oído,- espero que te enterases bien-.
  Lo levantaron atado en la silla y le llevaron a la habitación de al lado donde su madre estaba atada con los ojos vendados en algo que parecía un potro de tortura. El croata estaba preparando sus “instrumentos”. Giovanni se apartó de la puerta y se dirigió hacia su dormitorio donde le esperaba Rocío. No quería presenciar de nuevo las bestialidades del croata. No le caía nada bien esa bestia. Se lo habían mandado desde Malta. Era un mulo salvaje con cara de sádico. Se veía que disfrutaba de las salvajadas que hacía, y eso a Giovanni no le gustaba nada. Él era un negociador, un militar experto en operaciones especiales. Se había formado con los Rangers ingleses donde había pasado 5 años de su juventud. Su padre era inglés y su madre alsaciana, aunque creció con unos tíos en Milán.  Aprendió varias cosas, a matar en Irak, a negociar con musulmanes para salir de situaciones extrañas, aprendió árabe y encontró su camino más cerca de Dios y más lejos de la armas. Pero cuando lo captaron para esta misión, empezó a temer que podía volver a estar cerca de la violencia de la que quería huir.
  Al entrar en la habitación encontró a Rocío sentada sobre la cama, con el pelo mojado de acabar de salir de la ducha. Estaba hablando por teléfono, al parecer con su hermana. Al poco colgó el teléfono y miró a Giovanni con los ojos llenos de lágrimas. -Mi padre ha muerto, Porque Giovanni, ¿Por qué?-
  -No se nada de esto. Le dejamos en la puerta de su pensión con su dinero y ya está-.
  -Lo sé, lo sé, le han encontrado en el Alfonso, drogado y alcoholizado. Había estado con varias prostitutas, dice el de recepcionista. Me ha llamado mi hermana. Están esperando el resultado de la autopsia, pero todo parece indicar que ha muerto de un infarto-.
  -Tengo que ir a Sevilla, cariño-.
  -Por supuesto Rocío-, contestó con cierta frialdad Giovanni. Daré orden de que te preparen un coche. Tómate el tiempo que necesites.
  -¿Tendréis cuidado con esa gente?- Preguntó Rocío torciendo la cabeza hacia el lado de la casa en el que sabía que estaban los presos.
  -No tengo intención de matarlos y controlaré a esa bestia para que no se pase de la raya-.
Giovanni se quedó mirando el cuerpo de Rocío desnuda cuando esta se fue hacia el armario para coger su ropa. No le gustaba la idea de tener a Rocío en Sevilla, pero comprendía el problema.
  Los días prometían ser muy largos, ahora más sin Rocío. Empezaban a torcerse las cosas.
Tomó su teléfono móvil y marcó un número reducido, de 4 dígitos. Al otro lado sonó la voz despistada de Ángel.
  -¿Como le va a nuestro experto?-, preguntó Giovanni casi sin esperar la primera palabra de su interlocutor.
  -Esto parece más fácil de lo que esperaba. Creo que sería bueno que vinieras y poder analizar lo que ya he visto-.
  -Mañana a las diez de la mañana estoy allí. Ardo de interés-.
  -Arde, arde-, contestó Ángel con cierta sorna,- ya me encargo yo de encontrar la puerta del cielo para vosotros-.
  -Ja, ja graciosillo, mañana vemos que ha encontrado-.
  -Hasta mañana, magíster-, respondió Ángel.
  -Hasta mañana, Frater-, respondió Giovanni. Empezaba a caerle bien este tipo, tenía gracia.