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jueves, 22 de octubre de 2015

CAPITULO XXXII; Aclaremos la situación


 Ángel estaba despierto, otra vez, a las tantas de la madrugada. Abrió la puerta con mucho cuidado de no hacer ruido. Miriam dormía plácidamente sobre la cama, sin taparse más que la tripa. Volvió a salir hacia el despachito que tenía a pocos metros del dormitorio. La casa en la que estaban alojados era un viejo caserón portugués, cerca de Entrocamento Norte y a pocos kilómetros de Tomar, el pueblo objeto de sus investigaciones. La casa era propiedad, según le comentó Giovanni, de unos nuevos asociados en la operación. Al italiano no le había sentado nada bien que Miriam les acompañara. Pero no tenía marcha atrás. Ella ya había estado en Francia y en el rescate de San Sebastián. Ya sabía demasiado y, además, se le empezaba a notar el embarazo. Giovanni tragó con que ella formara parte de la expedición, a cambio que no estuviera pululando por toda la casa ni, por supuesto, por los escenarios que estaban investigando.

Ángel pensaba estudiar un rato más antes de acostarse. A la mañana siguiente, se reuniría con las personas que habían tenido los documentos examinados durante los últimos años, y no quería defraudarles. En el fondo una incertidumbre le corroía por dentro. Esa gente, por lo poco que él sabía, era de origen francés y de una familia poderosa de aquel país. Ángel no tenía mucha información, pero suponía que podría sonsacar algo de sus nombres, apellidos, apariencia, etc. Alguien que hubiera poseído esa documentación durante muchos años, tenía por fuerza que tener alguna conexión histórica con el origen de los documentos. Giovanni no quería darle más información, decía que por su propia seguridad. Pero él tenía la sensación que no se trataba más que de un truco del trilero italiano. Se trataba de un tipo frío y calculador que sabía como jugar con la información de modo que solo él conociera todos los parámetros. Ángel estaba seguro que el italiano había tenido formación militar, y desde luego, algo de formación mafiosa. Era un elemento al que resultaba imposible sacarle nada que él no quisiera darte. Te dejaba suponer todo lo que quisieras, pero solo te confirmaba lo que le daba la gana.
Es cierto, que cuando les recogieron en San Sebastián, tubo la impresión de que este tío tenía gente dispuesta a todo en todas partes. Las chicas con las que tubo contacto allí eran, seguro, gente armada y segura de cumplir las órdenes que les dieran. Por otro lado, desde que llegaron a Portugal, tenían continuamente al menos a cuatro o cinco personas de seguridad todo el día pegados a ellos.
En la visita del día anterior al hospital templario de Tomar y a la ciudad, estuvo vigilado en todo momento por dos hombres, al menos. Pero tenía la sensación de tener al italiano pegado al cogote todo el día. De hecho, cuando llegaron de vuelta, Giovanni le comentó que no era necesario que fuera él a una farmacia, que le pidieran lo que necesitasen a alguien de seguridad y se lo harían llegar. Le llamó la atención porque él había ido, no hacía más de media hora a una farmacia a por paracetamol para su dolor de cabeza por la falta de descanso. Cuando el italiano le hizo el comentario se quedo bloqueado. Como coño se ha enterado este tío de lo que acabo de hacer. Sintió que quería que supiera que le controlaba, y eso no le hizo ninguna gracia.
Se sentía muy cansado y la cabeza empezaba a fallarle. Estaba más pendiente de sus pensamientos que de los documentos que estaba leyendo sobre la encomienda de Tomar. Cerró el libro con un suspiro más de cansancio que de saturación, dejó las gafas encima del libro y frotándose los ojos, se fue a la habitación para acomodarse en la cama, como siempre abrazado a Miriam y sentirse, de nuevo, en casa, al abrigo de todos los problemas. Comprobó la hora que había puesto en el despertador, acarició la incipiente tripita de su mujer y se durmió.

Eran las nueve de la mañana cuando sonó el despertador. Ángel lo apagó sin ni tan siquiera haber abierto los ojos, de forma automática. Se volvió hacia Miriam, que estaba de cara a él, para darle un tierno beso en los labios sin que ella abriera los ojos. Miriam se estiró en la cama y con voz adormilada le preguntó, ¿Tienes que levantarte ya?
Sí, tengo una reunión en una hora y quiero estar espabilado. Ángel saltó prácticamente de la cama con rumbo al baño.
-Yo me voy a quedar un ratito en la cama, estoy muerta de sueño-.
Él se volvió hacia la cama para volver a besarla. En el fondo, no tenía ningún interés en separarse de ella en este momento, pero por otro lado, tenía la impresión de que su reunión de hoy podía ser crucial en la resolución por un lado, y un momento único en su vida por otro. Todo el tiempo que estuvo aseándose, no pudo quitarse de la cabeza las especulaciones sobre quienes serían sus interlocutores.
Tras coger un café y comiendo un “bolo” de arroz, se dirigió hacia la sala en la que trabajaba y donde mantendrían la reunión. Le sorprendió que Giovanni ya hubiera llegado. Miraba con aire distraído los libros y anotaciones que Ángel tenía esparcidas por la mesa. Con la boca casi llena de bollo, preguntó, -¿Has descubierto algo en este rato?-
El italiano se volvió un tanto sorprendido, no le había oído llegar. -No, yo dirijo, tú analizas. El latín no es mi fuerte, la historia, lo justito-.
Ángel asintió complacido. Apoyó la taza en uno de los pocos huecos que quedaban libres sobre la mesa. -Bueno tío, le espetó al italiano dándole un amable golpecito en el hombro, ¿Me vas a contar con quien voy a tener el gusto de reunirme?-
-No, pero te garantizo que no te va a dejar indiferente-.
-Al menos dime si es hombre o mujer y su nacionalidad-. preguntó Ángel tratando de atar algún cabo.
-Mujer y francesa, pero lleva viviendo mucho tiempo en España-.
Aha, contestó Ángel intentando que su respuesta animara a su interlocutor a seguir. Pero el italiano no era de los que caían en esos trucos. La situación provocó un incómodo silencio, al menos para Ángel.
-Pero no te preocupes, está viniendo para aquí en unos minutos-.
Ángel apuró el último trago de café y se puso las gafas abriendo un libro sobre las encomiendas templarias en Portugal. Giovanni se quedó pululando por su alrededor hasta que a los pocos minutos sonó la puerta al abrirse y entró Madelaine.
A ambos les sorprendió la frescura y juventud que aquella mujer transmitía, a pesar de no ser ninguna niña.
Giovanni salió a su encuentro dándole la mano. Madelaine vestía un vaquero muy ajustado con una camisa azul translucido que dejaba entre ver el encaje de su ropa interior, de forma totalmente deliberada.
-Ángel, te presento a Madelaine Beaujeu-, dijo el italiano sonriendo a la mujer que acababa de entrar iluminando la estancia.
-Enchante madame-, dijo Ángel besando la mano derecha que le extendía la señora en un gesto intermedio entre la forma de darla de los hombres y la feminidad de esperar un gesto cercano al beso en la mano. Madelaine agradeció el gesto con una agradable sonrisa y se sintió un tanto turbada por la tranquilidad con la que lo había ejecutado, en estos tiempos de tan poca educación, aquel joven. Unos pasos más atrás venía Rocío, radiante, con los ojos brillantes como luceros. Llevaba también ropa vaquera y cómoda, pero su rostro reflejaba una felicidad que no pasaba desapercibida a ninguno de los asistentes.
Giovanni, la presentó a los otros dos, que la besaron en la cara con la frialdad de la persona recién conocida. Madelaine la examinó de arriba a abajo en un rápido vistazo que la sevillana devolvió con el mismo gesto. La francesa pensó en la frescura de la juventud de la chica, y la sevillana en la elegancia y belleza de aquella mujer.
-Bien-, dijo Giovanni, -estamos todos los que tenemos implicación en las decisiones que aquí se van a tomar. Ángel es nuestro especialista en historia de la orden, Rocío una inestimable colaboradora que nos ha llevado hasta la documentación que has examinado-, dijo mirando hacia Ángel, que asentía mientras miraba al resto del grupo.- Madelaine ha sido la última custodia de la documentación que estudiaste. Al principio no estuvo de nuestra parte, pero esta casa es suya y, evidentemente, estamos ahora si, todos en el mismo barco-, dijo buscando la confirmación gestual de la mujer que asintió sonriendo con complacencia.
Ángel, no pudo dejar pasar el momento de preguntar. -¿Es usted heredera directa de los Beaujeu que reclaman para sí la herencia real del Temple?-
Madelaine se quedó un tanto sorprendida por lo directo de la pregunta. Los demás esperaban la respuesta con cierta preocupación por como le podía sentar la pregunta.- Si-, contesto, -soy de esa familia que tiene el derecho a la herencia de “la orden”-, contestó con cierta dureza.
Ángel, percibiendo la frialdad de la respuesta, replicó,- ahora estoy aún más encantado de conocerla señora. He sido uno de los mayores estudiosos sobre su familia y sobre su búsqueda. Conserva usted la belleza de varios de sus antepasados, de los que he podido ver retratos-.
Madelaine se relajó ante el aprecio demostrado por el joven, que debía ser, más o menos de la edad de su hijo.
-Ángel-, interrumpió Giovanni,- Rocío es la especialista que siguió la pista Navarra-.
Ángel sonrió,- bueno Rocío, la familia de esta mujer y, sobre todo, los que les legaron los papeles, se encargaron de embarullar esto para que no lo encontremos con facilidad-.
-Si, desde luego-, contestó la sevillana.
-Bien señora, señorita y caballero, cojan un café y pongamos en común lo que sabemos. El objetivo de esta reunión es asignar los diferentes trabajos de seguimiento de las pistas en base a los conocimientos de todos nosotros y, por otro lado, garantizar la seguridad de la operación y de todos nosotros. En esta parte soy yo el que más información tiene, y por ello vamos a comenzar. Sabemos que algunos miembros del Priorato de Sión están tratando de seguir nuestra pista para intentar que, o bien no lleguemos a descubrir lo que buscamos, o bien poder arrebatárnoslo al encontrarlo. El motivo no lo tengo especialmente claro, Madelaine seguro que nos puede aclarar mucho. Por otro lado, el grupo al que yo pertenezco, quiere hacer una explotación mediática de lo que encontremos. Estamos todos de acuerdo que eso lo evitaremos cuando tengamos algo. Ninguno de los aquí presentes quiere hurtarle a los estudiosos, dijo mirando hacia Ángel, ni a los creyentes, mirando hacia Madelaine, la información. Por otro lado, lo lógico es que la familia de Madelaine, es decir ella misma y su hijo, si ella así lo considera, tengan el privilegio de hacer público el hallazgo sin desligarlo del enorme trabajo de los demás-.
Giovanni paró unos segundos para comprobar que todos comprendían el planteamiento.
-Por otro lado-, prosiguió en su exposición,- tenemos un grupo nada claro y del que poco sabemos. Estaban asociados con Ricardo Carpintero, la ex pareja de Madelaine. Este elemento esta ya fuera de juego y cortadas todas sus conexiones, pero no sabemos hasta que punto pueden tener acceso a alguna información. ¿Es posible que tengas alguna información relevante sobre ellos Madelaine?-
La pregunta le llegó sorbiendo un pequeño trago de café. A Madelaine siempre le había encantado el café de los portugueses. Dejó la taza sobre una mesita auxiliar y, madurando la respuesta, mirando hacia un punto indeterminado, contestó.- No creo que tengan acceso a nada. En realidad si no hubiera sido por las filtraciones de mi hijo, nunca se hubieran acercado. Sin Ricardo, que era el que conocía algo más de la historia de la familia, creo que no tendrán nada que hacer. Mientras tengamos a mi hijo a buen recaudo, no tienen por donde agarrar la investigación. Por otra parte, son una parada de cabestros rumanos y servios, músculo descerebrado con dinero del tráfico de drogas-.
-Bien-, asintió Giovanni, -tendremos cuidado con la seguridad de tu hijo. Respecto al priorato...-dejó la frase inconclusa en el aire.
-El priorato es posible que, o este buscando lo mismo que nosotros, o esta tratando de evitar que lo encontremos. En el fondo, somos dos caras de la misma moneda. Lo que no creo que ellos quieran hacer es sacar lo que sea a la luz. El ocultismo practicado durante todos estos siglos, no es fácil que cambie de la noche a la mañana. Yo creo que son realmente peligrosos. También opino que no deberíamos descuidar la seguridad de todos los equipos-. Madelaine conocía muy bien a ese enemigo.
Todos escuchaban con atención. -Creo que es el momento de valorar la seguridad-, replicó Giovanni.- Contamos con al menos 40 personas entre hombres y mujeres para la seguridad de esta vivienda, el piso franco de Sevilla y las posibles misiones que saquemos de estos entornos. De ellos doce son tuyos, espero que de tu total confianza. También espero que ninguno sea “amigo” de tu hijo-.
-No, que yo sepa. Tan solo me produce cierta duda un tal Víctor Andrade. Está aquí, en Tomar. Es un portugués pequeñito y amanerado. Creo que ha tenido relaciones con mi hijo en algún momento, pero también creo que puede serme fiel a mí. Sería bueno practicar algo de contra vigilancia con él-, replicó Madelaine.
Tanto Rocío como Ángel asistían algo atónitos al cruce de palabras sobre seguridad. Giovanni se percató del resquemor que estaban creando en los otros dos. -Bien, si os parece me encargo de él y trato de que vigilen a los socios de Marbella de tu hijo, por si vemos movimientos-.
-Otro tema, solo podemos salir escoltados por, al menos dos miembros de seguridad, no quiero sustos. Si tenemos que desplazar un equipo a otra ciudad, lo estudiamos y preparamos. Nada de Indianas Jones. ¿Queda claro?- Dijo mirando a Ángel.
Este asintió. -Bien, ¿ya habéis terminado con la seguridad? ¿Podemos hablar del asunto que nos ocupa?-
Todos asintieron.
-Las pistas localizadas en Bayona no nos dirigen a Portugal, nos dirigen a Ponferrada. Uno de los escudos encontrados en el cementerio medieval que allí existió, y que ahora esta expuesto abiertamente en las paredes del claustro, se repite en un descendente en un escudo de los que existen en el castillo de Ponferrada. Nuestro problema sería fechar ese escudo y saber si, cuando los templarios de ese castillo pasaron a otras órdenes al ser considerados inocentes por el Rey Fernando IV, se llevaron consigo las pistas que estamos buscando-.
Madelaine contestó prácticamente al hilo de la última palabra de Ángel. -En realidad lo que estas buscando son las respuestas a varios enigmas que nos encontraremos en el tramo final de la búsqueda. Tanto tu como Rocío, buscáis información para solucionar enigmas, lo malo es que no sabemos cual será el enigma.
-La ubicación de lo que sea que estamos buscando, a día de hoy sería aquí, pero....- Madelaine dejó la respuesta abierta-
El final de la frase quedó en el aire, como esperando que alguno de los cuatro resolviera el enigma. El silencio se prolongó por unos segundos hasta que Rocío lo resolvió, -es decir, que estamos buscando respuestas que nos pueden surgir en el futuro, pero si esta búsqueda no da frutos, de nada servirá que sepamos las respuestas posteriores, ¿No es así?-
Madelaine asintió con una mueca de cansancio, cansancio de esta búsqueda que llevaba consumida toda su vida.
-Creo entonces-, interrumpió Ángel, -que deberíamos centrarnos tan solo en la línea principal de la investigación hasta desatascarla. Después podremos volver a dispersarnos por Europa en busca de las pistas que nos aporten respuestas-.
-Pensamos que no es tan sencillo-, contestó Giovanni mirando a Madelaine que le daba la razón asintiendo. -Algunos de los lugares en los que pueden estar esas pistas están vigilados, como fue el caso de Navarra con Rocío. Algunos de nuestros contrarios no quiere que descubramos lo que ellos ya deben conocer. También ocurrió con vosotros en Francia. Os siguieron, seguramente con el fin de saber que es lo que conocíais antes de tomar ninguna determinación-.
-Por ello es importante que sigáis con las diversas líneas. Llegará un momento, que espero no sea muy lejano en el que las diversas líneas lleguen a un mismo punto, entonces sabremos que estamos en el final-, continuó Madelaine.
-Bien, mi camino me lleva, si no nos hemos equivocado al valorar los datos encontrados en Navarra y Guipúzcoa, hacia Cataluña. De todos modos me gustaría cotejarlos con vosotros que sois los especialistas-, dijo Rocío buscando la complicidad de Ángel en la revisión del material fotográfico que había traído de su periplo por el Norte.
-Tened en cuenta que la presencia de la orden en Cataluña es muy extensa, y la imaginación de la gente para vender el sello de templario, lo es aún más-, contestó Ángel. -Es posible que esa sea una pista muy compleja. Pero ahora lo revisamos y comprobamos todo. De todos modos, sería bueno que sepamos en que punto nos encontramos de la vía principal. Creo que en eso Madelaine nos puede ilustrar, dijo esperando respuesta de la francesa-.
Madelaine esperó unos segundos a ver que Giovanni asentía antes de dar rienda suelta a sus conocimientos.
-El estado actual es que cerca del Hospital templario de Tomar, aquí al lado, existió una encomienda templaria, una de las últimas en pasar a otras ordenes tras el expolio papal. Hacia ella nos han conducido diversos documentos que no habéis visto, y que seguramente, hasta que esto termine, no veréis. Se trata de páginas de algunos códices que, leídas con una clave, nos indican hacia donde dirigirnos. No todos los códices tienen la misma clave, no todos los códices son contemporáneos con la desaparición de la orden, de hecho, la mayoría son posteriores. Algunos de lo monjes que los escribieron eran iniciados y otros solo cumplían ordenes. Todos ellos tienen algo en común, en la página en la que empieza nuestro mensaje, la letra capital siempre está adornada con un Pantocrátor policromo y la letra es plateada, a pesar de que la mayor parte del libro las letras capitales sean doradas. En cada mensaje nos dice cual es el siguiente a consultar, cual es la clave del siguiente y finaliza con una frase adoptada por los marines americanos pero que proviene de los pretorianos de Roma-.
-Semper Fildelis-, contestó Ángel. -Con lo que volvemos todos a la biblioteca. Pero hay algo que no me cuadra. Tú hablas de códices y sin embargo estamos excavando en las afueras de un pueblo. Los códices están en iglesias, catedrales y bibliotecas, no enterrados-.
-Es más-, interrumpió Rocío,- si estuviera enterrado, a no ser que tenga un sarcófago muy estanco y muy seco, es posible que no encontremos nada-.
-Ese es el indicio que nos ha puesto alerta, hasta ahora siempre nos dirigía a otro libro. Desde hace cuarenta años he seguido esta búsqueda que ya inició mi tatarabuelo y siempre eran libros. Algunos muy complicados de hallar, en colecciones privadas. Alguno nos llevó más de tres años encontrarlo. Pero en esta ocasión, por primera vez, daba un lugar y no el libro a buscar. Antes que me lo preguntes Ángel, el último libro fue un códice del Beato de Liébana que se encuentra en la catedral del Burgo de Osma-.
-Gracias-, contestó con cierta vergüenza Ángel.
-Por ello tenemos a varios arqueólogos trabajando en esta excavación. Es lo malo que tiene vuestra profesión, que lo hacéis por gusto, no por dinero-, dijo mirando a Ángel que asintió con una mueca de tristeza por la realidad que le acababan de pintar.
-Bien, ahora que tenemos la información necesaria para coordinarnos, podemos seguir?- Preguntó Giovanni mientras se levantaba dirigiéndose a una mesa llena de papeles para valorar las siguientes líneas de trabajo.






jueves, 8 de octubre de 2015

CAPITULO XXX: El descanso antes de la batalla.



Ángel decidió parar en Madrid ante la insistencia de Miriam por ver a algunos amigos en su viaje de vuelta. Giovanni le había llamado para informarle que todas sus cosas las mandaban a Tomar, a una casa que tenían allí cerca para que él pudiera seguir estudiando. Tenían billetes para el avión a Lisboa de las 7,30 de la mañana del día siguiente. Al llegar a Lisboa les recogería Margot y un hombre de su confianza para llevarles a su nueva base. Al italiano no le hacía ninguna gracia que llevara a su pareja, pero parecía un poco más blando de lo normal cuando Ángel le dijo que -eso, ahora, no era negociable-.

 Miriam había quedado con la mujer del catedrático para intercambiar experiencias de embarazada. Sentía que Miriam se sentía ahora más cerca de Aurora, como si el ir a tener ambas un hijo en un periodo de tiempo corto hiciera apretar los lazos entre ellas. En el fondo Ángel siempre había pensado que las embarazadas eran como una secta que siempre hablaba del “nido” y de su construcción. Pero lo que temía más que a un nublado era a la andanada de preguntas capciosas que, no tenía duda de ello, le lanzaría Luis a la primera de cambio. Llevaba varios días sin hablar con su colega y sabía de su interés por el proyecto en el que trabajaba. Su problema era que no podía contarle gran cosa. Pensaba entretenerle con lo visto en Bayona, en su catedral, aunque no creía que pudiera entretenerle por mucho rato.
A Miriam empezaba a notársele más las curvas. Estaba radiante, con un color de piel envidiable y con un brillo en los ojos que vendía felicidad a raudales. Cuando salió del baño, con el pelo revuelto y mojado, arropada por un albornoz blanco que, en realidad, era de él, Ángel se sintió casi en el cielo, observándola.
-¿Se puede saber que estás mirando con esa cara de bobo?- Preguntó Miriam con una sonrisa socarrona, como conociendo la respuesta.
-A ti, te miro a ti-, contesto él sin dejar de mirarla. -Estás preciosa, será el embarazo, las hormonas, o que te han parido así, pero estas preciosa-.
Miriam rio con fuerza. -Si no me doy prisa no llegaremos a tiempo. Quiero hablar con Aurora mil temas. Ya sabes, cosas de embarazadas-.
Ángel miró al cielo buscando resistencia para aguantar la que le esperaba esa noche.
-Está bien, prometo no retrasarte, le susurró al oído mientras besaba su cuello. -Te espero en el despacho, voy a ver mi correo mientras terminas de vestirte, pero que sepas que preferiría hacerte el amor que cenar fuera-.
-¿Que te pasa con Luis? Es como si tuvieras miedo a estar cerca de él-. Miriam se había dado cuenta.
-Algo así. No es miedo, es que no quiero contestar a las preguntas que me va a hacer. No quiero que tenga información, es peligroso para mi trabajo. Y me lo han prohibido explícitamente-.
-Díselo, directamente, sin más. Dile que no puedes hablar con él del trabajo- dijo ella con toda naturalidad.
-Ya lo he intentado, pero sabes que es un cabezón de cuidado. Bueno, ya lo solucionaré, que no nos amargue la existencia-.
-Que así sea-, contestó ella con sorna.
-Graciosilla, no me tomes el pelo-.
-¡Dios me libre!! Prefieres, ¡¡que así se escriba y así se cumpla!!
Ángel rio con ganas. Miriam siempre hacía bromas sobre las frases históricas que ellos dos utilizaban para comunicarse.
- Definitivamente, me voy a ver el correo-, dijo él mientras salía por la puerta de la habitación.

jueves, 1 de octubre de 2015

CAPITULO XXIX: El amor aprovecha la tregua.



 Llevaban un par de días interrogando a Ricardo, pero parecía no saber mucho y haber comunicado aun menos. Ya sabían quien era su contacto en Rumanía y Giovanni había puesto a gente de allí sobre la pista. Sus jefes parecían bastante contentos con el avance de la investigación. Pero cada vez mostraban menos escrúpulos en eliminar gente, lo cual le hacía pensar que era posible que en algún momento también él fuera prescindible. Su equipo más próximo era de su plena confianza, pero no sabía lo que podía ocurrir si encontraban lo que andaban buscando. Sus jefes eran gente de negocios y fervientes católicos que querían sacar a la luz partes de la historia ocultas por manos negras que escondieron algunas cosas en el pasado. Tras la publicación de los libros de Dan Brown, Habían visto que era el momento de dar el aldabonazo y rescatar algunas cosas. Pero no podían hacerlo de forma limpia, de modo que contaron con especialistas si reparar en gastos. Pero tendrían que borrar pistas para que no les metieran a todos en la cárcel al terminar la búsqueda. La suya no dejaba de ser una agrupación de católicos con dinero, pero de poca entidad dentro de la iglesia, no eran ni el Opus Dei ni los Jesuitas. Estaban a años luz de esas ordenes, aunque se creyeran con los mismos derechos, la única manera de acercarse sería conseguir rescatar determinadas reliquias más cercanas al mito que a la realidad. Estas podían abrirles de par en par el corazón de la iglesia en agradecimiento y, al mismo tiempo, colocar a la orden en el mapa de las peregrinaciones.
Entró en el pajar en el que tenían a Ricardo. Estaba sucio y con varias marcas en la cara y los brazos. No se habían pasado mucho, no era necesario. Ricardo había demostrado ser bastante cagón, lo cual hacía ver de donde le venía a su hijo. Para un italiano esa cobardía era imperdonable, pero para un ex militar, más aún.
Sus hombres empezaban a estar cansados de preguntar una vez tras otra sin obtener respuestas. Giovanni se quedo mirándole unos segundos. Ricardo levantó la cabeza e imploró una vez más. -Por favor, no me matéis, os daré lo que me pidáis, pero no me matéis-.
La cara de sus hombres mostraba el hastío de escuchar lo mismo una y otra vez.
-Terminar con él y dejarle tirado en una cuneta de Sevilla, sellar le antes la boca, pero esta vez hacerlo en vivo, para que sufra por todo lo que ha puteado a los demás en su vida-. Terminó la frase y salió del edificio rumbo a la casa principal. Solo quería abrazarse a Rocío para olvidar todo esto durante un rato.
 Cuando llegó a su habitación Rocío salía de la ducha. A pesar de haber pasado ya un día desde su llegada y haber dormido varias horas, seguía teniendo aspecto de cansada. Giovanni temía que esto le estuviera superando. Era como si ella no fuera capaz de comprender el fin de todo aquello. Él había intentado explicárselo, al menos la parte que podía ser explicable. Pero ella no comprendía algunas cosas que estaba viendo a su alrededor, no comprendía aquellas “desapariciones” y no terminaba de entender por que seguían retenidas Madelaine y su hijo si ya tenían la información que querían y estaban colaborando.
-Hola cariño-, dijo Giovanni mientras besaba el cuello de la sevillana, levantando con mimo el pelo mojado.
-Hola-, contestó ella con un tono de voz bastante cansino.
-Hoy nos moveremos a otro sitio-, continuó él. -Vamos a Portugal. Parece que estamos bastante cerca de nuestro objetivo y del final de toda esta historia-.¿Conoces Fátima? Vamos a alojarnos bastante cerca de allí-.
-Si, claro que lo conozco. Aunque creo que no es uno de mis lugares favoritos de Portugal-, contestó ella.
-Normal, parece un parque temático. Pero te garantizo que el lugar donde nos vamos va a ser de tú interés-.
-Aha-, contestó ella con bastante poco interés.
-En cuanto esto se acabe, me gustaría que nos fuéramos a descansar una temporada fuera del mundanal ruido-. Esta última frase había surtido efecto, era como si Rocío quisiera romper con todo aquello.
Giovanni se acercó al cajón de la mesilla y sacó un estuche pequeño, negro.
Rocío estaba pendiente de él, lo cual era un avance importante. Se acercó a ella y se lo entregó, como si transportara todos sus sueños en esa pequeña cajita. -Es para ti. Ha pertenecido a mi familia desde hace más de cien años, y ahora me gustaría que lo tuvieras tú. No creo que pueda querer a nadie de este modo. Me gustaría formar una familia contigo, me da igual el formato, pero creo que quiero vivir mi vida a tu lado, hacerte feliz y serlo contigo-. Las palabras de Giovanni sonaban más cálidas y sinceras que nunca. No había órdenes, solo emociones.
 Rocío miró a sus ojos y vio las lágrimas asomando. Nunca le había visto tan desprotegido, era vulnerable, casi un niño desvalido. Ella cogió el estuche y lo abrió. Dentro había unos preciosos pendientes de oro blanco con docenas de diamantes formando una lágrima de varios centímetros de larga. Sintió como sus ojos también se llenaban de sentimientos. Los observó durante unos segundos antes de besarle profundamente. Abrazada a su cuello con los ojos ambos llenos del amor que se profesaban mutuamente, le dijo, -para ser italiano eres muy poco romántico, pero muy práctico. Para que pedírmelo en una cena con velas, en un sitio especial, cuando puedes pedírmelo estando desnuda, muy hábil, chaval, muy hábil. Por supuesto, pero tendremos que hacerlo a mi manera, sin boato, pero casados por la iglesia, sin alardes, pero quiero una boda de verdad y en Sevilla-.
Giovanni estaba feliz. Por primera vez en mucho tiempo se sentía bien con su vida. -Como tú quieras, mi amor-, dijo justo antes de besarla y soltar la toalla que envolvía el cuerpo cálido de Rocío.- Pero, ¿Podemos empezar a celebrarlo ya?-
Ella rio con fuerza, con soltura, como hacía meses que no se reía, desde que empezaron a estar juntos, cuando él la cortejaba cada día haciéndola sentirse tan especial. Volvía a sentir ese amor por su chico y eso le encantaba.
-Eso si, no habrá boda hasta que terminemos con esto-, puntualizó él.
-Pues tendremos que acelerar para que se acabe pronto-, respondió ella.
-Amén-, contestó él.

Madelaine estaba recostada en la cama, desnuda, observando a su amante portugués que se estaba vistiendo. Nuno siempre le había echo sentirse viva, joven. No sentía pudor de estar desnuda ante él, aunque podía ser su hijo por la edad. El amor que le profesaba su guarda espaldas era de las mejores cosas que le habían pasado en los últimos años de su vida. Se sentía satisfecha en lo sexual y fuerte en lo moral. -Hoy vamos a irnos a Entroncamento para seguir la búsqueda desde el punto donde la habíamos dejado. Creo que estamos muy cerca. Pero no me termino de fiar del italiano. Quiero tenerte cerca por si necesitamos escaparnos con lo que encontremos-. Nuno puso su dedo sobre los labios de Madelaine.
-No hables tanto, pueden escucharte-.
-Seguro que si, pero toda nuestra intimidad se resume a este cuarto. Cuando salgamos ya no podremos hablar nada de esto, y tengo miedo-.
-¿Sabes que han determinado para Ricardo?- Preguntó ella temiendo la dureza de al respuesta.
-Lo sabes igual que yo, lo han eliminado. Era una variable que teníamos que retirar de la ecuación, contestó el portugués con frialdad-. No le gustaba hablar de Ricardo, nunca le había gustado la forma de tratar a la gente de aquel tipo. De facto, en varias ocasiones había estado tentado de “terminarlo” personalmente, pero se había contenido por miedo a perder el contacto con Madelaine.
-¿Pero como lo han llevado a cabo?, ¿Ha sufrido?- Preguntó de nuevo Madelaine-.
-Espero que sí-, contestó Nuno mientras acariciaba con delicadeza la pierna de su amada.
Madelaine sentía estremecer su cuerpo cada vez que aquel hombre estaba a su lado. Hacía que se sintiera joven, intrépida, atractiva. Tenía la sentación que cada vez que estaba con él descumplía algún año, y eso a su edad era muy placentero.
-Y con mi hijo, ¿Te ha contado Giovanni qué piensa hacer?-
-No, y no creo que le haga nada, por ahora. En el fondo sabe que puede ser útil a futuro. El italiano es muy listo-.
Madelaine asintió. Ella también pensaba lo mismo. El italiano parecía un aliado fiel hoy, pero era lo suficientemente camaleónico como para volverse contra ellos llegado el momento.
Se levantó de la cama y se cubrió con un fino batín de seda rosa, elegante, suave. -Deberíamos saber hasta donde nos tiene infiltrados este tipo. No sé cuantos de los nuestros pueden estar trabajando con ellos-, dijo mientras acariciaba la camisa que Nuno acababa de ponerse con aire distraído. -Tú los conoces mejor que nadie. Los reclutaste y los diriges habitualmente. Te respetan y a mi me temen, en algún caso-.
-Te diré algo-, contestó él mientras se anudaba la corbata, como si fuera a tener una reunión importante, concentrado en cerrar bien el nudo. -Sinceramente, no creo que nos tengan muy intervenidos. Si hubiera sido así, no les hubiera costado tanto llegar hasta vosotros. Pero lo vamos a comprobar-.
Nuno se quedó concentrado mirando el espejo, como buscando inspiración en él. -Quizás podríamos mandar dos señales distintas, una por un grupo y otra por otro, a ver si reacciona el italiano de algún modo. Eso nos permitiría ver en donde estamos-.
Madelaine asintió, -me parece buena idea. Voy a bañarme, nos vemos en un rato-, dijo dejando caer la bata y besando en los labios a Nuno,- lo necesito-.
El portugués salio de la habitación encontrando en la puerta a una de las mujeres de Giovanni, como apostada sin mucho celo en su trabajo. Era una mujer atractiva, con el pelo largo y rizado, pero con una frialdad en la mirada que hacía presagiar que no le temblaría el pulso en eliminar los estorbos si fuera necesario. Saludo con un simple cabeceo que ella contestó con un buenos días y una sonrisa leve, fría. Bajó las escaleras y vio en el recibidor a gran parte del equipo de Giovanni preparando la partida, todos los pertrechos, las armas y sistemas de comunicación. Aquello parecía una operación militar en el más amplio sentido de la expresión. Por un momento pensó que acababa de volver al ejército y se sintió bien, siempre había tenido espíritu militar.
Al llegar abajo uno de los hombres le dijo, -vuestro coche será el tercero, iréis con Margot. “El niño”ira en otro coche. Salimos en dos horas. Avisa a tu jefa para tenerlo todo preparado-. Terminada la parrafada de órdenes se dio la vuelta y siguió a lo suyo.

Nuno se fue a la cocina a preparar un café para él y otro para Madelaine antes de subir a comunicarle el plan de viaje. Sentía cierto nerviosismo, casi infantil, por lo que iba a pasar. Sentía que harían historia, y eso era excitante.

jueves, 24 de septiembre de 2015

CAPITULO XXVII: Escapando



 Ángel tenía claro que aquellos dos hombres no eran simples ancianitos que estaban en la iglesia por mayor o menor beatería. Pero también tenía claro que era muy extraño que aparecieran así a la luz, con cierta osadía, mostrando símbolos de modo tan evidente. Es cierto que en Francia hay pocos monárquicos y estos son muy ostentosos en su ideología, pero algo le crujía. Tenía claro que les seguían, de algún modo. Había hablado con Giovanni para hacer un cambio de coche en San Sebastián que despistara a sus perseguidores, pero iba conduciendo incómodo. No quería que Miriam corriera ningún riesgo. Estaba saliendo de la autopista cuando sonó el móvil. Vio en el display del coche un número oculto, por lo que intuía que se trataba del italiano o alguno de sus sicarios.
-Si-, respondió con algo de incertidumbre por saber quien estaría al otro lado de la línea.
-Buenos días Ángel y Miriam, soy Margot. Me ha encomendado Giovanni un trabajo con vosotros en San Sebastián-.
-Hola Margot-, contestó Ángel como si la conociera de toda la vida. Se sentía aliviado por  que hubiera saludado también a Miriam y porque no hubiera dicho nada del trabajo en cuestión. -Dime donde nos vemos, llegaremos en poco más de diez minutos-.
-Bien, podemos vernos en la cafetería del club de tenis, al final de la playa, justo antes de llegar al peine de los vientos. Como he cambiado de look, te comento, llevo un poncho con los colores del arco iris y el pelo tan largo como siempre, pero totalmente negro y rizado-.
-Si que has cambiado, sí-. Contestó Ángel siguiéndole la corriente a sabiendas que ella estaba informada de la confidencialidad del trabajo que el hacía y de la cierta ignorancia de su pareja.
-Pues nos vemos ahora, un saludo Margot-, dijo antes de colgar.
-¿Que tenemos que hacer en San Sebastián?- Preguntó Miram con cara de extrañeza
-Nada importante, pero el gótico vasco es bastante interesante para lo que estamos buscando-.
-Ya-, contestó Miriam con incredulidad. Sabía que no le estaba contando todo, pero se sentía bien de estar allí, con él, buscando pistas de algo que no terminaba de comprender, pero que al padre de su hijo le hacía muy feliz.

Margot había llegado junto con Carmen apenas hacía media hora, tras dejar a su custodiado en manos de un equipo que había mandado Giovanni hacía dos días. No parecía que pudieran sacarle mucho, pero empezaba a flaquear tras unos días atado y sin comer más que algo de pan y beber agua un par de veces al día. Todo indicaba que su misión era seguirlas y saber de que se enteraban. Era francés y no parecía dispuesto a delatar a nadie de su entrono, por lo que era bastante probable, al menos eso decía uno de los interrogadores, que fuera del priorato, pero no tenía nada que fundamentara esa creencia.
Cuando Ángel llegó de la mano de Miriam, Margot y Carmen les esperaban al final de la cafetería, para poder observarla toda desde un solo punto. Margot se adelantó unos pasos para recibirlos como si les extrañara desde hace tiempo, muy amistosa. Al acercarse a la cara de Ángel para besarle la mejilla, le susurro al oído, de modo casi imperceptible, -El corazón de La Piedad tiene una leyenda-.
Era la clave que habían fijado para él junto con Giovanni. El italiano le comentó que si dudaba o no sabía responder, se metería en un problema. Por eso habían elegido esa clave. La respuesta salió de sus labios sin duda alguna. -Envolviéndolo, Consolatrix Aflictorum-. La respuesta era sencilla para él. Desde que tenía uso de razón había salido con esa leyenda en la capa cada lunes y cada viernes santo en Cartagena, de donde era parte de su familia, en procesión acompañando a su virgen de La Piedad.
Margot sonrió complaciente, como si se hubiera quitado un peso de encima. -Sentaros, ¿Queréis tomar algo?-
-Yo un café solo, corto. ¿Y tú cariño?- Dijo Ángel mirando a Miriam.
-Un té con leche, contestó Miriam-, percibiendo cierta extrañeza en la conversación.
-Sentaros allí con Carmen, es mi compañera-. Carmen asintió dándose por presentada de ese modo. No era una mujer besucona, si podía evitarlo, lo hacía.
Una vez todos sentado, Margot explicó el plan a ambos. Iban a alojarse en un hotel, cerca de allí un hotel que tenía aparcamiento. Dejarían su coche y quedarían en la habitación de ellas, la doscientos dos. De ese modo los sacarían en una furgoneta que tenían en el aparcamiento del hotel hasta llegar a Amorebieta, donde les habían dejado un coche nuevo con las lunas tintadas. Mientras tanto, Carmen y otro compañero más sacarían el coche de ellos para utilizarlo como señuelo para ver si les seguían. Todo irá bien y será fácil, no os preocupéis, terminó Margot tranquilizando la cara de Miriam que se echaba la mano a la tripa continuamente, como intentando proteger a su futuro hijo. -Giovanni me ha dicho que te vuelvas para Sevilla ASAP, tiene cambios en la información y podéis avanzar más deprisa, es lo que me ha comunicado-.
Ángel asintió, aceptando la orden. Por un momento se sintió como en casa, pero ahora no era su padre el que daba órdenes.


lunes, 21 de septiembre de 2015

CAPITULO XXVI: Todo comenzó en Triana.



Ricardo acababa de llegar al lado sevillano del puente de Triana, faltaban cinco minutos para la hora fijada. Se sentía sudoroso, nervioso. En la bolsa que llevaba en la mano llevaba un millón de euros y de ellos al menos dos cientos mil eran falsos. Tenía claro que no les iba a dar a esos hijos de perra un duro más. Seguro que eran unos muertos de hambre que se conformarían con esto y le darían a Jacques y a Madelaine. Por un momento pensó que ella le estaría agradecida. Eso era bueno. Estaría más dispuesta a colaborar con él para encontrar los objetos que buscaban. Incluso es posible que se la pudiera tirar, para celebrarlo. Madelaine es mayor, como él, pero sigue estando muy buena.
Solo le había acompañado un chofer polaco que llevaba un arma y que le acompañaba a todos lados, pero se había quedado a unos doscientos metros, observando, por si Ricardo le hacía una señal.
Empezó a cruzar el puente que estaba en obras, parecía que estaban haciendo un carril bici. Por un momento pensó en lo gilipollas que tienen que ser los que van en bici en una ciudad en la que el ochenta por ciento del año hace un calor de la leche. Pasó la mitad del puente. Su paso parecía ralentizarse, como si temiera algo en su fuero interno, sabía que no debía mirar hacia atrás, pero esperaba que el polaco estuviera pendiente, como no fuera así, se iba a cagar cuando volviera.
Dio unos pasos más y sintió vibrar el teléfono en su bolsillo. Lo cogió con un “si” lacónico, como si no supiera de sobra quien le estaba llamando.
-Llega al final del puente y acércate a un mercedes negro con los cristales tintados que esta aparcado el primero nada más bajar las escaleras del otro lado del puente-.

Giovanni lo observaba todo desde la casa de la esquina. Sus hombres ya se habían encargado de quitar de en medio al polaco, que iba camino de la comisaría más cercana, al menos eso pensaba él, al detenerle por llevar un arma de fuego, una nueve milímetros parabelum, sin licencia. El coche estaba preparado, el mendigo que estaba sentado en el final de la escalera, como si estuviera durmiendo la mona, era uno de los suyos que estaba allí para empujar a Ricardo dentro del coche, si se resistía, aunque lo dudaba.
Llegó el momento. Ricardo bajó la escalera, vio a un mendigo de mierda tirado en el suelo, al final de la escalera, ese seguro que no era el enlace. Por un segundo dudó en seguir. De la ventanilla trasera del coche vio salir un brazo de mujer que le hace un gesto para que se acercase. Se aceleró. Le han mandado a una tía para recogerlo, estos son unos pardillos seguro, piensa. Cuando se acercó al coche sintió un arma blanca en su costado derecho. La mujer que estaba en el coche, una guapa morena de ojos negros, piensa él, le apuntaba con un arma y le dijo con una voz bastante fuerte, -pasa, dale la bolsa al que tienes detrás y no hagas gilipolleces que te termino aquí mismo-.
Ricardo se quedó un poco sorprendido, busca con la mirada en el largo puente al polaco. Esto no era lo previsto por él. La morena sonriendo le dijo,- de tu sicario ya nos hemos encargado-.
El coche arrancó picando ruedas mientras a él le ponían una capucha negra, su corazón latía a mil por hora. Sintió la mano de la morena en le cuello, como acariciando la nuca. -No te mueras de un infarto, cabrón, que te necesitamos vivo un ratito-.
Giovanni recogió sus cosas, todo había salido bien. En unos segundos estará abajo donde le recogerá su coche que sale como alma que lleva el diablo tras la estela del mercedes negro. En el interior, Tatiana vestida con un sugerente vestido de flores verdes y unos zapatos a juego, sonríe. Ve que el final de la relación con Ricardo está cerca. Giovanni devolvió la sonrisa mientras le daba la bolsa. -Tu dinero. Iros lejos, que nunca os puedan relacionar con esto-.
-Sabes que no ha puesto los dos millones, solo ochocientos mil y doscientos mil más falsos-, le dice Tatiana observando la reacción del italiano.
Giovanni abrió los ojos con expresión de sorpresa.- Este sátrapa es rata hasta para salvar a su hijo-.
En el fondo nunca pensó que fuera algo organizado, solo avisó a uno de sus socios en Rumanía, este le contó lo que debía hacer y Ricardo tomó las decisiones que se le pusieron en las narices-, dice ella.
-Como siempre. Gracias por la información. Para-, dijo el italiano al conductor. -Ahora bájate y disfruta, te lo has ganado con creces-.
Tatiana sonrió con desdén. Desde luego que se lo ha ganado, pero también sabe que no puede volver a su país, eso le hace sentirse un poco extraña. Ha sacado unos billetes para Méjico, se va a la Rivera Maya. Allí tiene amigos y dinero para vivir sin trabajar un tiempo, o para montar un negocio, ya se verá. Besa en la cara con cariño a Giovanni. -Gracias-.
-A ti-, se despide el italiano.
Tras dejarla, el coche sale como un tiro hacia su destino, la finca.
El primer coche acababa de llegar, todavía sin haber bajado a Ricardo del interior cuando el segundo entró por la verja, casi volando por encima del breve camino de tierra. El italiano se bajó casi en marcha del coche, con la presteza del guarda espaldas que lo hace con asiduidad, indicando con la mano que no lo sacasen aún. Giovanni no quiere que le oiga hablar, por si acaso.
Cuando se acercó al coche cerró la puerta preguntándole en voz baja, casi susurrando al oído de su compañera, -Está nervioso, ¿Ha dicho algo?-
Ella asintió, -está muy nervioso, por un momento he creído que le iba a dar un infarto. Hasta creo que ha llorado, el muy cabrón-.
-Bien, eso es bueno, llevarlo a los establos, atarlo a una columna y quitarle la capucha solo cuando este todo preparado. Acordaros, todos con monos de campesino y que solo hablen los dos que le van a interrogar-.
Se volvió hacia la puerta de la casa, en la que dos miembros de su equipo esperaban, vestidos con mono de trabajo grasiento como si fueran mecánicos de un taller, las órdenes precisas.
-Ya sabéis lo que tenemos que hacer, sacar toda la información posible y luego, eliminarlo. Necesito conocer que sabe de la búsqueda, si tiene gente trabajando en algún frente, si sus socios saben algo. No escatiméis sufrimientos, no va a salir de aquí y-, duda por un segundo tras confirmar la sentencia de muerte del valenciano, -me parece que debe pasarlo mal hasta para morirse, que ha hecho mucho daño toda su puta vida-.
Sus compañeros asintieron, efectivos, diligentes. Sabían lo que tienen que hacer y estaban seguros que no les va a causar problemas. Se dirigieron al coche y cogieron a Ricardo por los brazos. Lo llevaron casi arrastrando, a empujones, con la cabeza tapada y las manos sujetas por un precinto. Sólo se escuchaban los sollozos del valenciano, vacío ya de la arrogancia con la que solía tratar a todo el que le rodeaba. Cuando llegaron a la parte trasera de la casa,  le obligaron a ponerse de rodillas y tras atarlo le quitaron la capucha. Tenía los ojos enrojecidos del llanto, parecía un pobre desvalido, pensó uno de sus castigadores.
-No me matéis, os puedo conseguir lo que queráis, todo el dinero que queráis-, dijo nervioso, como si supiera cual sería el final.
-Ya no eres tan gallo, sonó la voz de Madelaine tras él-. Ricardo giró la cabeza, buscando la imagen de la mujer de la que reconocía la voz.
-¡Estas viva!- Exclamó no sin sorpresa.
-Muy a tu pesar cabrón-.
-Pero, no lo entiendo, os he estado buscando. ¿El niño está bien?-, dijo Ricardo intentando reponer la compostura.
-Si, no te preocupes por él-. Madelaine giraba a su alrededor. Estaba tranquila. Olía a limpio, no como él que apestaba a miedo y sudor, pensó Ricardo.
-A que esperas, suéltame, joder-. Casi gritó. Como si fuera una orden. Madelaine sintió de nuevo la mala educación de Ricardo a su alrededor. Le dio asco, sintió que no sabía como podía haber tenido relación con tamaño elemento. Levantó los ojos buscando tras la cabeza del padre de su hijo. Allí la esperaba la mirada cálida de Nuno, cariñosa, apacible, pero sedienta de venganza. El portugués nunca había tragado a Ricardo, y ahora, podría saborear el frío placer de castigar a aquel personaje.
Nuno había trabajado con ellos desde hacía muchos años. Estaba enamorado locamente de Madelaine, con quien mantenía una relación extraña. Era su hombre de confianza, su guarda espaldas más próximo y su amante ocasional. A pesar de ser bastante más joven que ella, no tenía ojos para ninguna otra mujer, y ella lo sabía y se aprovechaba de ello. Pero con Ricardo la relación no había sido buena nunca. Le había visto arruinar la vida de mucha gente cerrando empresas por no invertir cuatro perras en ello. Le había visto dejar morir negocios que podían ser viables, dejando pueblos que habían puesto todas sus esperanzas laborales en el proyecto que Ricardo hundía, que le habían dado fondos públicos para construir esperanzas de trabajo y él se lo gastaba en coches deportivos y en putas, mientras los proyectos languidecían por falta de financiación. Le había visto ordenar como si fuera un emperador a la gente que trabajaba con él. Era un déspota, pero hoy conocería el sufrimiento, y él, Nuno, disfrutaría de devolverle a ostias todo el odio que había recibido, toda la falta de respeto y de educación, todas las vejaciones que le había visto cometer. Y encima por orden de Madelaine. Nuno se sentía como si le hubiera tocado la lotería. ¡Que momentazo! Pensó mientras le soltaba un manotazo en la cara que le hacía escupir sangre.
-Bueno “Ricardo”-, preguntó con bastante sorna. -Me vas a contar quien sabe que venías a pagar un rescate, ¿verdad?- Preguntó soltándole otro bofetón que hizo abrirse una brecha en la cara de Ricardo.







jueves, 17 de septiembre de 2015

Capítulo XXV: Sólo busco tranquilidad.



  Colgó el teléfono y cruzó los brazos mientras intentaba regular su pulso. Las noticias y órdenes recibidas eran interesantes y duras. Rocío no había encontrado nada reseñable, pero su séquito de guardaespaldas habían interceptado a un sicario al que estaban “haciendo hablar” unos especialistas traídos de Turquía por sus jefes, que le habían ordenado no meterse en medio, no parecía que les hubiera hecho mucha gracia la expulsión del croata, pero tampoco le habían recriminado por ello. Ángel parecía haber encontrado algo interesante, pero todavía estaba de vuelta y antes de poder hablar con él cara a cara habría que comprobar que no le seguían de ningún modo.
Lo inquietante era la orden para el día de hoy, quitar de en medio a Ricardo Carpintero, sin más. No querían que pudiera organizar nada con sus socios de Marbella. Giovanni sabía que alguno de esos socios le pasaba información a la estructura para la que trabajaba él, pero desconocía hasta que punto estaban conectadas ambas líneas. Por un momento pensó que, en el fondo, no tenía muy claro quien estaba detrás de todas estas órdenes, de esa libertad para dar dinero, torturar o matar. Muchas veces no tenía claro si estaba haciendo lo correcto, no según sus jefes. Lo correcto para la mayor gloria de Dios, o para el mejor conocimiento de algunos miembros antiguos de la iglesia.
 En el fondo deseaba que todo esto terminara y retirarse a su casa de Cerdeña con Rocío, si ella quería, a vivir plácidamente, disfrutar viajando y quien sabe, a lo mejor crear una familia con un par de hijos. Pero eliminar gente no le gustaba. Se aflojó un poco el nudo de su corbata negra, como siempre, y cogió un cigarrillo de la mesa que tenía delante. No era suyo el tabaco, pero no lo era nunca, era una forma de decirse a si mismo que lo estaba dejando. Encendió el cigarrillo y tuvo un extraño Dejà vu, esto le estaba pasando con excesiva frecuencia en los últimos meses. El sol estaba saliendo por el final del campo visual que tenía, él todavía no se había acostado, su jefe directo estaba en Estados Unidos en viaje de negocios y le había llamado a las doce de la noche hora española, por lo que se había pasado todas estas horas haciendo gestiones y preparando cosas. Rocío llegaría en unas horas, pensó mientras pasaba la mano por su cara percibiendo la barba que ya teñía su mentón de negro.
Todo estaba listo para darle una bienvenida gloriosa a Ricardo en la finca tras cogerle en Triana, el dispositivo era de casi veinte personas. No se lo podían cargar en medio de la ciudad, pero esa noche, el Carpintero dormiría con Satanás, seguro.
A Madelaine no le diría nada hasta estar acabado. Otra cosa que tenía que resolver es a Jacques. No podía soltarle, al menos en unas semanas, pero le resultaba incómodo tenerle retenido, la madre estaba colaborando, de echo podría decir que estaba dirigiendo de nuevo la búsqueda. Pero Madelaine era una mujer que siempre había tenido claro el objetivo. A pesar de ello Giovanni no la dejaba sola ni a sol ni a sombra, nunca se sabe cuando una mujer puede utilizar el rencor acumulado contra los que la torturaron. Pero el niño suelto podía ser un estorbo. Tampoco podía quitarlo de en medio como al padre, eso podía provocar mal estar en Madelaine y no era lo mejor en este momento.
Apagó el cigarro y se quitó la ropa. Puso el despertador del móvil dos horas después. Eso era todo lo que podía dormir. Después comenzaría el baile.
Comprobó que su arma estaba bajo la cama, al alcance de la mano, la puerta cerrada y bajó la persiana. En este momento siempre extrañaba no tener a Rocío para abrazarse a ella. Nunca se había sentido tan bien con ninguna mujer con la que hubiera mantenido una relación, pero Rocío era distinta. Tenía que hacer un esfuerzo y hacerle sentir a ella todo lo que la quería, todo lo que sentía por ella. Para ser italiano, no se le daba muy bien eso de hacer sentirse querida a la mujer.

Pero ahora solo podía pensar en descansar, descansar, aunque fueran dos horas.

jueves, 10 de septiembre de 2015

Capítulo XXIII: Se cierra el lazo.



  Ricardo parecía un lobo enjaulado, más de lo habitual. No solo había perdido la conexión con su hijo, tampoco podía contactar con el portugués cabrón que se suponía que estaba de su lado. Como pillara e ese tipo, se iba a acordar de Ricardo Carpintero para toda su vida. Andaba de un lado a otro de la habitación con los teléfonos, llamando a París, donde no sabían decirle nada sobre uno de sus hombres perdido, a Sevilla, donde intentaban sacar algo de información del paradero de su hijo y de Madelaine de los círculos habituales, a Marbella, donde sus socios rusos y croatas estaban buscando hasta debajo de la piedras y, por supuesto, llamando al portugués al que no localizaba ni a tiros. Había mandado a dos hombres a la finca que la madre de su hijo tiene en Portugal, a ver si eran capaces de encontrar algo, pero parecía que se los había tragado la tierra. Se estaba poniendo muy nervioso, había conseguido financiación para el operativo de algunos socios serbios y rumanos en otros negocios en esos países. A Ricardo no le gustaba gastar su dinero, solo enseñarlo como un trilero con la bolita. En el fondo era un rata de cuidado. Solo quería ganar él a ser posible el último euro.
 Pero ahora esto planteaba un problemita, si no tenían resultados tangibles, sus socios capitalistas se iban a poner muy nerviosos, y estos animales de la Europa del este lo arreglaban todo a tiros. Cada vez que lo pensaba se ponía más nervioso. Se había sorprendido en varias ocasiones pensando en como excusarse y a quien podía utilizar como cabeza de turco, por si la cosa se ponía fea.
Llamó a la “chacha” para pedirle algo de comer. En este momento no le tranquilizaba ni ver a la golfa esta ligera de ropa, pensó mientras miraba el escote de Tatiana. Su cabeza no dejaba de dar vueltas a alguna solución. De repente sonó uno de los teléfonos, casi provocando un infarto al cortar con el sonido del NODO el molesto silencio que reinaba en la habitación.
-Tráeme el teléfono, ¡rápido!- Gritó a Tatiana que obedeció sin mucha gana.
 -Ahora vete a tomar por culo de aquí, espetó Ricardo con la delicadeza de una docena de cerdos cerca de la comida.
  Descolgó el teléfono sin saber quien le llamaba, ponía que era un número oculto, lo cual no le gustaba nada, pero sabía que tenía que cogerlo.
-¿Si?-, contestó con cierta urgencia.
  -Bon Jour monsieur Carpintero-, contestaron al otro lado de la línea. -Tenemos alguna información importante para usted, referente al paradero de su familia, o lo que sean suyo-, dijo la voz con marcado acento francés. Ricardo intentaba reconocer la voz, o los ruidos, o algo que le diera pistas.
  -¿Quien coño eres tú?-
  -Creo que debería tratarme con más educación si no quiere que me los cargue a los dos y le envíe sus cabezas en una caja antes de entrar en su casa y pegarle una paliza que no olvidará en su vida-. Mientras decía esto no alteró el tono de voz, era como si estuviera tan seguro de si mismo que no le cupiera duda del resultado de lo que acababa de contar.
  -Creo que ya tengo toda su atención. Sabemos que lo que le pedimos lo puede conseguir en menos de cuarenta y ocho horas, sin policía y sin dar parte a los hijos de puta de socios que tiene. Si hace todo lo que le pedimos, nadie sufrirá más, me entiende, ¿verdad?-
  -Si-, contestó con humildad inusual.
  -Bien, pasado mañana, a las cuatro de la tarde, deberá cruzar solo el puente de Triana, en Sevilla, con una bolsa de deportes que contenga dos millones de euros, que sacará mañana de sus cuentas y de la caja fuerte que tiene en su casa. Al llegar al otro extremo del puente, al de Triana, recibirá una llamada con la siguiente orden-.
  -Si va con alguien, o alguien le sigue o espera, le matamos a usted y a todos los suyos que tenemos presos, si intenta poner algo en la bolsa o en el dinero para seguir la pista, les matamos a todos-.
  -Tenga en cuenta que no es por dinero, son negocios. ¿Ha quedado claro?-
Ricardo se quedó callado durante unos segundos, como si no lo hubiera entendido con claridad.
Gritó la voz del otro lado de la línea, -¿Ha quedado claro?-
-Si, si-, contestó aturdido Ricardo, pero no sé si podré juntar esa cantidad en tan poco tiempo.
-Ricardo, no nos tome por imbéciles, ¿quiere que le diga de donde sacarlo?-
-Creo que no, no será necesario-.
-Gracias. Otra cosa, que este número de teléfono no se quede sin batería, muchas vidas dependen de ello-. Fue lo último que escuchó.
Se cortó la comunicación y Ricardo quedó mirando el teléfono como pensando en lo que acababa de ocurrir.
Giovanni había estado escuchando la conversación junto con Madelaine. El hombre que acababa de hacer la llamada le miró buscando la aprobación por el trabajo bien realizado.
-Creo que se ha tragado el anzuelo, dijo Madelaine, no me gustaría estar a su lado hoy, no va a ser bueno-.
-No te preocupes, la persona que tenemos en su equipo está a salvo, es demasiado importante, y le odia mucho, pero mucho, mucho, mucho-, dijo Giovanni.
-No me cuesta imaginarlo-, contestó Madelaine.
-¿Te puedo hacer una pregunta personal, Madelaine?- Dijo con mucho respeto el italiano.
-Si-. Contestó ella con sequedad.
 -¿Qué viste en este hombre para tener un hijo con él?-
Madelaine sonrió mientras miraba al suelo, como buscando en su memoria. -Ahora me cuesta verlo, pero era romántico y seductor. Y yo necesitaba cariño de fuera de mi familia. Pero tuvimos a Jacques, y eso lo complicó todo-.
Giovanni asintió sin atreverse a mirarla a los ojos.
-Tengo trabajo que hacer-, dijo sin volver a mirar a la cara de Madelaine.
-No me importa que lo quitéis de en medio, no quiero que vuelva a aparecer en mi vida. A mi hijo podré perdonarle, pero no a este cabrón-.
El insulto sonó como una bomba en la boca de una persona que no decía una palabra más alta que otra prácticamente nunca.
-Ya veremos, ya veremos-, contestó Giovanni, -no somos asesinos-.
  -Ya, pero que sepas que el mundo sería un sitio mejor sin este tipo-, continuó ella.
Giovanni asintió y salió de la habitación. Estaba plenamente de acuerdo con la opinión de la mujer, pero no le gustaba quitar vidas sin sentido. Creía que su deber era consultarlo con sus superiores, pero ahora necesitaba contactar con sus investigadores en los diferentes frentes.









lunes, 7 de septiembre de 2015

Capítulo XXII: Una llamada inesperada


  Nuno acababa de despertarse en la habitación del viejo caserón que su jefa tenía cerca de Entroncamento Norte, próximo al centro comercial, con una salida fácil a la autopista. Siempre que se despertaba en esta casa se sentía como si volviera a su pasado. El no era de esta región, era de Alentejo, al sur de Portugal, pero la casa se parecía a las de todos los terratenientes portugueses que conocía. Una de las razones por las que le gustaba trabajar en España y con franceses era porque se encontraba mejor en sociedades menos clasistas que la portuguesa. Pero en el fondo, se sentía orgulloso de sus raíces. 

Se restregó los ojos, como queriendo recuperar las ideas en un disco duro que se resistía a arrancar, a pesar de estar recibiendo la luz de la mañana en los ojos a través de una rendija del cortinaje, espeso y recargado como corresponde a un caserón de tan rancio abolengo. Se levantó de una forma un tanto pesada y llegó hasta el baño, especialmente moderno y equipado, como le gustaba a la jefa. Puso en marcha el grifo dejando que se llenara la bañera y volvió a la habitación para encender el teléfono móvil y comprobar, mientras prendía un cigarrillo pensando que tenía que dejar de fumar de una vez por todas, que tenía varias llamadas perdidas, un par de su equipo de Tomar, una de Ricardo y otra de un número que no conocía, de Sevilla.
Decidió empezar por lo más próximo y llamar a sus compañeros portugueses.
-Bon día Joao, ¿me has llamado?- Preguntó de forma retórica en portugués, conociendo la respuesta.
-Bon día Marqués-, le contestó su compañero,- ya era hora de levantarse. Sí te llamé para comentarte que estamos atascados. Hemos revisado todo el castillo buscando las señales que comentó la señora y no damos con ello. Creo que necesitamos a un especialista para poder seguir con esto. Si no es posible, tendremos que suspender la búsqueda. Alguno de los arqueólogos que están trabajando en la restauración del castillo empiezan a hacer preguntas-.
-De acuerdo, entiendo-, contestó lacónico Nuno mientras cerraba el grifo del baño. -Hablaré con alguien a ver si consigo respuestas, te llamo luego-.
Apagó el cigarrillo en el lavabo y se introdujo en el agua caliente, disfrutó de ello unos segundos y volvió a coger el móvil. Tenía dos opciones y, como siempre, dejó al estúpido de Ricardo para el final. Llamó al teléfono de Sevilla que no conocía, tras sonar cinco veces, cuando ya pensaba en colgar, le cogió el teléfono una mujer con marcado acento alemán, pero que le contestó en un español perfectamente entendible.
-Hola, tengo una llamada perdida de ustedes, de esta mañana-.
-Un momento por favor, le paso con la persona que le ha llamado-.
Era evidente que no se trataba de un error, por lo que se incorporó en el baño, como activado por el resorte de la adrenalina. Pasados unos dos minutos, escuchó una voz conocida, pero que sonaba con un profundo pesar.
  -Hola Nuno, te va a hablar un hombre que te dará las instrucciones necesarias para poder mantener una reunión en la que quiero que estés. Por supuesto, no informes a Ricardo ni a nadie de Francia ni de Portugal. Ven tú solo para que podamos resolver esto-.
Era la voz de la señora, se le encogió el alma, le recorrió un escalofrío por la espalda.
-¿Esta usted bien señora?- Preguntó con inquietud.
-Sí Nuno, estamos bien, no te preocupes, pero atiende bien a este hombre, necesito que no falle nada-.
-De acuerdo señora, así se hará-.
Madelaine pasó el teléfono a Giovanni quien se apartó de los oídos para dar las indicaciones a Nuno de lo que debía hacer.
-Espero que no le hayas hecho daño, o no tendréis mundo suficiente para correr, le contestó el portugués más con la voz de un esposo encabronado que de un guardaespaldas responsable-.
Giovanni no se molestó en contestar a la amenaza del portugués, sabía que tenía el control sobre la negociación y la persona que estaba al otro lado de la línea solo era un sicario aventajado. -Escucha bien las indicaciones para que todo pueda seguir bien, no quiero que comentes esto con nadie, mucho menos con Ricardo, ya habéis tenido suficientes filtraciones a través de Jacques como para seguir empeorando las cosas-. Nuno comprendió en ese momento que el hijo de su jefa había sido el responsable de la información que llegaba a Ricardo hasta ese momento, y empezó a comprender que esto era lo que producía impaciencia en el “empresario” valenciano, ahora estaba ciego, no conocía los pasos de nada y eso le daba a Nuno un poder que le apetecía explotar.
  Giovanni siguió con su exposición de órdenes,- compra un teléfono de tarjeta para ti y otro para tus contactos en Portugal y España. Apaga los teléfonos móviles y traédmelos con sus tarjetas para destruirlos, Cuando tengas el tuyo, manda un SMS al teléfono de Madelaine con el número para que nosotros podamos contactar contigo. Debéis abandonar la finca en la que estáis, la conoce demasiada gente, parte de tu equipo se puede alojar en un hotel, cuando vengas, decidiremos donde ubicar el resto-.
  Hizo una pausa para enfatizar más la siguiente frase, -mañana a las diez de la mañana debes estar, solo y desarmado en la puerta principal de Isla Mágica, en Sevilla. No temas, puedes dejar tus armas en el coche en el que vengas. Procura que no te sigan para llegar allí, no quiero sorpresas desagradables, y sobre todo, no temas por vuestras vidas, no podemos hacer esto sin vuestra colaboración y no somos asesinos. ¿Ha quedado claro todo?- Preguntó con un tono inquisitorial.
  -Cristalino-, contestó con cierta chulería el portugués.
  -Nuno, cuando te recojamos y te traigan a donde estamos, te van a vendar los ojos y a esposar, por seguridad, no opongas resistencia. Cuando Madelaine te explique, vas a comprender mejor la situación, seguro-.
  Giovanni, no esperó respuesta y colgó el teléfono. Miró a su compañero para que deshiciera el entramado de desvíos telefónicos que les había llevado a estar recibiendo la llamada como si estuviera en un consultorio médico de Lora del Río, que sería quien le contestaría a Nuno si volvía a llamar a ese número. Miró con cierta complicidad a Madelaine, ambos sabían, ahora sí, que estaban haciendo lo correcto, aunque el viaje hasta este punto había salido muy caro. -Tengo que mantener a tu hijo aislado, lo comprendes, ¿verdad?- Le preguntó con una mirada fría a Madelaine.
-Por supuesto, no le hagáis daño, pero que no pueda comunicarse. En el fondo creo que nunca ha entendido que nuestra misión era lo más importante para todos. Lástima que yo no supe ver sus defectos a tiempo-, respondió con lágrimas en los ojos.
-Lástima que yo tampoco descubrí su punto débil antes, abríamos evitado tú sufrimiento, lo siento Madelaine-. La voz del italiano sonaba especialmente dolida.
Madelaine bajó la mirada buscando refugio en la colcha de la cama sobre la que estaba sentada, como si quisiera borrar de su memoria lo sufrido. En el fondo, era mujer, y por lo tanto estaba acostumbrada al dolor y a que menospreciaran su vida. Por un momento recordó cuando su padre, casi agonizante, le había revelado el secreto que acompañaba a su familia. Ella siempre había sabido algo, pero su padre confiaba en encontrar a un delfín varón, más por desconfianza hacia las mujeres que por pensar que su hija no sería capaz. Pero eso hizo que ella se sintiera menospreciada y traicionada por su padre, a quien había idolatrado toda su vida. Era como ver la gran mentira que le habían contado durante toda su vida y sentir que, de repente, le caía encima todo el peso de la historia.
Giovanni dejó la habitación y al salir dio orden a las dos custodias de Madelaine para que la dejaran moverse con cierta libertad, pero vigilada en todo momento, por la finca.
Llamó a Ángel para comentarle que se había producido un inesperado giro en los acontecimientos, pero que él siguiera las líneas de investigación iniciadas ya que algunas pistas no estaban muy claras.

Ángel estaba llegando a la frontera de Francia con rumbo a Bayona para ver si encontraba algo nuevo en su catedral que hubiera pasado desapercibido hasta ahora. A pesar de las órdenes recibidas, había llevado consigo a Miriam, que no tenía trabajo en unos cuatro días por esas compensaciones de trabajar los fines de semana. Ella escuchó la conversación a través del manos libres del coche y, una vez había colgado el teléfono, le preguntó directamente, -¿En qué te estás metiendo?-
Ángel meditó la respuesta durante un par de segundos. Tenía claro que la empresa en la que estaba metido entrañaba riesgos, pero ya no tenía marcha atrás, y se moría de ganas de compartirlo con su pareja, desde el principio había tenido la sensación de estar engañándola. Poco a poco le fue desgranando el proyecto y lo que estaba haciendo, al menos lo que él conocía, sin dar nombres de personas ni organizaciones. La cara de Miriam iba tornándose cada vez más seria, como si viera algo turbio que él no quería contar o no conocía. Cuando Ángel terminó su exposición ya estaban a menos de 10 Km de su destino. Miriam inspiró con fuerza y contestó de forma lapidaria, -todo lo que ha tenido que ver con esto en la historia, al menos en la conocida y en la que tú eres especialista, ha traído muerte y traición. Espero que seas consciente del fregado en el que nos hemos metido-.
-Por supuesto que lo soy-, contestó Ángel sin mucha convicción. Quizá hasta ese momento no lo había sido realmente. Se había dejado arrastrar por su ansia de historiador y no había visto las consecuencias posibles. Pero para eso estaba Miriam, su conexión con la realidad. Por un momento sintió la culpabilidad de poner en peligro a la persona a la que quería trayéndole a este viaje, pero rápidamente su cabeza eliminó el riesgo de la variable, no eran más que dos turistas visitando una iglesia en el sur de Francia, nadie podría relacionarles con aquel operativo.