jueves, 6 de agosto de 2015

Capítulo XIII: El fin de tus problemas, el principio de los míos.



  Benito había bebido demasiado, como siempre. Le habían dejado en la puerta de la catedral hacía dos días más o menos, el tiempo no era lo suyo y no sabía donde tenía el reloj.


  Debía llevar al menos veinticuatro horas en la habitación en la que estaba. Era una enorme suite. Siempre había querido quedarse una noche en ese hotel. Lo que no había pensado nunca era en hacerlo con dos mujeres. En este momento era el rey del mundo. Estaba en el mejor hotel de Sevilla con dos hembras de bandera, ese era el sueño de casi todos los hombres, al menos de los que él conocía. Rebuscó sobre la mesilla de su izquierda y encontró un teléfono móvil. Apretó un botón a ver si aparecía la hora y descubrió que eran las cuatro de la mañana. A su derecha estaban acostadas las dos prostitutas de lujo que había contratado. Admiró las nalgas de una de ellas que estaba de espaldas a él. Se lo había montado con aquellas dos tías, eso tenía que contarlo, aunque no se lo creería nadie. Tenía que hacer una foto de la habitación con esas dos jacas en pelotas encima de la cama. Llamó a recepción.
  Tardaron algo en coger el teléfono y al otro lado salió la voz de un recepcionista somnoliento.
  -Dígame señor, respondió el recepcionista.-
  -Hola-, balbuceó Benito como no sabiendo si le saldría la voz, -necesito una cámara de fotos-.
  -¿Como?- Preguntó el recepcionista frotándose los ojos.
  -Una cámara, joder. Y deprisa-.
  -Si, si señor, enseguida se la subimos-.
  Benito colgó el teléfono y comprobó que, en la mesilla de noche tenía cocaína y restos de alguna droga más. Cogió un tubo plateado y esnifó un poco de la droga. Se quedó mirando los cuerpos desnudos de ambas.
  No habían pasado ni dos minutos cuando llamaron a la puerta sin meter mucho ruido. Benito fue con una toalla tapándose para abrir. En un primer momento pensó en tapar a las dos mujeres, pero quería exhibir su hazaña. Se iba a cagar el conserje cuando viera las dos jacas que se estaba zumbando. Sonrió mientras se acercaba a la puerta.
  Al abrir la puerta, cambió radicalmente el rictus de la cara de Benito. Al otro lado de la puerta estaba un hombre orondo como él, con el pelo largo y blanco y un bigote muy poblado también totalmente blanco. Era evidente que no trabajaba en el hotel, pensó Benito. El caso es que le sonaba la cara. Pero su mirada cambió radicalmente cuando vio las armas cortas que llevaban los dos acompañantes del primer hombre que se había encontrado. Benito reculó hasta tocar con sus posaderas el taquillón de la suite.
  -Buenas noches Benito-, casi susurró el hombre del pelo blanco con una mirada felina y un retintín que nada gusto al obeso banquero jubilado. Mientras decía esto, entraban los tres en la habitación. El del pelo blanco se quedó mirando a las dos mujeres desnudas.
   Benito preguntó sin esperar respuesta alguna, -¿Quienes son, qué quieren?
  -Despierta a estas furcias y vístete, tú controlarlo-, le dijo Ricardo a uno de sus acompañantes.
  Benito, visiblemente acojonado, despertó casi con mimo a las dos prostitutas. -Venga guapa, vestiros y largaros-. Las dos prostitutas percibieron en el ambiente algo extraño y ni rechistaron, recogieron con celeridad sus cosas y lo suficientemente vestidas como para no dar un escándalo, salieron por la puerta. Benito terminaba de vestirse cuando el del pelo blanco le dijo, -¿Te acuerdas de mi, Benito?-
  -No-, balbuceó mientras trataba de abrocharse los pantalones.
  -Bien, bien-, dijo mientras jugueteaba con los restos de cocaína. -Te refrescaré la memoria. Soy el padre del hijo de Madelaine. ¿A que ahora si te suena la música?-
  -Si, Ricardo se llamaba usted-.
  -Correcto, me sigo llamando-. Sonrió Ricardo con cierta sorna.
  -Ya sabes que es lo que quiero. ¿Verdad?-
  -No se de que me habla-, contesto Benito con cierto estupor.
  -Refrescarle la memoria-, dijo Ricardo a los dos armarios que le acompañaban y que le propinaron cinco o seis puñetazos a Benito en décimas de segundo.
  -Donde están ella y mi hijo-, preguntó Ricardo a no más de un palmo de los bigotes de Benito. -No repetiré la pregunta-, prosiguió mientras hacía gestos a sus sicarios para que siguieran con la paliza.
  -No lo sé contestó Benito, no tengo ni idea. Nos llevaron con los ojos tapados, ¡al menos a mí!!!- Gritó en un vano intento de ahorrarse unos cuantos golpes más.
  -¿Han conseguido salvar los papeles?- Preguntó de nuevo Ricardo.
  -No, se los cogieron, les obligaron a entregarlo-s.
  -¿Cómo?- Dijo Ricardo esperando respuesta rápida.
  No lo sé, solo se que estaban atando a la señora antes de impedirme verlo.
-¿Como se llamaba tú pagador?- Preguntó Ricardo mientras intentaba tranquilizar a Benito reduciendo el tono de su voz.
  La cara de Benito reflejaba cada vez más tensión. Sentía una fuerte presión en el pecho y como le empezaba a faltar el aire. Ya no sabía si era la tensión, las drogas o que cojones le pasaba. De pronto sintió una punzada en el pecho y la voz de Ricardo que decía, me cago en el puto gordo, a ver si se me va a morir sin decir nada. De repente sintió calma, sin poder respirar, pero calma.
  Ricardo miró los ojos abiertos e inexpresivos de Benito. -Me cago en su puta madre, al final no nos ha dado nada-, dijo mientras le daba un puntapié en el costado que le dolió más a él en el pie que a Benito. Uno de sus hombres se agachó para tomarle el pulso en la muñeca. -No se lo encuentro. Está muerto-, dijo sin mucho interés en el cuerpo.
  -Que se note que había estado de juerga y vámonos antes de dejar más huellas. Pasar un trapo por donde hemos tocado, que no quiero tener problemas por la muerte de este imbecil. Tú, dijo al otro sicario, llama el montacargas y avisa para que nos esperen con el motor en marcha-, le ordenó mientras se limpiaba las manos con su propio pañuelo.

lunes, 3 de agosto de 2015

Capítulo XII: Bienvenido a la juerga.


Ángel acababa de salir de la ducha, con la toalla atada a la cintura. Miró por la ventana de la suite que sus nuevos jefes le habían cogido en el hotel. Siempre le había gustado este hotel cuando venía a Sevilla. Estaba lo suficientemente cerca de todo y lo suficientemente alejado de los turistas. Una de las cosas que más le atraían de este hotel era lo cerca que estaba del río, por lo que podía salir a correr tranquilamente por la mañana.
Miriam todavía estaba deshaciendo las maletas. Eran las tres de la tarde, acababan de llegar desde la estación de Santa Justa cargados con tres enormes maletones. Era finales de Enero y, a pesar que en Sevilla no hacía demasiado frío, necesitaban todo tipo de ropa para pasar una temporada en la capital hispalense.

Finalmente Miriam había podido venirse con él a Sevilla y eso le hacía sentirse bastante bien. Se sentía protegido por la presencia de su mujer. Miró a Miriam con ojos tiernos y esta le sonrió, pasando por encima de la cama y dándole un beso apasionado. Abrazada a su cuello le dijo mirando sus ojos marrones, -te haría el amor para darte la bienvenida, pero es que tengo mucha hambre. ¿Podemos ir a comer algo?-
-Dame dos minutos que me vista y nos vamos a comer algo al otro lado del puente de Triana-, dijo Ángel convencido del acierto de su elección.
Miriam hizo una mueca, como desaprobando la distancia a andar, pero Ángel siguió con su comentario,- no tardamos ni diez minutos en estar tomando una cerveza con pescadito frito y un poquito de jamón-.
-Vale, me has convencido-, sonrió Miriam mientras salía hacia el baño de la habitación con la bolsa de aseo en la mano.
Ángel pensó que nunca podría comprender como las mujeres eran capaces de organizar todo lo que tenía que ver con los viajes en tan poco tiempo y no olvidarse de nada.
A los diez minutos salían por la puerta del hotel con poco abrigo para disfrutar de un sol que calentaba de lo lindo. Agarró a Miriam por la cintura y le dijo al oído, -te quiero y estoy muy contento de que estés aquí conmigo, me hace muy feliz, espero que a ti también-.
Miriam le sonrió complice, ella también se sentía feliz de haber dado este paso. Sabía lo importante que sería para Ángel y eso le hacía sentirse mejor.
-¿A qué hora te vienen a recoger?- Pregunto Miriam.
-A las seis de la tarde. Como me temo que irá para largo, puedes ir a ver una película al cine que tenemos enfrente del hotel-, contestó él poniendo cara de "lo siento".
-O a dar una vuelta por el centro y chinchorrear por las tiendecitas-, dijo ella.
-También, exclamo Ángel, no es mala idea-.
 Pudieron comer tranquilos, bien. Sevilla a estas alturas del año no está abarrotada de turistas.
  No eran las seis de la tarde cuando Ángel, vestido con unos vaqueros y una sudadera de los Irish de Notre Dame, uno de los equipos de fútbol americano que siempre le habían entusiasmado, besó en la espalda desnuda de una dormida Miriam. Esta se acurrucó en la cama, abrazándose a la almohada.
-Me voy cielo-, susurró al oído de su mujer, esta afirmó sin ni tan siquiera abrir los ojos.
-Ten cuidado, cariño-.
-Lo prometo, te llamo cuando sepa a que hora termino y quedamos para cenar en la Hostería del Laurel-.
-Si-, volvió a asentir Miriam sin ni tan siquiera abrir los ojos.
Ángel bajó por la escalera para llegar al vestíbulo del hotel y vio un Audi negro con las lunas tintadas esperando en la puerta. Al llegar él al campo visual del coche se bajó un hombre vestido de inmaculado negro y con gafas de sol puestas a pesar que la luz ya empezaba a abandonar la ciudad. Junto al hombre que acababa de bajar apareció Francisco, uno de los hombres que había participado en su “proceso de selección”. Ángel sonrió al ver un rostro conocido. Al llegar a la altura del vehículo un tercer hombre salió de la parte delantera, tenía claro que era un guardaespaldas. Francisco se adelantó para saludarle con relativa efusividad.
-Hola Ángel, ¿está todo bien? ¿Hicisteis buen viaje? ¿Tu esposa está a gusto?-
Ángel se quedó un poco sorprendido, era como si aquel soldado del Temple, de pronto, hubiera recuperado su interés por el mundo. -Si, si a todo-, respondió saliendo de sus pensamientos. Vio una leve sonrisa en el hombre que se había bajado primero del coche. -Giovanni-, dijo el hombre extendiendo su mano derecha. Ángel apretó la mano comprobando la mirada que su interlocutor mostraba al retirar de su cara las gafas de sol.
-Tendremos hoy una reunión previa para mañana poder empezar a trabajar con la documentación que queremos que autentifique y compruebe-.
-De acuerdo-, afirmó con todo el cuerpo Ángel.
-Suba al coche, por favor. Es el sitio más discreto que podemos encontrar en esta ciudad-.
Al poco tiempo se encontró en el interior de aquel vehículo viendo pasar la ciudad, ni deprisa ni despacio por la ventanilla y esperando a que Giovanni rompiera el silencio con alguna cuestión.
-¿Qué sabe usted sobre la Orden Soberana y Militar del Templo de Jerusalén?- Disparó Giovanni sin ni tan siquiera mirar a Ángel a la cara.
-¿Esto es un examen?- Preguntó con cierta sorna Ángel.
-Por supuesto-, contestó Giovanni mirando ahora si a su compañero de asiento.
-Excelente, hace mucho que no hacía un examen. Bien, supuestamente son unos de los herederos templarios que basan sus derechos en una supuesta carta en la que Jacques de Molay, último gran maestre conocido de la orden templaria, le legaba a un tal Jean-Marc Larménius su control sobre la orden. Esta carta está fechada, según parece en 1324 y en realidad tomó conciencia de si misma la Orden en el año de nuestro señor de 1804, año en el que Bernard Fabré-Palaprat dio a conocer la orden renovada, seguramente auspiciada por el mismísimo Napoleón Bonaparte, en una ceremonia en la iglesia de San Pablo y San Antonio de París. Aunque en realidad, parece que más que una orden, habría creado casi una iglesia paralela que negaba la resurrección de Cristo y otras lindezas con algunos sacramentos. La excusa para justificar su línea sucesoria es que Jean-Marc Larménius recogió el testigo de Molay que fue pasando en la clandestinidad, tras haber condenado a los “expoliadores del legado templario”, de mano en mano hasta llegar a él. Casi como una logia masónica. En la actualidad, aparentemente, es una congregación de hombres y mujeres de firmes creencias religiosas, con cierto poder económico y con muchos contactos en muchos sitios-.
-Ahora dime que he aprobado y que el documento que tengo que autentificar es esa carta que no habéis dejado ver a casi nadie en todo este tiempo. Por favor, dímelo-.
-Ciertamente has aprobado con nota, pero lo siento, ese documento es auténtico y ni yo ni nadie de mi entorno tiene acceso a él-, contestó Giovanni mirando con una sonrisa bastante cínica a Ángel.
-Otra pregunta, si no te molesta-.
-Por favor-, contestó Ángel sonriendo a su “Jefe”.
-¿Sabes que es el Baphomet?-
-Esa es de primero de historia, por favor-. Ángel lamentaba lo sencilla de la pregunta, pero vio en su interlocutor que para él era importante la respuesta.
-Está bien, se trata de un elemento que los templarios utilizaban para el juramento de fidelidad de los que estaban en el capitulo del circulo de dirigentes de la orden. Al parecer, había réplicas en todas las encomiendas. Se trataba de una cabeza de hombre barbado. En algunas representaciones se veía como una cabeza con tres caras. Durante la sentencia a la orden se acusó a los templarios de idolatría por adorar esta cabeza. Algunos de ellos se defendieron diciendo que se trataba de una reliquia, una representación de la cabeza de San Juan Bautista. En algunos casos se ha pensado que podía ser la original esa cabeza, o lo que quede de ella.
Si entramos en la leyenda, se cree que hacía crecer la prosperidad a su alrededor y que, por supuesto, estaba cubierta de oro y piedras preciosas, pero solo es leyenda, no se ha podido demostrar nada-.
-Evidentemente hemos acudido a la persona correcta-, dijo Giovanni sin ocultar cierta admiración por los conocimientos de Ángel.
-Por supuesto Giovanni, por supuesto-, contestó Ángel.
-Bien, mañana por la mañana empezaremos con tu trabajo. Te explico. Tenemos un chalet en Dos Hermanas donde tienes todo lo necesario para empezar a trabajar. Vas a certificar que tres documentos son originales, tanto por las pruebas de carbono como por la escritura, sellos, etc. El primer documento es una de las cartas enviadas por el Papa Clemente V para que se intervinieran todos los bienes de los templarios el día 13 de Octubre de 1307, fecha, como bien sabes, de las primeras detenciones-.
-Los otros dos documentos-, e hizo una pausa para observar la atención casi infantil de Ángel, -son dos escritos con el sello de la Orden al parecer escritos en Francia 30 días antes, es decir el 13 de Septiembre, en las se daban instrucciones precisas de donde guardar dos cosas, en lenguaje templario, el Bafumet y la mesa del rey-.
La cara de Ángel era como la del niño que acaba de encontrar los regalos que los Reyes magos han dejado en el salón de su casa.
-Pero tiene riesgos la misión-, continuó Giovanni. -No somos los únicos que lo buscamos. Tenemos a unos duros competidores, herederos de una rancia tradición y de un apellido legendario Beaujeu-. Giovanni dejó el nombre en el aire esperando la reacción de Ángel.
Este tardó unos segundos en reaccionar, era como vivir un sueño. -Si-, comenzó a responder, -se dice que Jacques de Molay le eligió por ser sobrino de su antecesor en el puesto para que pudiera salvar lo máximo de la orden. Se supone que le cedió los conocimientos, la más preciada reliquia de la orden, el dedo índice de la mano derecha de San Juan Bautista y las claves para hacerse con el tesoro templario, escondidas en la tumba de su tío a la que tendría acceso tras pedir permiso al rey Felipe “el hermoso” de Francia para exhumar los restos de su tío y enterrarlos en el panteón familiar. Tras ello se reunió con otros ocho caballeros fieles que volvieron a propagar el mensaje a través de la arquitectura hasta fundar por el siglo XVIII las logias masónicas escocesas. Pero esto es aún más leyenda-.
  -Exacto-, afirmo Giovanni. -Estos han tenido los documentos durante muchos años, buscando extraños aliados, mafiosos, traficantes y constructores-, dijo Giovanni como metiendo a los últimos en el mismo saco despreciable que los dos anteriores.
Estaban regresando al hotel y apenas había pasado una hora desde su salida.
  Giovanni se dirigió ahora a Ángel con una mirada casi asesina, -No podemos tolerar filtraciones, tu pareja debe mantenerse al margen. Todos los días saldrás y cogerás el taxi que esté en medio de la parada, el segundo delante del hotel. El taxista sabrá a donde tiene que llevarte. No puedes comentar nada a nadie, solo di que está estudiando unos códices del siglo XIII, nada más. Mañana te esperamos anhelantes a las nueve de la mañana-.
Acababan de llegar a la puerta del hotel, casi sin darse cuenta, Ángel se bajó del coche y antes de cerrar la puerta preguntó, -¿Realmente sois de la Orden Soberana y Militar del Templo de Jerusalén?-
  -Hasta mañana Ángel, disfruta de la noche sevillana y de tú guapísima mujer-, contestó Giovanni cerrando la puerta.
  Ángel subió por las escaleras casi dando saltos. Al llegar a la puerta de la suite se serenó, no podía transmitirle a Miriam su exaltación. Era mejor que ella supiera lo justo, por su seguridad. Al fin y al cabo, ella empezaría a trabajar en unos días, eso le permitiría tenerla entretenida.



jueves, 30 de julio de 2015

Capítulo XI: A Dios encomendamos tu alma.



  Habían pasado al menos cuatro horas desde que le capturaron en París, y todo ese tiempo habían estado en la carretera, pero parecía que estaban saliendo de la vía rápida para parar en algún sitio. El inglés seguía mirándole con aparente indolencia, como si no le importara demasiado lo que hiciera.
Abest facile iter
  -Estate quieto-, le dijo el inglés al ver como empezaba a removerse. -No te intentes incorporar o tendré que taparte la cabeza. Ya nos queda poco-, continuó mientras estiraba el cuello para ver a través del cristal delantero.
  A los pocos minutos, paraban sobre un camino de gravilla. Abrieron el portón lateral y le agarraron por el brazo para bajarle, no con mucho cuidado. Françoise pensó en ese momento que sus compañeros seguramente ya se estaban movilizando para saber que era de él. No tardarían mucho en empezar a buscarle.
Le llevaron casi arrastrando hasta una puerta de servicio de un enorme palacete, con pinta de estar habitado. Entraron directos a un almacén de carbón ya en desuso, pero que conservaba los olores típicos de esas estancias y algunos restos en las paredes de haber almacenado la piedra negra durante muchos años. Le sentaron en una silla en medio de la nada e hicieron como si no estuviera allí.
  A los pocos minutos llegó un hombre mayor, de cerca de ochenta años, pensó Françoise. Le miró sin mucho interés y preguntó en inglés a sus captores, -¿Habéis interceptado algo más?-
  -Si, al parecer se van a trasladar a Portugal, imaginamos que será cerca de Torres Novas, donde tienen la casa los dos de Sevilla-. En ese momento Françoise ya no tuvo ninguna duda del motivo de su captura.
  -Tenemos la información del cuando y el donde, pero la hora ya está pasada. Hemos puesto a algunos hombres nuestros de España a perseguir las pistas, pero al parecer, nos dicen que algo no ha salido bien. Alguien se ha metido por medio y han desaparecido la madre, el hijo y la documentación. 
  -Eso es lo que estamos persiguiendo-, dijo el anciano, mirando a Françoise.
  -Nos has entendido, ¿Verdad?- Preguntó en francés a Françoise. Este asintió esperando que en cualquier momento empezaran los golpes.
  -Bien, le explico la situación muchacho-, le empezó a hablar el anciano con una fuerza en el discurso y en la mirada desmesurada para la edad que aparentaba. -No tenemos nada contra usted, pero su jefe nos lleva tocando las narices varios años. Lo siento muchacho, pero le hemos pillado en medio de un conflicto que lleva enquistado casi ocho siglos. Dentro de unas horas, seguramente no nos servirá usted para nada. Por ahora le mantendremos vivo, hasta que deje de sernos útil. Si es usted religioso, comience a rezar, si no lo es, se le van a hacer muy largas estas horas. En cuanto consideréis que ya no nos sirve, quitarlo de en medio, pero rápido, que no sufra-, dijo de nuevo en inglés.
  -¿Quienes son ustedes?- Gritó Françoise, con la esperanza de obtener una respuesta y con la certeza que esta no sería útil.
  -¿Por que tipo de idiota me tiene? No le contestaremos, pero seguro que usted es capaz de dilucidarlo solito. Piense, para eso también le paga Ricardo. Ese cabrón nunca ha sabido pensar, pero si sabe fichar profesionales, en todos los campos-.
  El comentario le dejó bastante frío. Tenía claro que ese hombre conocía a su jefe y, era evidente, no le caía especialmente bien. Empezó a darle vueltas en la cabeza al acertijo que le proponía el anciano con el fin de entretenerle hasta su muerte. Nunca había sido muy religioso, por lo que empezó a cavilar sobre lo que sucedía.
  Sabía a ciencia cierta que eran tres los grupos interesados en tener los documentos de Sevilla. De ellos solo dos podían estar en Francia con infraestructura, unos eran los suyos, y no parecía que esto fuera una traición. Los otros eran el Priorato de Sión. Después del Código Davinci les habían crecido los enanos a este grupo de señoritos, pensaba Françoise. Habían pasado a la acción con el fin de estar más aún en el anonimato, pero una de las revistas que Ricardo controlaba había puesto a varios pirados del estudio de estos temas sobre la pista de algunos miembros menores del Priorato. Como respuesta a ello, el Priorato se encargó de machacar algunas empresas del grupo de Ricardo Carpintero en España, en Francia y en Portugal. Era como si el Priorato le hubiera declarado la guerra a su jefe y la forma de hacerlo era donde más le fastidiaba, en el dinero. Habían conseguido hacerle bastante daño, pero las empresas de su socia en Sevilla, Madelaine, habían salido en su ayuda y no solo lo habían rescatado, además habían quitado de en medio a varios estorbos del Priorato en la política francesa que podían entorpecer el camino. Esto hacía que la relación entre estos dos grupos no fuera muy buena que digamos.
Lo cierto es que ambos grupos, el Priorato de Sión y los herederos de Jacques de Beaujeu, es decir, los jefes de Françoise, llevaban varios siglos persiguiendo el mismo fantasma, el Baphomet. Según las leyendas templarias, el Baphomet era una cabeza barbada que hacía crecer las cosechas, los árboles y que protegía los negocios de la orden.
En estas divagaciones se encontraba Françoise cuando vio entrar a un hombre con cara de muy pocos amigos. Era un hombre de unos cincuenta años, totalmente vestido de negro, con la cara marcada por surcos de la edad y de haber vivido largo tiempo a la intemperie. Caminaba con ese paso inestable de los que han pasado mucho tiempo sobre la cubierta de un barco. Las manos le parecieron fuertes, enormes. Se quedó mirando fijamente a Françoise, casi con lágrimas en los ojos.
  -Lo siento, hermano, musitó con calma el hombre mientras le mostraba una jeringuilla llena de un líquido translúcido. Es pentobarbital, una dosis para dormir a un caballo. No te enteraras de nada. Te dormirás diciendo tonterías y se acabó-.
  Grito casi llorando Françoise.- ¿Por qué?-
  -No podemos dejar testigos y ya saben que te hemos cazado-, le respondió aquel hombre al que habían encomendado su sacrificio.
  -Si eres creyente, en breve estarás con Dios, si no lo eres, menuda putada te estamos haciendo chaval-.
  -Abest facile iter, pugna tu somnia tua adpeteres-, dijo mientras inyectaba en el hombro de Marcel la jeringuilla que había traído.

Descansa en paz, hermano, descansa en paz.


lunes, 27 de julio de 2015

Capítulo X: Los Beaujeu.


  El coche de la familia Beaujeau se paró ante el banco y su coche escolta, detrás de ellos. Uno de los guardaespaldas se bajó y abrió la puerta derecha. Tras los cristales tintados y la densa puerta blindada, aparecieron las gráciles piernas de Madelaine, que se bajó del vehículo como si tuviera veinte años. Miró a izquierda y derecha tras sus gafas de sol de Armani mientras sentía como la puerta del otro lado se abría para que bajara su hijo. Los escoltas se habían bajado unos pasos antes de parar los coches para poder estar posicionados ante la puerta de la sucursal bancaria antes que llegara su jefa a ese punto.      Todos llevaban gafas negras, aunque era lógico en ese día, hacía bastante sol en Sevilla.
Sevilla
Jacques sujetó la puerta y pasó tras su madre. Unos pasos más atrás iban dos de los miembros de su equipo.
 En el banco no les hacía mucha gracia que aquella gente entrara con armas en su sucursal. El nuevo director, Manuel, había intentado sin éxito que le permitieran evitarlo, pero una llamada desde su central le disuadió. No le hizo mucha gracia, pero cuando tienes treinta años y tu nombre suena para una dirección regional de un gran banco, te tragas el orgullo y que entren con un cañón si quieren.A esa hora de un lunes no había en el banco más de cinco o seis clientes.
Al llegar a la altura de su despacho, a Madelaine la estaban esperando el joven director y el aún más joven auxiliar que les acompañaría hasta la habitación de las cajas de seguridad. Madelaine echaba de menos a aquel tipo gordo que durante años le miraba las piernas mientras ella hacía los cambios necesarios en la caja de seguridad.
Bajaron las escaleras los cuatro, ya que los dos guardaespaldas estaban obligados a quedarse fuera de la zona donde se ubicaban las cajas de seguridad. Jacques llevaba en la mano izquierda un maletín grande, como del tamaño de una maleta de las que se utilizan para llevar en los aviones sin facturar. Cuando llegaron a la habitación en la que les entregaban la caja, esta vez sin ningún pudor, Jacques abrió la maleta de donde extrajo un extraño cajón, con relojes. La mirada del auxiliar era entre la estupefacción y el temor. Estaba preparando el cajón térmico para cambiar los documentos lo antes posible y sacarlos de ese lugar, que ya no consideraban  que  fuera seguro.
  Jacques era un experto en la conservación de pergaminos. Los pergaminos precisan de una temperatura y humedad relativa constantes, por lo que la caja de seguridad en la que estaban contenidos, tenía en su interior como una pequeña urna con todos los medios para mantener las condiciones óptimas de conservación durante al menos cuatro meses, de este modo, se garantizaban que no le pudiera pasar nada a los documentos durante sus ausencias de la ciudad.
Jacques programó todo en su caja de transporte y cuando todo estaba preparado, asintió mirando a su madre, que abrió en ese momento la caja de seguridad.
Madelaine extrajo con delicadeza la tapa de cristal que estaba bajo la tapa de la caja de seguridad. Al hacerlo, la caja soltó un poco de aire, como respirando por fin después de tanto tiempo de encierro. Madelaine cogió uno por uno los tres documentos y los introdujo con un mimo exquisito en la caja que su hijo había puesto a su lado, ante la atenta mirada de Jacques y la mirada un tanto distraída de los dos empleados del banco. A Jacques ya no le importaba que vieran de soslayo de que tipo de documentos se trataba. Tenía claro que aquellos documentos nunca volverían de nuevo a Sevilla. A él nunca le había inspirado confianza aquella ciudad. Le parecía que eran chapuceros y poco fiables. Su madre en no pocas ocasiones le había dicho que eso era por la vena chovinista de su padre.
 Alguna que otra vez le había preguntado a su madre porque Sevilla y porque en una caja de seguridad de un banco. Ella le había contestado - este sería el último lugar del mundo donde vendría a buscarnos un europeo. Es demasiado caótica. Además me encanta el clima y el ambiente. Respecto a lo de la caja de seguridad, ninguno de nuestros enemigos buscaría en un banco una documentación así. No se fían de los banqueros. Esta oficina es muy segura, no hay canalizaciones por debajo, las paredes del edificio parecen las de un banco central y te recuerdo que los bajos y los primeros pisos son nuestros, por lo que tenemos control absoluto de quienes los alquilan y para qué.
  Tanto Madelaine como Jacques terminaron la operación de traslado de los documentos con eficiencia. Cerraron el cajón de traslado y la caja de seguridad. Madelaine recogió su bolso de encima de la mesa y se acercó al director del banco. -Agradezco la flexibilidad que han tenido para con nuestra empresa en todos estos años-, mientras alargaba la mano derecha, levemente inclinada, como esperando una reverencia y un besa mano que, estaba segura, no se produciría.
Manuel apretó la mano de Madelaine como si le acabara de vender un nuevo plan de ahorro, viendo en ese momento la mueca que la señora esbozaba, decepcionada por lo previsible del gesto. Lo imprevisible fue que, tras esto, al alargar la mano al auxiliar que les acompañaba y que acababa de retornar la caja de seguridad a su lugar, se inclinó levemente haciendo llegar la mano derecha de Madelaine hasta casi tocarla con sus labios, mientras miraba a los ojos a la señora, que sorprendida muy gratamente por el gesto, sonrió con complacencia.
 Reconoció en el auxiliar al "estira levitas" típico sevillano y con voz suave y dulce sonrisa le pregunto por su nombre. -Juan Antonio Domínguez, a su servicio-, sonó la suave voz del chico. A Madelaine le resultó atractiva, la voz y el gesto. Sabía que aquel trepa sería capaz de lo que fuera por escalar en la empresa o en la sociedad. Le gustaba tener trepas de reserva, por si le hacían falta.
 Volvió a sonreír y enfiló con decisión y sabiendo que su hijo estaba dos pasos mas atrás que ella hacia la salida. Al llegar al punto donde se encontraban sus dos peones más próximos, vio algo extraño, algo que no encajaba.
 Uno de ellos se había acercado a la puerta de la sucursal bancaria y el otro no estaba pendiente de su salida. Al llegar a su altura la señora, el que aún permanecía en la puerta gritó, “Nuno”, llamando a su compañero que rápidamente volvió hacia atrás, con cierta cara de preocupación, diciéndole a sus jefes justo en la parte exterior de la puerta que ya se cerraba tras ellos, - tenemos a dos guardias urbanos discutiendo con el chófer, que se ha bajado del coche, imagino que sobre el tiempo que lleva parado en la puerta. El resto del equipo esta observando la situación-. Jacques, que venía escribiendo en su BlackBerry, levantó la vista y a continuación miró a su madre, como esperando las órdenes de esta. Su madre siempre había sabido ver el riesgo en situaciones un tanto absurdas.
-Ve y dile al imbécil de nuestro chófer que se meta en el coche y lo arranque-, disparó Madelaine con cara de pocas bromas. En ese instante vio que sus hombres se habían arremolinado alrededor de los dos guardias como intentando amedrentarlos, pero estos no parecían muy atemorizados, lo cual extrañó a madre e hijo,los policías locales no suelen ser muy amigos de los tumultos. -Diles que se pongan todos en sus puestos-, gritó Jacques.
  Nuno salió y dio las órdenes expresas que había recibido. No le gustaba la situación, pero tampoco comprendía muy bien que era lo que no le cuadraba. Al acercarse al coche, comprobó que el chofer que volvía hacia el interior del vehículo, estaba cometiendo un error de bulto, estaba dando la espalda a la puerta, con lo que no podía ver que hacían sus jefes. En la situación de estrés en la que se encontraba, pensó en reprimirle después, mientras abría la puerta posterior del coche esperando la entrada de sus jefes, que ya terminaban de cruzar la acera y llegaban a la altura del coche. El resto del equipo estaba ya en sus coches, poniéndolo todo en marcha. Al entrar Jacques tras su madre en el coche, este arrancó con urgencia, por sorpresa. Nuno todavía no había subido y se quedó descompuesto en mitad de la acera, mientras los dos coches de la escolta, sorprendidos, intentaban salir tras el coche de sus jefes que había desaparecido delante de sus narices antes de que les diera tiempo a comprender la situación.
  Tras el coche, habían salido dos motos y un coche, que como era evidente, eran parte de un operativo bien calculado. Al pasar el primer cruce la nueva comitiva, había salido un coche viejo, conducido por una tía que no dejaba perseguir a los de seguridad. Para colmo de males, los urbanos habían parado a la chica en medio del cruce, de modo que Nuno no tenía más remedio que salir corriendo por la acera, guardando el arma, para no liarla más. Tenía claro que aquello era todo parte de un montaje, pero a la señora no le haría ninguna gracia la situación. Empezaba a agotarse del sprint y ya no veía los coches. Por lo que optó por volver los cien metros que acababa de correr y subirse a uno de los coches de escolta, para intentar seguir al coche líder a través del GPS que llevaba instalado.
El nuevo chófer les dijo a sus pasajeros,- buongiorno- mientras aceleraba hasta límites insospechables y miraba por los retrovisores para comprobar que todo salía según lo previsto. Jacques sacó una pequeña pistola y encañonó al conductor, mientras su madre analizaba con frialdad la situación.
  -Yo no lo haría, dijo con sangre fría el chófer mientras seguía acelerando-.
  -Yo tampoco-, dijo Madelaine mientras bajaba la mano de su hijo. -Si le disparas ahora, nos matamos todos, susurró al oído de su hijo-.
  El conductor sonrió con acidez a través del espejo, sabía que tenía la sartén por el mango.
  Según se alejaban de Sevilla en dirección a Huelva, tanto madre como hijo tenían claro a estas alturas que no pensaban ocultar su destino, el chofer aisló la parte trasera del habitáculo subiendo el cristal intermedio para poder recibir órdenes. Las motos y el coche de escolta seguían pegados a ellos, como si fueran todos un único vehículo. Al llegar a La Palma del Condado, salieron de la autopista, a unos trescientos metros del desvío cogieron un camino de tierra que les dirigía a un cortijo blanco y dorado. La cara de los pasajeros era de escrutinio y memorización, estaba claro que a estos dos no se les escaparía ni un solo dato.
  Al llegar a la puerta del cortijo, otros cuatro hombres les estaban esperando para cerrar la puerta tras ellos. Esperaron a estar todos bajados de los coches y con las armas en la mano. Entonces, Giovanni abrió la puerta de Jacques que en ese momento intentó volver a empuñar su arma, pero antes que pudiera darse cuenta tenía el cañón de una UCI metido casi en la boca. -Por favor, dame el arma y el teléfono-, le dijo con mucha serenidad Giovanni. Jacques hizo lo que le pedían, al fin y al cabo, ya podría tomar represalias, con suerte, al acabar con todo esto.
  -Mademoiselle-, le dijo Giovanni a Madelaine, quién le sonrió en agradecimiento al halago y a la mano tendida que le ofrecía para bajar del coche.
  Les dirigieron con delicadeza hacia la puerta de la finca. En ese momento, una de las mujeres del equipo le pidió con cortesía pero con firmeza el maletín a Jacques.
  -Por encima de mi cadáver-, contestó este.
 -Está bien, le contestó ella, a mi me da igual eliminarte, dijo mientras buscaba la aprobación de su jefe que asintió-.
  En ese momento Madelaine dijo en voz alta,- si le pasa algo a él, no podréis recuperar la documentación. El maletín está preparado para destruir su contenido si no se abre de la forma correcta, y solo Jacques conoce la clave-.
  -De acuerdo-, contesto Giovanni mientras hacía un gesto con la mano para que bajaran las armas. -Entremos y discutamos esto, apostilló-. El italiano había preparado dos formas distintas de obtener aquella documentación y finalmente había conseguido hacerlo sin violencia, al menos sin mucha. Había tenido a dos hombres armados, camuflados como clientes dentro del banco, que entraron en la sucursal junto con Benito para esquivar el arco de detección de metales. Pero no había sido necesario. El plan de distracción funcionó a la perfección. La segunda opción no habría sido tan silenciosa. Giovanni se sentía bien, estaba consiguiendo sus objetivos solo con amenazas, eso le gustaba.
  En ese momento se abrieron las puertas para que llegara otro coche con Rocío al volante. Ella había sido el freno a los perseguidores y ahora llegaba a su punto de encuentro. Al entrar su coche, en el que venían dos hombres más medio vestidos de guardias urbanos, sacaron el coche de sus secuestrados a toda pastilla hacia la autopista. Las órdenes eran, llegar a Portugal y abandonarlo lo antes posible prendiéndole fuego. El conductor y su nuevo acompañante, ya sabían cual era el siguiente paso.
  Al entrar todos en la casa, dos de los hombres de confianza de Giovanni sacaron a Benito del asiento trasero del coche. Llevaba los ojos vendados y las manos atadas delante de su prominente barriga. No protestaba, estaba sudando y bastante nervioso. Los de seguridad creían que era por los nervios, pero en realidad era por la falta de alcohol. Ya había pasado la una de la tarde y a estas horas, habitualmente, ya se habría bebido algunas cervezas. Pero él sabía que tenía que estar sereno, al menos hasta que le hubieran dado su dinero. Le introdujeron en la casa por una puerta lateral antes de quitarle la venda de los ojos, al tiempo que desataban sus manos. Benito se restregó las muñecas mientras poco a poco acostumbraba su vista a la nueva situación de la luz. Era evidente que no pensaban hacerle daño, pero quería ver bien que es lo que tenía delante. La estancia estaba en penumbra. Uno de los hombres le dijo en voz no muy alta,- por favor, acérquese al cristal, necesitamos que pueda corroborar una cosa-. No sonó como una orden, que era lo habitual en aquellos espagueti. Eso le hizo sentirse importante, por fin valoraban no solo la información que les había vendido, también su capacidad para corroborar algo, evidentemente, relacionado con esa información.
  Al acercarse al cristal, vio al otro lado una larga mesa de comedor, de esas que aparecen en las películas de época. La estancia que se veía parecía un comedor de una casa de campo. En ella veía a dos matones del italiano, esperando, sin aparente impaciencia.
  -¿Qué es lo que queréis que mire?- Pregunto con aire desconcertado.
  -Espere unos instantes, ahora lo comprobará. Este tranquilo, desde el otro lado no se puede ver nada ni oír nada. Desde aquí tampoco podrá oírlos. En un momento determinado le mostrarán los documentos y usted dirá si son los que había visto en su momento o no. Allí terminará su trabajo. Si todo está en orden, le entregaremos su dinero y, con los ojos tapados, volverá a Sevilla y se olvidará de nuestra existencia y de la de todo lo que tenga que ver con nosotros. ¿Queda claro?-
-  Cristalino, chaval, cristalino-, contestó restregándose los ojos, que todavía no estaban acostumbrados del todo a la luz.
  Joder, me encantaría tomar una cervecita, pensó Benito mirando a través del espejo. Parecían estatuas los dos machacas que estaban al otro lado del cristal, no se movían no gesticulaban, no mostraban nerviosismo ni impaciencia. Pensó si serian militares, al menos lo parecían por el comportamiento.
  En ese momento se abrió la puerta de la habitación que observaban y entraron, el guaperas con la señora y el niño de la señora. Se quedó mirando hacia ella. Le seguía pareciendo que estaba muy buena, a pesar de los años. Como lo haría la muy bruja. El hijo llevaba algo en la mano, un maletín grande, pero se le veía nervioso. El que estaba impasible era el italiano. Tras ellos entraron otros tres tíos y una tía, todos con pinta de matones de la mafia, pensó Benito. Pero sus ojos seguían buscando a la señora, que se sentó prácticamente frente al espejo.
  Madelaine miró el espejo que estaba frente a ella con la seguridad que alguien estaba tras él escrutándoles. Intentó forzar la vista para intentar ver algo tras aquella superficie tan limpia y brillante. Giovanni vio el gesto y se interpuso entre ella y el espejo.- No hay nadie detrás, no lo busque. Solo es un espejo. De hecho, esta casa no es nuestra. La hemos alquilado a través de una sociedad fantasma para que no puedan seguirnos la pista-.
  Tanto Madelaine como Jacques esbozaron la misma mueca, como si ellos no supieran más que de sobra lo que les acababan de comunicar. En ningún momento habían pensado que les tomaran por idiotas. Giovanni percibió que el comentario que acababa de hacer, había surtido el efecto esperado en sus interlocutores. Miró a ambos un par de veces, con los brazos cruzados sobre el pecho, como esperando que alguno de ellos se arrancase a hablar rompiendo el silencio. Como no consiguió nada, relajó su posición y mirando a Madelaine dijo,
  -Bien, todos sabemos que tenemos que buscar una solución a este conflicto. Podemos usar los sistemas de coacción que consideremos oportunos, aquí nadie os oirá gritar, pero prefiero solucionarlo de un modo digamos... menos traumático, al menos para vosotros-.
Al decir esto último había visto cierto resquemor en la mirada azul claro de Madelaine. Pero por otro lado, su hijo parecía no haber entendido el idioma en el que hablaba. No había movido ni un músculo de la cara ni del cuerpo. Simplemente se limitaba a aferrarse al maletín con las dos manos sobre su regazo y a mirar a un punto indeterminado del infinito.
  - Creo que no me he explicado bien, Jacques. Ya que no podemos matarte para que nos abras el maletín, podemos dedicarnos a torturarte a ti-, dijo mientras pausadamente giraba la vista hacia Madelaine,- o a tu madre. Tú eliges el camino. Pero ten segura una cosa, la única salida que tienes es dárnoslo o morir en el intento de no hacerlo-.
Madelaine miró a su hijo, que empezaba a tener la cara roja de la ira contenida.- Creo que no tenéis ningún derecho a tocar esos documentos,- lanzó la mujer con palabras muy serenas.
  -Creo que vosotros no sois quien para ocultar por más tiempo esta información al mundo-, contestó Giovanni mostrando una leve sonrisa de zorro que sabe que su presa no tiene salida.
  -Nos pertenecen, siempre han sido nuestros. Solo nosotros los hemos custodiado durante siglos-, gritó Jacques sin moverse de la posición.
  -Solo vosotros los habéis ocultado durante siglos, dejando que se alimentara la leyenda y aprovechándoos de los conocimientos que en ellos se vertían o, mejor dicho, que a través de ellos se intuía que vertían. Lleváis muchos siglos especulando con lo que no es vuestro. Nosotros queremos acabar con los mitos y devolver al conocimiento lo que ocultan esos documentos. Ya es hora que se termine con las especulaciones sobre los templarios, de que se devuelva al pueblo el conocimiento que estos tuvieran y los tesoros, si existen, que todavía no habéis podido vender o expoliar-.
-Nosotros nunca hemos expoliado nada-, contestó con una serenidad fría y densa Madelaine.- Sabes que no te daremos nada-.
-Bueno, tenemos tiempo para verlo, pero va a ser doloroso, mademoiselle, muy doloroso-.
-¡Enrique!-, grito Giovanni, -cogerla y colocarla sobre la mesa-.
  Enrique y otro compañero suyo cogieron a Madelaine por las muñecas. La mujer no opuso resistencia, solo empezó a rezar en latín con voz muy baja, casi inapreciable, un Pater Nostri. Al finalizar la oración, tumbada boca arriba sobre la mesa con las manos atadas entre sí por debajo de esta y las piernas colgando en uno de los extremos, dijo con voz tranquila, mirando a su hijo,- yo ya he preparado mi alma para unirse a Dios. Preparad las vuestras, pues su venganza será terrible-.
  Giovanni volvió a sonreír, -tranquila Madelaine, ya lo haremos cuando estemos tan cerca de nuestro martirio como tú lo estás ahora. Atar a su hijo y que no deje de mirar-. Le arrancaron el maletín de las manos, le ataron manos y pies a la silla y uno de ellos le sujetó la cabeza mirando hacia su madre.- Si cierras los ojos, te corto los párpados-, le susurró al oído.
  -Llamar al croata, dijo Giovanni-. A los pocos segundos, entró en la habitación un hombre de altura cercana a los dos metros, el pelo rubio cortado a cepillo, vestido de traje negro tan apretado, que dejaba intuir todos sus músculos. Era un tipo bastante fornido. Llevaba una maleta con ruedas que puso en el otro extremo de la mesa. Madelaine forzaba el cuello para ver que hacía aquel elemento a unos centímetros de su cabeza. Cuando el hombre puso la maleta sobre la mesa y la abrió, tal y como madre e hijo esperaban, aparecieron dentro todo tipo de objetos destinados a torturar, juguetes sexuales y sadomasoquistas.
  El hombre se acercó a la cabeza de Madelaine y le dijo con suavidad,- estas a tiempo, todavía no hemos empezado, decirles lo que quieren y nos ahorraremos todos el trabajo y el dolor-.
  Madelaine parecía empezar a flaquear, pero sacando una sonrisa extremadamente dulce, miró a su hijo y contestó,- quien sabe, nunca he probado estas cosas. A lo peor para vosotros me gustan y el efecto es el contrario-.
  Giovanni suspiró negando con la cabeza, en el fondo le hubiera gustado que hubiera cedido antes de soltarle la correa a aquel animal que tenía a su cargo. El elemento en cuestión había torturado a miles de personas durante la guerra en la antigua Yugoslavia. -Seguro que no te gusta, al menos dentro de un rato. Y a tu hijo, menos aún-.
  El croata sacó un cuchillo de campo y con cuidado rasgo la ropa de su víctima, dejando la ropa interior de rico encaje blanco a la vista. También dejó huella en forma de arañazos leves, como hechos con un látigo de seda en la piel de Madelaine.
Giovanni hizo un gesto con la mano izquierda y la cortina que había tras el espejo se cerró casi sobre la nariz Benito, Giovanni no le iba a dar el gusto de ver el espectáculo al descerebrado del padre de su amante.
 Benito se quedó como paralizado, no tenía claro que pasaría, pero le estaba empezando a gustar los derroteros que tomaba la situación, es más, no creía que pudiera olvidar nunca lo que acababa de ver, la señora en paños menores delante de sus narices. Joder, sigue estando muy buena la tía, pensó. -Joder, ahora que se ponía interesante...- dijo con cierta ironía.
  -La violencia solo es útil con los necios que no saben negociar a tiempo, replicó uno de los dos hombres que le escoltaban. Aparta de la ventana, no queremos tener que convencerte de otra forma-.
  El croata estaba disfrutando de lo que intuía que iba a suceder. Rompió el sujetador de su víctima con la punta del cuchillo. Sentía que aquella mujer, que ya no era ninguna niña, seguía siendo atractiva, empezaba a sentir la erección que le producía el cuerpo de la mujer a medio desnudar y la sensación de poder torturar. Nunca supo muy bien porque, pero casi le excitaba más torturar que violar, y eran sus dos deportes favoritos. Con la punta del cuchillo y sin mucha prisa, recorrió el vientre de Madelaine hasta llegar a las bragas, que corto con mimo y arrancó con violencia.
Lo pagaras puto bastardo, dijo Jacques antes de recibir el impacto de una mano del gigante croata en su mejilla.
  -No te preocupes, hijo, estoy preparada para mi martirización-, dijo con calma Madelaine.
  El croata saco varios artilugios sexuales de enormes proporciones y los colocó con cuidado junto a la cadera de Madelaine. Parecía disfrutar del miedo que el tamaño de aquellos objetos producía en la cara de los que estaban presentes. La única que no parecía sufrir con la situación era Madelaine, era como si aquella mujer se hubiera desconectado. A él no le sorprendía lo más mínimo. Ya había visto esa reacción en otras ocasiones. Sentía como Jacques forcejeaba con las cuerdas, como su quisiera desatarse. Comprendió que era un buen momento para explicarles a todos el plan.
  Giovanni estaba al fondo de la estancia, sabía lo que acontecía, pero prefería no mirarlo. Aquello le parecía una bestialidad, necesaria, pero una bestialidad.
  -Bueno princesa, dijo el croata tocándose por encima del pantalón los genitales, te voy a explicar de qué va esto. Empezaré por meterte uno de estos en el culo, colocarte unos electrodos en los pezones para putearte cuando se me antoje y violarte, para entrar en calor. Si con eso no cedéis, pasaremos a sistemas menos placenteros y más brutales. Cuando queráis que pare, ya sabéis lo que tenéis que hacer-.
  Madelaine subió las piernas y se colocó con ellas abiertas, invitando a su torturador a empezar, era como si ella se hubiera desconectado de su cuerpo y le diera igual lo que le hicieran.
  Cuando el croata introdujo el aparato en su madre, Jacques no pudo resistirse y grito, ¡Dejarla ya!,¡ Os diré lo que queréis!-
  -¡No!! Grito Madelaine, es más importante nuestra misión-.
 -No voy a consentirlo madre, no puedo-.
  Madelaine giró la cabeza, despreciando la falta de aguante de su hijo. El croata miró a Giovanni a la espera de órdenes.
  Giovanni se acercó a Jacques,- no nos lo digas, ábrelo-.
  Uno de sus hombres abrió los nudos que sujetaban las manos de Jacques, quien se froto las muñecas aliviando el dolor físico que tenía. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, sabía lo que acababa de ahorrarle a su madre de sufrimiento, pero también sabía que acababa de terminar con varios siglos de tradición, con varios siglos de secretismo.
  Introdujo la clave, con cuidado en la parte interna del maletín, con el fin de hacerlo bien, no quería sorpresas. En cuanto se abrió y extrajo los documentos, perfectamente protegidos, Giovanni dijo en voz bastante alta, para que no quedasen dudas, - Acaba con su tortura y Ana, atenderla y curarle las heridas que pueda tener. Respecto a ti, Jacques, puedes estar seguro de haber tomado la decisión correcta. Desatarle y ubicarlos en dos habitaciones, con escolta, hasta que os demos las siguientes órdenes-.
  Ana Ayudo a levantarse a Madelaine, que se movía dolorida y sangrando levemente. Al pasar por el lado de su torturador, Madelaine pensó en el momento en que se vengaría de aquel bastardo, pero en seguida su pensamiento se volvió turbio y empezó a maquinar como podría reparar lo que su hijo acababa de hacer.
Salieron del salón madre e hijo, uno tras otro, ambos sollozando y mirando al suelo, ambos silenciosos, ambos preocupados por el futuro de los suyos si no podían ponerles sobre aviso.
  Tras salir por la puerta, Giovanni hizo un gesto claro para que dieran orden de abrir la cortina que les separaba de Benito. Al sentir este que se volvía a abrir la cortina, miró con rapidez, intentando ver que habría sucedido al otro, lado. Giovanni tenía tres pliegos en la mesa. Todos ellos sujetos por lazos rojos, dos de ellos lacrados con un sello y el tercero con el lazo solo atado.
  Los señaló y preguntó en voz alta, que ahora si se escuchaba, -¿Son estos los documentos que viste?-
  Benito no dudó de ello ni un solo momento. Afirmó y casi gritó,- ¡SI!!-
  Giovanni le había oído sin necesidad de micrófonos. -Darle lo suyo y devolverlo a su cloaca-, contestó mirando hacia los suyos.
  Ahora solo queda comprobar si han valido el dinero y el esfuerzo, Comentó para si mismo mientras analizaba el resto del contenido del maletín.