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lunes, 21 de septiembre de 2015

CAPITULO XXVI: Todo comenzó en Triana.



Ricardo acababa de llegar al lado sevillano del puente de Triana, faltaban cinco minutos para la hora fijada. Se sentía sudoroso, nervioso. En la bolsa que llevaba en la mano llevaba un millón de euros y de ellos al menos dos cientos mil eran falsos. Tenía claro que no les iba a dar a esos hijos de perra un duro más. Seguro que eran unos muertos de hambre que se conformarían con esto y le darían a Jacques y a Madelaine. Por un momento pensó que ella le estaría agradecida. Eso era bueno. Estaría más dispuesta a colaborar con él para encontrar los objetos que buscaban. Incluso es posible que se la pudiera tirar, para celebrarlo. Madelaine es mayor, como él, pero sigue estando muy buena.
Solo le había acompañado un chofer polaco que llevaba un arma y que le acompañaba a todos lados, pero se había quedado a unos doscientos metros, observando, por si Ricardo le hacía una señal.
Empezó a cruzar el puente que estaba en obras, parecía que estaban haciendo un carril bici. Por un momento pensó en lo gilipollas que tienen que ser los que van en bici en una ciudad en la que el ochenta por ciento del año hace un calor de la leche. Pasó la mitad del puente. Su paso parecía ralentizarse, como si temiera algo en su fuero interno, sabía que no debía mirar hacia atrás, pero esperaba que el polaco estuviera pendiente, como no fuera así, se iba a cagar cuando volviera.
Dio unos pasos más y sintió vibrar el teléfono en su bolsillo. Lo cogió con un “si” lacónico, como si no supiera de sobra quien le estaba llamando.
-Llega al final del puente y acércate a un mercedes negro con los cristales tintados que esta aparcado el primero nada más bajar las escaleras del otro lado del puente-.

Giovanni lo observaba todo desde la casa de la esquina. Sus hombres ya se habían encargado de quitar de en medio al polaco, que iba camino de la comisaría más cercana, al menos eso pensaba él, al detenerle por llevar un arma de fuego, una nueve milímetros parabelum, sin licencia. El coche estaba preparado, el mendigo que estaba sentado en el final de la escalera, como si estuviera durmiendo la mona, era uno de los suyos que estaba allí para empujar a Ricardo dentro del coche, si se resistía, aunque lo dudaba.
Llegó el momento. Ricardo bajó la escalera, vio a un mendigo de mierda tirado en el suelo, al final de la escalera, ese seguro que no era el enlace. Por un segundo dudó en seguir. De la ventanilla trasera del coche vio salir un brazo de mujer que le hace un gesto para que se acercase. Se aceleró. Le han mandado a una tía para recogerlo, estos son unos pardillos seguro, piensa. Cuando se acercó al coche sintió un arma blanca en su costado derecho. La mujer que estaba en el coche, una guapa morena de ojos negros, piensa él, le apuntaba con un arma y le dijo con una voz bastante fuerte, -pasa, dale la bolsa al que tienes detrás y no hagas gilipolleces que te termino aquí mismo-.
Ricardo se quedó un poco sorprendido, busca con la mirada en el largo puente al polaco. Esto no era lo previsto por él. La morena sonriendo le dijo,- de tu sicario ya nos hemos encargado-.
El coche arrancó picando ruedas mientras a él le ponían una capucha negra, su corazón latía a mil por hora. Sintió la mano de la morena en le cuello, como acariciando la nuca. -No te mueras de un infarto, cabrón, que te necesitamos vivo un ratito-.
Giovanni recogió sus cosas, todo había salido bien. En unos segundos estará abajo donde le recogerá su coche que sale como alma que lleva el diablo tras la estela del mercedes negro. En el interior, Tatiana vestida con un sugerente vestido de flores verdes y unos zapatos a juego, sonríe. Ve que el final de la relación con Ricardo está cerca. Giovanni devolvió la sonrisa mientras le daba la bolsa. -Tu dinero. Iros lejos, que nunca os puedan relacionar con esto-.
-Sabes que no ha puesto los dos millones, solo ochocientos mil y doscientos mil más falsos-, le dice Tatiana observando la reacción del italiano.
Giovanni abrió los ojos con expresión de sorpresa.- Este sátrapa es rata hasta para salvar a su hijo-.
En el fondo nunca pensó que fuera algo organizado, solo avisó a uno de sus socios en Rumanía, este le contó lo que debía hacer y Ricardo tomó las decisiones que se le pusieron en las narices-, dice ella.
-Como siempre. Gracias por la información. Para-, dijo el italiano al conductor. -Ahora bájate y disfruta, te lo has ganado con creces-.
Tatiana sonrió con desdén. Desde luego que se lo ha ganado, pero también sabe que no puede volver a su país, eso le hace sentirse un poco extraña. Ha sacado unos billetes para Méjico, se va a la Rivera Maya. Allí tiene amigos y dinero para vivir sin trabajar un tiempo, o para montar un negocio, ya se verá. Besa en la cara con cariño a Giovanni. -Gracias-.
-A ti-, se despide el italiano.
Tras dejarla, el coche sale como un tiro hacia su destino, la finca.
El primer coche acababa de llegar, todavía sin haber bajado a Ricardo del interior cuando el segundo entró por la verja, casi volando por encima del breve camino de tierra. El italiano se bajó casi en marcha del coche, con la presteza del guarda espaldas que lo hace con asiduidad, indicando con la mano que no lo sacasen aún. Giovanni no quiere que le oiga hablar, por si acaso.
Cuando se acercó al coche cerró la puerta preguntándole en voz baja, casi susurrando al oído de su compañera, -Está nervioso, ¿Ha dicho algo?-
Ella asintió, -está muy nervioso, por un momento he creído que le iba a dar un infarto. Hasta creo que ha llorado, el muy cabrón-.
-Bien, eso es bueno, llevarlo a los establos, atarlo a una columna y quitarle la capucha solo cuando este todo preparado. Acordaros, todos con monos de campesino y que solo hablen los dos que le van a interrogar-.
Se volvió hacia la puerta de la casa, en la que dos miembros de su equipo esperaban, vestidos con mono de trabajo grasiento como si fueran mecánicos de un taller, las órdenes precisas.
-Ya sabéis lo que tenemos que hacer, sacar toda la información posible y luego, eliminarlo. Necesito conocer que sabe de la búsqueda, si tiene gente trabajando en algún frente, si sus socios saben algo. No escatiméis sufrimientos, no va a salir de aquí y-, duda por un segundo tras confirmar la sentencia de muerte del valenciano, -me parece que debe pasarlo mal hasta para morirse, que ha hecho mucho daño toda su puta vida-.
Sus compañeros asintieron, efectivos, diligentes. Sabían lo que tienen que hacer y estaban seguros que no les va a causar problemas. Se dirigieron al coche y cogieron a Ricardo por los brazos. Lo llevaron casi arrastrando, a empujones, con la cabeza tapada y las manos sujetas por un precinto. Sólo se escuchaban los sollozos del valenciano, vacío ya de la arrogancia con la que solía tratar a todo el que le rodeaba. Cuando llegaron a la parte trasera de la casa,  le obligaron a ponerse de rodillas y tras atarlo le quitaron la capucha. Tenía los ojos enrojecidos del llanto, parecía un pobre desvalido, pensó uno de sus castigadores.
-No me matéis, os puedo conseguir lo que queráis, todo el dinero que queráis-, dijo nervioso, como si supiera cual sería el final.
-Ya no eres tan gallo, sonó la voz de Madelaine tras él-. Ricardo giró la cabeza, buscando la imagen de la mujer de la que reconocía la voz.
-¡Estas viva!- Exclamó no sin sorpresa.
-Muy a tu pesar cabrón-.
-Pero, no lo entiendo, os he estado buscando. ¿El niño está bien?-, dijo Ricardo intentando reponer la compostura.
-Si, no te preocupes por él-. Madelaine giraba a su alrededor. Estaba tranquila. Olía a limpio, no como él que apestaba a miedo y sudor, pensó Ricardo.
-A que esperas, suéltame, joder-. Casi gritó. Como si fuera una orden. Madelaine sintió de nuevo la mala educación de Ricardo a su alrededor. Le dio asco, sintió que no sabía como podía haber tenido relación con tamaño elemento. Levantó los ojos buscando tras la cabeza del padre de su hijo. Allí la esperaba la mirada cálida de Nuno, cariñosa, apacible, pero sedienta de venganza. El portugués nunca había tragado a Ricardo, y ahora, podría saborear el frío placer de castigar a aquel personaje.
Nuno había trabajado con ellos desde hacía muchos años. Estaba enamorado locamente de Madelaine, con quien mantenía una relación extraña. Era su hombre de confianza, su guarda espaldas más próximo y su amante ocasional. A pesar de ser bastante más joven que ella, no tenía ojos para ninguna otra mujer, y ella lo sabía y se aprovechaba de ello. Pero con Ricardo la relación no había sido buena nunca. Le había visto arruinar la vida de mucha gente cerrando empresas por no invertir cuatro perras en ello. Le había visto dejar morir negocios que podían ser viables, dejando pueblos que habían puesto todas sus esperanzas laborales en el proyecto que Ricardo hundía, que le habían dado fondos públicos para construir esperanzas de trabajo y él se lo gastaba en coches deportivos y en putas, mientras los proyectos languidecían por falta de financiación. Le había visto ordenar como si fuera un emperador a la gente que trabajaba con él. Era un déspota, pero hoy conocería el sufrimiento, y él, Nuno, disfrutaría de devolverle a ostias todo el odio que había recibido, toda la falta de respeto y de educación, todas las vejaciones que le había visto cometer. Y encima por orden de Madelaine. Nuno se sentía como si le hubiera tocado la lotería. ¡Que momentazo! Pensó mientras le soltaba un manotazo en la cara que le hacía escupir sangre.
-Bueno “Ricardo”-, preguntó con bastante sorna. -Me vas a contar quien sabe que venías a pagar un rescate, ¿verdad?- Preguntó soltándole otro bofetón que hizo abrirse una brecha en la cara de Ricardo.







jueves, 10 de septiembre de 2015

Capítulo XXIII: Se cierra el lazo.



  Ricardo parecía un lobo enjaulado, más de lo habitual. No solo había perdido la conexión con su hijo, tampoco podía contactar con el portugués cabrón que se suponía que estaba de su lado. Como pillara e ese tipo, se iba a acordar de Ricardo Carpintero para toda su vida. Andaba de un lado a otro de la habitación con los teléfonos, llamando a París, donde no sabían decirle nada sobre uno de sus hombres perdido, a Sevilla, donde intentaban sacar algo de información del paradero de su hijo y de Madelaine de los círculos habituales, a Marbella, donde sus socios rusos y croatas estaban buscando hasta debajo de la piedras y, por supuesto, llamando al portugués al que no localizaba ni a tiros. Había mandado a dos hombres a la finca que la madre de su hijo tiene en Portugal, a ver si eran capaces de encontrar algo, pero parecía que se los había tragado la tierra. Se estaba poniendo muy nervioso, había conseguido financiación para el operativo de algunos socios serbios y rumanos en otros negocios en esos países. A Ricardo no le gustaba gastar su dinero, solo enseñarlo como un trilero con la bolita. En el fondo era un rata de cuidado. Solo quería ganar él a ser posible el último euro.
 Pero ahora esto planteaba un problemita, si no tenían resultados tangibles, sus socios capitalistas se iban a poner muy nerviosos, y estos animales de la Europa del este lo arreglaban todo a tiros. Cada vez que lo pensaba se ponía más nervioso. Se había sorprendido en varias ocasiones pensando en como excusarse y a quien podía utilizar como cabeza de turco, por si la cosa se ponía fea.
Llamó a la “chacha” para pedirle algo de comer. En este momento no le tranquilizaba ni ver a la golfa esta ligera de ropa, pensó mientras miraba el escote de Tatiana. Su cabeza no dejaba de dar vueltas a alguna solución. De repente sonó uno de los teléfonos, casi provocando un infarto al cortar con el sonido del NODO el molesto silencio que reinaba en la habitación.
-Tráeme el teléfono, ¡rápido!- Gritó a Tatiana que obedeció sin mucha gana.
 -Ahora vete a tomar por culo de aquí, espetó Ricardo con la delicadeza de una docena de cerdos cerca de la comida.
  Descolgó el teléfono sin saber quien le llamaba, ponía que era un número oculto, lo cual no le gustaba nada, pero sabía que tenía que cogerlo.
-¿Si?-, contestó con cierta urgencia.
  -Bon Jour monsieur Carpintero-, contestaron al otro lado de la línea. -Tenemos alguna información importante para usted, referente al paradero de su familia, o lo que sean suyo-, dijo la voz con marcado acento francés. Ricardo intentaba reconocer la voz, o los ruidos, o algo que le diera pistas.
  -¿Quien coño eres tú?-
  -Creo que debería tratarme con más educación si no quiere que me los cargue a los dos y le envíe sus cabezas en una caja antes de entrar en su casa y pegarle una paliza que no olvidará en su vida-. Mientras decía esto no alteró el tono de voz, era como si estuviera tan seguro de si mismo que no le cupiera duda del resultado de lo que acababa de contar.
  -Creo que ya tengo toda su atención. Sabemos que lo que le pedimos lo puede conseguir en menos de cuarenta y ocho horas, sin policía y sin dar parte a los hijos de puta de socios que tiene. Si hace todo lo que le pedimos, nadie sufrirá más, me entiende, ¿verdad?-
  -Si-, contestó con humildad inusual.
  -Bien, pasado mañana, a las cuatro de la tarde, deberá cruzar solo el puente de Triana, en Sevilla, con una bolsa de deportes que contenga dos millones de euros, que sacará mañana de sus cuentas y de la caja fuerte que tiene en su casa. Al llegar al otro extremo del puente, al de Triana, recibirá una llamada con la siguiente orden-.
  -Si va con alguien, o alguien le sigue o espera, le matamos a usted y a todos los suyos que tenemos presos, si intenta poner algo en la bolsa o en el dinero para seguir la pista, les matamos a todos-.
  -Tenga en cuenta que no es por dinero, son negocios. ¿Ha quedado claro?-
Ricardo se quedó callado durante unos segundos, como si no lo hubiera entendido con claridad.
Gritó la voz del otro lado de la línea, -¿Ha quedado claro?-
-Si, si-, contestó aturdido Ricardo, pero no sé si podré juntar esa cantidad en tan poco tiempo.
-Ricardo, no nos tome por imbéciles, ¿quiere que le diga de donde sacarlo?-
-Creo que no, no será necesario-.
-Gracias. Otra cosa, que este número de teléfono no se quede sin batería, muchas vidas dependen de ello-. Fue lo último que escuchó.
Se cortó la comunicación y Ricardo quedó mirando el teléfono como pensando en lo que acababa de ocurrir.
Giovanni había estado escuchando la conversación junto con Madelaine. El hombre que acababa de hacer la llamada le miró buscando la aprobación por el trabajo bien realizado.
-Creo que se ha tragado el anzuelo, dijo Madelaine, no me gustaría estar a su lado hoy, no va a ser bueno-.
-No te preocupes, la persona que tenemos en su equipo está a salvo, es demasiado importante, y le odia mucho, pero mucho, mucho, mucho-, dijo Giovanni.
-No me cuesta imaginarlo-, contestó Madelaine.
-¿Te puedo hacer una pregunta personal, Madelaine?- Dijo con mucho respeto el italiano.
-Si-. Contestó ella con sequedad.
 -¿Qué viste en este hombre para tener un hijo con él?-
Madelaine sonrió mientras miraba al suelo, como buscando en su memoria. -Ahora me cuesta verlo, pero era romántico y seductor. Y yo necesitaba cariño de fuera de mi familia. Pero tuvimos a Jacques, y eso lo complicó todo-.
Giovanni asintió sin atreverse a mirarla a los ojos.
-Tengo trabajo que hacer-, dijo sin volver a mirar a la cara de Madelaine.
-No me importa que lo quitéis de en medio, no quiero que vuelva a aparecer en mi vida. A mi hijo podré perdonarle, pero no a este cabrón-.
El insulto sonó como una bomba en la boca de una persona que no decía una palabra más alta que otra prácticamente nunca.
-Ya veremos, ya veremos-, contestó Giovanni, -no somos asesinos-.
  -Ya, pero que sepas que el mundo sería un sitio mejor sin este tipo-, continuó ella.
Giovanni asintió y salió de la habitación. Estaba plenamente de acuerdo con la opinión de la mujer, pero no le gustaba quitar vidas sin sentido. Creía que su deber era consultarlo con sus superiores, pero ahora necesitaba contactar con sus investigadores en los diferentes frentes.









lunes, 24 de agosto de 2015

Capítulo XVIII: Y como es él.



Se encontraba muy cansado, desde que se había metido de nuevo en toda esta locura Ricardo no dormía bien, aunque a veces se preguntaba como podía haber dormido bien alguna vez, con todas las putadas que había hecho en su vida, a sus socios, a su familia y a cualquiera que se pusiera en medio de sus intereses. Él se consideraba un inversor, un hombre de negocios con no muchos escrúpulos. Siempre negocios, eso pensaba Ricardo. Para todos los que estaban a su alrededor era un niño rico que nunca había tenido que trabajar. Un especulador sin ninguna intención de crear negocios, solo de ganar dinero fácil. Durante muchos años se había dedicado a dar “ladrillazos”, hasta que descubrió que podía montar negocios a base de subvenciones inflando facturas para que los gobiernos regionales de diferentes comunidades autónomas pusieran el dinero y después especular con las posibilidades de las industrias montadas.
 Le habían pillado en un par de ellas, pero como tenía buenos abogados y asesores fiscales, siempre caía de pie. Tan solo en una ocasión un polaco le había pegado una paliza por haberle dejado unas deudas brutales. Le dejó una semana en la cama y una cicatriz en la barbilla, pequeña, casi imperceptible.
Se dio la vuelta en la cama para mirar por el ventanal de su habitación. Pulsó el botón para que se abriera la persiana sin levantarse de la cama. Cogió el teléfono y esperó a que le contestaran desde el otro lado. Era Tatiana, una rubia voluptuosa nacida en Tirana. Era la “asistente” personal de Ricardo. La utilizaba para todo, era su cocinera, su criada y su amante cuando no tenía a otra mujer a mano. Tatiana había llegado hacía 10 años a España buscando trabajo y, con tan mala suerte, había caído en la red de Ricardo que se encaprichó de ella en una cafetería en el centro de Valencia. Tatiana pensó en algún momento que quería casarse con ella.
 Pero poco a poco descubrió que Ricardo solo se quería a si mismo y lo único que le importaba de ella es que estuviera disponible, para todo, cuando él quería. Varias veces había pensado abandonar a este tipo, pero toda su familia en Albania vivía del dinero que ella mandaba. Cada vez le daba más asco mantener relaciones sexuales con aquel cerdo, pero no tenía muchas salidas, al menos no las veía. Descolgó el teléfono y contestó sin mucho ímpetu, -dime Ricardo-.
- El desayuno-.
-Enseguida-.
Ricardo colgó el teléfono. Tatiana sintió el asco recorrer su piel. El muy desgraciado no había dicho ni buenos días, ni gracias. Nada amable.
  Terminó de preparar la bandeja con café y bollos. Se abrochó un botón más de la camisa, para que no le mirara el escote mientras le servía el desayuno y se dirigió a la habitación de Ricardo. Golpeó la puerta con una mano mientras hacía equilibrios con la bandeja. La puerta de la habitación era blindada y solo podía abrirse desde dentro. Golpeó de nuevo la puerta pasados unos segundos ya que no había obtenido respuesta en el primer intento.
Ricardo abrió la puerta y con la mala educación habitual en él dijo, -no tengas tanta prisa que no tienes más que hacer que lo que yo te diga-. Mientras decía esto repasó el cuerpo de su criada con la lascivia en la mirada que cada vez le producía más asco a Tatiana. Al pasar le dio un palmetazo en el culo, como quien le hace una caricia al perro fiel al pasar a su lado, sin mayor aprecio ni desprecio.
Cuando Tatiana dejaba sobre la mesa la bandeja sonó el teléfono móvil de Ricardo que estaba sobre la mesilla de noche. Ricardo se sentó a la mesa y le dijo sin ni tan siquiera mirarla a la cara, -dame el teléfono-. Tatiana obedeció y tras dárselo en la mano aprovechó el segundo de confusión para salir de la habitación y cerrar la puerta. Sabía que significaba la mirada de Ricardo, por lo que decidió irse con urgencia a la compra a ver si mientras tanto él se largaba y la dejaba en paz. Avisó a Ximo, el chico que tenía Ricardo para hacerle las gestiones en Valencia y le dijo que tenía que ir a hacer la compra. En algunas ocasiones había mantenido relaciones con él. Le gustaba, era guapo y más joven que ella. No la trataba como una puta, y eso en su vida ya era algo importante.
Ricardo descolgó el teléfono tras comprobar que la puerta se había cerrado tras la salida de Tatiana. -Dime Nuno-, contestó mientras se metía un trozo de bollo en la boca.
Buenos días Ricardo, contestó el portugués. ¿Puedes hablar?
-Ya lo estoy haciendo, contestó con la boca llena-.
Nuno no había entendido bien la respuesta, le parecía que aquel tipo tenía la boca llena de pan, pensó que solo un cerdo sería capaz de contestar con la boca llena, y sonrió al pensar que eso era realmente ese tipo.- Bien, continuó Nuno, hemos conseguido cogerles la pista a las dos hijas del banquero-.
Ricardo esperaba que el portugués siguiera su discurso mientras se volvía a llenar la boca, cuando comprobó la pausa, contestó a duras penas, -¿Y?-
-Una de ellas ha seguido con su vida aburrida, la otra, Rocío, está en contacto con alguien que está estudiando documentación que podría ser la que tenía la señora Madelaine-.
-Bien, bien, que la sigan para ver como progresa, pero a distancia-.
 -Ya lo hemos hecho. Le ha comentado a su hermana que va a irse unos días a Navarra-, contestó Nuno.
 -Pues que la sigan-, ordenó Ricardo.
-De acuerdo-, contestó el luso pensando en colgar ya el teléfono.
-Una cosa más Nuno, nuestros hombres de Portugal, ¿Están progresando?-
-Creo que sí-, contestó lacónico Nuno,- pero, sinceramente, mi misión es encontrar sana y salva a la señora. Se que están buscando en varios puntos en el entorno de Fátima, pero no puedo decirle nada más-. Nuno se quedó pensativo en silencio unos segundos para proseguir, -y aunque sepa algo más no se lo pienso decir hasta que la señora lo autorice-.
Esto sacó de quicio a Ricardo que contestó exasperado,-¡ tú me dirás lo que a mi me salga de los cojones, que no se te olvide quién te paga, cabrón!-.
  Nuno pensó su respuesta un par de segundos. -Ni lo sueñes, Ricardo. Y si es por el dinero, déjeme que le explique una cosa. Cuando encuentre a la señora, aclararemos esto usted y yo. Si quiere dejar de pagarme, hágalo, pero como se le ocurra volver a insultarme o gritarme, me voy a hacer un llavero con sus “cojones”, si se los encuentro. No se le olvide, yo no soy uno de sus perritos falderos-. No esperó la respuesta, colgó y se sintió mejor. Acababa de pararle los pies al tipejo este. Nunca le había caído bien, le había aguantado algunas estupideces por no romper el clima de trabajo, pero no pensaba soportarle que le tratara como a uno de sus lameculos, el no lo era y no pensaba serlo nunca.
  Ricardo se quedo gritando, NUNO, NUNO, como si le fuera a contestar. -Me cago en su puta madre, quien se cree el portugués este que es, a mi no me cuelga el teléfono ni Dios-. Volvió a marcar el número de nuevo, pero le salió el buzón de voz.
  Salió de la habitación con la idea de pagar su frustración con la criada, gritando -Tatiana, ¿donde te metes?- Tras buscarla unos minutos por toda la casa, llegó a la conclusión de que se había ido. Ricardo necesitaba descargar su ira en alguien.