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jueves, 1 de octubre de 2015

CAPITULO XXIX: El amor aprovecha la tregua.



 Llevaban un par de días interrogando a Ricardo, pero parecía no saber mucho y haber comunicado aun menos. Ya sabían quien era su contacto en Rumanía y Giovanni había puesto a gente de allí sobre la pista. Sus jefes parecían bastante contentos con el avance de la investigación. Pero cada vez mostraban menos escrúpulos en eliminar gente, lo cual le hacía pensar que era posible que en algún momento también él fuera prescindible. Su equipo más próximo era de su plena confianza, pero no sabía lo que podía ocurrir si encontraban lo que andaban buscando. Sus jefes eran gente de negocios y fervientes católicos que querían sacar a la luz partes de la historia ocultas por manos negras que escondieron algunas cosas en el pasado. Tras la publicación de los libros de Dan Brown, Habían visto que era el momento de dar el aldabonazo y rescatar algunas cosas. Pero no podían hacerlo de forma limpia, de modo que contaron con especialistas si reparar en gastos. Pero tendrían que borrar pistas para que no les metieran a todos en la cárcel al terminar la búsqueda. La suya no dejaba de ser una agrupación de católicos con dinero, pero de poca entidad dentro de la iglesia, no eran ni el Opus Dei ni los Jesuitas. Estaban a años luz de esas ordenes, aunque se creyeran con los mismos derechos, la única manera de acercarse sería conseguir rescatar determinadas reliquias más cercanas al mito que a la realidad. Estas podían abrirles de par en par el corazón de la iglesia en agradecimiento y, al mismo tiempo, colocar a la orden en el mapa de las peregrinaciones.
Entró en el pajar en el que tenían a Ricardo. Estaba sucio y con varias marcas en la cara y los brazos. No se habían pasado mucho, no era necesario. Ricardo había demostrado ser bastante cagón, lo cual hacía ver de donde le venía a su hijo. Para un italiano esa cobardía era imperdonable, pero para un ex militar, más aún.
Sus hombres empezaban a estar cansados de preguntar una vez tras otra sin obtener respuestas. Giovanni se quedo mirándole unos segundos. Ricardo levantó la cabeza e imploró una vez más. -Por favor, no me matéis, os daré lo que me pidáis, pero no me matéis-.
La cara de sus hombres mostraba el hastío de escuchar lo mismo una y otra vez.
-Terminar con él y dejarle tirado en una cuneta de Sevilla, sellar le antes la boca, pero esta vez hacerlo en vivo, para que sufra por todo lo que ha puteado a los demás en su vida-. Terminó la frase y salió del edificio rumbo a la casa principal. Solo quería abrazarse a Rocío para olvidar todo esto durante un rato.
 Cuando llegó a su habitación Rocío salía de la ducha. A pesar de haber pasado ya un día desde su llegada y haber dormido varias horas, seguía teniendo aspecto de cansada. Giovanni temía que esto le estuviera superando. Era como si ella no fuera capaz de comprender el fin de todo aquello. Él había intentado explicárselo, al menos la parte que podía ser explicable. Pero ella no comprendía algunas cosas que estaba viendo a su alrededor, no comprendía aquellas “desapariciones” y no terminaba de entender por que seguían retenidas Madelaine y su hijo si ya tenían la información que querían y estaban colaborando.
-Hola cariño-, dijo Giovanni mientras besaba el cuello de la sevillana, levantando con mimo el pelo mojado.
-Hola-, contestó ella con un tono de voz bastante cansino.
-Hoy nos moveremos a otro sitio-, continuó él. -Vamos a Portugal. Parece que estamos bastante cerca de nuestro objetivo y del final de toda esta historia-.¿Conoces Fátima? Vamos a alojarnos bastante cerca de allí-.
-Si, claro que lo conozco. Aunque creo que no es uno de mis lugares favoritos de Portugal-, contestó ella.
-Normal, parece un parque temático. Pero te garantizo que el lugar donde nos vamos va a ser de tú interés-.
-Aha-, contestó ella con bastante poco interés.
-En cuanto esto se acabe, me gustaría que nos fuéramos a descansar una temporada fuera del mundanal ruido-. Esta última frase había surtido efecto, era como si Rocío quisiera romper con todo aquello.
Giovanni se acercó al cajón de la mesilla y sacó un estuche pequeño, negro.
Rocío estaba pendiente de él, lo cual era un avance importante. Se acercó a ella y se lo entregó, como si transportara todos sus sueños en esa pequeña cajita. -Es para ti. Ha pertenecido a mi familia desde hace más de cien años, y ahora me gustaría que lo tuvieras tú. No creo que pueda querer a nadie de este modo. Me gustaría formar una familia contigo, me da igual el formato, pero creo que quiero vivir mi vida a tu lado, hacerte feliz y serlo contigo-. Las palabras de Giovanni sonaban más cálidas y sinceras que nunca. No había órdenes, solo emociones.
 Rocío miró a sus ojos y vio las lágrimas asomando. Nunca le había visto tan desprotegido, era vulnerable, casi un niño desvalido. Ella cogió el estuche y lo abrió. Dentro había unos preciosos pendientes de oro blanco con docenas de diamantes formando una lágrima de varios centímetros de larga. Sintió como sus ojos también se llenaban de sentimientos. Los observó durante unos segundos antes de besarle profundamente. Abrazada a su cuello con los ojos ambos llenos del amor que se profesaban mutuamente, le dijo, -para ser italiano eres muy poco romántico, pero muy práctico. Para que pedírmelo en una cena con velas, en un sitio especial, cuando puedes pedírmelo estando desnuda, muy hábil, chaval, muy hábil. Por supuesto, pero tendremos que hacerlo a mi manera, sin boato, pero casados por la iglesia, sin alardes, pero quiero una boda de verdad y en Sevilla-.
Giovanni estaba feliz. Por primera vez en mucho tiempo se sentía bien con su vida. -Como tú quieras, mi amor-, dijo justo antes de besarla y soltar la toalla que envolvía el cuerpo cálido de Rocío.- Pero, ¿Podemos empezar a celebrarlo ya?-
Ella rio con fuerza, con soltura, como hacía meses que no se reía, desde que empezaron a estar juntos, cuando él la cortejaba cada día haciéndola sentirse tan especial. Volvía a sentir ese amor por su chico y eso le encantaba.
-Eso si, no habrá boda hasta que terminemos con esto-, puntualizó él.
-Pues tendremos que acelerar para que se acabe pronto-, respondió ella.
-Amén-, contestó él.

Madelaine estaba recostada en la cama, desnuda, observando a su amante portugués que se estaba vistiendo. Nuno siempre le había echo sentirse viva, joven. No sentía pudor de estar desnuda ante él, aunque podía ser su hijo por la edad. El amor que le profesaba su guarda espaldas era de las mejores cosas que le habían pasado en los últimos años de su vida. Se sentía satisfecha en lo sexual y fuerte en lo moral. -Hoy vamos a irnos a Entroncamento para seguir la búsqueda desde el punto donde la habíamos dejado. Creo que estamos muy cerca. Pero no me termino de fiar del italiano. Quiero tenerte cerca por si necesitamos escaparnos con lo que encontremos-. Nuno puso su dedo sobre los labios de Madelaine.
-No hables tanto, pueden escucharte-.
-Seguro que si, pero toda nuestra intimidad se resume a este cuarto. Cuando salgamos ya no podremos hablar nada de esto, y tengo miedo-.
-¿Sabes que han determinado para Ricardo?- Preguntó ella temiendo la dureza de al respuesta.
-Lo sabes igual que yo, lo han eliminado. Era una variable que teníamos que retirar de la ecuación, contestó el portugués con frialdad-. No le gustaba hablar de Ricardo, nunca le había gustado la forma de tratar a la gente de aquel tipo. De facto, en varias ocasiones había estado tentado de “terminarlo” personalmente, pero se había contenido por miedo a perder el contacto con Madelaine.
-¿Pero como lo han llevado a cabo?, ¿Ha sufrido?- Preguntó de nuevo Madelaine-.
-Espero que sí-, contestó Nuno mientras acariciaba con delicadeza la pierna de su amada.
Madelaine sentía estremecer su cuerpo cada vez que aquel hombre estaba a su lado. Hacía que se sintiera joven, intrépida, atractiva. Tenía la sentación que cada vez que estaba con él descumplía algún año, y eso a su edad era muy placentero.
-Y con mi hijo, ¿Te ha contado Giovanni qué piensa hacer?-
-No, y no creo que le haga nada, por ahora. En el fondo sabe que puede ser útil a futuro. El italiano es muy listo-.
Madelaine asintió. Ella también pensaba lo mismo. El italiano parecía un aliado fiel hoy, pero era lo suficientemente camaleónico como para volverse contra ellos llegado el momento.
Se levantó de la cama y se cubrió con un fino batín de seda rosa, elegante, suave. -Deberíamos saber hasta donde nos tiene infiltrados este tipo. No sé cuantos de los nuestros pueden estar trabajando con ellos-, dijo mientras acariciaba la camisa que Nuno acababa de ponerse con aire distraído. -Tú los conoces mejor que nadie. Los reclutaste y los diriges habitualmente. Te respetan y a mi me temen, en algún caso-.
-Te diré algo-, contestó él mientras se anudaba la corbata, como si fuera a tener una reunión importante, concentrado en cerrar bien el nudo. -Sinceramente, no creo que nos tengan muy intervenidos. Si hubiera sido así, no les hubiera costado tanto llegar hasta vosotros. Pero lo vamos a comprobar-.
Nuno se quedó concentrado mirando el espejo, como buscando inspiración en él. -Quizás podríamos mandar dos señales distintas, una por un grupo y otra por otro, a ver si reacciona el italiano de algún modo. Eso nos permitiría ver en donde estamos-.
Madelaine asintió, -me parece buena idea. Voy a bañarme, nos vemos en un rato-, dijo dejando caer la bata y besando en los labios a Nuno,- lo necesito-.
El portugués salio de la habitación encontrando en la puerta a una de las mujeres de Giovanni, como apostada sin mucho celo en su trabajo. Era una mujer atractiva, con el pelo largo y rizado, pero con una frialdad en la mirada que hacía presagiar que no le temblaría el pulso en eliminar los estorbos si fuera necesario. Saludo con un simple cabeceo que ella contestó con un buenos días y una sonrisa leve, fría. Bajó las escaleras y vio en el recibidor a gran parte del equipo de Giovanni preparando la partida, todos los pertrechos, las armas y sistemas de comunicación. Aquello parecía una operación militar en el más amplio sentido de la expresión. Por un momento pensó que acababa de volver al ejército y se sintió bien, siempre había tenido espíritu militar.
Al llegar abajo uno de los hombres le dijo, -vuestro coche será el tercero, iréis con Margot. “El niño”ira en otro coche. Salimos en dos horas. Avisa a tu jefa para tenerlo todo preparado-. Terminada la parrafada de órdenes se dio la vuelta y siguió a lo suyo.

Nuno se fue a la cocina a preparar un café para él y otro para Madelaine antes de subir a comunicarle el plan de viaje. Sentía cierto nerviosismo, casi infantil, por lo que iba a pasar. Sentía que harían historia, y eso era excitante.

jueves, 24 de septiembre de 2015

CAPITULO XXVII: Escapando



 Ángel tenía claro que aquellos dos hombres no eran simples ancianitos que estaban en la iglesia por mayor o menor beatería. Pero también tenía claro que era muy extraño que aparecieran así a la luz, con cierta osadía, mostrando símbolos de modo tan evidente. Es cierto que en Francia hay pocos monárquicos y estos son muy ostentosos en su ideología, pero algo le crujía. Tenía claro que les seguían, de algún modo. Había hablado con Giovanni para hacer un cambio de coche en San Sebastián que despistara a sus perseguidores, pero iba conduciendo incómodo. No quería que Miriam corriera ningún riesgo. Estaba saliendo de la autopista cuando sonó el móvil. Vio en el display del coche un número oculto, por lo que intuía que se trataba del italiano o alguno de sus sicarios.
-Si-, respondió con algo de incertidumbre por saber quien estaría al otro lado de la línea.
-Buenos días Ángel y Miriam, soy Margot. Me ha encomendado Giovanni un trabajo con vosotros en San Sebastián-.
-Hola Margot-, contestó Ángel como si la conociera de toda la vida. Se sentía aliviado por  que hubiera saludado también a Miriam y porque no hubiera dicho nada del trabajo en cuestión. -Dime donde nos vemos, llegaremos en poco más de diez minutos-.
-Bien, podemos vernos en la cafetería del club de tenis, al final de la playa, justo antes de llegar al peine de los vientos. Como he cambiado de look, te comento, llevo un poncho con los colores del arco iris y el pelo tan largo como siempre, pero totalmente negro y rizado-.
-Si que has cambiado, sí-. Contestó Ángel siguiéndole la corriente a sabiendas que ella estaba informada de la confidencialidad del trabajo que el hacía y de la cierta ignorancia de su pareja.
-Pues nos vemos ahora, un saludo Margot-, dijo antes de colgar.
-¿Que tenemos que hacer en San Sebastián?- Preguntó Miram con cara de extrañeza
-Nada importante, pero el gótico vasco es bastante interesante para lo que estamos buscando-.
-Ya-, contestó Miriam con incredulidad. Sabía que no le estaba contando todo, pero se sentía bien de estar allí, con él, buscando pistas de algo que no terminaba de comprender, pero que al padre de su hijo le hacía muy feliz.

Margot había llegado junto con Carmen apenas hacía media hora, tras dejar a su custodiado en manos de un equipo que había mandado Giovanni hacía dos días. No parecía que pudieran sacarle mucho, pero empezaba a flaquear tras unos días atado y sin comer más que algo de pan y beber agua un par de veces al día. Todo indicaba que su misión era seguirlas y saber de que se enteraban. Era francés y no parecía dispuesto a delatar a nadie de su entrono, por lo que era bastante probable, al menos eso decía uno de los interrogadores, que fuera del priorato, pero no tenía nada que fundamentara esa creencia.
Cuando Ángel llegó de la mano de Miriam, Margot y Carmen les esperaban al final de la cafetería, para poder observarla toda desde un solo punto. Margot se adelantó unos pasos para recibirlos como si les extrañara desde hace tiempo, muy amistosa. Al acercarse a la cara de Ángel para besarle la mejilla, le susurro al oído, de modo casi imperceptible, -El corazón de La Piedad tiene una leyenda-.
Era la clave que habían fijado para él junto con Giovanni. El italiano le comentó que si dudaba o no sabía responder, se metería en un problema. Por eso habían elegido esa clave. La respuesta salió de sus labios sin duda alguna. -Envolviéndolo, Consolatrix Aflictorum-. La respuesta era sencilla para él. Desde que tenía uso de razón había salido con esa leyenda en la capa cada lunes y cada viernes santo en Cartagena, de donde era parte de su familia, en procesión acompañando a su virgen de La Piedad.
Margot sonrió complaciente, como si se hubiera quitado un peso de encima. -Sentaros, ¿Queréis tomar algo?-
-Yo un café solo, corto. ¿Y tú cariño?- Dijo Ángel mirando a Miriam.
-Un té con leche, contestó Miriam-, percibiendo cierta extrañeza en la conversación.
-Sentaros allí con Carmen, es mi compañera-. Carmen asintió dándose por presentada de ese modo. No era una mujer besucona, si podía evitarlo, lo hacía.
Una vez todos sentado, Margot explicó el plan a ambos. Iban a alojarse en un hotel, cerca de allí un hotel que tenía aparcamiento. Dejarían su coche y quedarían en la habitación de ellas, la doscientos dos. De ese modo los sacarían en una furgoneta que tenían en el aparcamiento del hotel hasta llegar a Amorebieta, donde les habían dejado un coche nuevo con las lunas tintadas. Mientras tanto, Carmen y otro compañero más sacarían el coche de ellos para utilizarlo como señuelo para ver si les seguían. Todo irá bien y será fácil, no os preocupéis, terminó Margot tranquilizando la cara de Miriam que se echaba la mano a la tripa continuamente, como intentando proteger a su futuro hijo. -Giovanni me ha dicho que te vuelvas para Sevilla ASAP, tiene cambios en la información y podéis avanzar más deprisa, es lo que me ha comunicado-.
Ángel asintió, aceptando la orden. Por un momento se sintió como en casa, pero ahora no era su padre el que daba órdenes.


jueves, 3 de septiembre de 2015

Capítulo XXI: El enlace navarro.


La mañana de Febrero era especialmente fría en Navarra, especialmente para una andaluza como ella.  Puente la Reina era una población bella, pero con menos frío. Rocío sentía que el helor le cogía por la espalda como apuñalándola. Había llegado la noche anterior y se había alojado en un hotel cerca de Pamplona. La acompañaban dos de las chicas del equipo de Giovanni. Era evidente que no quería que le pudiera pasar nada, al menos necesitaba sentir que la protegía, aunque fuera a distancia. Al llegar a los alrededores de la iglesia, estaba repasando un poco la documentación que le habían aportado para saber que fotografiar y que analizar. La persona que les estaba facilitando la información evidentemente tenía que ser un erudito en el tema, al menos por lo que ella conocía sobre el tema, que no era poco.
-Buscaremos un sitio donde tomar un café, ¿no?- Preguntó la andaluza mientras se apretaba dentro de su abrigo, al que subía el cuello para sentir algo de calor. -Que frío hace en esta tierra-, masculló mientras apretaba el paso en busca de un lugar donde tomar un café.
A los pocos metros bajando por el lateral de la iglesia encontraron un bar abierto. Al entrar descubrieron las tres que las pocas miradas que había en el lugar se centraban en ellas. Por otro lado no era extraño, eran tres mujeres jóvenes y atractivas en medio de doce o trece lugareños no muy limpios y con apariencia de haberse tomado a esas horas ya algunas copas de diferentes licores para quitarse el frío. Rocío no podía evitar recordar a su padre cada vez que se encontraba con este cuadro, y no lo recordaba precisamente con añoranza, más bien con rabia. Nunca pudo comprender que extraño atractivo tenía el alcohol para los hombres, que les podía hacer para convertirlos en peleles sin control. Una de la cosas que le gustaba de Giovanni era que apenas bebía, solo alguna cerveza en pleno verano y algún vino bueno el cenas puntuales.
  Margot, una de sus acompañantes, se acercó a la barra tras quitarse el abrigo dejando suelta una melena negra bastante sugerente que le caía por la espalda hasta más de la mitad y, sonriendo, clavó sus ojos verdes claros en el camarero que dejó de inmediato de atender al labriego con el que departía para acercarse a la nueva clienta, bastante más atractiva, sin lugar a dudas.
-Que os pongo, guapa-, dijo el camarero con una leve sonrisa de zorro que ve a la gallina accesible.
-Tres cafés con leche, uno de ellos con la leche templada y... Margot jugueteó con su pelo mientras buscaba sobre la barra algo que comer, un paquete de Donuts. ¿Nos lo llevarás a la mesa?- Preguntó al camarero sonriendo con la seguridad que este diría que sí. Volvió a la mesa donde la esperaban Rocío y Carmen. La segunda, compañera suya desde hacía años, las dos salieron de la Policía Autónoma Vasca hacía ya cuatro años, hartas de amenazas y de tener que morderse la lengua. Ninguna de las dos era vasca, no comprendían muchas cosas que sucedían allí, pero eran tremendamente seguras, por eso las había reclutado Giovanni. Les encomendó esta misión porque conocían el terreno, a sus gentes y los problemas que podían surgirles.
  Rocío esperaba a que Carmen le diera el OK para sacar los papeles y estudiar las órdenes encomendadas. Giovanni le había dicho que ella era la única responsable del estudio, pero a Rocío le caían bien sus dos compañeras y prefería tener seis ojos en vez de dos buscando pistas. Cuando Margot llegó a la mesa, Carmen le dijo casi al oído, -cuando traigan los cafés, podemos empezar, pero procura no sacar papeles ni dibujar nada, en estos pueblos siempre sospechan de los de fuera, y si te ven haciendo dibujos o nos ven hablando sobre documentos no tardaremos ni una hora en tener pegados al culo a un par de civiles, más aún teniendo en cuenta que estos lugareños no han visto a tres mujeres guapas como nosotras más que en la tele-, terminó sonriendo.
-¡No seas exagerada!!- Contestó Rocío con una leve sonrisa, en el fondo ella pensaba algo similar.
-¿Exagerada? Las lugareñas tienen más bigote que un teniente de la Guardia Civil, y son bastante más feas. Te lo digo yo que he estado trabajando aquí un tiempecito-.
-¿Y eso?-, preguntó inocente Rocío.
-No te puedo contestar, ¿ya lo sabes verdad?-
-Sí, lo sé, pero no deja de fastidiarme, soy mujer y sevillana, cotilla por definición-, contestó riendo Rocío y provocando una carcajada en las otras dos que hizo volverse a todos los clientes del bar.
Una vez el camarero se separó de la mesa, Rocío, tras tomar un sorbito de su café, comenzó con serenidad a explicarles su misión. -Tenemos que buscar en toda la simbología de la iglesia, en todos los arcos, todos los rosetones, todas las cristaleras, todas las columnas, cada tumba que pueda tener el suelo, cada símbolo, por pequeño que os parezca. De entre todos estamos buscando, imágenes de la Virgen María, de María Magdalena, de San Juan o de San Juan Bautista. Imágenes de cabezas cortadas con o sin barba, símbolos de arquitectura o que os puedan recordar a las logias masónicas, Imágenes de dedos sueltos o de alguna imagen con el dedo apuntando hacía delante y, por supuesto, todos los textos en Latín que nos encontremos. ¿Alguna duda?-
La cara de las dos ex-policías era todo un poema.- ¿Estarás de coña no?- Contestó Carmen con la certeza de que su compañera pensaba lo mismo.
-¿Tú crees que nos hemos enterado de la mitad de lo que tenemos que buscar?-
Rocío sonrió a sus compañeras, -no os preocupéis, vemos los primeros tramos de iglesia y os enseño que queremos, no es tan difícil, ya lo veréis-.
Sus compañeras parecían bastante escépticas, pero no era la primera vez que tenían que hacer algo así, y no sería la última.
-Solo un comentario, es importante que las fotos que hagamos tengan orden, tenemos que ser capaces de hacer un montaje después con las imágenes sacadas, sin errores. Carmen, tu te ocuparas del perímetro de la iglesia. No dejes pasar cualquier muesca, cualquier señal por ridícula que te parezca. Es muy importante que cada vez que saques un primer plano de algo, saques otra foto del entorno, de manera que podamos ubicar la imagen-.
Rocío tomó un nuevo sorbo de su café y se quedó mirando la cara de Margot. Esta estaba de frente hacia la sala del bar, junto con Carmen. Rocío comprobó que la mirada de ambas se dirigía hacia el mismo sitio. -¿Ocurre algo?- Pregunto¡ó con no poca inquietud. -Nada, no te preocupes, contestó Carmen, un tipo que acaba de entrar y que no encaja en la foto, pero no te vuelvas-.
Margot seguía observándolo sin apenas pestañear. -Es evidente que no es español, comentó en voz baja al oído de Carmen-.
-Y aún es más evidente que con esas manos arregladas no ha trabajado en el campo en su puñetera vida-, contestó Carmen volviéndose levemente hacia su compañera. -Vamos a ponerle un cebo, a ver que pasa. Yo me voy por el perímetro de la iglesia a hacer fotos, que es lo previsto. Vosotras entráis en la iglesia, contáis hasta 30 y salís por la puerta en el mismo sentido que yo me he ido. Margot, intenta ver si tiene amiguetes en las proximidades, no creo que venga solo. En el caso que podamos aislarlo, intentaremos reducirle y sacar alguna información. Rocío, tu mantente cerca, pero a salvo, a no más de 20 metros y siempre a la vista de una de las dos-.
Preguntó a las dos para ver en sus caras la respuesta, -pues hala nenas, al salón, que tenemos soldados-.
  Las tres se levantaron como activadas por un resorte común que provocó la reacción de todo el bar, como si el cuello de todos aquellos hombres estuvieran programados para girar el cuello al paso de hembras tan llamativas. Al pasar cerca del individuo que había provocado la sospecha, Rocío inspiró con fuerza, como si quisiera extraer del olor de aquel hombre la máxima información posible, pero su intento fue estéril, solo olía a limpio, sin perfumes, sin nada que descubrir detrás de ello.
  Salieron con la tranquilidad de quién domina la situación. Al llegar a la puerta de la iglesia, se organizaron y comenzaron el protocolo que habían pactado. El nerviosismo se podía leer en la cara de Rocío, ella no era una mujer de acción. Sentía un nudo en la boca del estómago que casi le provocaba el vómito. Margot parecía tener ojos en el cuello, sabía si alguien les seguía y a que distancia. La sevillana buscaba en la mirada de su protectora reacciones, estado de ánimo. Margot, tras entrar en la iglesia, desplazó con el antebrazo a su protegida, con suavidad y firmeza, desplazándola hacia la pared y colocándose ella para poder ver a través de la puerta que no dejó terminar de cerrarse. Sacó un arma del bolsillo y amartilló el percutor de la pistola. Desde que empezó en la policía vasca, había cogido la manía de llevar el arma con una bala en la recámara, por no perder el tiempo en montarla. En alguna ocasión se había ganado una buena bronca de sus superiores, por el riesgo que entrañaba, pero ella se sentía más segura.
  -Nos vamos-, dijo casi susurrando, -mantén la distancia-, le dijo mirando a Rocío mientras abría la puerta, relajando la mano derecha en la que llevaba el arma, como dejándola caer sin mucha atención. Tras salir ella, Rocío no esperó a que se cerrara la puerta, salió tras ella, con el corazón como un tambor legionario en pleno desfile. Podía sentir el latido en sus sienes, en sus manos.
Empezaron a recorrer el perímetro de la iglesia, sin ver a Carmen todavía. Pero Margot parecía tener claro a quién tenía que seguir. Se dirigió hacia una furgoneta azul con matrícula francesa que estaba aparcada a unos pocos metros de ellas. Cuando estaba a menos de un metro de la trasera de la furgoneta, hizo un gesto con la mano izquierda, sin ni tan siquiera volverse hacia Rocío, que esta entendió fácilmente, no te acerques más.
Margot llegó casi por sorpresa a la ventanilla del conductor y encañonó al conductor, -ni pestañees hijo puta-. La cara de sorpresa del ocupante del coche, le pareció ridícula, -¿dónde están tus compañeros?-
El conductor parecía no entender su idioma, lo cual le indicaba que no estaba equivocada, sin bajar el arma sacó unas esposas del bolsillo y esposó la mano izquierda del conductor al volante. Metió el cuerpo por la ventanilla y quitó las llaves del coche. Después cerró las esposas enganchando la mano derecha.
Miró hacia el otro lado de la furgoneta buscando rastro de Carmen sin éxito y después vio a Rocío a unos metros de ella, con cara de pánico. Le hizo un gesto con la cabeza determinando hacia donde se pensaba dirigir, con el fin que la sevillana supiera que tenía que hacer. Rocío asintió, no sabía que estaban haciendo pero sentía cada vez más el peligro que se cernía sobre ellas. Tras avanzar unos pasos más, vieron a Carmen, que tenía en el suelo y esposado al torpe que había levantado la liebre en el bar. Se había sacado del cuello una placa de policía, falsa evidentemente, pero que les servía tanto a ella como a Margot para evitar miradas indiscretas, más aún en el territorio en el que se encontraban.
Tras Margot llegaba una angustiada Rocío, casi corriendo.
  -Recógelo y nos los llevamos en su furgoneta, a ver que podemos hacer con ellos, ordenó Carmen con tono de voz casi militar. Tenemos un piso en Tudela, con acceso desde el garaje, para no llamar la atención. Rocío, llama a Giovanni e infórmarle de lo sucedido, es evidente que esta gente tiene información de nuestros movimientos. Dile que abortamos por ahora y que nos mande un equipo de trabajo a Tudela-.
-¿Un equipo de trabajo?- Repreguntó Rocío.
-Sí, el sabe a que me refiero, no te preocupes-.