Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Relato. Mostrar todas las entradas

domingo, 23 de mayo de 2021

Nunca nos traicionan las apariencias.

 

Nunca se había sentido tan abandonado como esa tarde. Vagaba sin rumbo por la calle, observando todo con la distancia prudencial que consideraba su propia zona de confort con respecto a los demás. No era miedo, solo distancia para sentirse cómodo. Tenía la impresión de que todo a su alrededor desprendía un olor peculiar, como a almizcle mezclado con tierra mojada y algo de sudor reseco. Difícil de definir y aún más difícil de procesar. Sentía esa absurda presión en el cuello, como si algo invisible le apretara.

 Buscaba en los ojos de los demás algún gesto de comprensión, algún gesto de empatía. Pero con nulo resultado. Para muchos era invisible, para otros, los menos por suerte, un apestado del que separarse convenientemente, pero sin que se les notara el miedo, ni cerca ni lejos, ni corriendo ni andando… también bastante indefinible.

Le costaba encontrar su propio espacio en la acera. A veces tenía que dar pequeños saltitos para salirse de la trayectoria del resto de viandantes. A veces esos pequeños pasos laterales le obligaban a meterse en charcos de los que, por mucho cuidado que pusiera, siempre salía con sensación de humedad desagradable.

Empezaba a tener demasiada hambre. Podía sentir sus tripas moviéndose y sonando por el enorme vacío que contenían. Sabía dónde conseguir comida, pero no le apetecía ir a aquel lugar. Prefería no acercarse a otros como él. Prefería la soledad de caminar libremente por las calles y si se acercaba a por comida, corría el riesgo de que trataran de convencerle para quedarse. Eso no, eso nunca.

Desde muy pequeño había sentido como le dejaban una y otra vez a su suerte. Primero sus padres, no podían mantener a los seis hermanos que eran y dejaron que se lo llevaran con otra familia. Pero aquella segunda opción también se había cansado de él, de su mal humor en algunos casos, de su dejadez en muchas cosas y de su agresividad en otras. Un día decidió que ya no eran un buen hogar y se fue. Se había arrepentido muchas veces. Incluso había estado tentado de volver en ocasiones. También creía haberles visto buscar a aquellos que había llamado familia, como si quisieran encontrarle. Pero no volvería, no quería decepcionarles más. Ya hacía casi un año de su fuga y estaba hecho a la calle, aunque en ocasiones como la de hoy se sintiera abandonado en lugar de libre.

 Sus pasos mientras pensaba en todo ello le habían llevado irremediablemente al lugar que su estómago buscaba. Ese callejón medio a oscuras dónde encontrar comida entre los cubos de basura en la trasera del restaurante. Se acercó con mucho cuidado, tratando de no ser visto por los demás como él que estaban allí, esperando que el cocinero saliera con los restos y con algunos platos de carne que repartir entre ellos. Siempre lo hacía y siempre con cariño.

Se sentó en el escalón esperando mientras calculaba si habría para todos los que intuía a su alrededor. Eran demasiados, quizá era un buen momento para irse antes de que se montara alguna trifulca por la escasez de comida y los demasiados comensales.

La sombra que se alargaba tras de él le resulto familiar. Volvió la cabeza y allí estaba ella, más mayor, menos niña, pero ella sin duda alguna. Se agachó para acercarse a él y a la distancia de un beso, le susurró casi al oído, - Vamos Emir, vuelve conmigo a casa.

 Su expresión era de alegría por haberle encontrado. ¿Habría conseguido ella que le perdonaran por morder la ropa de su padre? ¿y por destrozar el sofá a mordiscos cuando le dejaban solo?

No intentó ponerle la correa, solo le agarró del collar y le apretujó en un abrazo cálido y tierno.

-          Necesitas un baño calentito y una cena rica. ¿Sabes? Casi me muero de la pena cuando te fugaste. Nunca pensé que pudiera llorar tanto por un perro. Mi padre hace meses que ya no te buscaba, te daba totalmente por perdido. Pero yo no. Yo nunca podría. Eres mí perrito. Un poco capullo, pero mi perrito.

Emir levantó la cabeza con orgullo y siguió caminando a su lado, sin separar su oreja derecha de la pierna de María. Si alguna vez había dudado del amor de esa niña, prometía no volver a hacerlo.

Se sintió orgulloso de su familia. Su familia. Como resonaban las palabras de ella en sus oídos. Hasta el hambre había pasado a un segundo plano.

María se volvió a parar para achucharle, a pesar del olor que desprendía y al oído, muy quedo, le dijo un “te quiero” que casi hizo llorar al perro tanto como lloraba de felicidad la dueña.

lunes, 2 de noviembre de 2020

No hay urgencia pequeña.

 

Mariela se sentía agobiada. El calor de Madrid en el mes de agosto puede ser insoportable. Además, llevar esa maldita mascarilla todo el día, el bolso lleno de mil trastos inútiles que le hacían pesar como si fuera relleno de plomo y la mano diestra sudorosa tratando de agarrar con fuerza, pero sin apretar, la dulce manita de su pequeño retoño, Marcelo, era aún si cabe más extenuante. Caminaba chancleteando con un ritmo casi constante que obligaba al pequeño a dar pequeñas carreritas para no perder el ritmo de su madre. Cuando esto sucedía en la acera del sol, el calor se hacía más insufrible y el aire parecía quemar las diminutas fosas nasales del zagal.

 A cada instante Mariela buscaba la mirada de su hijo tratando de comprobar si este pudiese todavía subir algo el ritmo de sus carreritas. Llegaban tarde. Quizá demasiado tarde. Comenzaron a subir la leve pendiente de la acera izquierda de la Gran Vía, por fin, con algo de sombra que produzco un suspiro de alivio en ambos. Ella volvía a mirar el reloj agobiada por la proximidad de la hora de la cita. Se inclinó levemente hacia su hijo y bajándose la mascarilla para poder comunicarse con él mejor, le invitó a aumentar la carrerita. Necesitaba alcanzar su destino, casi en la esquina con la calle Montera, en menos de cinco minutos. Los juzgados de lo Contencioso Administrativo, este año de modo excepcional por la pandemia y todo eso, estaban operativos en el mes tradicional de las vacaciones de los juzgados, pero los funcionarios que se habían quedado en este periodo, digamos que no estaban de un excelente humor.

El semáforo en rojo dio un alivio a su forzada respiración, a ambos. El pequeño se apoyó sobre sus rodillas, como lo hacen los jugadores de baloncesto. La madre sonrió viendo el enorme esfuerzo de su peque.

-          Ya solo nos quedan unos metros- le dijo buscando animar un poco al cansado canijo. – Y después te invito a comer una hamburguesa enfrente.

-          No mamá mejor una tortilla en ese bar que hay por allí detrás que tanto le gusta a papá, - dijo señalando en la dirección correcta sin dejar de sorprender a su progenitora por el excelente sentido de la orientación que demostraba.

Verde, a correr. Casi sin parar un instante llegaron a la puerta y sintieron rápidamente el alivio del fresco proporcionado por el aire acondicionado. En el control de acceso, Mariela dejó todas sus pertenencias en la bandeja y pasó el bolso por el detector de metales. La agente de seguridad, una mujer algo mayor que ella de largo cabello rizado negro y manos repletas de anillos miró al pequeño Marcelo y le dijo, casi a bocajarro.

-          ¿Qué tenemos aquí? ¿Es a ti a quien van a juzgar?

Él sonrió entendiendo que era una broma en la mirada de la agente de seguridad.

-          Marcelo corre, que llegamos por los pelos.

La agente de seguridad miró el enorme reloj que tenía detrás de ella y le preguntó a Mariela, - ¿A que juzgado vas? –

-          Al 25, voy a hacer un Apud Acta para que nos defiendan de un casero que no quiere arreglar la escalera del piso. Pero no llego.

La de seguridad hizo un gesto de calma y cogió el teléfono de la garita.

-          Marina, sube una chiquita para hacer un Apud Acta, espérala anda, que va a echar hasta la primera papilla de tanto correr. - Sonrió antes de colgar.  Te están esperando, pregunta por Marina y ella te ayudará. Y tú, caballerete, ¿subes con mamá o esperas aquí conmigo y me ayudas a que no entre ningún chorizo?

Marcelo miró a su madre con los ojos centelleando por la emoción.

Mariela comprendió inmediatamente que, si no dejaba quedarse allí a su hijo, este no se lo perdonaría nunca. - ¿Te quedas con ella?

Marcelo ya estaba asintiendo con todo el cuerpo antes que su madre formulara la pregunta.

 La de seguridad tranquilizó a la madre. No te preocupes, por aquí no va a pasar nadie para dentro ya, salvo la jueza de guardia y arriba vas a necesitar todos los sentidos. Yo me quedo con él.

Marcelo se puso a su lado, esperando las órdenes de su nueva jefa. Esta se quitó la gorra y se la puso al pequeño.

-          Yo sé que ahora no es buena idea esto, por lo del Covid y eso. Pero tú no tienes pinta de estar enfermo y yo sé que no lo estoy.

El pequeño sonrió, se caló la gorra como si lo hubiera hecho toda su vida y comenzó a hablar.

-          Yo quiero ser policía de mayor-

-          ¿A sí?

-          Sí, siempre me ha gustado.

-          Claro, desde pequeño, como a mí.

Marcelo la miraba sorprendido, compartía con aquella mujer algo que no hubiera imaginado.

-          ¿Tú tienes hijos?

Ella se quedó sorprendida por lo directo de la pregunta, sin filtro, sin miedo.

-          Sí, pero un poco mayores que tú. Y también tengo un casero tonto que se dedica a hacernos la puñeta par que nos marchemos de la casa. Pero también hacemos como tu mamá, le denunciamos para que nos respete.

Marcelo miró a lo profundo del vestíbulo, como si quisiera ver venir a su madre, pero con una serenidad impensable en un crío de su edad.

-          Tenemos muchas cosas que nos pasan a los dos, parece. – La respuesta del crío hizo brotar la carcajada en la agente de seguridad.

-Nene, eres un tío muy grande. No cambies nunca.

Su madre salía sonriente por el ascensor acompañada de la funcionaria que había estado esperando para terminar lo suyo. Buscó con rapidez la mirada del pequeño que se puso casi en posición de firmes al paso de su progenitora.

-          ¿Te quieres quedar de guardia conmigo? - preguntó la de seguridad.

Marcelo dudó un instante, pero se quitó la gorra y dijo mirando sus ojos, - mejor me voy a comer tortilla con mamá. -

miércoles, 18 de marzo de 2020

No conoces el estrés hasta que llega un virus y te asedia.


                               No conoces el estrés hasta que llega un virus y te asedia.
 Nueve horas en punto y Jose
Miguel terminaba de echarse la colonia en el baño repartiendo con mimo el olor por su torso a medio vestir. Este era un ritual habitual en él. Lo hacía todas las mañanas. Pero hoy era diferente. Hoy tenía la necesidad de sentirse limpio, de sentirse profundamente limpio.
 Salió del baño colocándose el jersey azul oscuro y subiendo la cremallera con mimo. Cogió el reloj, el teléfono, la cartera y la mascarilla. Esta última se había convertido en un objeto del que era difícil desprenderse en este estado excepcional en el que se encontraba.
Jugueteando con las llaves en su mano izquierda se puso el abrigo sobre el jersey arrebujando el cuello de ambos sobre el suyo propio para sentirse protegido, aunque sabía que ambas prendas de poco le iban a proteger. Carraspeó un par de veces antes de dar un último trago de agua y acercarse, respirando profundo, para abrir la puerta de la calle. Cada vez que hacía esto pensaba en cómo se sentirá un actor unos segundos antes de entrar en escena. Cerró la puerta tras de sí y casi de forma instintiva colocó la mascarilla sobre la boca y la nariz acomodando las gafas levemente sobre ellas. La mascarilla también tenía el olor penetrante de su colonia. Siempre se la echaba la noche anterior para que el perfume permaneciera perenne en el pequeño trozo de papel.
Su corazón empezaba a latir con insistencia inusitada, como cada vez que salía a la calle. Parecía que a cada escalón que bajaba los latidos crecían exponencialmente. También sabía que se paraba ese crecimiento en cuanto salía a la calle.
Al abrir la puerta del portal sintió el golpe seco del aire frío de la mañana, como una bofetada de realidad. Caminó los primeros pasos alejándose del refugio seguro de su hogar y en poco más de cincuenta metros se encontró con el primer obstáculo. ¡Otra persona con mascarilla en la misma acera diminuta por la que él intentaba caminar sin coincidir con nadie! Dudó un instante antes de asumir que era mejor bajarse él mismo de la acera en lugar de forzar aguantando sobre la misma a que el otro lo hiciera.
Sorteando transeúntes enmascarillados consiguió llegar a la puerta del supermercado franqueándola con no poco alivio. Al fondo, en la caja siete, vio los ojos verdes y brillantes de ella. Al pasar por su lado camino de la entrada pudo ver la sonrisa en su mirada sobre la boca tapada por una mascarilla similar a la que él mismo llevaba puesta.
-          Hola Josemi, - sonó su voz dulce y familiar, como un bálsamo que reduce el dolor insoportable, al menos, durante un instante.
Entró casi sin mirar nada más que aquellos ojos verdes casi transparente y con el pulso acelerado cogió lo indispensable, el pan, algo de fiambre, alguna manzana y un par de yogures. Se puso en la cola que se formaba tras la caja en la que ella estaba.
Cuando la fortuna le sonrió y consiguió estar frente a ella descubrió que le habían interpuesto una horrible pantalla de metacrilato frente a las narices que, no solo no permitiría que ella oliese el penetrante perfume que el llevaba, es que también le privaba de cualquier posibilidad de sentir aquel aroma a pan caliente recién hecho que ella solía desprender. Esto sumado a no poder ver más que los ojos de la mujer que tenía delante le hicieron encolerizar. No era justo. Lo único que le hacía quitarse la mascarilla desde que dos años atrás empezó a ponérsela por miedo a coger una enfermedad era devolver la sonrisa que aquella joven le enviaba cada vez que se encontraba frente a ella. Pero esta situación anormal que nos envolvía a todos borraba la más mínima posibilidad de observar esa cara que era su única alegría en un día habitual. No era en absoluto justo.
Cuando ya se sentía totalmente resignado a no poder observarla ni tan siquiera un instante, Marta le miró de medio lado, casi con la picardía de quien sabe que va a romper las normas. Terminó de pasar la compra y cuando Josemi se disponía a pagar, ella bajó su mascarilla un momento mirándole fijamente a los ojos. El gesto de la cajera estaba camuflado de agobio puntual de llevarla puesta tanto tiempo, pero él sabía que su objetivo era otro. Lo que perseguía era darle la alegría al día de Jose María, devolverle las ganas de vivir.
Josemi se bajó también la suya, como llevaba haciendo dos años, dos años de gestos sin más, dos años en los que nadie más que ellos dos comprendían lo importante del gesto. Dos años de perder el miedo por un instante, de salir del agobio que su propio cerebro le imponía, de salir de su obsesión tan solo unos instantes para devolverle la sonrisa.
No hicieron falta palabras, ambos conocían el motivo de ese instante y lo importante que era.
Marta volvió a ponerse la mascarilla y sin ocultar la coquetería en los ojos, mientras le daba el recibo de su compra sin ni tan siquiera rozarle con los guantes que el protocolo imponía le dijo.
-          A ver si se pasa esto del virus rápido y podemos volver a vernos las caras.
Jose María sonrió bajo la mascarilla y parpadeó como intentando soñar que ese momento llegara pronto.
Ahora su corazón latía con más ganas y menos miedo. Eso era lo que Marta conseguía cada día. Y eso era lo que, a él, que ya se privaba de la libertad por sus propios miedos durante todo el tiempo, le estaba robando el puñetero virus.

martes, 14 de agosto de 2018

El celofán en un ataque de patriotismo.


El verano tiene mucho de ocioso. Sobre todo, cuando tomas consciencia de que puedes escuchar sin ser sentido.
 Estaba yo de vacaciones de esas que se hacen cuando eres joven, con amigos, en una playa llena de más jóvenes de todas las nacionalidades europeas conocidas. Una de esas playas en las que, si has tenido la osadía de ir en coche, lo has de dejar aparcado el primer día y no volver a moverlo a no ser que pretendas pasar los días de asueto buscando un lugar donde aparcar.

 La noche anterior había sido larga, como todas las noches en tan alcoholizado entorno. Volver con el sol apuntando a tu nuca como si te estuviera empujando a encerrarte en el hotel o el apartamento a dormir hasta bien entrada la tarde.
Yo había tenido la mala suerte de compartir la habitación con un compañero de correrías que, dado el estado semi comatoso en el que terminaba cada larga noche de discoteca a pleno rendimiento, roncaba como si fuera una horda de orcos escapados a la carrera del mismísimo centro de Mordor en busca de medianos a los que devorar. Dada la situación, tratar de dormir en aquel lugar pasadas las cinco primeras horas se convertía en una tortura que ya le hubiera gustado inventar al mismismo Torquemada.
 Ante la imposibilidad física de seguir en el dormitorio y tras tomar un café con Ibuprofeno mojando en él algo que mantenía un curioso parecido con una magdalena, opté por salir sin hacer mucho ruido del apartamento en que tan insigne grupo de ocho descerebrados pletóricos de hormonas maceradas en diversos alcoholes nocturnos intentaba descansar.
 El sol de la costa a las tres de la tarde era como un cuchillo entrando en la mantequilla de mis ojos atormentados por el exceso de luz y resacosos, sin duda alguna, por los excesos de la noche anterior acumulados a varias del mismo porte.
Encontré un lugar en una terraza medio a la sombra donde intentar comer algo. Por supuesto, tuve que hablar en ingles con la camarera, que apenas chapurreaba alguna palabra en el idioma de Cervantes. Algo habitual en estos lugares ya que la mayor parte de los clientes eran hijos de la Pérfida Albión. Con los años que yo tenía en aquel momento, incluso resultaba gratificante ver que te entendían al hablar la lengua originaria de las Islas Británicas. Más alentador resultaba comprobar que entendías las conversaciones ajenas que entre ellos mantenían todos los anglosajones que me rodeaban, como si la isla fuera yo.
Ensimismado en mi bocadillo de pan de molde con un huevo frito medio tostado, escuchaba esas conversaciones hasta que, un tanto sobresaltado, empecé a entender como si hubiera nacido en el mismísimo London la conversación de dos venerables ancianas en la mesa de al lado. De esas que parecen haber estado todo el día en una parrilla vuelta y vuelta por el color rojizo y el olor a quemado que desprenden.
 En perfecto inglés del de Inglaterra, se quejaban amargamente de lo incómodo que resultaba estar rodeadas de españoles ruidosos y gritones. De lo soez que les resultaba nuestro idioma y de, como podía suceder tamaña afrenta, el olor a ajo que les perseguía desde que habían llegado hacía unos días a nuestro país, a nuestras playas.
En ese momento, imbuido por el espíritu de Felipe II, decidí que mi celofanidad había de servir a los nobles principios de la historia de mi país.
Como bien sabéis los que habéis leído alguna de las historias que he compartido con vosotros, en momentos de mi vida me había sentido de celofán, transparente para los demás e invisible para una gran mayoría de las personas que me rodeaban. Traté de comprobar que mi don se mantenía intacto llamando en repetidas ocasiones a varios de los camareros y camareras allí presentes con el escaso éxito habitual en mí. Evidentemente, esta era una misión para el hombre de celofán.
 Sin mucho aspaviento, cogí de mi mesa un salero de esos que crees que se pueden ir andando solos por la cantidad de mierda que tienen acumulada y que, en su interior, albergan algún objeto extraño, según dicen, para evitar la humedad. Probé que salía una cantidad generosa del grano blanco fruto de la desecación controlada del agua del mar, es decir la sal, y con el mimo que suelo tener en estas cosas me levanté, sin pagar mi consumición y observando como a los camareros no les parecía nada mal que así lo hiciera. O simplemente no me veían.
Me acerqué por detrás a las dos venerables ancianas anglosajonas que tomaban en enormes tazas una infusión de esas que tanto enamoran por su país de origen y, con un cuidad extremo esperé que ambas tuvieran la vista perdida en un punto indeterminado para volcarles medio salero a cada una de ellas en la taza.
Una vez perpetrado el golpe, abandoné el lugar con el salero en la mano para posicionarme en un banco del paseo a pocos metros desde el que poder disfrutar de los efectos de mi tropelía.
Pasaron unos minutos en los que temía más porque los camareros no hispano parlantes pudieran notar mi “simpa” que por cualquier otra cosa. Pero dicen que la venganza se sirve fría y, por lo experimentado, los ingleses también dejan enfriar su aguachirri.
Una de ellas tomo un sorbo y se convirtió en un aspersor que manchó tanto sus requemadas piernas con el liquido salino que acababa de intentar ingerir como el mantel, a su amiga, a los dos británicos bebedores compulsivos de cerveza que estaban en la mesa de al lado y algún transeúnte con pésima suerte.
La otra, imitando el gesto de su amiga y compañera de comentarios desagradables sobre el país al que habían decidido venir motu proprio de vacaciones, repitió el ejercicio mojando a la joven camarera que no hablaba mi idioma y que venía a atender a la primera. A continuación, las dos venerables ancianas británicas montaron el gran circo, increpando a los camareros a voz en grito cual verduleras de mercadillo medieval.
No pude contener la risa. Mi cabeza retumbaba por la resaca mezclada con mis carcajadas. Más de diez minutos de protestas y gritos con el horror dibujado en la cara de los camareros que trataban de calmar sin éxito alguno a aquellas dos hidras en las que se habían convertido las hijas de la Gran Bretaña.
Una vez pude dominar mi risa, me acerqué a la terraza y le dije a la camarera que me había ido por descuido sin abonar mi cuenta y dejé una generosa propina de treinta céntimos en la mesa.
Al separarme de tan dantesco espectáculo y mirando fijamente a los ojos de una de las señoras a las que tanto disgusta que España tenga españoles en sus costas, le dijo en perfecto inglés de Oxford por lo menos, Welcome to Spain.

jueves, 24 de mayo de 2018

LA HISTORIA SOLO GUARDA MEMORIA DE LOS VENCEDORES.


                        


Ángel había paseado millones de ocasiones por las calles retorcidas y casi sinuosas de Toledo. Siempre había sentido una fascinación por la historia que en ellas se albergaba, como esperando a que un alma inquieta como la suya volviera a desgranar sus pequeños matices. Pero en esta ocasión, la situación era bastante más compleja.

  Le acompañaba su chica, Miriam. Para ella era como adentrarse dentro de los pensamientos de él, de esos pensamientos más íntimos y menos declarables. Ángel había estudiado hace no pocos años historia y se había doctorado con un enorme trabajo sobre las órdenes militares medievales, sus conexiones y sus herencias. Miriam sabía que el amor de Ángel estaba dividido entre sus estudios y ella. Era conocedora de su infidelidad continua con los libros, de su pasión devoradora por leer todo aquello que pudiera tener relación alguna con la historia y en particular, con esta parte de la historia.
 Ángel nunca había podido ejercer su carrera, como la mayoría de los estudiantes de letras. Hacía años que había renunciado a sus sueños en busca de un salario digno que poder convertir en modo de vida. Pero a pesar de haberlo encontrado, su sueño de conocer más sobre lo oculto de la Edad Media asaltaba sin pudor alguno su cerebro a la menor oportunidad de hacerlo.
Para él, Toledo era una de esas ciudades capaz de convertirse en crisol de su más íntimo pensamiento, capaz de volver a transportarle a los siglos que tanto le hubiera gustado vivir en primera persona.
 Eran las siete de la tarde de un caluroso mes de mayo, un sábado cualquiera. Las estrechas callejuelas se abrían poco a poco a su paso. Las recorría casi acelerado como un adolescente a punto de llegar a la cita con la chica de sus sueños, agarrando con fuerza la mano de Miriam que le seguía un tanto azorada por la urgencia del camino.
-          Cariño, ¿Es necesario seguir corriendo? Es que, aunque no lleve demasiado tacón, correr por este suelo me produce la impresión de estar tentando a la suerte de hacerme un esguince. -
Ángel sonrió de medio lado mientras giraba su cabeza para mirarla y sonreía mordido.
-          No, mi vida. Podemos ir un poco más despacio. –
-           Te lo agradezco, – contestó ella devolviendo la sonrisa. – ¿Me puedes decir a dónde nos dirigimos con tanta urgencia? –
- Hemos quedado con Ariadna dentro de media hora y me gustaría brujulear un ratito alrededor del edificio antes de entrar. – Ángel sentía poco a poco la excitación por el momento venidero.
Ariadna era una antigua compañera de carrera que hacía ya tiempo trabajaba como guía por Toledo. Pero ese trabajo era solo una manera de sobrevivir. Su pasión, al igual que la de Ángel era la Edad Media. Su trabajo le había servido para conocer más en profundidad cada rincón de la ciudad, cada firma de cada arquitecto y escultor, cada símbolo poco claro de todo aquello que, día tras día, visitaba sin pausa contando en tres idiomas distintos a turistas más o menos despistados o interesados en su historia. De vez en cuando tenía la suerte de encontrar un turista un poco más informado de lo habitual y aprovechaba la ocasión para disfrutar contando pormenores que normalmente pasaba por alto. Pero todo aquello, básicamente, le servía para seguir con su investigación. Hoy se volvían a juntar Ángel y ella con un fin claro, el de determinar si las firmas que Ariadna había encontrado en la base de varias columnas y en su parte posterior, significaban algo relevante para Ángel que, según ella, “era el tío que más sabía en el mundo de arquitectura templaría y su simbología”.
 De algún modo era cierto que su antiguo compañero era un gran conocedor de todo ello, pero también era cierto que Ángel tenía esa sensación un tanto compleja de no estar dedicándose a ello, por lo que siempre se sentía un poco empequeñecido cuando tenía a alguno de sus compañeros que sí lo hacían, cerca.
Ángel había atemperado su paso para que Miriam no se sintiera incómoda con el ritmo al que caminaban. Ahora ella podía incluso agarrarse de su brazo en lugar de ir como remolcada por la mano de él. La morena hizo un gesto como de acariciar el antebrazo desnudo de su pareja y él respondió de inmediato al gesto con un beso de agradecimiento.
-          Muchas gracias cielo por acompañarme una vez más – dijo él.
-          Como que te crees que voy a dejarte solo con Ariadna, ja ja, - replicó ella.
Ángel rio con fuerza. – Ya sabes que solo somos amigos, los dos igual de pirados por lo mismo, pero solo amigos. –
-          Que sí, pero ella es muy mona y prefiero tenerte vigilado, - volvió a contestar ella con una sonrisita entre guasona y cínica en la boca que dejo entrever sus dientes nacarados enmarcados por el rojo intenso de sus labios.
Él volvía a sonreír complacido por los tenues celos de ella. – Solo tengo ojos para ti.-
-          Este si que es buena. Para mí y para cualquier crucecita patada, cualquier firma de un cantero en un pedrusco o cualquier lugar donde se pueda suponer que un templario paró a echar un vino alguna vez en su vida. – La sonrisa de Miriam se había tornado más ladina, más acida, sabedora de estar provocando a su chico.
Sin volverse a mirarla, como quitando importancia a la provocación, él comentó, - incluso si se supone que pudo mear un caballo de un sargento de la orden en esa esquina, ya sería trascendental para su estudio. –
Ahora Miriam reía abiertamente. Lo más grave es que sabía que la exageración de su chico no sería tal en cuanto se juntaran con Ariadna.
-          Hemos quedado justo en esta esquina del Alcázar, – dijo él buscando con la vista a su vieja camarada de estudios.
En ese momento Miriam vio aparecer el fino cuerpo de Ariadna por la misma calle que ellos habían subido. Vestía más como un guerrillero que como una guía turística. Con botas militares, un tejano apretado y una camiseta verde de tirantes que dejaba al aire sus brazos finos y pecosos. El pelo corto, casi andrógino y negro como el azabache, enmarcaba a la perfección sus ojos verdes esmeralda y su cara casi limpia de maquillaje si no fuera por una tenue sombra de ojos verde y una finísima capa de brillo en sus labios sonrosados. Esto es lo que vio Miriam. Ángel solo alcanzo a ver su querida compañera y a preparar mentalmente un chascarrillo con el que romper el hielo a su llegada. Cuando apenas les faltaban unos pasos para juntarse, habló casi a gritos.
-          Pareces una turista americana o una guerrera de Greenpeace, no lo tengo muy claro. –
Ariadna replico con cinismo, -Tú sigues pareciendo un niñato pijo del barrio de Salamanca sin oficio ni beneficio. Menos mal que tu mujer compensa tu mal gusto para vestir con un saber estar exquisito, capullo. –
Miriam sonrió por el cumplido y también se abrazó con ella pudiendo sentir la musculada espalda de Ariadna bajo sus manos en el gesto.
-          No sé cómo lo haces para estar así de guapa y así de en forma, - le contestó Miriam con no poca envidia.
-          Esta ciudad es un gimnasio lleno de historia. Con solo subir y bajar estas cuestas, se te pone el culo como una piedra, - replicó Ariadna acompañando el verbo con un gesto de palmada en su trasero, como queriendo que se escuchara la dureza.
Ángel carraspeó para interrumpir la conversación entre ambas antes que no le dejaran meter baza. – Chicas, siento interrumpir tan elevada conversación, pero hemos venido a ver algo, ¿no es así Ari? –
-          Cierto, - contestó ella. -Venid conmigo, vamos a ver unas firmas que he encontrado en la iglesia de San Miguel el Alto, - dijo comenzando a andar con paso rápido y decidido hacia ella
-          Pero ¿cuándo se han descubierto? ¿No se supone que tras la reforma del XVII solo había quedado, más o menos virgen, la torre? – Ángel acababa de dejar constancia de su erudición en el tema en tan solo dos preguntas.
Ariadna sonrió complacida, su viejo amigo no había perdido ni el conocimiento ni la profundidad. – Mira el listillo, - contestó buscando la sonrisa cómplice de Miriam que ya parecía haber desconectado mentalmente de los dos obsesivos que tenía por compañeros de viaje.
-          Cierto, pero han tenido que rascar en la base de varios pilares y columnas por un problema de humedades. Ya sabes que los bajos de esta iglesia siempre tuvieron
una salida de aguas y restos de excrementos de ganado en sus alrededores… Cuando le han metido mano para sanearlo, se han encontrado con varias firmas de canteros y con alguna de arquitectos. Pero lo más llamativo es que aparecen dos fechas que coinciden con el hospital templario que se supone había aquí a su lado, lo cual corroboraría la teoría de que esta iglesia era su oratorio. –
Ángel asintió con seguridad antes de replicar. – Veo que ya lo tenéis todo estudiado, por lo que no entiendo que me necesites para nada más que restregarme tu hallazgo. – espetó sonriendo con sarcasmo.
-No seas capullo, - dijo Ariadna golpeando con camaradería el brazo de él. – Solo lo hemos visto dos guías, el maestro de obra y el currito que se lo encontró, musulmán él, para más señas. Los de patrimonio del ayuntamiento y los de patrimonio nacional están avisados, pero no tienen tiempo hasta el mes que viene. Por todo ello, el patronato que explota turísticamente esto está que trina y yo les dije que podía echarles una mano si me dejaban mostrártelo. –
- Encima te vas a quejar cuando la chica te ha llamado a ti antes, - interrumpió Miriam.
- Que no me quejo, solo quería saber a qué vengo en concreto. –
Mientras hablaban Ariadna había abierto con una llave el viejo portón y se encontraron entrando en la iglesia y dirigiéndose hacia el altar para, a su izquierda, encontrar una zona acordonada como si hubiera sido el escenario de un crimen. Ariadna encendió una potente linterna y dos focos que apuntaban directamente al área que les interesaba.
Ángel tenía los ojos encendidos como un niño cuando llega al salón la mañana de reyes y comprueba que tiene regalos esperando a ser abiertos. Miriam le observaba con el cariño que una hermana mayor, conocedora del secreto de sus mágicas majestades, observa a su hermano pequeño entusiasmado.
-          ¿Puedo fotografiarlo? – Preguntó él.
-          Por supuesto, - contestó Ariadna. Se separó un poco de él y casi susurrando para no romper la magia del momento le dijo a Miriam, -Ahora mismo podríamos desnudarnos las dos y montar un numerito aquí y este no nos haría ni caso, Estos historiadores tienen una pedrada... –
Miriam tuvo que mirar a los ojos de la otra para saber que no era ninguna propuesta velada, solo una broma subida de tono. Solo entonces sonrió y asintió al tiempo.
Ángel se acercó para acariciar casi con miedo de romperlo el perfil de las firmas, torpemente vaciadas de restos de yeso por manos nada expertas, como era evidente. Pero a él le sirvió para lo que buscaba. Se levantó con energía de la posición encogida en la que estaba haciendo su reportaje fotográfico para sonreír abiertamente y casi llamar a gritos a Ariadna. - ¿Reconoces esta firma? – Le preguntó a su compañera que no salía de su asombro.
-          Haber chaval, si pudiera reconocerlas no te habría llamado. –
Ángel sonrió victorioso. -Es la firma de uno de los canteros y sabes dónde aparece también? –
Ariadna ni tan siquiera contestó, sabía que era una pregunta retórica para darse importancia.
-          En la sinagoga de Toledo. Lo mejor son las fechas bajo la firma, ambas, si no me falla la memoria sin de los primeros años del siglo XIV. Antes de aquel fatídico 13 de octubre de 1307 en que todo se desencadenó.
       - ¡No me jodas! – Eso respaldaría la tesis de todos los que decís que sin duda alguna los templarios convivían con los judíos incluso en la península en plena reconquista.
- Lo mejor es que también aparece en algunos otros puntos de la península. Hasta es posible que ahora podamos saber el nombre de este tío. Esa misma firma aparece en la sala capitular del castillo de Ponferrada. -
Ariadna ahora también sonreía con soltura, como hechizada por el mismo embrujo que había puesto la luz en la cara de su viejo camarada. Sus ojos parecían más esmeraldas que nunca con el brillo de la emoción.
-          Entonces sí que es relevante, ¿no? – Preguntó solo por confirmar la información.
-          Puede llegar a ser trascendental para varias investigaciones, entre otras las mías también. –
Miriam intentaba compartir la emoción de los otros dos, pero con poco éxito. Por ello decidió interrumpirles. - Muy bien, si ya habéis terminado, ¿Podemos ir a tomar algo? Estas iglesias así, medio a oscuras, me ponen mal cuerpo. –
Ariadna asintió sonriendo a la pareja de Ángel compartiendo su propuesta. – Me parece una excelente idea. Además, quiero aprovechar que habéis venido y que vamos a celebrar el hallazgo para que conozcáis a alguien. –
-          ¡No me jodas! Que se nos ha echado novio la Ari, ¿o es novia? No será un perro, que tú siempre has sido muy rarita. – Ángel sonreía socarronamente mientras decía esto buscando provocar a su compañera de carrera.
-          Es un tío, y se llama Hermman. Es alemán y habla poco español, por lo que no te pases con él, capullín. – Contestó ella.
Miriam sonrió complacida, no solo se quitaba el velo de los celos, además se alegraba por ella.
Ángel empezó a salir de la iglesia con una gran sonrisa. Al alcanzar la calle se volvió a Ariadna y abrazando mientras lo decía a Miriam, soltó:
-          Pues yo pensaba invitarte a cenar, pero visto que tú tienes más que celebrar, vas a tener que invitarnos. O que pague el teutón. –
Ariadna negaba con la cabeza sin levantar los ojos de la puerta para dejarla perfectamente cerrada. – No cambies nunca, guapo. No te preocupes, yo invito, será por dinero. –
Los tres comenzaron a bajar la cuesta entre carcajadas por las sucesivas bromas que los dos viejos camaradas se hacían sobre todo lo que se les ocurriera, como esos antiguos compañeros de armas tras la batalla, como los templarios que habrían recorrido esas mismas calles cientos de años atrás en busca de una taberna donde remojar con mal vino y peor pan las penas y aciertos de los combates compartidos.

lunes, 2 de abril de 2018

LAS HISTORIAS DE NUESTROS ANCESTROS. #CienciaFicción



Su cabeza volvía a tener ese terrible zumbido haciendo parpadear su mente como si fuera un semáforo antiguo, de aquellos que servían para regular el tráfico rodado. No era capaz de abrir los ojos con la contundencia necesaria para sentirse realmente despierto.

 Poco a poco el incesante sonido iba haciendo su trabajo, consiguiendo que su cerebro se alejara del cómodo letargo en el que se encontraba sumido para entrar con suavidad en la realidad más cruda.
 En unos segundos consiguió identificar las exiguas dimensiones de la cápsula en la que dormía. Con esa misma cadencia lenta reconoció sus pocos efectos personales apilados a los pies del pequeño camastro en el que estaba. Se bajó de la cama casi rodando al suelo para ponerse en pie con la dificultad del cansancio acumulado en sus doloridos músculos. Al mirarse en el espejo diminuto del lavabo vio su envejecido rostro y pasó su mano por la nuca hasta llegar a la mitad de su propia cabeza, sintiendo el cabello rapado golpear sus dedos al paso. Su pulso se aceleró al sentir el conector que se alojaba entre el occipital y el parietal, en el centro de su cráneo. De repente toda su vida volvió a cargarse en su memoria de ejecución y pudo recuperar sus recuerdos, sus sensaciones.
 El sonido empezaba a resultar desagradable y recordó que solo tenía que pensar en apagarlo y así lo hizo.
Volvió a mirar el pequeño espejo y le aparecieron los mensajes del día, la hora a la que entrar a trabajar, que necesitaba hacer y un para de mensajes de amigos invitándole a quedar para tomar unas cervezas mientras veían un partido.
Recordó que podía escuchar la música que quisiera con solo pensarlo y decidió darse el capricho de escuchar algo tan retro como “The trooper”, una canción de Iron Maiden, aquel grupo de Rock duro que tanto había entusiasmado a su bisabuelo a principios del siglo pasado.
Metió en el hidratador una bandeja de desayuno y mientras esperaba los escasos veinte segundos a que sonara la alarma que anunciaba la finalización del proceso, se asomó por el pequeño ventanuco circular de la puerta de acceso viendo el caos de gente saliendo de las innumerables cápsulas de descanso. Muchos de ellos y ellas eran compañeros suyos en la explotación de Diboruro de Magnesio.
Mientras comía aquel conjunto proteico con sabor a tortitas, o eso ponía en el envase, empezó a sentir como su memoria terminaba de recargar todos los protocolos de trabajo.
Miguel era un obrero especializado, básicamente, en jugarse la vida volando las betas del preciado superconductor desde el interior de un androide que gobernaba directamente con su cerebro conectado a través del enchufe que había tocado hacía unos minutos en la parte posterior de su cabeza.
 Pero lo que Miguel no era capaz de recordar con claridad era como había llegado hasta este punto de su vida. Intentó que su memoria implantada recuperara esos datos, pero como de costumbre, tentativa nula. Cuando pensaba las preguntas sobre sus pasados trabajos, la respuesta siempre era un mensaje de error.
 Sí recordaba que en alguna ocasión un compañero que ya no estaba le había comentado que esos recuerdos no eran buenos para la empresa y se borraban de forma sistemática. Ese mismo compañero le contó que, si cogía una buena cogorza de alcohol solo, sin ningún otro psicotrópico asociado, durante varios días, podías conseguir reventar las barreras del cortafuegos implantado en su cerebro para evitar el acceso a esos recuerdos.
Miguel sonrió de medio lado. Ese era el motivo de sus permanentes perdidas de ubicación, de esa sensación de no tener ni puñetera idea de dónde se despertaba, de esa pérdida de conciencia que le abocaba cada mañana a tener que volver a recargarse todo, como si nunca lo hubiera vivido, como si no fuera capaz de saber ni en que planeta se encontraba.
Apuró el último trago de cafeína pura para despertarse y recogió su mochila del suelo poniéndosela sobre el hombro derecho tan solo. Abrió el grifo del agua fría y se mojo la cara justo antes de volver a la rutina, justo antes de salir al ruido salvaje que le llevaría a trabajar de nuevo toda la jornada para terminar, como casi siempre, bebido por la noche.
Al abrir la puerta de la cápsula el sonido ensordecedor de la vida se coló por sus oídos. Su ultimo pensamiento antes de meterse en la cinta que le llevaría hasta su puesto de trabajo fue que no había cambiado tanto la minería desde hacía varios siglos. Se había sofisticado, pero seguía siendo el trabajo que nadie en su sano juicio quería hacer.

 Cerró los ojos y se dejo llevar. Ahora no podía pensar, o puede que, simplemente, no quisiera. Tan solo quería recordar, pero a estas horas, eso no era posible.

lunes, 13 de noviembre de 2017

El drama de creer sin ser. (El hombre de celofán)

 El principal problema con el que te encuentras cuando piensas que eres transparente, es que a veces, los demás te están viendo y tú haciendo el lelo en formato continuado. Esta es la experiencia que os voy a contar hoy.
 Tenía yo como unos 19 años. Creciendo en el Madrid de la movida, nos pasábamos las noches de concierto en concierto y de fiesta en fiesta. Fueron años convulsos, con muchos movimientos culturales y otros impregnados de una culturalidad que les venía sobrevenida y para la que no estaban preparados.
Me encontraba yo en un concierto de aquellos que se organizaban en el Paseo de Camoens, antes de la construcción de Rockodromo de Madrid. Eran auténticas locuras de gente de las más diversas tribus urbanas mezcladas sin orden alguno, en las que el consumo de todo tipo de sustancias y alcoholes marcaban el ritmo de la noche y, casi siempre, el devenir de diferentes peleas entre grupos rivales. La organización de estos conciertos nunca tenía muy en cuenta los posibles conflictos que pudieran generarse entre los diferentes tipos de seguidores que podrían entremezclarse en conciertos dónde rockers, haevys e incluso punks se juntaban con apenas una docena de policías para controlarlos a todos. Como era gratuito (extraño concepto este de la cultura gratuita), nadie parecía querer destinar muchos recursos a su control, convirtiendo las noches del parque del oeste en auténticas batallas campales alimentadas por el exceso de todo tipo de sustancias.
Como decía, me encontraba en un concierto, no recuerdo bien el grupo, no os engañaré, y como la inmensa mayoría de la gente de mi generación, apenas tenía dinero para un litro de cerveza y el billete de vuelta del metro. Había ido con unos compañeros de clase, pero para no perder las buenas costumbres, me había perdido, no sé si ello fue por despiste mío o por dejadez suya, el resultado era el mismo. En lo de encontrarles de nuevo en medio de una jauría de gente saltando me hallaba yo cuando, tras haberme pisado en repetidas ocasiones un grupo de saltarines y saltarinas que se pasaban compulsivamente litros de cerveza y canutos de todos los tamaños y olores posibles, decidí probar suerte con el grupo que tanto me estaba dañando los pies e insertarme entre medias de ellos, reconozco que con el fin totalmente innoble de gorronearles tanto los estupefacientes como el alcohol. Evidentemente, si no me veían como para pisarme hasta el punto de sentir los pies doloridos dentro de mis viejas deportivas, nada me hacía pensar que notaran mi presencia acoplada a su gran grupo. A mi favor, además tenía que, en el estado semi comatoso en que se hallaban la mayoría de ellos, ya no distinguirían si se trataba de una mano amiga la que se les asomaba cogiendo la botella o el canuto. Todo eran ventajas en mi pensamiento.
 EL caso es que, durante un largo periodo de tiempo, así fue. Me puse tras uno de ellos y pasé mi brazo alargando la mano con el fin de coger una botella de cerveza que sujetaba y este, al notar la presión sobre el frío vidrio, no se planteó que pudiera ser alguien ajeno a su grupo. Tras repetir la acción varias veces, incluso con diferentes miembros, me sentía pletórico de éxito y, porque no decirlo, un tanto ebrio de ingesta alcohólica. En ese momento comencé un nuevo reto, poner mi mano entre dos de ellos cunado se pasaban un canuto. Mi éxito era completo, esta situación también colaba.
No alcanzo a saber cuánto tiempo duró esta situación, es lo que tiene el caos, que no es limitable, pero sí sé a ciencia cierta qué pasadas al menos ocho canciones, decidí, henchido de mi sensación de triunfo, dar un paso más y acercarme a una de las tres chicas que formaban parte de aquel numeroso grupo. Craso error. Los primeros minutos creí poder seguir con todo lo anterior e intentar ligar con ella. No es que estuviera muy serena la criatura, yo menos aún, con lo que la percepción de la realidad era bastante distorsionada. Hablamos a voces durante un par de temas y sentí como poco a poco me hacía visible para ella. En mi embriaguez semi controlada, tenía esa absurda sensación de creer en el triunfo más grande jamás contado.
Pero aquella criatura, tenía humano (otra vez un hermano), y peor aún, novio. Este estaba en estado lamentable, pero recuperó por un instante la cordura y me vio cerca de su chica.
El resultado, imaginable. Empujones, carreras…
Jamás pensé que pudiera correr tanto cuesta arriba. Tardé menos de cinco minutos en alcanzar la boca del metro de Argüelles, estando a punto, seguro, de fulminar el récord de los mil metros cuesta arriba. Los escuchaba tras de mí, como si no tuvieran más objetivo en la vida que perseguirme. A pesar de ir zigzagueando para intentar recobrar mi estado habitual de celofanidad, no lo conseguía, quizás por las sustancias, por la torpeza…
Cuando por fin alcancé la boca del metro salté el torno sin pensar en lo que hacía y que tenía dinero para el billete, pero no cordura para acometer la parada a sacarlo sin jugarme la vida con mis perseguidores. Lo malo es que, maldita la suerte cuando se empeña en putearte, al final del vestíbulo un guardia de seguridad de los recién implantados en el suburbano de la ciudad me esperaba anhelante, como el tigre que ve venir a su presa.
Escapé de los que me habían provisto de todo tipo de placeres mundanos antes que me convirtieran en picadillo de celofán, pero no de la multa por colarme en el metro, ni de la bronca de mis progenitores por tener que pagarla, ni de los dos meses de reclusión semi forzosa en casa hasta compensar el importe de la sanción a mis padres.

Sinceramente, tardé mucho en volver a un concierto, para que negarlo.

lunes, 24 de julio de 2017

No hay ocasión pequeña.

Alfonso miraba por encima de sus pequeñas lentes de cerca. Parecía que prestaba atención al
ejemplar de La Razón que sostenía en las manos, pero nada más lejos de la realidad. Desde que ella había entrado en la cafetería, solo tenía ojos para observarla de aquel modo tan peculiar. Se escondía tras el diario como sintiendo que era un parapeto que le convertía en invisible.
 Ella no había reparado en él, faltaría más. Una mujer como aquella jamás se fijaría motu propio en un hombre como Alfonso. Los años empezaban a dejar huella en la cara de él. Su cabello hacía ya unos años que se batía en retirada dejando a la vista una prominente frente de piel clara que resaltaba sus ojos azules, pero solo en las distancias cortas. Era un tipo elegante, o al menos eso sentía. Su cuerpo trabajado en horas de gimnasio no representaba su edad real que ya había superado el medio siglo hacía algún tiempo. Pero Alfonso sentía que su cara sí le hacía más mayor de lo que realmente era.
 Volvió a disimular con el diario apoyándolo en la mesa para pasar la página y mientras tanto volver a mirar la discreta elegancia de ella. Siempre impecable, siempre desprendiendo aquella fragancia entre dulce y floral que inundaba toda la sala a su paso. Sabía que sus amigas la llamaban Marietta, pero no conocía si ese era su nombre real. Ella debía tener al menos diez años menos que él. Alfonso volvió a repasar con sus ojos la esbelta figura de Marietta como tratando de almacenar en su memoria cada centímetro de su cuerpo, intentando que el olvido nunca fuera una opción.
 Como cada día, ella pidió el desayuno y cortó su croissant con mimo y esmero para que nada quedara al azar mientras leía con poco afán un periódico que parecía tomado al vuelo, como si poco importara lo que en él se expresara.
 Alfonso volvió la mirada al suyo buscando las fuerzas para atreverse a decirle algo. Algo inteligente, sugerente, cautivador. Algo que hiciera a Marietta fijarse en él, aunque solo fuera un instante, y que le permitiera romper el hielo, quebrar la barrera que parecía separarles kilómetros.
 En ese preciso instante, ella sacó del bolso el móvil y él pudo ver en el gesto que algo no iba bien. Observó cómo primero rebuscaba en el interior de su bolso y después, azorada, trataba de hacerse ver por el camarero. Cuando este finalmente se acercó a ella, Alfonso pudo escuchar como Marietta le explicaba al poco receptivo camarero que se había quedado sin batería y con una mirada casi infantil trataba de conseguir un cargador con poco éxito.
Los ojos de Alfonso brillaron casi como el acero cuando metió la mano en el interior de su chaqueta y acarició el cargador externo que allí llevaba. Nunca había comprendido muy bien su utilidad, pero ahora se convertía en su pasaporte a la excitación más sublime.
 Se levantó con suavidad de la mesa y se aproximó a ella. Con una voz que ganaba cuerpo en el transcurso de la frase le dijo:
-          No he podido evitar escucharla y por ello me permito ofrecerle esta pequeña ayuda, por si fuera de su interés.
Marietta sonrió con toda la cara, como si realmente le hubiera salvado la vida.
-          No sabe usted el enorme favor que me hace-, dijo ella alargando la mano para tomar la tabla de salvación que él le ofrecía.
 –   - Pero, por favor, siéntese. Lo menos que puedo hacer es invitarle a un café, - continuó ella.
Alfonso sonrió agradecido. – Acepto gustoso- contesto, - pero ni mi edad ni mi forma de ser me permiten que sea usted quien pague. Ya me siento correspondido con el hecho de poder compartir unos minutos de charla. –
Marietta volvió a sonreír, pero esta vez Alfonso pudo ver casi una muestra de rubor en el rostro de ella.
 Estaba claro que las barreras estaban rotas. Solo contaba ya la pericia que él mismo tuviera para convertir una casualidad en una oportunidad de hacer historia.
Se sintió bien, más joven. También sintió la amabilidad en la mirada de ella.

Hoy prometía ser un día, al menos, memorable. 

miércoles, 30 de noviembre de 2016

El rehén de la tronista

                EL REHÉN DE LA TRONISTA

Pedro es un hombre de rituales y más aún cuando viaja. Entró como siempre lo ha hecho en el vagón del tren tras fumar un cigarrillo en el andén para enfrentarse a las cuatro horas de viaje que iba a tener por delante. Se sentó en su plaza y abrió su ordenador con el fin de ponerse a escribir en cuanto aquello se pusiera en marcha.

 Pero siempre hay una variable que no puedes controlar, y más si cabe, en los viajes. Ella apareció pisando fuerte. Era una chica bastante guapa con una larga melena rubia peinada a la perfección. Vestía muy normal, vaqueros muy ceñidos, botas altas y un jersey blanco y negro ceñido que marcaba sus curvas.
 No es que Pedro no tuviera interés en ella, no. Le parecía atractiva, pero es que a Pedro lo que le gusta de verdad, es aprovechar los viajes para escribir.
 Ella se sentó en el asiento de al lado y se quedó mirando la pantalla del ordenador de él con esa mirada perdida que no se sabe si va o viene. Pedro se volvió hacia ella esperando alguna pregunta por lo insistente que resultaba la postura y ese, fue su error.
-          Hola, me llamo Laura, - le dijo mientras le plantaba dos besos nada desagradables.
Pedro, un tanto azorada respondió con la cortesía y elegancia que el gesto merecía. – Yo Pedro, encantado. - La joven tendría al menos veinte años menos que él, por lo tanto, tampoco le dio mayor importancia al gesto.
Pero Laura había encontrado el filón por el que reventar el viaje metódico de Pedro. - ¿Eres escritor? - le preguntó haciendo un claro gesto hacia la pantalla del ordenador de él.
 Pedro aflojó el nudo de la corbata levemente y entre afirmativo y dubitativo respondió, - algo así. Estoy escribiendo una obra de teatro. – Esto, definitivamente, fue su sentencia de muerte.
-¿sí? Pues yo voy a será actriz. De hecho, voy a Madrid porque estoy participando en Mujeres Hombres y viceversa. Conoces el programa ¿no? ¿Lo ves? A lo mejor te suena mi cara de eso. Mira, dijo mostrándole unas cuantas fotos en la pantalla de su teléfono con personas  que él suponía otros participantes en tan insigne espacio televisivo.
- Pues no lo conozco, -contestó él lacónico esperando poner punto final a la conversación. Pero tentativa nula. Laura era inasequible al desaliento.
- ¿No? Bueno pues yo te cuento. Este fue el principio de dos horas casi continuas de preguntas que ella se auto respondía como un personaje de película de animación con infinitas fuerzas. Solo tenía Pedro el breve alivio de poder mirar de vez en cuando el teléfono con la excusa de que eran temas de trabajo y así buscar algún alivio en Twitter donde, al menos, podía hacer chascarrillos que le hicieran desconectarse unos segundos.
 Dos horas, dos. Seguidas, sin tregua. La educación recibida con tanto esmero hace muchos años, le impedía ser un borde y darle un corte para que se callara, por lo tanto decidió decirle que tenía que ir a por agua a la cafetería, pero ella decidió premiarle con su compañía en tan absurdo intento de fuga.
Tan solo media hora después de su absurdo intento de fuga, vio con alivio que le llamaba al teléfono su jefe y así se lo comunicó a Laura, escapando a toda prisa hacia la plataforma entre vagones. Estuvo más de media hora hablando con su jefe y después aprovechó para llamar a su mujer, a dos amigos a sus hermanas.
Laura de vez en cuando miraba hacia él que le sonreía desde la distancia mientras él hacía gestos de estar hablando con mucha energía. Casi hora y media estuvo con esa pantomima, hasta que anunciaron la llegada a Madrid. Entonces se acercó a su asiento y con cara de lástima le dijo a ella, - perdona, el trabajo, ya sabes. –
Laura le sonrió abiertamente mientras se levantaba con una prodigiosa agilidad, le dio dos besos y le contestó, - ha sido un placer charlar contigo. Me has hecho el viaje muy ameno. –

Y a continuación salió de su vida a la misma velocidad que había entrado. Pedro sonrió mientras pensaba “creo que tengo que revisar la definición de charlar”.