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jueves, 1 de octubre de 2015

CAPITULO XXIX: El amor aprovecha la tregua.



 Llevaban un par de días interrogando a Ricardo, pero parecía no saber mucho y haber comunicado aun menos. Ya sabían quien era su contacto en Rumanía y Giovanni había puesto a gente de allí sobre la pista. Sus jefes parecían bastante contentos con el avance de la investigación. Pero cada vez mostraban menos escrúpulos en eliminar gente, lo cual le hacía pensar que era posible que en algún momento también él fuera prescindible. Su equipo más próximo era de su plena confianza, pero no sabía lo que podía ocurrir si encontraban lo que andaban buscando. Sus jefes eran gente de negocios y fervientes católicos que querían sacar a la luz partes de la historia ocultas por manos negras que escondieron algunas cosas en el pasado. Tras la publicación de los libros de Dan Brown, Habían visto que era el momento de dar el aldabonazo y rescatar algunas cosas. Pero no podían hacerlo de forma limpia, de modo que contaron con especialistas si reparar en gastos. Pero tendrían que borrar pistas para que no les metieran a todos en la cárcel al terminar la búsqueda. La suya no dejaba de ser una agrupación de católicos con dinero, pero de poca entidad dentro de la iglesia, no eran ni el Opus Dei ni los Jesuitas. Estaban a años luz de esas ordenes, aunque se creyeran con los mismos derechos, la única manera de acercarse sería conseguir rescatar determinadas reliquias más cercanas al mito que a la realidad. Estas podían abrirles de par en par el corazón de la iglesia en agradecimiento y, al mismo tiempo, colocar a la orden en el mapa de las peregrinaciones.
Entró en el pajar en el que tenían a Ricardo. Estaba sucio y con varias marcas en la cara y los brazos. No se habían pasado mucho, no era necesario. Ricardo había demostrado ser bastante cagón, lo cual hacía ver de donde le venía a su hijo. Para un italiano esa cobardía era imperdonable, pero para un ex militar, más aún.
Sus hombres empezaban a estar cansados de preguntar una vez tras otra sin obtener respuestas. Giovanni se quedo mirándole unos segundos. Ricardo levantó la cabeza e imploró una vez más. -Por favor, no me matéis, os daré lo que me pidáis, pero no me matéis-.
La cara de sus hombres mostraba el hastío de escuchar lo mismo una y otra vez.
-Terminar con él y dejarle tirado en una cuneta de Sevilla, sellar le antes la boca, pero esta vez hacerlo en vivo, para que sufra por todo lo que ha puteado a los demás en su vida-. Terminó la frase y salió del edificio rumbo a la casa principal. Solo quería abrazarse a Rocío para olvidar todo esto durante un rato.
 Cuando llegó a su habitación Rocío salía de la ducha. A pesar de haber pasado ya un día desde su llegada y haber dormido varias horas, seguía teniendo aspecto de cansada. Giovanni temía que esto le estuviera superando. Era como si ella no fuera capaz de comprender el fin de todo aquello. Él había intentado explicárselo, al menos la parte que podía ser explicable. Pero ella no comprendía algunas cosas que estaba viendo a su alrededor, no comprendía aquellas “desapariciones” y no terminaba de entender por que seguían retenidas Madelaine y su hijo si ya tenían la información que querían y estaban colaborando.
-Hola cariño-, dijo Giovanni mientras besaba el cuello de la sevillana, levantando con mimo el pelo mojado.
-Hola-, contestó ella con un tono de voz bastante cansino.
-Hoy nos moveremos a otro sitio-, continuó él. -Vamos a Portugal. Parece que estamos bastante cerca de nuestro objetivo y del final de toda esta historia-.¿Conoces Fátima? Vamos a alojarnos bastante cerca de allí-.
-Si, claro que lo conozco. Aunque creo que no es uno de mis lugares favoritos de Portugal-, contestó ella.
-Normal, parece un parque temático. Pero te garantizo que el lugar donde nos vamos va a ser de tú interés-.
-Aha-, contestó ella con bastante poco interés.
-En cuanto esto se acabe, me gustaría que nos fuéramos a descansar una temporada fuera del mundanal ruido-. Esta última frase había surtido efecto, era como si Rocío quisiera romper con todo aquello.
Giovanni se acercó al cajón de la mesilla y sacó un estuche pequeño, negro.
Rocío estaba pendiente de él, lo cual era un avance importante. Se acercó a ella y se lo entregó, como si transportara todos sus sueños en esa pequeña cajita. -Es para ti. Ha pertenecido a mi familia desde hace más de cien años, y ahora me gustaría que lo tuvieras tú. No creo que pueda querer a nadie de este modo. Me gustaría formar una familia contigo, me da igual el formato, pero creo que quiero vivir mi vida a tu lado, hacerte feliz y serlo contigo-. Las palabras de Giovanni sonaban más cálidas y sinceras que nunca. No había órdenes, solo emociones.
 Rocío miró a sus ojos y vio las lágrimas asomando. Nunca le había visto tan desprotegido, era vulnerable, casi un niño desvalido. Ella cogió el estuche y lo abrió. Dentro había unos preciosos pendientes de oro blanco con docenas de diamantes formando una lágrima de varios centímetros de larga. Sintió como sus ojos también se llenaban de sentimientos. Los observó durante unos segundos antes de besarle profundamente. Abrazada a su cuello con los ojos ambos llenos del amor que se profesaban mutuamente, le dijo, -para ser italiano eres muy poco romántico, pero muy práctico. Para que pedírmelo en una cena con velas, en un sitio especial, cuando puedes pedírmelo estando desnuda, muy hábil, chaval, muy hábil. Por supuesto, pero tendremos que hacerlo a mi manera, sin boato, pero casados por la iglesia, sin alardes, pero quiero una boda de verdad y en Sevilla-.
Giovanni estaba feliz. Por primera vez en mucho tiempo se sentía bien con su vida. -Como tú quieras, mi amor-, dijo justo antes de besarla y soltar la toalla que envolvía el cuerpo cálido de Rocío.- Pero, ¿Podemos empezar a celebrarlo ya?-
Ella rio con fuerza, con soltura, como hacía meses que no se reía, desde que empezaron a estar juntos, cuando él la cortejaba cada día haciéndola sentirse tan especial. Volvía a sentir ese amor por su chico y eso le encantaba.
-Eso si, no habrá boda hasta que terminemos con esto-, puntualizó él.
-Pues tendremos que acelerar para que se acabe pronto-, respondió ella.
-Amén-, contestó él.

Madelaine estaba recostada en la cama, desnuda, observando a su amante portugués que se estaba vistiendo. Nuno siempre le había echo sentirse viva, joven. No sentía pudor de estar desnuda ante él, aunque podía ser su hijo por la edad. El amor que le profesaba su guarda espaldas era de las mejores cosas que le habían pasado en los últimos años de su vida. Se sentía satisfecha en lo sexual y fuerte en lo moral. -Hoy vamos a irnos a Entroncamento para seguir la búsqueda desde el punto donde la habíamos dejado. Creo que estamos muy cerca. Pero no me termino de fiar del italiano. Quiero tenerte cerca por si necesitamos escaparnos con lo que encontremos-. Nuno puso su dedo sobre los labios de Madelaine.
-No hables tanto, pueden escucharte-.
-Seguro que si, pero toda nuestra intimidad se resume a este cuarto. Cuando salgamos ya no podremos hablar nada de esto, y tengo miedo-.
-¿Sabes que han determinado para Ricardo?- Preguntó ella temiendo la dureza de al respuesta.
-Lo sabes igual que yo, lo han eliminado. Era una variable que teníamos que retirar de la ecuación, contestó el portugués con frialdad-. No le gustaba hablar de Ricardo, nunca le había gustado la forma de tratar a la gente de aquel tipo. De facto, en varias ocasiones había estado tentado de “terminarlo” personalmente, pero se había contenido por miedo a perder el contacto con Madelaine.
-¿Pero como lo han llevado a cabo?, ¿Ha sufrido?- Preguntó de nuevo Madelaine-.
-Espero que sí-, contestó Nuno mientras acariciaba con delicadeza la pierna de su amada.
Madelaine sentía estremecer su cuerpo cada vez que aquel hombre estaba a su lado. Hacía que se sintiera joven, intrépida, atractiva. Tenía la sentación que cada vez que estaba con él descumplía algún año, y eso a su edad era muy placentero.
-Y con mi hijo, ¿Te ha contado Giovanni qué piensa hacer?-
-No, y no creo que le haga nada, por ahora. En el fondo sabe que puede ser útil a futuro. El italiano es muy listo-.
Madelaine asintió. Ella también pensaba lo mismo. El italiano parecía un aliado fiel hoy, pero era lo suficientemente camaleónico como para volverse contra ellos llegado el momento.
Se levantó de la cama y se cubrió con un fino batín de seda rosa, elegante, suave. -Deberíamos saber hasta donde nos tiene infiltrados este tipo. No sé cuantos de los nuestros pueden estar trabajando con ellos-, dijo mientras acariciaba la camisa que Nuno acababa de ponerse con aire distraído. -Tú los conoces mejor que nadie. Los reclutaste y los diriges habitualmente. Te respetan y a mi me temen, en algún caso-.
-Te diré algo-, contestó él mientras se anudaba la corbata, como si fuera a tener una reunión importante, concentrado en cerrar bien el nudo. -Sinceramente, no creo que nos tengan muy intervenidos. Si hubiera sido así, no les hubiera costado tanto llegar hasta vosotros. Pero lo vamos a comprobar-.
Nuno se quedó concentrado mirando el espejo, como buscando inspiración en él. -Quizás podríamos mandar dos señales distintas, una por un grupo y otra por otro, a ver si reacciona el italiano de algún modo. Eso nos permitiría ver en donde estamos-.
Madelaine asintió, -me parece buena idea. Voy a bañarme, nos vemos en un rato-, dijo dejando caer la bata y besando en los labios a Nuno,- lo necesito-.
El portugués salio de la habitación encontrando en la puerta a una de las mujeres de Giovanni, como apostada sin mucho celo en su trabajo. Era una mujer atractiva, con el pelo largo y rizado, pero con una frialdad en la mirada que hacía presagiar que no le temblaría el pulso en eliminar los estorbos si fuera necesario. Saludo con un simple cabeceo que ella contestó con un buenos días y una sonrisa leve, fría. Bajó las escaleras y vio en el recibidor a gran parte del equipo de Giovanni preparando la partida, todos los pertrechos, las armas y sistemas de comunicación. Aquello parecía una operación militar en el más amplio sentido de la expresión. Por un momento pensó que acababa de volver al ejército y se sintió bien, siempre había tenido espíritu militar.
Al llegar abajo uno de los hombres le dijo, -vuestro coche será el tercero, iréis con Margot. “El niño”ira en otro coche. Salimos en dos horas. Avisa a tu jefa para tenerlo todo preparado-. Terminada la parrafada de órdenes se dio la vuelta y siguió a lo suyo.

Nuno se fue a la cocina a preparar un café para él y otro para Madelaine antes de subir a comunicarle el plan de viaje. Sentía cierto nerviosismo, casi infantil, por lo que iba a pasar. Sentía que harían historia, y eso era excitante.

lunes, 28 de septiembre de 2015

CAPITULO XXVIII: Pandora busca la caja de los vientos.



 Hacía varios días que sus canales de información no le aportaban nada. Ninguno de sus senescales tenía nada nuevo. Habían perdido a dos hombres en Navarra, los que seguían al historiador de Baiona, también habían fracasado. El contacto que tenían en la organización, a través de un socio del Ricardo Carpintero ese, un socio rumano que era familia de un alto dignatario de la orden, se había apagado. Al parecer, Ricardo desapareció con dinero que tenía en común con su socio rumano y no tenían ni idea de donde podía ocultarse. Aunque no era la primera vez que este elemento desaparecía con dinero de otros.

Su único consuelo era que la gente que custodiaba sus tesoros, no parecía ver nada revuelto en el entorno.

Pero él sabía que tenía que pararlos antes que llegaran demasiado cerca. Esa guarra de Madelaine y el invertido de su hijo, tenía que haberlos eliminado hacía tiempo. Siempre pensó que ella sabría comprender el ocultismo de todo aquello, podía haber sido una gran esposa, podía haber unido dos dinastías que custodiasen el conocimiento de la orden. Pero se encaprichó con el Carpintero, con ese nombre de judío converso no podía traerles nada bueno, y él puso tierra de por medio. Ella siempre había puesto por delante de su misión en la vida su propio placer. Y no digamos del niño. Podían haber sido aliados y ahora eran enemigos irreconciliables.

Llamaron a la puerta de su despacho. Era una estancia de un viejo caserón cerca de Burdeos. Austera, incluso pobre, se podría pensar. Pasa, contestó el anciano. El que entró era su mano derecha, uno de los senescales. Se suponía que nunca debían estar juntos, solo en alguna reunión. Pero el estado de las cosas, hacía necesaria la proximidad para defender con su vida, si fuera preciso, el conocimiento que Dios les había reservado a los pocos iniciados. El otro era un hombre de unos cincuenta años, con pelo rapado militar, fuerte, con estructura de pasar bastantes horas haciendo deporte al día, de ojos azules glaucos, pero con la piel ya marcada por el curso de los años.

-Magíster, han encontrado a nuestros hombres de Navarra con un tiro en la nuca y atados de pies y manos en una cuneta cerca de la frontera hispano-francesa por el lado español. La prensa dice que se trata de un ajuste de cuentas por narcotráfico, no ha sido difícil convencer de ello a Policías y periodistas. A ambos les han grabado en la boca con un hierro incandescente una cruz patriarcal de Jerusalén-.El tono de voz utilizado denotaba preocupación.

Ambos sabían de donde venía ese símbolo y quienes lo utilizaban. El anciano que tenía una apariencia física bastante similar a la de su senescal, pero con bastante más años, movió la cabeza negando, le costaba creer que les estuvieran ganando la partida con esa facilidad. Nos vamos a Portugal, tenemos que levantar la última línea defensiva, por si llegan hasta allí.
 Su senescal asintió acatando la orden-.¿ Me permite hacerle una sugerencia?-
 -Claro hermano-, contestó el mayor de ambos.
 -Creo que algo extraño está sucediendo. Parece como si pudieran ver nuestros movimientos. O nos hemos equivocado de hermanos al mandarlos a esta misión, o nuestros enemigos se han fortalecido.-
 El mayor de ellos asintió, como si él pensara lo mismo. -Veremos cuales son los siguientes movimientos pero, en cualquier caso, debemos avisar a nuestros hermanos del peligro inminente que se cierne sobre nosotros.-
 -Así se hará-.

lunes, 21 de septiembre de 2015

CAPITULO XXVI: Todo comenzó en Triana.



Ricardo acababa de llegar al lado sevillano del puente de Triana, faltaban cinco minutos para la hora fijada. Se sentía sudoroso, nervioso. En la bolsa que llevaba en la mano llevaba un millón de euros y de ellos al menos dos cientos mil eran falsos. Tenía claro que no les iba a dar a esos hijos de perra un duro más. Seguro que eran unos muertos de hambre que se conformarían con esto y le darían a Jacques y a Madelaine. Por un momento pensó que ella le estaría agradecida. Eso era bueno. Estaría más dispuesta a colaborar con él para encontrar los objetos que buscaban. Incluso es posible que se la pudiera tirar, para celebrarlo. Madelaine es mayor, como él, pero sigue estando muy buena.
Solo le había acompañado un chofer polaco que llevaba un arma y que le acompañaba a todos lados, pero se había quedado a unos doscientos metros, observando, por si Ricardo le hacía una señal.
Empezó a cruzar el puente que estaba en obras, parecía que estaban haciendo un carril bici. Por un momento pensó en lo gilipollas que tienen que ser los que van en bici en una ciudad en la que el ochenta por ciento del año hace un calor de la leche. Pasó la mitad del puente. Su paso parecía ralentizarse, como si temiera algo en su fuero interno, sabía que no debía mirar hacia atrás, pero esperaba que el polaco estuviera pendiente, como no fuera así, se iba a cagar cuando volviera.
Dio unos pasos más y sintió vibrar el teléfono en su bolsillo. Lo cogió con un “si” lacónico, como si no supiera de sobra quien le estaba llamando.
-Llega al final del puente y acércate a un mercedes negro con los cristales tintados que esta aparcado el primero nada más bajar las escaleras del otro lado del puente-.

Giovanni lo observaba todo desde la casa de la esquina. Sus hombres ya se habían encargado de quitar de en medio al polaco, que iba camino de la comisaría más cercana, al menos eso pensaba él, al detenerle por llevar un arma de fuego, una nueve milímetros parabelum, sin licencia. El coche estaba preparado, el mendigo que estaba sentado en el final de la escalera, como si estuviera durmiendo la mona, era uno de los suyos que estaba allí para empujar a Ricardo dentro del coche, si se resistía, aunque lo dudaba.
Llegó el momento. Ricardo bajó la escalera, vio a un mendigo de mierda tirado en el suelo, al final de la escalera, ese seguro que no era el enlace. Por un segundo dudó en seguir. De la ventanilla trasera del coche vio salir un brazo de mujer que le hace un gesto para que se acercase. Se aceleró. Le han mandado a una tía para recogerlo, estos son unos pardillos seguro, piensa. Cuando se acercó al coche sintió un arma blanca en su costado derecho. La mujer que estaba en el coche, una guapa morena de ojos negros, piensa él, le apuntaba con un arma y le dijo con una voz bastante fuerte, -pasa, dale la bolsa al que tienes detrás y no hagas gilipolleces que te termino aquí mismo-.
Ricardo se quedó un poco sorprendido, busca con la mirada en el largo puente al polaco. Esto no era lo previsto por él. La morena sonriendo le dijo,- de tu sicario ya nos hemos encargado-.
El coche arrancó picando ruedas mientras a él le ponían una capucha negra, su corazón latía a mil por hora. Sintió la mano de la morena en le cuello, como acariciando la nuca. -No te mueras de un infarto, cabrón, que te necesitamos vivo un ratito-.
Giovanni recogió sus cosas, todo había salido bien. En unos segundos estará abajo donde le recogerá su coche que sale como alma que lleva el diablo tras la estela del mercedes negro. En el interior, Tatiana vestida con un sugerente vestido de flores verdes y unos zapatos a juego, sonríe. Ve que el final de la relación con Ricardo está cerca. Giovanni devolvió la sonrisa mientras le daba la bolsa. -Tu dinero. Iros lejos, que nunca os puedan relacionar con esto-.
-Sabes que no ha puesto los dos millones, solo ochocientos mil y doscientos mil más falsos-, le dice Tatiana observando la reacción del italiano.
Giovanni abrió los ojos con expresión de sorpresa.- Este sátrapa es rata hasta para salvar a su hijo-.
En el fondo nunca pensó que fuera algo organizado, solo avisó a uno de sus socios en Rumanía, este le contó lo que debía hacer y Ricardo tomó las decisiones que se le pusieron en las narices-, dice ella.
-Como siempre. Gracias por la información. Para-, dijo el italiano al conductor. -Ahora bájate y disfruta, te lo has ganado con creces-.
Tatiana sonrió con desdén. Desde luego que se lo ha ganado, pero también sabe que no puede volver a su país, eso le hace sentirse un poco extraña. Ha sacado unos billetes para Méjico, se va a la Rivera Maya. Allí tiene amigos y dinero para vivir sin trabajar un tiempo, o para montar un negocio, ya se verá. Besa en la cara con cariño a Giovanni. -Gracias-.
-A ti-, se despide el italiano.
Tras dejarla, el coche sale como un tiro hacia su destino, la finca.
El primer coche acababa de llegar, todavía sin haber bajado a Ricardo del interior cuando el segundo entró por la verja, casi volando por encima del breve camino de tierra. El italiano se bajó casi en marcha del coche, con la presteza del guarda espaldas que lo hace con asiduidad, indicando con la mano que no lo sacasen aún. Giovanni no quiere que le oiga hablar, por si acaso.
Cuando se acercó al coche cerró la puerta preguntándole en voz baja, casi susurrando al oído de su compañera, -Está nervioso, ¿Ha dicho algo?-
Ella asintió, -está muy nervioso, por un momento he creído que le iba a dar un infarto. Hasta creo que ha llorado, el muy cabrón-.
-Bien, eso es bueno, llevarlo a los establos, atarlo a una columna y quitarle la capucha solo cuando este todo preparado. Acordaros, todos con monos de campesino y que solo hablen los dos que le van a interrogar-.
Se volvió hacia la puerta de la casa, en la que dos miembros de su equipo esperaban, vestidos con mono de trabajo grasiento como si fueran mecánicos de un taller, las órdenes precisas.
-Ya sabéis lo que tenemos que hacer, sacar toda la información posible y luego, eliminarlo. Necesito conocer que sabe de la búsqueda, si tiene gente trabajando en algún frente, si sus socios saben algo. No escatiméis sufrimientos, no va a salir de aquí y-, duda por un segundo tras confirmar la sentencia de muerte del valenciano, -me parece que debe pasarlo mal hasta para morirse, que ha hecho mucho daño toda su puta vida-.
Sus compañeros asintieron, efectivos, diligentes. Sabían lo que tienen que hacer y estaban seguros que no les va a causar problemas. Se dirigieron al coche y cogieron a Ricardo por los brazos. Lo llevaron casi arrastrando, a empujones, con la cabeza tapada y las manos sujetas por un precinto. Sólo se escuchaban los sollozos del valenciano, vacío ya de la arrogancia con la que solía tratar a todo el que le rodeaba. Cuando llegaron a la parte trasera de la casa,  le obligaron a ponerse de rodillas y tras atarlo le quitaron la capucha. Tenía los ojos enrojecidos del llanto, parecía un pobre desvalido, pensó uno de sus castigadores.
-No me matéis, os puedo conseguir lo que queráis, todo el dinero que queráis-, dijo nervioso, como si supiera cual sería el final.
-Ya no eres tan gallo, sonó la voz de Madelaine tras él-. Ricardo giró la cabeza, buscando la imagen de la mujer de la que reconocía la voz.
-¡Estas viva!- Exclamó no sin sorpresa.
-Muy a tu pesar cabrón-.
-Pero, no lo entiendo, os he estado buscando. ¿El niño está bien?-, dijo Ricardo intentando reponer la compostura.
-Si, no te preocupes por él-. Madelaine giraba a su alrededor. Estaba tranquila. Olía a limpio, no como él que apestaba a miedo y sudor, pensó Ricardo.
-A que esperas, suéltame, joder-. Casi gritó. Como si fuera una orden. Madelaine sintió de nuevo la mala educación de Ricardo a su alrededor. Le dio asco, sintió que no sabía como podía haber tenido relación con tamaño elemento. Levantó los ojos buscando tras la cabeza del padre de su hijo. Allí la esperaba la mirada cálida de Nuno, cariñosa, apacible, pero sedienta de venganza. El portugués nunca había tragado a Ricardo, y ahora, podría saborear el frío placer de castigar a aquel personaje.
Nuno había trabajado con ellos desde hacía muchos años. Estaba enamorado locamente de Madelaine, con quien mantenía una relación extraña. Era su hombre de confianza, su guarda espaldas más próximo y su amante ocasional. A pesar de ser bastante más joven que ella, no tenía ojos para ninguna otra mujer, y ella lo sabía y se aprovechaba de ello. Pero con Ricardo la relación no había sido buena nunca. Le había visto arruinar la vida de mucha gente cerrando empresas por no invertir cuatro perras en ello. Le había visto dejar morir negocios que podían ser viables, dejando pueblos que habían puesto todas sus esperanzas laborales en el proyecto que Ricardo hundía, que le habían dado fondos públicos para construir esperanzas de trabajo y él se lo gastaba en coches deportivos y en putas, mientras los proyectos languidecían por falta de financiación. Le había visto ordenar como si fuera un emperador a la gente que trabajaba con él. Era un déspota, pero hoy conocería el sufrimiento, y él, Nuno, disfrutaría de devolverle a ostias todo el odio que había recibido, toda la falta de respeto y de educación, todas las vejaciones que le había visto cometer. Y encima por orden de Madelaine. Nuno se sentía como si le hubiera tocado la lotería. ¡Que momentazo! Pensó mientras le soltaba un manotazo en la cara que le hacía escupir sangre.
-Bueno “Ricardo”-, preguntó con bastante sorna. -Me vas a contar quien sabe que venías a pagar un rescate, ¿verdad?- Preguntó soltándole otro bofetón que hizo abrirse una brecha en la cara de Ricardo.







jueves, 17 de septiembre de 2015

Capítulo XXV: Sólo busco tranquilidad.



  Colgó el teléfono y cruzó los brazos mientras intentaba regular su pulso. Las noticias y órdenes recibidas eran interesantes y duras. Rocío no había encontrado nada reseñable, pero su séquito de guardaespaldas habían interceptado a un sicario al que estaban “haciendo hablar” unos especialistas traídos de Turquía por sus jefes, que le habían ordenado no meterse en medio, no parecía que les hubiera hecho mucha gracia la expulsión del croata, pero tampoco le habían recriminado por ello. Ángel parecía haber encontrado algo interesante, pero todavía estaba de vuelta y antes de poder hablar con él cara a cara habría que comprobar que no le seguían de ningún modo.
Lo inquietante era la orden para el día de hoy, quitar de en medio a Ricardo Carpintero, sin más. No querían que pudiera organizar nada con sus socios de Marbella. Giovanni sabía que alguno de esos socios le pasaba información a la estructura para la que trabajaba él, pero desconocía hasta que punto estaban conectadas ambas líneas. Por un momento pensó que, en el fondo, no tenía muy claro quien estaba detrás de todas estas órdenes, de esa libertad para dar dinero, torturar o matar. Muchas veces no tenía claro si estaba haciendo lo correcto, no según sus jefes. Lo correcto para la mayor gloria de Dios, o para el mejor conocimiento de algunos miembros antiguos de la iglesia.
 En el fondo deseaba que todo esto terminara y retirarse a su casa de Cerdeña con Rocío, si ella quería, a vivir plácidamente, disfrutar viajando y quien sabe, a lo mejor crear una familia con un par de hijos. Pero eliminar gente no le gustaba. Se aflojó un poco el nudo de su corbata negra, como siempre, y cogió un cigarrillo de la mesa que tenía delante. No era suyo el tabaco, pero no lo era nunca, era una forma de decirse a si mismo que lo estaba dejando. Encendió el cigarrillo y tuvo un extraño Dejà vu, esto le estaba pasando con excesiva frecuencia en los últimos meses. El sol estaba saliendo por el final del campo visual que tenía, él todavía no se había acostado, su jefe directo estaba en Estados Unidos en viaje de negocios y le había llamado a las doce de la noche hora española, por lo que se había pasado todas estas horas haciendo gestiones y preparando cosas. Rocío llegaría en unas horas, pensó mientras pasaba la mano por su cara percibiendo la barba que ya teñía su mentón de negro.
Todo estaba listo para darle una bienvenida gloriosa a Ricardo en la finca tras cogerle en Triana, el dispositivo era de casi veinte personas. No se lo podían cargar en medio de la ciudad, pero esa noche, el Carpintero dormiría con Satanás, seguro.
A Madelaine no le diría nada hasta estar acabado. Otra cosa que tenía que resolver es a Jacques. No podía soltarle, al menos en unas semanas, pero le resultaba incómodo tenerle retenido, la madre estaba colaborando, de echo podría decir que estaba dirigiendo de nuevo la búsqueda. Pero Madelaine era una mujer que siempre había tenido claro el objetivo. A pesar de ello Giovanni no la dejaba sola ni a sol ni a sombra, nunca se sabe cuando una mujer puede utilizar el rencor acumulado contra los que la torturaron. Pero el niño suelto podía ser un estorbo. Tampoco podía quitarlo de en medio como al padre, eso podía provocar mal estar en Madelaine y no era lo mejor en este momento.
Apagó el cigarro y se quitó la ropa. Puso el despertador del móvil dos horas después. Eso era todo lo que podía dormir. Después comenzaría el baile.
Comprobó que su arma estaba bajo la cama, al alcance de la mano, la puerta cerrada y bajó la persiana. En este momento siempre extrañaba no tener a Rocío para abrazarse a ella. Nunca se había sentido tan bien con ninguna mujer con la que hubiera mantenido una relación, pero Rocío era distinta. Tenía que hacer un esfuerzo y hacerle sentir a ella todo lo que la quería, todo lo que sentía por ella. Para ser italiano, no se le daba muy bien eso de hacer sentirse querida a la mujer.

Pero ahora solo podía pensar en descansar, descansar, aunque fueran dos horas.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Capítulo XXIII: Se cierra el lazo.



  Ricardo parecía un lobo enjaulado, más de lo habitual. No solo había perdido la conexión con su hijo, tampoco podía contactar con el portugués cabrón que se suponía que estaba de su lado. Como pillara e ese tipo, se iba a acordar de Ricardo Carpintero para toda su vida. Andaba de un lado a otro de la habitación con los teléfonos, llamando a París, donde no sabían decirle nada sobre uno de sus hombres perdido, a Sevilla, donde intentaban sacar algo de información del paradero de su hijo y de Madelaine de los círculos habituales, a Marbella, donde sus socios rusos y croatas estaban buscando hasta debajo de la piedras y, por supuesto, llamando al portugués al que no localizaba ni a tiros. Había mandado a dos hombres a la finca que la madre de su hijo tiene en Portugal, a ver si eran capaces de encontrar algo, pero parecía que se los había tragado la tierra. Se estaba poniendo muy nervioso, había conseguido financiación para el operativo de algunos socios serbios y rumanos en otros negocios en esos países. A Ricardo no le gustaba gastar su dinero, solo enseñarlo como un trilero con la bolita. En el fondo era un rata de cuidado. Solo quería ganar él a ser posible el último euro.
 Pero ahora esto planteaba un problemita, si no tenían resultados tangibles, sus socios capitalistas se iban a poner muy nerviosos, y estos animales de la Europa del este lo arreglaban todo a tiros. Cada vez que lo pensaba se ponía más nervioso. Se había sorprendido en varias ocasiones pensando en como excusarse y a quien podía utilizar como cabeza de turco, por si la cosa se ponía fea.
Llamó a la “chacha” para pedirle algo de comer. En este momento no le tranquilizaba ni ver a la golfa esta ligera de ropa, pensó mientras miraba el escote de Tatiana. Su cabeza no dejaba de dar vueltas a alguna solución. De repente sonó uno de los teléfonos, casi provocando un infarto al cortar con el sonido del NODO el molesto silencio que reinaba en la habitación.
-Tráeme el teléfono, ¡rápido!- Gritó a Tatiana que obedeció sin mucha gana.
 -Ahora vete a tomar por culo de aquí, espetó Ricardo con la delicadeza de una docena de cerdos cerca de la comida.
  Descolgó el teléfono sin saber quien le llamaba, ponía que era un número oculto, lo cual no le gustaba nada, pero sabía que tenía que cogerlo.
-¿Si?-, contestó con cierta urgencia.
  -Bon Jour monsieur Carpintero-, contestaron al otro lado de la línea. -Tenemos alguna información importante para usted, referente al paradero de su familia, o lo que sean suyo-, dijo la voz con marcado acento francés. Ricardo intentaba reconocer la voz, o los ruidos, o algo que le diera pistas.
  -¿Quien coño eres tú?-
  -Creo que debería tratarme con más educación si no quiere que me los cargue a los dos y le envíe sus cabezas en una caja antes de entrar en su casa y pegarle una paliza que no olvidará en su vida-. Mientras decía esto no alteró el tono de voz, era como si estuviera tan seguro de si mismo que no le cupiera duda del resultado de lo que acababa de contar.
  -Creo que ya tengo toda su atención. Sabemos que lo que le pedimos lo puede conseguir en menos de cuarenta y ocho horas, sin policía y sin dar parte a los hijos de puta de socios que tiene. Si hace todo lo que le pedimos, nadie sufrirá más, me entiende, ¿verdad?-
  -Si-, contestó con humildad inusual.
  -Bien, pasado mañana, a las cuatro de la tarde, deberá cruzar solo el puente de Triana, en Sevilla, con una bolsa de deportes que contenga dos millones de euros, que sacará mañana de sus cuentas y de la caja fuerte que tiene en su casa. Al llegar al otro extremo del puente, al de Triana, recibirá una llamada con la siguiente orden-.
  -Si va con alguien, o alguien le sigue o espera, le matamos a usted y a todos los suyos que tenemos presos, si intenta poner algo en la bolsa o en el dinero para seguir la pista, les matamos a todos-.
  -Tenga en cuenta que no es por dinero, son negocios. ¿Ha quedado claro?-
Ricardo se quedó callado durante unos segundos, como si no lo hubiera entendido con claridad.
Gritó la voz del otro lado de la línea, -¿Ha quedado claro?-
-Si, si-, contestó aturdido Ricardo, pero no sé si podré juntar esa cantidad en tan poco tiempo.
-Ricardo, no nos tome por imbéciles, ¿quiere que le diga de donde sacarlo?-
-Creo que no, no será necesario-.
-Gracias. Otra cosa, que este número de teléfono no se quede sin batería, muchas vidas dependen de ello-. Fue lo último que escuchó.
Se cortó la comunicación y Ricardo quedó mirando el teléfono como pensando en lo que acababa de ocurrir.
Giovanni había estado escuchando la conversación junto con Madelaine. El hombre que acababa de hacer la llamada le miró buscando la aprobación por el trabajo bien realizado.
-Creo que se ha tragado el anzuelo, dijo Madelaine, no me gustaría estar a su lado hoy, no va a ser bueno-.
-No te preocupes, la persona que tenemos en su equipo está a salvo, es demasiado importante, y le odia mucho, pero mucho, mucho, mucho-, dijo Giovanni.
-No me cuesta imaginarlo-, contestó Madelaine.
-¿Te puedo hacer una pregunta personal, Madelaine?- Dijo con mucho respeto el italiano.
-Si-. Contestó ella con sequedad.
 -¿Qué viste en este hombre para tener un hijo con él?-
Madelaine sonrió mientras miraba al suelo, como buscando en su memoria. -Ahora me cuesta verlo, pero era romántico y seductor. Y yo necesitaba cariño de fuera de mi familia. Pero tuvimos a Jacques, y eso lo complicó todo-.
Giovanni asintió sin atreverse a mirarla a los ojos.
-Tengo trabajo que hacer-, dijo sin volver a mirar a la cara de Madelaine.
-No me importa que lo quitéis de en medio, no quiero que vuelva a aparecer en mi vida. A mi hijo podré perdonarle, pero no a este cabrón-.
El insulto sonó como una bomba en la boca de una persona que no decía una palabra más alta que otra prácticamente nunca.
-Ya veremos, ya veremos-, contestó Giovanni, -no somos asesinos-.
  -Ya, pero que sepas que el mundo sería un sitio mejor sin este tipo-, continuó ella.
Giovanni asintió y salió de la habitación. Estaba plenamente de acuerdo con la opinión de la mujer, pero no le gustaba quitar vidas sin sentido. Creía que su deber era consultarlo con sus superiores, pero ahora necesitaba contactar con sus investigadores en los diferentes frentes.









lunes, 24 de agosto de 2015

Capítulo XVIII: Y como es él.



Se encontraba muy cansado, desde que se había metido de nuevo en toda esta locura Ricardo no dormía bien, aunque a veces se preguntaba como podía haber dormido bien alguna vez, con todas las putadas que había hecho en su vida, a sus socios, a su familia y a cualquiera que se pusiera en medio de sus intereses. Él se consideraba un inversor, un hombre de negocios con no muchos escrúpulos. Siempre negocios, eso pensaba Ricardo. Para todos los que estaban a su alrededor era un niño rico que nunca había tenido que trabajar. Un especulador sin ninguna intención de crear negocios, solo de ganar dinero fácil. Durante muchos años se había dedicado a dar “ladrillazos”, hasta que descubrió que podía montar negocios a base de subvenciones inflando facturas para que los gobiernos regionales de diferentes comunidades autónomas pusieran el dinero y después especular con las posibilidades de las industrias montadas.
 Le habían pillado en un par de ellas, pero como tenía buenos abogados y asesores fiscales, siempre caía de pie. Tan solo en una ocasión un polaco le había pegado una paliza por haberle dejado unas deudas brutales. Le dejó una semana en la cama y una cicatriz en la barbilla, pequeña, casi imperceptible.
Se dio la vuelta en la cama para mirar por el ventanal de su habitación. Pulsó el botón para que se abriera la persiana sin levantarse de la cama. Cogió el teléfono y esperó a que le contestaran desde el otro lado. Era Tatiana, una rubia voluptuosa nacida en Tirana. Era la “asistente” personal de Ricardo. La utilizaba para todo, era su cocinera, su criada y su amante cuando no tenía a otra mujer a mano. Tatiana había llegado hacía 10 años a España buscando trabajo y, con tan mala suerte, había caído en la red de Ricardo que se encaprichó de ella en una cafetería en el centro de Valencia. Tatiana pensó en algún momento que quería casarse con ella.
 Pero poco a poco descubrió que Ricardo solo se quería a si mismo y lo único que le importaba de ella es que estuviera disponible, para todo, cuando él quería. Varias veces había pensado abandonar a este tipo, pero toda su familia en Albania vivía del dinero que ella mandaba. Cada vez le daba más asco mantener relaciones sexuales con aquel cerdo, pero no tenía muchas salidas, al menos no las veía. Descolgó el teléfono y contestó sin mucho ímpetu, -dime Ricardo-.
- El desayuno-.
-Enseguida-.
Ricardo colgó el teléfono. Tatiana sintió el asco recorrer su piel. El muy desgraciado no había dicho ni buenos días, ni gracias. Nada amable.
  Terminó de preparar la bandeja con café y bollos. Se abrochó un botón más de la camisa, para que no le mirara el escote mientras le servía el desayuno y se dirigió a la habitación de Ricardo. Golpeó la puerta con una mano mientras hacía equilibrios con la bandeja. La puerta de la habitación era blindada y solo podía abrirse desde dentro. Golpeó de nuevo la puerta pasados unos segundos ya que no había obtenido respuesta en el primer intento.
Ricardo abrió la puerta y con la mala educación habitual en él dijo, -no tengas tanta prisa que no tienes más que hacer que lo que yo te diga-. Mientras decía esto repasó el cuerpo de su criada con la lascivia en la mirada que cada vez le producía más asco a Tatiana. Al pasar le dio un palmetazo en el culo, como quien le hace una caricia al perro fiel al pasar a su lado, sin mayor aprecio ni desprecio.
Cuando Tatiana dejaba sobre la mesa la bandeja sonó el teléfono móvil de Ricardo que estaba sobre la mesilla de noche. Ricardo se sentó a la mesa y le dijo sin ni tan siquiera mirarla a la cara, -dame el teléfono-. Tatiana obedeció y tras dárselo en la mano aprovechó el segundo de confusión para salir de la habitación y cerrar la puerta. Sabía que significaba la mirada de Ricardo, por lo que decidió irse con urgencia a la compra a ver si mientras tanto él se largaba y la dejaba en paz. Avisó a Ximo, el chico que tenía Ricardo para hacerle las gestiones en Valencia y le dijo que tenía que ir a hacer la compra. En algunas ocasiones había mantenido relaciones con él. Le gustaba, era guapo y más joven que ella. No la trataba como una puta, y eso en su vida ya era algo importante.
Ricardo descolgó el teléfono tras comprobar que la puerta se había cerrado tras la salida de Tatiana. -Dime Nuno-, contestó mientras se metía un trozo de bollo en la boca.
Buenos días Ricardo, contestó el portugués. ¿Puedes hablar?
-Ya lo estoy haciendo, contestó con la boca llena-.
Nuno no había entendido bien la respuesta, le parecía que aquel tipo tenía la boca llena de pan, pensó que solo un cerdo sería capaz de contestar con la boca llena, y sonrió al pensar que eso era realmente ese tipo.- Bien, continuó Nuno, hemos conseguido cogerles la pista a las dos hijas del banquero-.
Ricardo esperaba que el portugués siguiera su discurso mientras se volvía a llenar la boca, cuando comprobó la pausa, contestó a duras penas, -¿Y?-
-Una de ellas ha seguido con su vida aburrida, la otra, Rocío, está en contacto con alguien que está estudiando documentación que podría ser la que tenía la señora Madelaine-.
-Bien, bien, que la sigan para ver como progresa, pero a distancia-.
 -Ya lo hemos hecho. Le ha comentado a su hermana que va a irse unos días a Navarra-, contestó Nuno.
 -Pues que la sigan-, ordenó Ricardo.
-De acuerdo-, contestó el luso pensando en colgar ya el teléfono.
-Una cosa más Nuno, nuestros hombres de Portugal, ¿Están progresando?-
-Creo que sí-, contestó lacónico Nuno,- pero, sinceramente, mi misión es encontrar sana y salva a la señora. Se que están buscando en varios puntos en el entorno de Fátima, pero no puedo decirle nada más-. Nuno se quedó pensativo en silencio unos segundos para proseguir, -y aunque sepa algo más no se lo pienso decir hasta que la señora lo autorice-.
Esto sacó de quicio a Ricardo que contestó exasperado,-¡ tú me dirás lo que a mi me salga de los cojones, que no se te olvide quién te paga, cabrón!-.
  Nuno pensó su respuesta un par de segundos. -Ni lo sueñes, Ricardo. Y si es por el dinero, déjeme que le explique una cosa. Cuando encuentre a la señora, aclararemos esto usted y yo. Si quiere dejar de pagarme, hágalo, pero como se le ocurra volver a insultarme o gritarme, me voy a hacer un llavero con sus “cojones”, si se los encuentro. No se le olvide, yo no soy uno de sus perritos falderos-. No esperó la respuesta, colgó y se sintió mejor. Acababa de pararle los pies al tipejo este. Nunca le había caído bien, le había aguantado algunas estupideces por no romper el clima de trabajo, pero no pensaba soportarle que le tratara como a uno de sus lameculos, el no lo era y no pensaba serlo nunca.
  Ricardo se quedo gritando, NUNO, NUNO, como si le fuera a contestar. -Me cago en su puta madre, quien se cree el portugués este que es, a mi no me cuelga el teléfono ni Dios-. Volvió a marcar el número de nuevo, pero le salió el buzón de voz.
  Salió de la habitación con la idea de pagar su frustración con la criada, gritando -Tatiana, ¿donde te metes?- Tras buscarla unos minutos por toda la casa, llegó a la conclusión de que se había ido. Ricardo necesitaba descargar su ira en alguien.

jueves, 13 de agosto de 2015

Capítulo XV:¿ Donde está el principio de la madeja?

CAPITULO XV

Nuno llevaba varios días intentando seguir la pista de su jefa. No era solo la presión de su “otro” jefe, Ricardo, era sobre todo por que le empezaba a preocupar lo larga que estaba resultando la desaparición. Por otro lado, su enlace en la oficina de Ricardo también había desaparecido, hacía unos días y, al parecer, no tenían ni puñetera idea de donde estaba.
 Habían seguido la pista a través del GPS del coche de su jefa hasta un pueblo al norte del Algarve, cerca de Odemira. A Nuno no le hizo ninguna gracia tener que volver a esa zona de Portugal. Le recordaba lo triste de su niñez, lo cutre de su región. 
El pueblo hasta el que habían perseguido estaba cerca de Odemira, Boavista dos Pinheiros, se llamaba el pueblo diminuto donde encontraron el coche, al que habían prendido fuego en la noche del día en que secuestraron a su jefa, calcinado en un campo de lechugas propiedad de una multinacional inglesa. Habían tenido algunas palabras más altas que otras con los técnicos de la empresa, que eran “lugareños” portugueses y que lo más divertido que les había sucedido en el último año, era encontrar el coche incendiado.
Habían buscado pistas en los alrededores, pero lo único que se les ocurría era que tuvieran alguien esperándoles o que hubieran salido en uno de los camiones que salían de la fábrica de la multinacional inglesa. Había intentando hablar con los de logística de la empresa, pero sus paisanos no se mostraban muy colaboradores. Nuno pidió a sus compañeros en Sevilla que investigaran la empresa, a ver que encontraban.
Pero el problema seguía existiendo. Lo peor, no tenía idea de por donde seguir la búsqueda. Varios de sus hombres estaban buscando pistas por todos los puntos en los que parecía que pudieran encontrar algo, pero no mejoraba.
Sonó el teléfono móvil, Nuno miró nervioso para comprobar que era Ricardo el que le llamaba, seguro que había descubierto algo.
-To-, contestó el portugués. Llevaba muchos años fuera de su país, ya no le quedaba casi ni acento, pero no era capaz de dejar de contestar así al coger el teléfono.
-A ver portugués-, dijo Ricardo con cierto desprecio en la forma de nombrar el origen de Nuno. -Mañana entierran al gordo cabrón ese que trabajaba en el banco donde Madelaine tenía los papeles. Quiero que estés allí y metáis la nariz en todo, a ver si localizamos algo que perseguir-.
Nuno pensó por un momento como Ricardo podía llamar a alguien gordo cuando el parecía un muñeco de esos de los bebés que no se caen nunca por lo redondos que son. Cada vez le caía peor ese tipo, pero por ahora era quien le podía seguir pagando, dadas las circunstancias, no era el momento de pensar en mandarle a hacer puñetas.
-Esta bien patrón-, contestó con cierto servilismo cínico el portugués.- Lo preparo todo. ¿Tiene usted alguien a quien marcar en especial?-
-Creo que una de sus hijas, Rocío, había tenido algo que ver con unos estudios sobre la Orden-.
-Está bien, intentaremos colocarle un localizador en el coche o en la ropa-,afirmó Nuno.
-No lo intentes, joder, hacerlo, a ver si es posible que alguna vez hagáis algo bien-.
-Si-, esta vez Nuno contestó con la sequedad de quien está pensando en mandar a hacer puñetas al que está al otro lado de la línea.
-Algo más, ¿Ricardo?- Nuno sabía que le fastidiaba bastante que un trabajador suyo se dirigiera a él de tú. Era como recordarle que él no era más que un especulador venido a más gracias al dinero que había heredado de su padre.
-No, contestó con sequedad y colgó el teléfono con la mala educación habitual-.
Nuno se quedó con el regusto de haberle tocado las narices al imbécil este. Al fin y al cabo, el solo estaba vendiéndole información hasta que desapareció su jefa. Ya tendría la oportunidad de ponerle en su sitio si volvían las cosas a su ser.
Nuno volvió a coger el teléfono móvil mientras paseaba por la acera encendiendo un cigarrillo. Hacía tres meses que había dejado de fumar, pero los nervios de los últimos días le habían forzado a recaer, ya lo volveré a dejar, pensó mientras prendía el mechero.
Al contestarle al otro lado de la línea le explicó a uno de sus compañeros el plan del día siguiente. Tras colgar el teléfono pensó que era posible, solo posible, que los documentos no hubieran salido de Sevilla. Volvió a coger el teléfono y llamó a Miguel.
Miguel era policía de la científica y antiguo compañero de correrías cuando ambos estudiaban derecho en Madrid. Seguían teniendo buen trato, y en algunos casos, colaboraba con él para buscar a determinadas personas. Miguel cogió el teléfono como si no pudiera hablar en ese momento. -Hola Nuno, ¿te puedo llamar en unos minutos?-
-Por supuesto,- contestó el portugués, -pero no te olvides, que es muy importante-.
Al colgar el teléfono pensó en como plantear la propuesta a su amigo. Era posible que pudieran encontrar movimientos de algún especialista en historia medieval. Se supone que los secuestradores de su jefa no tenían infraestructura sólida en España ni en Portugal, con lo que necesitarían a algún especialista para interpretar los datos. En Europa no tenía que haber más de cuarenta o cincuenta personas preparadas para esto. Era dar palos de ciego, pero a lo mejor daban con algo.
Tiró el cigarrillo al suelo y volvió a marcar otro número. Era el de sus oficinas en Portugal. Quería saber si habían encontrado lo que buscaban, eso cambiaría bastante el status quo de la situación. Al descolgar su compañero le disparó la pregunta en portugués sin más saludos. La respuesta fue igual de rápida. -No, pero creemos estar cerca de ello-.
Tenía que pensar más rápido, el tiempo corría en su contra. Encendió otro cigarrillo. Pensar más rápido, más rápido.


jueves, 6 de agosto de 2015

Capítulo XIII: El fin de tus problemas, el principio de los míos.



  Benito había bebido demasiado, como siempre. Le habían dejado en la puerta de la catedral hacía dos días más o menos, el tiempo no era lo suyo y no sabía donde tenía el reloj.


  Debía llevar al menos veinticuatro horas en la habitación en la que estaba. Era una enorme suite. Siempre había querido quedarse una noche en ese hotel. Lo que no había pensado nunca era en hacerlo con dos mujeres. En este momento era el rey del mundo. Estaba en el mejor hotel de Sevilla con dos hembras de bandera, ese era el sueño de casi todos los hombres, al menos de los que él conocía. Rebuscó sobre la mesilla de su izquierda y encontró un teléfono móvil. Apretó un botón a ver si aparecía la hora y descubrió que eran las cuatro de la mañana. A su derecha estaban acostadas las dos prostitutas de lujo que había contratado. Admiró las nalgas de una de ellas que estaba de espaldas a él. Se lo había montado con aquellas dos tías, eso tenía que contarlo, aunque no se lo creería nadie. Tenía que hacer una foto de la habitación con esas dos jacas en pelotas encima de la cama. Llamó a recepción.
  Tardaron algo en coger el teléfono y al otro lado salió la voz de un recepcionista somnoliento.
  -Dígame señor, respondió el recepcionista.-
  -Hola-, balbuceó Benito como no sabiendo si le saldría la voz, -necesito una cámara de fotos-.
  -¿Como?- Preguntó el recepcionista frotándose los ojos.
  -Una cámara, joder. Y deprisa-.
  -Si, si señor, enseguida se la subimos-.
  Benito colgó el teléfono y comprobó que, en la mesilla de noche tenía cocaína y restos de alguna droga más. Cogió un tubo plateado y esnifó un poco de la droga. Se quedó mirando los cuerpos desnudos de ambas.
  No habían pasado ni dos minutos cuando llamaron a la puerta sin meter mucho ruido. Benito fue con una toalla tapándose para abrir. En un primer momento pensó en tapar a las dos mujeres, pero quería exhibir su hazaña. Se iba a cagar el conserje cuando viera las dos jacas que se estaba zumbando. Sonrió mientras se acercaba a la puerta.
  Al abrir la puerta, cambió radicalmente el rictus de la cara de Benito. Al otro lado de la puerta estaba un hombre orondo como él, con el pelo largo y blanco y un bigote muy poblado también totalmente blanco. Era evidente que no trabajaba en el hotel, pensó Benito. El caso es que le sonaba la cara. Pero su mirada cambió radicalmente cuando vio las armas cortas que llevaban los dos acompañantes del primer hombre que se había encontrado. Benito reculó hasta tocar con sus posaderas el taquillón de la suite.
  -Buenas noches Benito-, casi susurró el hombre del pelo blanco con una mirada felina y un retintín que nada gusto al obeso banquero jubilado. Mientras decía esto, entraban los tres en la habitación. El del pelo blanco se quedó mirando a las dos mujeres desnudas.
   Benito preguntó sin esperar respuesta alguna, -¿Quienes son, qué quieren?
  -Despierta a estas furcias y vístete, tú controlarlo-, le dijo Ricardo a uno de sus acompañantes.
  Benito, visiblemente acojonado, despertó casi con mimo a las dos prostitutas. -Venga guapa, vestiros y largaros-. Las dos prostitutas percibieron en el ambiente algo extraño y ni rechistaron, recogieron con celeridad sus cosas y lo suficientemente vestidas como para no dar un escándalo, salieron por la puerta. Benito terminaba de vestirse cuando el del pelo blanco le dijo, -¿Te acuerdas de mi, Benito?-
  -No-, balbuceó mientras trataba de abrocharse los pantalones.
  -Bien, bien-, dijo mientras jugueteaba con los restos de cocaína. -Te refrescaré la memoria. Soy el padre del hijo de Madelaine. ¿A que ahora si te suena la música?-
  -Si, Ricardo se llamaba usted-.
  -Correcto, me sigo llamando-. Sonrió Ricardo con cierta sorna.
  -Ya sabes que es lo que quiero. ¿Verdad?-
  -No se de que me habla-, contesto Benito con cierto estupor.
  -Refrescarle la memoria-, dijo Ricardo a los dos armarios que le acompañaban y que le propinaron cinco o seis puñetazos a Benito en décimas de segundo.
  -Donde están ella y mi hijo-, preguntó Ricardo a no más de un palmo de los bigotes de Benito. -No repetiré la pregunta-, prosiguió mientras hacía gestos a sus sicarios para que siguieran con la paliza.
  -No lo sé contestó Benito, no tengo ni idea. Nos llevaron con los ojos tapados, ¡al menos a mí!!!- Gritó en un vano intento de ahorrarse unos cuantos golpes más.
  -¿Han conseguido salvar los papeles?- Preguntó de nuevo Ricardo.
  -No, se los cogieron, les obligaron a entregarlo-s.
  -¿Cómo?- Dijo Ricardo esperando respuesta rápida.
  No lo sé, solo se que estaban atando a la señora antes de impedirme verlo.
-¿Como se llamaba tú pagador?- Preguntó Ricardo mientras intentaba tranquilizar a Benito reduciendo el tono de su voz.
  La cara de Benito reflejaba cada vez más tensión. Sentía una fuerte presión en el pecho y como le empezaba a faltar el aire. Ya no sabía si era la tensión, las drogas o que cojones le pasaba. De pronto sintió una punzada en el pecho y la voz de Ricardo que decía, me cago en el puto gordo, a ver si se me va a morir sin decir nada. De repente sintió calma, sin poder respirar, pero calma.
  Ricardo miró los ojos abiertos e inexpresivos de Benito. -Me cago en su puta madre, al final no nos ha dado nada-, dijo mientras le daba un puntapié en el costado que le dolió más a él en el pie que a Benito. Uno de sus hombres se agachó para tomarle el pulso en la muñeca. -No se lo encuentro. Está muerto-, dijo sin mucho interés en el cuerpo.
  -Que se note que había estado de juerga y vámonos antes de dejar más huellas. Pasar un trapo por donde hemos tocado, que no quiero tener problemas por la muerte de este imbecil. Tú, dijo al otro sicario, llama el montacargas y avisa para que nos esperen con el motor en marcha-, le ordenó mientras se limpiaba las manos con su propio pañuelo.

jueves, 16 de julio de 2015

Capítulo VII: Madrugada en París



 Era realmente temprano, las seis y media de la mañana, vio en su reloj de pulsera Françoise. Le gustaba ese reloj. Había sido de su padre. Era un reloj sencillo, de oro. Todo lo que su padre había sacado tras treinta años de trabajar en la fábrica de Michelín. Pero a Françoise le traía recuerdos de sus años en Burdeos, cuando su vida era mucho más fácil, cuando solo era un niño. Siempre que miraba la hora en su reloj recordaba lo dura que fue la vida para su padre y como este se esforzó por dar estudios a sus seis hijos, con el único fin de que no pasaran toda su vida en la misma empresa.
La Bastille

 Era una madrugada muy fría y, además, la Plaza de la Bastille parecía el punto donde se crea el viento, pensó mientras apretaba el paso intentando cruzar el Boulevard Beaumarchais, sin fijarse apenas en los dos coches que cruzaban ese punto a esas horas. La oficina de su empresa estaba ya cerca, a no más de doscientos metros, pero el frío empezaba a traspasar su abrigo. En el fondo no comprendía que era lo que no podía esperar hasta las nueve de la mañana, pero así era su trabajo, y su jefe. Apretó aun más el paso hasta encontrar el abrigo del portal de la Rue de la Roquette en el que se encontraba su oficina.
Entró en sus oficinas de la primera planta, desconectó la alarma, miró el termostato de la calefacción como si este no funcionara bien. Seguía sintiendo frío y finalmente, se puso la cafetera para intentar entrar en calor. Arrancó su ordenador mientras se quitaba por fin el abrigo y esperando que el firewall arrancase y se actualizara el correo. Se acercó a la cafetera para servirse el negro líquido con algo de leche y un croissant del día anterior. Escuchó la alarma de su ordenador que le anunciaba nuevos correos. Con lentitud se fue dando pequeños sorbitos a su café hacia la mesa y se sentó frente al teclado, sin prestar mucha atención. En el monitor, como fondo de escritorio, el escudo de su empresa, una especie de escudo heráldico con corona ducal, campo azul y una horrible “R C” entrelazadas en el medio, de un dorado histriónico e hiriente a la vista a esas horas de la mañana. Eran las iniciales del sátrapa de su jefe, un empresario especulador español, valenciano, decía él, cuyo nombre era Ricardo Carpintero.
 Cada vez que Françoise veía aquella horterada de escudo se preguntaba que hacía él trabajando para aquel elemento, y su única respuesta era que lo hacía por dinero.
Abrió el Outlook y comprobó los remitentes de tres correos, el primero era del sátrapa, le pedía explicaciones sobre unas liquidaciones de gastos. Ya contestaría a esas tonterías. El segundo y el tercero estaban enviados desde una BlackBerry y eran del mismo remitente, la identidad asociada era Pater Familias. Era el nombre en clave de un colaborador que tenían infiltrado en una empresa del grupo que tenía su sede en Sevilla, por aquello de que la copropietaria, que todos estaban seguros que había estado liada con su jefe en algún momento, vivía allí.
 Pero como el jefe no se fiaba ni de su propia familia, al hijo que tenían en común nunca lo había reconocido. Nadie con dos dedos de frente tenía duda de la autoría de la paternidad. Tenía un sicario de los que custodiaban los intereses de su socia a sueldo para que le informara de lo que pudiera suceder de interés.
El primero era escueto, -van a trasladar los documentos a Portugal, cuando sepa la fecha os lo digo-. Esto resultaba bastante interesante. Ricardo, el jefe, quería hacerse con los originales desde hacía años, pero no lo conseguía. Madelaine, su socia, no cejaba en el celo de proteger como fuera los documentos del alcance del que había sido su amante hacía muchos años, cuando Ricardo todavía era un ricachón con cierto encanto.
El segundo era aún más escueto, si cabe.- mañana a las diez de la mañana comienza el espectáculo-.
Françoise tragó el café que tenía en la boca y tomó el teléfono con urgencia para llamar a su jefe. Esto no le iba a gustar. Con los años se había vuelto perezoso y no le agradaba que le despertaran antes de las once de la mañana.
-Bonjour-, dijo Françoise a modo de saludo para responder al gruñido de su interlocutor.
-Françoise ?Gritó Ricardo al otro lado de la línea,- ¿Se puede saber que quieres a estas horas?- contestó cabreado el jefe con cierto ataque de prepotencia en la voz, como diciendo, “si no me gusta lo que me dices te despido”.
-Acabo de recibir un mensaje de nuestro amigo sevillano que me dice que hoy van a sacar los documentos con destino a Portugal-.
-Joder, que sorpresa-. Parecía como si la noticia hubiera tranquilizado al animal que gritaba al otro lado de la línea telefónica.-Dile que nos tenga informados, en Portugal será más sencillo hacerse con ellos- le dijo y a continuación, colgó el teléfono.
Este elemento, siempre tan bien educado. Remitió las órdenes a su hombre en Sevilla y llamó por teléfono a uno de sus compañeros de trabajo.
-Remí, prepara todo para salir de viaje, creo que nos vamos a Portugal en no más de dos días, tenemos trabajo-.
-¿Cuantos vamos?- Preguntó su compañero.
-No creo que más de cuatro, Mauricio, Antonio, tú y yo-.
-¿Material?- Volvió a preguntar Remí.
-Lo normal, si necesitamos algo lo compramos allí. Nada de armas largas, no quiero atravesar España armado hasta los dientes y que nos confundan con activistas vascos-.
-Ça va-. Respondió Remi esperando la confirmación del siguiente paso.
-Te llamo en unas horas y te confirmo la operativa, hasta luego-. Colgó sin esperar respuesta. Cerró el chiringuito, conectó la alarma y salió disparado hacia su casa. No era la primera vez que le había tocado salir a la carrera con lo puesto, y esta vez quería evitarlo con cierta preparación, tocó su bolsillo para comprobar que había cogido la BlackBerry y a paso rápido volvió por el camino que había venido hacía su ático de la Rue D´Ormesson, no demasiado lejos de su oficina.
La ciudad se había activado, el frío seguía siendo intenso, pero el bullicio del tráfico parecía amortiguarlo. Subió el cuello de su abrigo y metió las manos en los bolsillos.
Al doblar la esquina de la Rue Tureme, vio a dos hombres altos, de al menos metro ochenta, con ropa más de montaña que de ciudad y pensó, estos se van a esquiar, los hay con suerte. Mientras yo, a Portugal, que divertido. En esto estaba pensando cuando pasó por al lado de uno de ellos y sintió un fuerte golpe en la cabeza, antes de desplomarse.
Cuando abrió los ojos estaba en el interior de una furgoneta, maniatado, con un dolor de cabeza brutal y con un tío enorme enfrente que le apuntaba con un arma mientras que jugueteaba con la BlackBerry que le acababan de quitar. Los cristales eran opacos, pero podía intuir que se estaban alejando del centro de París. Intentó preguntar a su vigilante algo, pero le costaba pronunciar ninguna palabra.
-No te esfuerces, no voy a darte ninguna información-. Le dijo su guardián hablándole en francés con un fortísimo acento inglés.
-Descansa, te va a hacer falta y tenemos un rato de viaje-.
Françoise se recostó intentando no apoyar el lado de la cabeza que tenía como inflamado por el golpe. Estaba cansado, pero no creía que pudiera dormir.